Alentejo: una ruta circular por sus pueblos amurallados y sus acantilados

La palabra Alentejo significa literalmente «allende el Tajo» y, aunque sugiere lejanía, denomina una tierra próxima y acogedora, entre las menos transformadas por el turismo en Portugal.

La franja que se extiende desde el sur de Lisboa hasta el Algarve guarda las esencias del mundo tradicional, incluyendo ciudades cargadas de arte y fincas agrícolas y ganaderas, pueblos repletos de historia y dehesas que se extienden hasta el Atlántico. El paisaje alentejano es fruto de la manera en que las diferentes civilizaciones modelaron el territorio. Las elevaciones del terreno se aprovecharon para erigir castillos y villas fortificadas, mientras los campos se llenaban de cultivos de secano, cereales y extensas praderas salpicadas de olivos, alcornoques y encinas. En la costa se suceden largas playas, acantilados, pequeñas calas y puertos que mantienen un ritmo de vida pausado y los viejos oficios de la pesca.

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Elvas: un inicio por todo lo alto

Para conocer esta región es recomendable entrar por carretera desde Badajoz y, así, ir enhebrando las maravillas del Alto Alentejo hasta asomarse al mar; se recorre después la costa y se regresa por el sur descubriendo el Bajo Alentejo hasta atravesar de nuevo La Raya, el territorio fronterizo compartido por España y Portugal. Si se sigue este plan de ruta, el Alentejo nos recibirá con la imponente imagen de la ciudad de Elvas, Patrimonio de la Humanidad, a solo 14 km de la frontera. El casco urbano está rodeado de defensas renacentistas y, desde la hermosa plaza de la República, invita a pasear por las estrechas calles de la parte antigua, entre casas barrocas y jardines cautivos tras los muros.

shutterstock 1889252626. Muchas vistas y un acueducto

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Muchas vistas y un acueducto

Elvas tiene rincones encantadores, como la Rua das Beatas, de suelo empedrado, macetas floridas y gente sentada a la puerta de sus casas. La explanada al pie del castillo es un generoso mirador sobre el territorio moteado de olivos. El alto acueducto de Amoreira aún conecta Elvas y sus campos. Completado en 1622, con 31 m de altura, 843 arcos y 8,5 km de longitud, es el mayor de la Península Ibérica.

shutterstock 1912354447. Bórbal y sus mármoles

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Borba y sus mármoles

Rumbo al oeste se encadenan tres poblaciones con un bello patrimonio. En Borba todavía se extraen a cielo abierto los blancos mármoles que tallaban los romanos y que luego sirvieron para construir las capillas y monumentos del pueblo.

shutterstock 1912367035. Vila Viçosa y el rey João IV

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Vila Viçosa y el rey João IV

Al poco aparece Vila Viçosa, donde todo es tranquilo y seductor. Su Palacio Ducal, renacentista, es el recuerdo en piedra de los Braganza, titulares de la corona portuguesa durante más de dos siglos hasta el fin de la monarquía en 1853, aunque reinaron en Brasil hasta 1889. El recinto contiguo al palacio contiene la iglesia Matriz y su cementerio repleto de mausoleos, junto a un grupo de casas encerradas en la muralla. La plaza del Terreiro do Paço, con la estatua ecuestre del rey João IV en el centro, tiene proporciones metropolitanas y se considera una de las más bellas del país. Está presidida por el palacio Ducal y a su alrededor se congregan la iglesia de los Agustinos y el convento de las Llagas de Cristo, transformado en un hotel histórico de la red Pousadas de Portugal.

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De Estremoz a Raiolo

Estremoz se eleva sobre la planicie, coronada por su núcleo amurallado, que acoge otro palacio real transformado en pousada. Ahora lleva el nombre de la reina Santa Isabel, quien residió en él en el siglo xiv. En media hora se llega a Arraiolos, donde se conserva un castillo de planta redonda que encierra una iglesia en su interior. El pueblo es famoso por la elaboración manual de alfombras y bordados con complejos diseños de Persia y la India que perpetúan una tradición iniciada en el siglo xii.

shutterstock 1476685019. Évora, el capricho manuelino

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Évora, el capricho manuelino

Évora, a 46 km, condensa la huella de las civilizaciones que apreciaron el Alentejo. Su mascarón de proa es un templo romano, supuestamente dedicado a la diosa Diana, que mantiene 14 columnas íntegras en el centro de una plaza. La ciudad fue un enclave relevante para los musulmanes y también para los cristianos, que erigieron una formidable catedral sobre la antigua mezquita entre los siglos xii y xiii. El patrimonio de la ciudad incluye palacios y templos, como la iglesia de São Francisco, que muestra el agradable estilo manuelino portugués. Y aunque la plaza del Giraldo sea el actual foco de animación de Évora, desde el siglo xvi el imán de intelectuales y artistas ha sido la antigua Universidad. Entre las curiosidades destaca la Capela dos Ossos del convento de São Francisco, una capilla cuyas paredes y columnas están cubiertas por 5000 calaveras y millares de huesos, en una macabra obra de arte de carácter místico.

