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Los 16 pueblos medievales más bonitos de Francia

Castillos, murallas y callejuelas de piedra guían esta ruta por algunos de los destinos más encantadores del país vecino.

Al otro lado de los Pirineos han sabido sacar provecho de la piedra y la madera, del silencio y lo remoto, del turismo slow y la revitalización rural. De hecho, en Francia son pioneros en eso de reivindicar los encantos aldeanos con medidas como la asociación de los pueblos más bonitos de Francia o la Guía Michelin, cuyo origen está en reivindicar aquellos restaurantes perdidos por el país en los que se come muy bien. De ahí que elegir los mejores representantes de esta fiebre por el exotismo próximo sea una gesta muy difícil. Pero no imposible. ¡A viajar!

  1. Saint-Cirq-Lapopie
  2. Gordes
  3. Locronan
  4. Saignon
  5. Conques
  6. Dinan
  7. Beynat-et-Cazenac
  8. Rocamadour
  9. Eguisheim
  10. Josselin
  11. Saint-Paul-de-Vence
  12. Fougères
  13. Carennac
  14. Castelnaud La Chapelle
  15. Vitré
  16. Saint Bertrand de Comminges

 

 

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Saint-Cirq-Lapopie

Cuenta la leyenda moderna que André Breton descubrió este pueblecito mientras trazaba la gran Carretera Mundial sin fronteras, una idea antibelicista para un país que se estaba reconstruyendo tras la II Guerra Mundial. También, que se enamoró de sus callejones empedrados y de sus casas ajadas y que hizo de él una especie de resort vacacional e inspirador para colegas artistas. Este impulso revitalizó un pueblo que sigue entregado a la pintura, que sigue acogiendo a jóvenes creadores y que hoy se ha convertido en un paraíso rural gracias a su castillo en ruinas, a su portentosa estampa sobre el río Lot y a su perfecto estado de conservación.

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Gordes

Este pueblecito ubicado en el corazón de La Provenza tiene el honor de ser la epítome de la belleza en la colina. Un logro que consigue por su uniformidad rupestre y por saber mezclar ruralismo con una esencia bon vivant. Una fórmula ganadora y muy apetecible que se completa con la visita a su castillo y su imponente chimenea y con los campos de lavanda que rodean la abadía cisterciense de Sénanque.

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Locronan

Fundada en el siglo XI como un santuario religioso celta dedicado a San Ronan, esta localidad fue creciendo poco a poco por su relevancia comercial y por su pujante industria textil. De hecho, en el siglo XVI llegó  a ser un referente mundial en la elaboración de las velas marineras, una época en la que sofisticó sus construcciones sin renunciar al imaginario bretón. Por eso, hoy en día casi todas las casas mantienen el granito intacto de aquellos buenos años y se cuidan, también, las costumbres que consagraron este lugar, como es el caso de la romería La Grand Troménie dedicada a su santo predilecto que se celebra cada 6 años.

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Saignon

Hasta aquí llegó Cortázar en busca de retiro y encontró una localidad asombrosamente viva y animada. Porque Saignon rebosa estímulos, sobre todo en verano cuando llena sus rincones y sus iglesias de música, artes escénicas y cine. Un aliciente con el que se mantiene activo y que permite descubrir rincones mágicos como la Abadía de San Eusebio o la iglesia de San Miguel.

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Conques

Este idílico pueblecito se ha instalado en el imaginario millennial al ser el escenario de la adaptación en carne y hueso de La Bella y la Bestia. Sin embargo, estaba ahí desde hace mucho tiempo. En concreto, desde que se levantó su inspiradora Abadía de Santa Fe en el siglo XI, una de las grandes joyas del Románico francés. A su alrededor se levantó un pueblo feligrés y delicado donde todo parece regirse por las mismas normas medievales con las que se levantó. Un hito único y, sobre todo, envidiable y disfrutable.

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Dinan

En muchas ocasiones, su cercanía a Saint-Malo y al Mont Saint-Michel le ha restado brillo. Sin embargo, Dinan puede presumir de ser una localidad esencialmente medieval, algo que se descubre en cuanto se enfila la calle de Jerzual. Esta empinada vía conecta el río Rance con el casco histórico, abriéndose paso entre casas de piedra gris y pizarra. Un viaje en el tiempo que se complementa con la visita a sus tres kilómetros de muralla, con el acceso a la iglesia de Saint-Sauveaur y con un crucero fluvial que regala un punto de vista único de este mágico enclave.

