Alsacia: un viaje inspirador desde Estrasburgo hasta Los Vosgos

El Rin y los montes Vosgos enmarcan esta región francesa de alma alemana, con ciudades surcadas por canales, castillos medievales y viñedos.

Orgullosa de su espléndido patrimonio artístico y arquitectónico, de la belleza y diversidad de sus paisajes, así como de su singularísimo folclore, la Alsacia fronteriza con Suiza y Alemania ha sabido preservar a lo largo de siglos tormentosos sus múltiples señas de identidad. Estas peculiaridades la han convertido en uno de los destinos turísticos más seductores de Francia. No en vano Luis XIV, su conquistador Rey Sol, cayó rendido ante el encanto de «tan bello vergel».

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Alsacia

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Una historia dominada por el Rin

Y es que entre las cumbres de los Vosgos y la Selva Negra renana, la colorida atmósfera de serenos lagos y alegres viñedos de su territorio, salpicado por imponentes fortalezas y casitas de cuento de hadas a lo Hermanos Grimm, hechiza a los viajeros. Porque Alsacia es parte única del áureo tesoro de ese «padre» Rin engendrador de mitos, reconocido como frontera franco-germana en 1697 por el Tratado de Ryswick, que a una y otra orilla celebra hoy la pacífica alegría de vivir en idiomas, dialectos, ideas y credos distintos.

Los habitantes del Gran Este francés sufrieron durante los últimos dos siglos cuatro cambios de nacionalidad, derivados de la contienda franco-prusiana de 1870 y de las dos guerras mundiales del siglo XX. De ahí surgen algunas de sus especificidades, como el Concordato de modelo napoleónico, ya que en la laica República francesa, que en 1905 instituyó la separación entre el Estado y las diferentes confesiones, Alsacia y Lorena son las dos únicas regiones hexagonales cuyos religiosos perciben salario público. El recuerdo del Simultaneum, práctica que repartió antaño los edificios sacros entre católicos y protestantes, según horarios o áreas de los templos, sigue aquí muy presente.

Estrasburgo

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Estrasburgo, sede oficial de la Unión Europea

Antiguo poblado celta denominado Strateburgum en época galorromana, Estrasburgo, la preciosa capital alsaciana, alberga el Parlamento Europeo y el Consejo de Europa, y es una de las urbes universitarias más bellas del continente. Aquí, en el año 842, se firmó un Juramento de Lealtad entre dos príncipes en el que por vez primera aparecieron escritas las lenguas francesa y alemana. Y en 1792 Rouget de Lisle escribió La Marsellesa, que en un primer momento se llamó Canto guerrero para el Ejército del Rin, e impartió clases Louis Pasteur, decano de la Universidad que hoy lleva su nombre. Estrasburgo es también la ciudad natal del ilustrador Gustave Doré, del surrealista Jean –o Hans, según vicisitudes históricas– Arp y del militar bonapartista Kléber, asesinado en 1800 en El Cairo.

Su casco histórico y catedral gótica de Notre-Dame fueron declarados en 1988 Patrimonio Mundial de la Unesco. Liberadas del terror nazi en noviembre de 1944 por el general Leclerc, las calles amadas por Erasmo, que Goethe recorrió durante su etapa estudiantil y en las que Gutenberg, quien residió aquí una década, ideó su revolucionario método de impresión tipográfica, han atravesado casi intactas siglos de conflictos.

Estrasburgo

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Siempre hay tiempo para visitar su Catedral

La bellísima catedral gótica de Estrasburgo, de característica arenisca rosa de los Vosgos, fue salvada a principios del XX por el arquitecto Johann Staub, que le inyectó cemento a su amenazada base. Posee magníficas vidrieras y un maravilloso pórtico central bajo el inmenso rosetón, cuya estatuaria representa vívidas escenas bíblicas. El de la fachada sur, llamado del Reloj, es el más antiguo y exhibe un magnífico Tránsito de la Virgen en el tímpano izquierdo. Pero sin duda la gran atracción popular de la catedral reverenciada por Victor Hugo y en cuya nave central concibió Goethe su romántico movimiento literario Sturm und Drang, es el Reloj Astronómico, a la izquierda de una vidriera del siglo XIII. Ideado por matemáticos en 1550, este mecanismo en que la Muerte da las horas y un ángel gira un reloj de arena, presenta a diario el animado desfile de una serie de autómatas en representación de Jesús y los doce apóstoles.

Al abandonar la catedral, que fue protestante hasta 1681, conviene pasear por el adoquinado centro histórico, repleto de edificios tan hermosos como la Farmacia del Ciervo, del siglo XIII, o la historiada Casa Kammerzell. En la contigua plaza del Castillo se sitúa el excelente Museo de la Obra de Notre-Dame, repartido entre cuatro casas de época, una de ellas con encantador jardincillo medieval en su patio. Una de sus salas presenta obras de Grien, talentoso alumno de Durero.