shutterstock 2118666641. Una parada en la prehistoria

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Una parada en la prehistoria

El crómlech de los Almendros se localiza a media hora en coche de Évora. Rodeado de alcornoques, data de época neolítica y agrupa en misterioso orden geométrico casi un centenar de menhires erigidos con propósitos religiosos o astronómicos. Quizás es uno de los más completos y accesibles entre los muchos repartidos por el Alentejo, y también de los más antiguos, pues ha resistido siete mil años de intensa actividad humana.

shutterstock 662825632. Sines y el encanto costero del norte

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Sines y el encanto costero del norte

Sines, la principal ciudad de la costa norte, espera a menos de dos horas. Cuenta con un gran puerto, y una medialuna de arena al pie de su antiguo recinto fortificado. En lo más alto se ve el castillo, rodeado de iglesias recubiertas de azulejos y casitas marineras, pintadas de blanco y con las ventanas y las puertas enmarcadas de azul o amarillo. En una de ellas, a finales del siglo xv, nació Vasco da Gama, pionero en la ruta a la India rodeando el cabo de Buena Esperanza. Lo recuerda una estatua asomada a la playa que lleva su nombre, a la que se puede bajar en un ascensor de diseño.

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Road trip entre playas vicentinas

Desde Sines es aconsejable costear hacia el sur hasta el límite mismo del Algarve, Odeceixe. Es un recorrido de apenas 75 km por carretera al que conviene dedicar varios días para disfrutar de la parte alentejana de la Ruta Vicentina, el camino de la costa, que se asoma al Atlántico en un parque natural. Acondicionada para no dañar el entorno, la ruta permite a senderistas y ciclistas avanzar sobre acantilados y playas ideales para el surf.

Al sur de Sines se enlazan largos arenales antes de que las rocas comiencen a estar presentes, formando farallones insertados entre otras playas –como la de Samoqueira, la del Salto o la Grande– preciosas, abiertas por la fuerza del océano y poco frecuentadas incluso en días de verano.

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Porto Covo con aires mediterráneos

Elevado sobre su pequeño fondeadero se encuentra Porto Covo, un pueblo con vocación de isla mediterránea, tranquilo, placentero, en torno a una placita presidida por un sencillo templo y varios restaurantes. En Porto Covo
empieza la ruta senderista del Camino de los Pescadores, siempre al borde del mar, sobre las largas playas de Ilha do Pessegueiro, de Aivados y de Malhão, a la que se accede por pasarelas para proteger la flora y la fauna de las dunas.

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Sardao, el cabo salvaje

La principal ciudad después de Sines es Vila Nova de Milfontes, crecida sobre las playas fluviales de la ancha desembocadura del río Mira. Muy animado en verano, es destino de vacaciones de los alentejanos, que se bañan en la playa del Farol, con una orilla en agua dulce y otra en el mar. Al sur, el litoral se va haciendo cada vez más abrupto. Deshabitadas y ásperas son las costas de Almograve, que esconden playas secretas en Poça de Buraco y Carriços. A solamente 9 km se levanta el poderoso faro del cabo Sardao, donde la ruta litoral manifiesta la belleza de los acantilados de 30 m de altura con nidos de aves marinas.

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Zambujeira, el adiós a la costa

Algo menos miden las paredes rocosas que rodean el gran semicírculo de la playa de Zambujeira do Mar, con la iglesia de Nossa Senhora do Mar y las casas blancas del pequeño pueblo asomadas en balcón sobre la arena. Cada vez más agreste, la deshabitada costa se abre en el mínimo caserío de Azenha do Mar, encaramado sobre un puerto de juguete, protegido por el pequeño rompeolas, testimonio de siglos de pesca heroica. El río Seixe marca el límite entre el Alentejo y el Algarve. Si se sigue hasta su desembocadura se llega a Odeceixe, una gran banda arenosa entre el río y el mar, que transmite la sensación de hallarse en un remoto finisterre.

Terminado el recorrido por el litoral es el momento de regresar al interior por el Bajo Alentejo, menos modernizado que el resto del país, donde pervive un mundo rural cargado de carácter y poseedor de un gran valor ecológico.

