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Paraísos cercanos: Costa Brava

Desde Tossa a Port de la Selva, este viaje por el litoral es una sucesión de hallazgos naturales y sorpresas culturales.

Los griegos, que tenían ojo clínico para la belleza, desembarcaron en una de las playas más serenas de la Península Ibérica y allí fundaron Emporion. Era el año 218 a.C. Han pasado veintidós siglos y ese arenal continúa en su misma belleza, peinado por el viento del norte. El golfo de Roses en el que los griegos fundaron también Rhode, hoy la ciudad de Roses, dibuja el filo de una hoz y parece la frontera natural de las dos almas de la Costa Brava. Desde esta hendidura hacia el sur hablamos de un litoral rocoso, de acantilados asumibles, de granito rosa y localidades al abrigo de los recodos. Al norte de aquí, la fiereza del Cap de Creus, negra piedra, aquilón sin freno. Este es un viaje de sur a norte, desde la bella Tossa de Mar hasta el confín con Francia. 

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iStock-544800652. Tossa de Mar y Ava Gardner, un idilio peliculero

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Tossa de Mar y Ava Gardner, un idilio peliculero

El término Costa Brava lo acuñó un periodista en 1908, en el transcurso de una reunión en la que el vino afiló el ingenio. El nombre hizo fortuna con rapidez y define, en general, el litoral gerundense.

La Vila Vella de Tossa de Mar repta por el cantil con su cartesianas almenas. Cada equis metros una torre redonda recuerda que hasta hace históricamente poco aquí había que vigilar la llegada de piratas. Arriba, en el faro, hay un centro de interpretación de esas señales marítimas, el summum del romanticismo. En las callejas del núcleo medieval la actriz Ava Gardner hizo enloquecer a los nativos cuando llegó en 1950 para rodar Pandora y el holandés errante. A Frank Sinatra, su celoso novio, también, pues se plantó en el pueblito marinero para cerciorarse de que no se divertía más de la cuenta entre escena y escena. Hoy una figura de bronce casi tan bella como la actriz recuerda el glamour de aquellos años en que el turismo era una ligera sospecha. Desde el monumento mirando al norte se vislumbra la más bella de las playas del mundo, la Mar Menuda. Y, dentro de ella, el rincón litoral más delicioso del planeta, Sa Banyera de ses Dones (la Bañera de las Mujeres).

 
shutterstock 530404606. El lugar donde se acuñó el término

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El lugar donde se acuñó el término

Siguiendo el perfil de la Costa Brava, dicen que entre Tossa de Mar y Sant Feliu de Guíxols la carretera tiene 365 curvas. Imposible contarlas sin marearse. En el camino se dejan atrás escenarios vírgenes com S’Infern en Caixa (El Infierno en Caja, un joyero minúsculo donde las olas retruenan), Cala Bona o la intrigante Cala Canyet (en catalán, esa palabra designa el lugar donde se lanzaban los animales muertos).

Sant Feliu de Guíxols, donde se acuñó el nombre de Costa Brava, es todavía una villa tranquila de veraneo familiar, digna aspirante a ser la Niza catalana sin coches descapotables ni excesos. El moruno Casino dels Nois, la modernista Casa Patxot o el monasterio de la Porta Ferrada (en la imagen) aportan los necesarios toques de distinción.

iStock-1012162194. Un paisaje que se oxida

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Un paisaje que se oxida

El granito rosa de la Costa Brava parece oxidarse a medida que el sol se va poniendo, hasta que al final del día se convierte en naranja moteado por el sápido hinojo marino –que los navegantes usaban para combatir el escorbuto– y que se aferra a las rendijas de los peñascos.

iStock-458995759. Palamós 'a sangre fría'

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Palamós 'a sangre fría'

En un modesto cabo que protege sus playas del viento se afinca la localidad pesquera de Palamós, cuyo puerto acoge, en el interior de un antiguo tinglado, un encantador museo de la pesca. No solo muestra barcas y técnicas, sino que también rinde homenaje a sus dos «rojos» más célebres: la gamba roja capturada en sus aguas, cuya fama traspasa fronteras, y Barbarroja, el pirata otomano que en el siglo xvi se hizo acreedor de leyendas de barbarie en toda esta costa. Y más rojo en Palamós: Truman Capote escribió en este pueblo buena parte de su obra maestra A sangre fría.

 

Palamós, como Sant Feliu de Guíxols o Palafrugell, cimentaron una prosperidad grandiosa a finales del siglo xix cuando la industria del corcho dio trabajo a la gente y llenó los bolsillos de los industriales más avispados. Hoy las botellas de vino pugnan por envasarse con tapones de un derivado del ¡plástico!

iStock-539647338. De cala en cala

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De cala en cala

Entre Palamós y aquella playa donde los griegos desembarcaron hace 2200 años se encuentran algunas de las calas más estéticas de este litoral: Llafranc, Tamariu, Calella de Palafrugell, Aiguablava, Sa Riera, Sa Tuna… y primorosos paraísos robinsonianos como Aigua-Xelida, donde una fuente de agua dulce salta por la roca para calmar a los náufragos que allí bajan a tomar el sol. Era este el territorio del maestro de periodistas Josep Pla, un cirujano con una estilográfica como bisturí, un cosmopolita disfrazado de payés con boina y pantalones raídos.

iStock-1208521630. Paraíso ornitológico

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Paraíso ornitológico

En su desembocadura, el río Ter dibuja una ensenada que parece la hermana pequeña de la que un poco más al norte marca el Fluvià, dejando un legado de humedales que constituye el Parc Natural dels Aiguamolls de l’Empordà, referencia ornitológica europea.

iStock-666709074. Cadaqués inspirador

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Cadaqués inspirador

A partir de Roses, la Costa Brava enloquece. Muta de litoral perezoso y epicúreo a escollo áspero donde la tramuntana se desata: es el Cap de Creus. Eso no ha impedido al ser humano fijar enclaves bellos como Cadaqués, casi una isla por su revirada carretera de acceso. Blanco griego y distinguido de la alta burguesía, que nació con casa puesta aquí y despierta la insana envidia del resto de mortales que solo pueden pasear por sus callejas escalonadas y ocultas en pasadizos. En su calita de Portlligat fijó residencia el más universal de los genios locos: Salvador Dalí. Dicen los lugareños que es el viento del norte el que proporciona las dosis exactas de inspiración y desequilibrio emocional.

iStock-1125742720. La última postal... románica

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La última postal... románica

El último vigilante del norte de la Costa Brava es el monasterio románico de Sant Pere de Rodes (sigos ix-xi), sobre el relajado El Port de la Selva. Cenobio benedictino donde los peregrinos ya obtenían la indulgencia papal medio siglo antes de que se empezara a hablar de Santiago de Compostela. Es la atalaya perfecta desde la que echar el último vistazo al final –o principio– de la Costa Brava

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