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Beynac-et-Cazenac

¿Qué tiene el río Dordoña que a su paso esculpe pueblos tan bonitos? De hecho, este listado se podría haber copado solo con aldeas levantadas a su ribera, pero entre todas ellas brilla Beynac-et-Cazenac. La fórmula de castillo en las alturas y puerto en las orillas aquí se sublima por el perfecto estado de conservación tanto del baluarte como de las callejuelas. Sencillamente insuperable.

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Rocamadour

Cuentan las malas lenguas que este santuario religioso se levantó para hacerle sombra a Santiago de Compostela y, de paso, para robarle algún que otro peregrino y donante. Sea como fuere, el emplazamiento de este lugar, al abrigo de un portentoso cortado en a orillas del río Alzou, ya lo convierte en una postal imprescindible. Descubrirlo es viajar por tres niveles, desde lo más alto, el castillo, hasta las diferentes iglesias que, excavadas en la roca, siguen atrayendo a creyentes y curiosos por su insólita arquitectura.

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Eguisheim

Sí, Alsacia sufrió mucho durante las contiendas bélicas, de ahí que se convirtiera en una región prioritaria cuando se reconstruyó el país. Una de las consecuencias de esta maravillosa obsesión fue la rehabilitación de la mayoría de sus pueblos con un objetivo claro: hacer de la recuperación de lo medieval un discurso cargado de futuro. ¡Y vaya si lo hizo! Sobre todo, en localidades como Eguisheim, una almendra coqueta llena de callejuelas dispuestas concéntricamente alrededor de una plaza idílica. Y con el añadido indispensable de los viñedos de Riesling y Gewürztraminer completando el paisaje.

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Josselin

Al principio solo era un castillo. No es que en Josselin no hubiera nada más, pero la imponente fachada de la fortaleza de la familia Rohan siempre ha marcado la visita a este mágico lugar. Y sin embargo, en cuanto la retina y las piernas se alejan del río Oust, se desvela un pueblecito lleno de encanto, con un barrio como el de Saint-Croix en el que todas las casas son centenarias y donde se subliman hasta los límites de la fantasía los entramados de madera.

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Saint-Paul-de-Vence

En cierto modo, el encanto de la región de los Alpes Marítimos es lo vertiginoso de su orografía. Y es que en esta región limítrofe gala se pasa de las altas cumbres al azulérrimo Mediterráneo en pocos kilómetros, lo que la convierten en una región repleta de paisajes asombrosos. En uno de ellos, sobre las rocas, se halla esta localidad que, durante la baja Edad Media, ejerció de bastión defensivo. Con la llegada de los pintores postimpresionistas, Saint-Paul-de-Vence cambió su destino, transformándose en el jardín de inspiración de artistas como Léger, Renoir, Miró, Braque, Picasso, Matisse, Modigliani, y Chagall, quien está enterrado en su cementerio. Gran parte de este legado cultural se difruta en la fantástica Fundación Maeght.

shutterstock 711591286. Fougéres

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Fougères

Esta encantadora localidad de la Bretaña francesa posee un escenográfico castillo medieval sobre un promontorio desde el que se domina al cauce del río Nançon. El pueblo destaca por su imponente apariencia de ciudadela fortificada y una ubicación geográfica que en el pasado le hicieron ser protagonista de historias épicas entre el reino de Francia y el ducado de Bretaña. El robusto bastión fue construido en el siglo XII, protegido por tres anillos de murallas reforzados por torreones. A su alrededor fue creciendo el barrio histórico de St. Sulpice, identificado en lo más alto por el puntiagudo pináculo de pizarra de la iglesia del santo que le da nombre, con vidrieras del siglo XVI en el interior, con callejuelas escalonadas que guardan rincones medievales de apariencia intacta, además de talleres artesanos y algún molino. Alrededor de St. Sulpice fueron surgiendo las tradicionales casa de granito con arcadas en la planta baja. También se conserva una torre de centinela de 1397, la únicaque queda en pie en Bretaña junto a la de Dinan. Otras visitas de interés son la iglesia de St. Léonard (siglo XV), junto al Ayuntamiento, y el museo dedicado al pintor Emmanuel de la Villeón, nacido en 1858 en Fougères. Caminando por su casco antiguo se ven talleres y tiendas donde se venden las artesanías que aportaron riqueza en el pasado, principalmente en los siglos XVI y XVII: las manufacturas textiles y los trabajos en vidrio, y a partir del siglo XIX, la industria del calzado femenino, que surgió de la tradición en calzas de lana y zapatos cosidos a mano.

