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Alsacia: el viaje perfecto entre ciudades, viñedos y pueblos irresistibles

Una ruta para no dejarse nada en una de las regiones más densa y apasionantes del Viejo Continente.

¿Qué es lo que define la singularidad de Alsacia? Al recorrer sus ciudades, ríos, bosques y sierras contemplamos una región marcada por largas disputas territoriales y, sin embargo, su paisaje respira porvenir y recrea el espíritu y el cuerpo en cada etapa. 

 

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iStock-637807668. Estrasburgo y el Rin: un matrimonio indivisible

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Estrasburgo y el Rin: un matrimonio indivisible

Todo viaje tiene su inicio y este comienza en Estrasburgo, emblema de la historia de conflictos y conciliaciones en este enclave europeo, por lo que fue designada sede del Parlamento Europeo y, sobre todo, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Su nombre deriva del latín Strate-burgum, que podría traducirse como «ciudad de las rutas», una etimología que define su condición como cruce de caminos. Estrasburgo está situada entre Francia y Alemania, entre el oeste y el este de Europa, y se recuesta en el valle del Rin, un río que según Victor Hugo «deja entrever, tanto al ojo del poeta como al del cronista, bajo la transparencia de su curso, el pasado y el porvenir de Europa».

iStock-1185952957. Canales y y barrios con doble nacionalidad

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Canales y y barrios con doble nacionalidad

Estrasburgo se distancia del gran Rin y se repliega hacia el interior del valle de uno de sus afluentes, el discreto río Ill, que la atraviesa y abraza. Desde su fundación romana, cuando se llamaba Argentoratum, y a lo largo de su historia, ha sido siempre una ciudad libre. Considerada el centro del desarrollo del pensamiento humanista, pasaron por ella nada menos que Gutenberg, el padre de la imprenta, y Calvino, impulsor del movimiento de la Reforma.

En la diversidad y textura de sus barrios, Estrasburgo tiene por momentos un aire francés y por momentos un aire alemán. Y no hay un punto preciso donde se pueda establecer una clara diferencia. No se encuentra en el casco histórico, que es una isla delimitada por dos brazos del Ill, que en algunas vistas hace pensar en París y que guarda en uno de sus extremos un barrio llamado la Petite France.

iStock-495672715. Secretos de la Petite France

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Secretos de la Petite France

Con sus canales y sus casas à colombages –que lucen entramado de madera en la fachada– reflejándose en la superficie del agua, la Petite France es una de las zonas más encantadoras del viejo Estrasburgo. Debe su nombre en realidad al hospital donde se atendía a los enfermos de sífilis, enfermedad que solía llamarse «el mal francés». Es un placer perderse por las calles de esta especie de isla, bordear los canales y dejarse llevar por el impulso de los paseantes que se dirigen por la Grand Rue hacia la catedral, ubicada en su corazón.

iStock-500021791. De lo más alemán...

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De lo más alemán...

Tampoco se halla una diferencia nítida entre lo francés y lo alemán en el Neustadt, literalmente, Ciudad Nueva. El llamado Barrio Alemán fue edificado entre 1880 y 1914 para conmemorar una victoria sobre Francia y ofrece, en las construcciones del Palacio del Rin y de la Universidad, claras muestras del llamado estilo imperial germánico. En el seno mismo de este barrio se sitúan también dos magníficos exponentes de la arquitectura francesa: el palacio que alberga el Consejo de Europa y el Parque de la Orangerie.

Alojarse en el centro permite disfrutar del casco histórico, con el Palacio Rohan (en la imagen), los museos de Artes Decorativas, de Bellas Artes y de Arqueología al alcance de la mano. Una zona ideal para caminarla sin apuro por calles estrechas o paseando junto al río.

iStock-1139263906. ...a lo más francés

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...a lo más francés

Hasta que se llega a la catedral, un soberbio monumento gótico, declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1988. Empezó a construirse en 1015 y, cuando se acabó cuatro siglos después, nadie dudó en reconocerlo como uno de los templos católicos más imponentes.

El estilo gótico de la catedral de Estrasburgo, en su movimiento vertical, parece que busca despegarse de las vanidades terrestres y las viejas divisiones. Estas piedras en particular presenciaron las luchas entre católicos y protestantes en el siglo xvi, entre franceses y alemanes a finales del siglo xix y los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Traspasado el portal principal, cuyo tímpano representa escenas de la vida de Cristo y culmina, en la parte superior, con su ascensión celestial, se penetra en un silencio sobrecogedor y, al mismo tiempo, frágil.

GettyImages-594835881. Camino a los misteriosos Vosgos

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Camino a los misteriosos Vosgos

Abandonando la llanura del Rin, la ruta se interna en la parte baja de los Vosgos, el macizo montañoso que vertebra Alsacia, cubierto de bosques de un verde incansable. Se trata de un territorio que sorprende a cada paso, con sus árboles, casas y pueblitos típicos, surgidos, se diría, del pincel de un pintor paisajista. Aquí es inevitable citar a Victor Hugo, cuya lectura acompaña al viaje, cuando señala que al viajar tanto el cuerpo como la imaginación se desplazan: «El capricho del pensamiento atraviesa los mares sin navío, los ríos sin puentes y las montañas sin rutas». Y ambos viajes, el real y el imaginario, se mezclan y se confunden como uno solo.