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Vuelta al campo alentejano

Por Odemira y Ourique, con su propio castillo, se llega a Castro Verde, una localidad de aspecto intemporal, rodeada de austeras estepas cerealistas, cuyo cultivo se detiene cada dos años para pasar otro en barbecho, dedicadas a pasto de vacas y ovejas. En el suelo se ven avutardas y grullas alimentándose, y en el cielo cernícalos y águilas. En sus campos se ha logrado una equilibrada convivencia milenaria entre el ser humano y el medio natural. Esta obra maestra entre los ecosistemas agrarios fue reconocida en 2017 como Reserva de la Biosfera.

shutterstock 1685815048. Mértola, el orgullo del Guadiana

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Mértola, el orgullo del Guadiana

En cierto modo, Mértola supone una bella excepción por colocar sus casas enjalbegadas de tejados rojos al borde de una escarpadura por cuyo fondo corre el Guadiana. A sus pies se encuentra el puerto fluvial más alejado de la desembocadura, hasta el que llegaban los barcos en tiempos musulmanes. Aún sirvió como embarcadero de minerales en el siglo pasado. Un sólido castillo del siglo xiii corona la peña, acompañado por la excavación del alcázar musulmán.

A su lado brilla el blanco puro de la iglesia Matriz, una antigua mezquita travestida en templo cristiano, con un frontón y una torre de campanas, que aloja un interior de genética islámica. El bosque de columnas que sustenta los estrechos arcos apuntados pertenece a una de las pocas mezquitas sobrevivientes a la llegada de los cristianos.

shutterstock 1983531296. Las fastuosas minas fantasma de São Domingos

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Las fastuosas minas fantasma de São Domingos

Hay 18 km hasta las Minas de São Domingos, que fueron fuente de oro y plata para romanos y árabes, y conocieron un segundo esplendor en el siglo xix, dando cobre, azufre, cinc y plomo a una compañía británica. El cierre definitivo en 1966 provocó el éxodo de los trabajadores, aunque pervive una aldea casi vacía cerca de los abandonados edificios industriales y un colorido estanque de aguas contaminadas, que contrastan con las del limpio embalse vecino de Tapada Grande, perfecto para el baño y los deportes náuticos.

shutterstock 1318461275. Beja la bella

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Beja la bella

Desde este extremo sudeste del Alentejo hay que dirigirse al norte, cerrando el viaje circular hasta Badajoz. A 37 km espera Serpa, encerrada dentro de una completa muralla, repleta de casas blancas y suelos empedrados. Es famosa por su queso cremoso de oveja, que cuenta con Denominación de Origen Protegida. Atravesando los campos de trigo de la extensa Planicie Dourada, se alcanza Beja, considerada capital del Bajo Alentejo. Denominada Pax Julia en tiempos de Roma, la ciudad concierta restos de todas las culturas que vivieron allí, desde romanos, visigodos y árabes a la larga permanencia del mundo agrícola cristiano, responsable del ambiente provinciano, austero y señorial.

Es un placer sumarse a la vida cotidiana local mientras se pasea hasta el castillo, se curiosea en el mercado inmediato y se ven los templos que recuerdan el poder de la Iglesia católica. El antiguo convento de la Concepción, convertido en Museu Rainha Dona Leonor, contiene una magnífica colección de arte. También se conserva la memoria de la historia de amor entre una monja portuguesa con un militar francés, así como las cartas que ella dejó escritas.

GettyImages-500173919. Moura, Alqueva y las callejuelas

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Moura, Alqueva y las callejuelas

Viajando de nuevo hacia el nordeste, en menos de una hora aparece en el paisaje la presa de Alqueva, que acumula las aguas del Guadiana. Y a 15 km de Barragem do Alqueva, el núcleo de casas erigido durante la construcción del pantano, surge Moura, un pueblo grande que recuerda la larga presencia musulmana en su castillo y en la enrevesada morería, la mouraria. Viendo el laberinto urbano decorado con una alegre constelación de jardineras y macetas, se siente la presencia del arte de convertir la modestia en encanto, al que se suman la gozosa fachada manuelina de la iglesia de São João Baptista y el discreto Jardim Dr. Santiago, abierto a un paisaje ondulado cuajado de olivos y encinas.

GettyImages-1144205866. Monsaraz sobre el embalse

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Monsaraz sobre el embalse

Antes de llegar a Monsaraz, la más pintoresca de las poblaciones cercanas a La Raya entre Portugal y España, hay que recorrer 52 km y cruzar dos veces el embalse del Guadiana. El conjunto urbano está encaramado en un monte que culmina en un castillo del siglo xiv. La muralla permanece completa y se entra por una de sus cuatro puertas, para descubrir un reducido casco urbano de impecable blancura, con calles que son miradores sobre el paisaje y conducen a la poderosa fortaleza, que contiene una plaza de toros en su patio.

shutterstock 1988955416. El último atardecer desde Monsaraz

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El último atardecer desde Monsaraz

La blanca perfección de Monsaraz es una de las postales emblemáticas del discreto Alentejo, cuajado de pueblos y ciudades de tradición rural sobre un territorio en equilibrio, que ha sabido atravesar los tiempos modernos mirando al futuro sin perder la memoria. Manteniendo un aire señorial en la modestia y la dignidad de una manera de vivir ancestral ligada a la agricultura y la naturaleza.

Samoqueira