iStock-1125788659. Carennac

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Carennac

En el valle del Dordoña se asienta Carennac, un enclave incluido en la lista de los «pueblos más bellos de Francia» y también clasificado como «Pays d’Art et d’Histoire». Hay que bordear las orillas del río Dordoña para acceder al pueblo, que no ha perdido su inspiración medieval. Nació a raíz de la fundación de una poderosa abadía de Cluny en 1047, que a partir del siglo XIII se rodeó de otros edificios monásticos. Entre sus atractivos figuran las típicas casas de piedra con ventanas esculpidas. También el castillo erigido en el siglo XVI. Y muy especialmente, la iglesia románica de Saint-Pierre con una extraordinario portada profusamente decorada con esculturas y un claustro mitad románico mitad gótico flamígero que invita al recogimiento. El templo se halla adosada a la muralla fortificada que fue levantada entre los siglos XV y XVII. Sus calles estrechas y empedradas están flanqueadas por casas renacentistas con techos marrones le confieren un encanto especial.

shutterstock 1834753219. Castelnaud la Chapelle

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Castelnaud la Chapelle

En el valle del Dordoña se localiza Castelnaud-la-Chapelle, uno de los pueblos en la lista de más bonitos de Francia. Construido sobre un espolón rocoso, su principal atractivo es su ubicación, sobre una colina que mira al río. El pueblo está coronado por un castillo que lo convierte en un destino inolvidable. La fortaleza que lo corona está asimismo clasificada como uno los monumentos históricos más bellos de Francia. Además de conferir un aspecto imponente, permite disfrutar de vistas fantásticas hacia el valle, incluyendo panorámicas a las cercanas y fotogénicas villas colgadas de Beynac y La Roque-Gageac. La fortaleza aloja un Museo de la Guerra en la Edad Media, donde se pueden ver recreaciones de artilugios de tortura de guerra medievales y una importante colección de armas y armaduras. La localidad fue fundada en el siglo XII a partir de un dominio cátaro de 1214. Durante el siglo XV, al igual que muchos otros enclaves fortificados del Périgord, el pueblo fue transformándose hasta convertirse en un agradable enclave en el que vivir. 

shutterstock 1637746549. Vitré

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Vitré

A las puertas de Bretaña, fronterizo al Valle del Loira, el pueblo de Vitré y su castillo medieval seducen por la fisonomía bien conservada de sus callejuelas antiguas, principalmente la Rue de la Poterie y la de Baudrairie, flanqueadas por edificios con vigas y entramados de madera bellamente restaurados, y de vez en cuando, algún torreón del siglo XII. Su castillo, asentado sobre un peñasco, domina la campiña y nació para defender la entrada a Bretaña. Construido en el siglo XI y con ampliaciones hasta el XV, recuerda el papel defensivo de la ciudad durante las guerras de Bretaña. El pueblo vivió su esplendor entre los siglos XV y XVII, cuando los tejidos de lino que allí se producían viajaban fuera de Francia, llegando hasta la India y América del Sur. La torre de St. Laurent (siglo XIV) aloja un museo de tapices, donde se exhiben piezas manufacturadas en los talleres de la francesa Aubusson y de Flandes.  Muy cerca se puede visitar el castillo de Rochers-Sévigné (Argentré-du-Plessis), con unos hermosísimos jardines de estilo francés. 

shutterstock 2224200935. Saint Bertrand de Comminges

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Saint Bertrand de Comminges

Esta localidad de la región del Midi-Pyrénées y aspecto medieval tiene sus orígenes en la fundación por los romanos el año 72 a.C. Todavía amurallada, se emplaza en una magnífica posición al inicio del valle del río Garona. Domina el pueblo la hermosa catedral de Notre-Dame, iniciada en 1129 –conserva partes románicas- y reedificada en el siglo XIV. Sobresale la fachada con un macizo pórtico-campanario cuadrado. Junto al templo, merece la pena descubrir a ritmo lento el claustro que tiene adosado, formado por tres galerías románicas de columnas dobles y capiteles esculpidos. Justo al lado hay una plaza donde se puede ver la antigua capilla de Les Olivetains, donde se realizan exposiciones de los hallazgos del siglo II localizados a los pies de la colina, vestigios romanos de la antigua Lugdunum. En la muralla que aún se conserva se conservan las Puertas Majou, la Cabirole, precedida por barbacanas del siglo XII, y la Puerta Lyrisson. 

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