En estas coordenadas más rurales no es difícil escuchar una lengua extraña que no es francés ni alemán. En los pueblos del interior se utiliza con frecuencia el alsaciano, que pertenece a la gran familia de las lenguas germánicas como el alemán moderno. Ambos idiomas se parecen en algunos aspectos gramaticales o fonéticos, pero el alsaciano tiene otro cuerpo, otra musicalidad. Segunda lengua regional francesa después del corso, se fue construyendo lentamente a lo largo de encuentros y migraciones, y se ha nutrido de los pueblos que fueron ocupando el territorio –celtas, romanos, galos, francos, las tribus de alamanes– y en el período moderno del francés y del alemán. La particular toponimia ilustra este inmenso fresco intercultural.

shutterstock 1798222804. Por el valle del Bruche

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Por el valle del Bruche

La primera parada en este paraje es Molsheim (en la imagen), una ciudad conocida por ser la sede de la marca de automóviles Bugatti y que abre la puerta a una zona con innumerables atractivos tanto naturales como culturales. El objetivoo es recorrer el valle del río Bruche, de unos 70 km, siguiendo la carretera departamental 1420. Tras visitar el fuerte de Mutzig, escenario de enfrentamientos en las dos guerras mundiales, merece la pena continuar hasta Heiligenberg. Este pintoresco pueblo se alza sobre un promontorio y permite acceder a una de las mejores vistas panorámicas del valle. Se distinguen regularmente grupos de ciclistas de montaña y de carretera, pues esta zona de mediana altitud es ideal para la práctica de este deporte.

iStock-928231916. Un atardecer en Haut-Koenigsbourg

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Un atardecer en Haut-Koenigsbourg

No hay nada como rematar el día en el castillo de Haut-Koenigsbourg, que se encuentra casi al límite de las regiones del Alto y el Bajo Rin, en un puesto elevado desde el cual podían controlarse las rutas comerciales que atravesaban Alsacia en la antigüedad. Fue concebido en el siglo xii con la disposición medieval de una fortaleza. Propiedad de los Habsburgo en el siglo xv, permaneció luego abandonado durante muchos siglos hasta que, a partir de 1899 y bajo el dominio del emperador Guillermo II, se llevó a cabo su restauración.

iStock-955194222. Tierra de rutas

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Encrucijada de caminos

Para comprender el alma enigmática de Alsacia es indispensable considerar las rutas que la han atravesado y configurado durante siglos. Una de las primeras es la llamada Vía Salinaria o Strata Salinatorum, es decir Ruta de la Sal, trazada por los romanos para comunicar con Italia las salinas de la región. Partía de Moyenmoutier atravesando los Vosgos y dio nombre a las comunas de Saulxures, Saâles y Salcée.

 

Por aquí también pasa el Camino de Santiago. Tras dejar atrás Estrasburgo, verdadero punto de convergencia entre Europa del este y del sur, la ruta jacobea descendía por el valle del Bruche en dirección a Basilea y Arles, un enclave que orientaba a los peregrinos hacia Toulouse para cruzar los Pirineos por Roncesvalles. En la actualidad, diferentes asociaciones proponen itinerarios para descubrir las iglesias, capillas, ermitas y conventos que son testimonio de esta milenaria vía en Alsacia.

 

 

iStock-1128860002. Turismo bélico

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Turismo bélico

También existen recorridos que enlazan sitios clave de diferentes guerras, y que incluyen fuertes, fortalezas, castillos, campos de batalla o la tristemente célebre Línea Maginot, una serie de fortificaciones que Francia construyó en la frontera con Alemania al finalizar la Primera Guerra Mundial. Se puede seguir por ejemplo el Camino de las Crestas, trazado para permitir la comunicación entre el frente norte y el sur durante la Gran Guerra. Se trata de un circuito de 83 km que va desde el Col du Bonhomme hasta Thann y que puede recorrerse a pie y, en verano, también en un autobús que realiza paradas en todas las etapas. La Ruta de las Crestas es un paseo emocionante no solo porque pone en contacto con la historia a través de ruinas y monumentos, sino también porque se adentra en la naturaleza del Parque Regional de los Ballons des Vosges.

El tema bélico ofrece una buena excusa para caminar por los alrededores del monte Hartmanns-willerkopf, uno de los principales enclaves de memoria de la última gran guerra. Aquí reposan los restos de miles de soldados franceses y alemanes, muchos de ellos todavía desconocidos. Es una cumbre estratégica y simbólica, capturada y perdida sucesivamente en batallas muchas veces inútiles, guiadas más por la obstinación que por la estrategia militar. No resulta extraño que los soldados le dieran a la montaña el tétrico nombre de Mangeuse d’hommes, la «devoradora de hombres».

iStock-924355700. Colmar: el éxtasis romántico

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Colmar: el éxtasis romántico

Colmar es uno de los lugares míticos de Alsacia. Como surgida de una pintura romántica, deslumbra con sus murallas, sus casitas típicas llenas de flores y sus canales. Uno de sus barrios más conocidos, que se puede recorrer a pie pero también en barcazas, se llama la Pequeña Venecia o Petite Venise. La ciudad destaca también por las lujosas mansiones renacentistas, propiedad de la floreciente burguesía de artesanos y comerciantes que había en la ciudad. Uno de los mejores ejemplos arquitectónicos es la Casa Pfister, construida –se diría que tallada– en madera a finales del siglo xvi.