Estrasburgo

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Le Petite France bien merece una visita

En la plaza del Castillo se alza el dieciochesco palacio Rohan, de majestuosa fachada, cuyo interior acoge diversos museos. El más relevante es el de Bellas Artes, que expone obras maestras de Botticelli, Rafael, Tiepolo, Van Dyck, El Greco, Murillo, Goya, Delacroix o Courbet, entre otros artistas.

Por los puentes cubiertos, o por el peatonal del Faisán, se accede al bullicioso barrio de pescadores de la Petite France, un intacto entorno medieval y renacentista de enorme encanto y vitalidad. Conviene admirar en barco sus coloridas fachadas y visitar después su magnífico Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, que cuenta con colecciones impresionistas, obras de Picasso, Braque o Kan­dinsky y salas dedicadas a Jean Arp y Gustave Doré. Enfrente, junto a la plaza de Austerlitz, el viejo barrio de bateleros de Krutenau, cuyos muelles han sido excelentemente rehabilitados, es el lugar favorito de los estudiantes para salir por la tarde y la noche. Destaca aquí el bonito Museo Alsaciano, instalado en tres casas espléndidas de los siglos XVI y XVII.

Estrasburgo

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Calles, calles y más calles

Al norte de la ciudad, junto a la plaza de la República y su imperial Palacio del Rin, se extiende el monumental barrio prusiano de la Neustadt, edificado tras la anexión de 1870 al naciente imperio alemán. Sus grandes avenidas, bordeadas de edificios neogóticos, despliegan asimismo joyas modernistas tales como los preciosos Baños Públicos municipales, la Casa Egipcia, singular mansión de gusto orientalizante o la sala de conciertos Palais des Fêtes. En la neoclásica Villa Greiner, el Museo Tomi Ungerer expone la obra del gran dibujante ecléctico fallecido en 2019.

Próximo a la península Malraux, al Puerto Autónomo y a las ajardinadas orillas del Rin, el barrio del Parlamento Europeo y del Consejo de Europa despliega su arquitectura contemporánea cerca del parque de la Orangerie, diseñado por Le Nôtre en 1692. Si desde ahí se cruza el cercano Puente de Europa se puede acceder, a pie o bien en tranvía, a la fronteriza ciudad alemana de Kehl.

Wissembourg. Las urbes de Alsacia

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Las urbes de Alsacia

Arriba de la capital, no lejos del frondoso Parque Natural de los Vosgos del Norte, se halla Wissembourg. Su iglesia gótica de San Pedro y San Pablo es la segunda mayor de Alsacia, pero esta ciudad es célebre sobre todo por su muralla y por el legendario Hans Trapp, un siniestro personaje fustigador de niños díscolos que a primeros de diciembre acompaña al buen San Nicolás repartidor de regalos.

Al sur de Wissembourg se halla Marmoutier, cuna del pintor Alphonse Lévy (1843-1918). La ciudad cuenta con la iglesia de Saint-Martin, antigua abadía y obra cumbre del románico local, además de un Museo del Judaísmo Alsaciano.

Al sur, frente a la cima del Donon, santuario celta y bélico escenario en 1914, Molsheim marca el inicio de la célebre ruta de los vinos. Este recorrido encadena floridos pueblos de casas de entramados de madera, productores, entre otros, de los extraordinarios blancos riesling, sylvaner o gewurztraminer. Antes, sin embargo, se debería visitar el terrible y muy pedagógico Struthof, el campo nazi de concentración de Natzwiller, el único conservado absolutamente intacto en Europa occidental. Su atroz cámara de gas se construyó, por cierto, muy cerca de la cómoda casa con piscina habitada por el comandante y su familia…

Haut-Koenigsbourg

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El castillo de Haut-Koenigsbourg

La amurallada Obernai del medievo, frente al valle de la Bruche, es cita vitivinícola, pero también cervecera, pues aquí nació la célebre Kronenbourg. Su sinagoga neorrománica del XIX y la plaza del Mercado, existente desde 1301, destilan mucho encanto. El vecino monte Sainte Odile, boscoso lugar de multitudinarias peregrinaciones anuales, ostenta el llamado Muro Pagano, misterioso, enclave que algunos historiadores tildan de precristiano y otros de merovingio.

Muy cerca, el valle balneario de Hochwald, frecuentado por De Gaulle y Adenauer, seduce por sus bosques de abetos coronados por ruinosos vestigios de fortalezas. Aunque sin duda el castillo por excelencia de esta deliciosa comarca de vides es el del Haut-Koenigsbourg, una impresionante mole erigida en el siglo XII sobre un promontorio de 800 m por la familia Hohenstausfen. Perteneció después a los Habsburgo y en el XIX fue mandado restaurar por el Káiser Guillermo II tras su invasión de Alsacia y Lorena. El cineasta Jean Renoir filmó aquí en 1937 su mítica obra La gran ilusión.

