¡Oh, la la!

Los 11 pueblos medievales más bonitos de Francia

Primero enamoraron a caballeros. Luego, a artistas. Y ahora, seducen a todo el mundo.

Al otro lado de los Pirineos han sabido sacar provecho de la piedra y la madera, del silencio y lo remoto, del turismo slow y la revitalización rural. De hecho, en Francia son pioneros en eso de reivindicar los encantos aldeanos con medidas como la asociación de los pueblos más bonitos de Francia o la Guía Michelin, cuyo origen está en reivindicar aquellos restaurantes perdidos por el país en los que se come muy bien. De ahí que elegir los mejores representantes de esta fiebre por el exotismo próximo sea una gesta muy difícil. Pero no imposible. ¡A viajar!

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Saint-Cirq-Lapopie

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Saint-Cirq-Lapopie

Cuenta la leyenda moderna que André Breton descubrió este pueblecito mientras trazaba la gran Carretera Mundial sin fronteras, una idea antibelicista para un país que se estaba reconstruyendo tras la II Guerra Mundial. También, que se enamoró de sus callejones empedrados y de sus casas ajadas y que hizo de él una especie de resort vacacional e inspirador para colegas artistas. Este impulso revitalizó un pueblo que sigue entregado a la pintura, que sigue acogiendo a jóvenes creadores y que hoy se ha convertido en un paraíso rural gracias a su castillo en ruinas, a su portentosa estampa sobre el río Lot y a su perfecto estado de conservación.

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Gordes

Este pueblecito ubicado en el corazón de La Provenza tiene el honor de ser la epítome de la belleza en la colina. Un logro que consigue por su uniformidad rupestre y por saber mezclar ruralismo con una esencia bon vivant. Una fórmula ganadora y muy apetecible que se completa con la visita a su castillo y su imponente chimenea y con los campos de lavanda que rodean la abadía cisterciense de Sénanque.

iStock-612487710. Locronan

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Locronan

Fundada en el siglo XI como un santuario religioso celta dedicado a San Ronan, esta localidad fue creciendo poco a poco por su relevancia comercial y por su pujante industria textil. De hecho, en el siglo XVI llegó  a ser un referente mundial en la elaboración de las velas marineras, una época en la que sofisticó sus construcciones sin renunciar al imaginario bretón. Por eso, hoy en día casi todas las casas mantienen el granito intacto de aquellos buenos años y se cuidan, también, las costumbres que consagraron este lugar, como es el caso de la romería La Grand Troménie dedicada a su santo predilecto que se celebra cada 6 años.

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Saignon

Hasta aquí llegó Cortázar en busca de retiro y encontró una localidad asombrosamente viva y animada. Porque Saignon rebosa estímulos, sobre todo en verano cuando llena sus rincones y sus iglesias de música, artes escénicas y cine. Un aliciente con el que se mantiene activo y que permite descubrir rincones mágicos como la Abadía de San Eusebio o la iglesia de San Miguel.

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Conques

Este idílico pueblecito se ha instalado en el imaginario millennial al ser el escenario de la adaptación en carne y hueso de La Bella y la Bestia. Sin embargo, estaba ahí desde hace mucho tiempo. En concreto, desde que se levantó su inspiradora Abadía de Santa Fe en el siglo XI, una de las grandes joyas del Románico francés. A su alrededor se levantó un pueblo feligrés y delicado donde todo parece regirse por las mismas normas medievales con las que se levantó. Un hito único y, sobre todo, envidiable y disfrutable.

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Dinan

En muchas ocasiones, su cercanía a Saint-Malo y al Mont Saint-Michel le ha restado brillo. Sin embargo, Dinan puede presumir de ser una localidad esencialmente medieval, algo que se descubre en cuanto se enfila la calle de Jerzual. Esta empinada vía conecta el río Rance con el casco histórico, abriéndose paso entre casas de piedra gris y pizarra. Un viaje en el tiempo que se complementa con la visita a sus tres kilómetros de muralla, con el acceso a la iglesia de Saint-Sauveaur y con un crucero fluvial que regala un punto de vista único de este mágico enclave.

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Beynac-et-Cazenac

¿Qué tiene el río Dordoña que a su paso esculpe pueblos tan bonitos? De hecho, este listado se podría haber copado solo con aldeas levantadas a su ribera, pero entre todas ellas brilla Beynac-et-Cazenac. La fórmula de castillo en las alturas y puerto en las orillas aquí se sublima por el perfecto estado de conservación tanto del baluarte como de las callejuelas. Sencillamente insuperable.

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Rocamadour

Cuentan las malas lenguas que este santuario religioso se levantó para hacerle sombra a Santiago de Compostela y, de paso, para robarle algún que otro peregrino y donante. Sea como fuere, el emplazamiento de este lugar, al abrigo de un portentoso cortado en a orillas del río Alzou, ya lo convierte en una postal imprescindible. Descubrirlo es viajar por tres niveles, desde lo más alto, el castillo, hasta las diferentes iglesias que, excavadas en la roca, siguen atrayendo a creyentes y curiosos por su insólita arquitectura.

iStock-1049472594. Eguisheim

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Eguisheim

Sí, Alsacia sufrió mucho durante las contiendas bélicas, de ahí que se convirtiera en una región prioritaria cuando se reconstruyó el país. Una de las consecuencias de esta maravillosa obsesión fue la rehabilitación de la mayoría de sus pueblos con un objetivo claro: hacer de la recuperación de lo medieval un discurso cargado de futuro. ¡Y vaya si lo hizo! Sobre todo, en localidades como Eguisheim, una almendra coqueta llena de callejuelas dispuestas concéntricamente alrededor de una plaza idílica. Y con el añadido indispensable de los viñedos de Riesling y Gewürztraminer completando el paisaje.

iStock-1052973720. Josselin

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Josselin

Al principio solo era un castillo. No es que en Josselin no hubiera nada más, pero la imponente fachada de la fortaleza de la familia Rohan siempre ha marcado la visita a este mágico lugar. Y sin embargo, en cuanto la retina y las piernas se alejan del río Oust, se desvela un pueblecito lleno de encanto, con un barrio como el de Saint-Croix en el que todas las casas son centenarias y donde se subliman hasta los límites de la fantasía los entramados de madera.

iStock-888100702. Saint-Paul-de-Vence

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Saint-Paul-de-Vence

En cierto modo, el encanto de la región de los Alpes Marítimos es lo vertiginoso de su orografía. Y es que en esta región limítrofe gala se pasa de las altas cumbres al azulérrimo Mediterráneo en pocos kilómetros, lo que la convierten en una región repleta de paisajes asombrosos. En uno de ellos, sobre las rocas, se halla esta localidad que, durante la baja Edad Media, ejerció de bastión defensivo. Con la llegada de los pintores postimpresionistas, Saint-Paul-de-Vence cambió su destino, transformándose en el jardín de inspiración de artistas como Léger, Renoir, Miró, Braque, Picasso, Matisse, Modigliani, y Chagall, quien está enterrado en su cementerio. Gran parte de este legado cultural se difruta en la fantástica Fundación Maeght.

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