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Foto: Ruedi Walti. Museo Unterlinden

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Un museo al que peregrinar

Más allá de la simple postal, Colmar es también una ciudad dinámica, viva, orgullosa de su patrimonio, como lo demuestra el museo Unterlinden, instalado en un antiguo convento del siglo xiii y remodelado recientemente. Aloja el famoso Retablo de Issenheim (1512-1516), obra maestra de Mathias Grünewald formada por nueve paneles, entre los que sobresale el central, que representa la Crucifixión, de 2,50 m de alto por 3 de ancho. Posee además obras de Hans Holbein, Lucas Cranach, Monet, Renoir y Picasso, entre otros.

iStock-941110924. El vino como paisaje

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El vino como paisaje

El patrimonio más importante de la región de Colmar probablemente lo constituyen sus viñedos. Y es que esta ciudad se ubica en el centro de la llamada Ruta de los Vinos, una de las más renombradas de Francia. Para seguir su trazado completo conviene recorrer, desde Marlenheim hasta Thann, sus 170 km de viñas, pintorescos pueblitos, castillos medievales y abadías con sus cavas de degustación. En Alsacia se producen vinos de tipo monovarietal, es decir elaborados con una única uva, entre los que destacan el riesling, el sylvaner, el pinot blanco y el dulce y fresco gewurztraminer.

shutterstock 591603593. Pueblos entre viñas

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Pueblos entre viñas

La Ruta de los Vinos discurre a través de verdes viñedos, entre colinas y valles en los que emergen poblaciones de trazado medieval, con sus murallas y calles angostas flanqueadas por casas à colombage. Como Riquewihr (en la imagen), una de las más fotogénicas de la región, o la coqueta Hunawihr. En muchos casos portan el título de Villes Fleuris, que se otorga a aquellas poblaciones que prestan especial atención a sus jardines, plazas y parques y que, sobre todo, acogen con simpatía a los visitantes interesados en sus tradiciones y su entorno natural. En agosto, la medieval Kaysersberg (Monte del César) acoge un animado mercado donde es posible degustar los embutidos, quesos y, por supuesto, vinos locales. A poca distancia se encuentra otra localidad de parada indispensable, Eguisheim, cuyas callecitas giran en torno a las ruinas de un castillo del siglo xiii.

iStock-493917373. Naturaleza pura

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Naturaleza pura

Si se sigue descendiendo hacia el sur se llega al Parque Natural de los Vosgos, una de las reservas ecológicas más importantes del país. Nada como perderse entre sus bosques de hayas, abetos y robles, y alcanzar sus cumbres redondeadas, llamadas ballons, por algunos de los numerosos itinerarios que atraviesan el parque.

iStock-1168239539. Un pueblo en cuadrícula

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Un pueblo en cuadrícula

De regreso a la llanura merece la pena detenerse en la ciudad fortificada de Neuf-Brisach. Fue diseñada hacia 1698 por Vauban, padre de las mayores fortalezas francesas, todas situadas en territorios fronterizos o en zonas del litoral que necesitaban reforzar la defensa del país. Esta plaza baluarte, declarada Patrimonio de la Humanidad junto al resto de la obra de Vauban, es ideal para tomar un schnapp, el típico aguardiente de cereza.

shutterstock 1221390934. Mulhouse entre ríos y museos

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Mulhouse entre ríos y museos

Mulhouse, etapa final de este recorrido, se extiende hacia el oeste del canal que une el río Ródano con el Rin, vías de comunicación esenciales para una ciudad en permanente expansión. Mulhouse tuvo su esplendor a mediados del siglo xix gracias al desarrollo textil, que declinó a principios del xx y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Pero la actividad industrial renació a partir de los años 60 con la instalación en su proximidad de empresas automovilísticas. Las primeras horas de la tarde son un excelente momento para pasear en torno a la plaza de La Réunion. El centro histórico muestra en su misma fisonomía, en la confluencia de estilos, esos vaivenes de la historia que han forjado el carácter alsaciano.

La visita a alguno de sus museos dedicados a la industria local (Cité de l’Automobile, Museo del Tren, La Filature) puede combinarse con un paseo o un almuerzo en el Marché du Canal Couvert. Un final perfecto al viaje por Alsacia, una región abierta al mundo, erigida en una encrucijada de antiguas rutas que transportaban mercancías y conocimientos de una punta a otra de la vieja Europa.

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Alsacia: el viaje perfecto entre ciudades, viñedos y pueblos irresistibles

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