Hunawihr. Entre viñedos

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Entre viñedos

La milenaria Sélestat aparece a escasos kilómetros. Perteneciente al Sacro Imperio Germánico, posee un armonioso centro histórico y una afamada escuela latina renacentista. Además, es una ciudad internacionalmente conocida por su Biblioteca Humanista, inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo de la Unesco. Poseedora de valiosísimos manuscritos, de más de 500 incunables, de un ejemplar único del Tratado de la libertad cristiana anotado por el propio Lutero y de otros miles de libros del siglo XVI, esta secular biblioteca, única en su género y asentada en una lonja del trigo, ha sido dotada ahora de nuevos espacios subterráneos y de una espléndida extensión arquitectónica.

En las proximidades están la muy bella Ribeauvillé, con su cercano gran castillo de Saint-Ulrich de torres románicas y el curioso NaturOparc, un centro de reintroducción y cría de cigüeñas, animal emblemático de Alsacia, en el vecino pueblo de Hunawihr.

Colmar

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La joya de la corona: Colmar

Conviene igualmente detenerse en la medieval Kaysersberg, de reputados viñedos y aledaña al castillo de Kientzheim. Y después en Riquewhir, cuyas deliciosas callejas de ornadas fachadas y su castillo de los duques de Wurtemberg sumen al visitante en la mágica ilusión de un aventurado retroceso en el tiempo.

Pero sin duda la mayor belleza de este recorrido es Colmar, segunda ciudad más visitada de Alsacia con sus más de cuatro millones de turistas anuales, que en el siglo XIV formó parte del Décapole, liga de diez ciudades comprometidas en la mutua defensa de su autonomía.

Colmar

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La pequeña Venecia

Enamorado del sorprendente embrujo de Colmar, el director japonés de cine de animación Hayao Miyazaki la eligió para su deliciosa adaptación de El castillo ambulante, la gran novela fantástica de la británica Diana Wynne Jones. Y no es de extrañar, pues a nadie dejan indiferente los coloridos canales del viejo barrio de pescadores y bateleros apodado La Pequeña Venecia, el excepcional centro histórico con entramados de madera –la Casa de las Cabezas exhibe un centenar de rostros sonrientes en los montantes de sus ventanas y saledizos; es también una cervecería–, la colegiata gótica de Saint-Martin, del siglo XIII, y la extraordinaria iglesia dominica del mismo período, donde se exhibe la Virgen del Rosal, obra maestra de 1473 de Schongauer.

Colmar es la ciudad del gran escultor Bartholdi, autor de la neoyorquina Estatua de la Libertad, y del célebre dibujante Hansi, que cuenta con un bonito museo en su casa natal. Es además mundialmente conocida gracias a su prestigioso Unterlinden, un espacio museístico afincado en el convento dominico del siglo XIII, recientemente ampliado con gusto exquisito, mediante el aprovechamiento de los contiguos Baños Públicos de estilo modernista y la edificación de una nave anexa de cobre y ladrillo. Este museo extraordinario reúne obras de Schongauer, Holbein, Cranach, Rodin, Monet, Otto Dix, Picasso o Soulages, entre otros artistas. En la capilla se expone su posesión más preciada, el espectacular Retablo de Isenheim, políptico sobre la crucifixión pintado por Grünewald y esculpido por Nicolas de Haguenau en 1513.

Ballons de los Vosgos. Vosgos

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El corazón de los Vosgos

Entrando ya en el sur del valle del Rin, antes de llegar a la industriosa Mulhouse, merece detenerse en el Ecomuseo de Alsacia. Se trata de un original espacio de varias hectáreas próximo a Ungersheim, que reconstituye el hábitat rural alsaciano del siglo xv en adelante. Con 75 casas salvaguardadas de épocas diversas y talleres donde artesanos de todo tipo reviven los antiguos oficios, este singular pueblo fusionador de siglos y tradiciones permite una visión panorámica de un ámbito muy complejo: el de un disputado territorio donde antaño floreció el humanismo protestante frente a la intolerancia calvinista, y que aúna idiomas tan diferentes como el francés, el germánico alsaciano o el welche, una lengua romance que en la actualidad apenas hablan mil personas en el valle de Orbey, en el corazón del macizo de los Vosgos.

Apenas a tres kilómetros de distancia del Ecomuseo de Alsacia se encuentra el Parque del Petit Prince, un lugar lleno de encanto donde, además de disfrutar de las «presencias» de El Principito y demás criaturas del precioso libro de Antoine de Saint-Éxupéry, es posible volar a bordo de un globo aerostático e, incluso, tomarse un aperitivo en las alturas.

Este itinerario culmina con el recorrido de los espectaculares paisajes del Parque Natural Regional de los Ballons de los Vosgos. Estos «balones» son las redondeadas cumbres que durante la Primera Guerra Mundial presenciaron arduos combates en la llamada Ruta de las Cimas. Sobre profundos lagos encajados en valles de gran belleza –como el de Munster, donde se produce el famoso queso, o el de Orbey–, se alzan el monte Hohneck (1363 m) y el orondo Grand Ballon (1424 m), conocido en alsaciano como Grosser Belchen. Ambos picos son perfectos para disfrutar de una Alsacia a vista de pájaro.

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