Ojo con los Dothrakis

Bardenas Reales: una escapada de ficción

Sus paisajes áridos y su increíble fotogenia encandila a viajeros... y a productores de Hollywood.

Tras los barrancos, balsas, campos, bosques, cabezos, matorrales o corralizas dispersas por el paraje inhóspito de las Bardenas Reales han encontrado espacio pastores trashumantes, labradores de parcelas imposibles, cazadores e incluso bandidos al cobijo de la inmensidad de su horizonte fronterizo entre navarros y aragoneses. Hoy el ecosistema bardenero constituye un Parque Natural y Reserva de la Biosfera, de interés creciente para visitantes de a pie y de dos o cuatro ruedas, de cualquier procedencia del planeta.

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iStock-636711142. Territorio sin ley

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Territorio sin ley

Las Bardenas Reales forman un paisaje de geología fantasmagórica, encajado entre los ríos Aragón y Ebro y la frontera aragonesa. En 1705, Felipe V concedió a los pueblos «congozantes» un permiso de explotación exento de tributos que aún sigue vigente. De ahí deriva el nombre de Bardenas Reales. El territorio por tanto no pertenece a ningún municipio. Se consideran bardeneros 19 pueblos colindantes, el monasterio de La Oliva y los valles pirenaicos de Roncal y Salazar.

iStock-155941579. El 'monument valley' patrio

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El 'monument valley' patrio

Afortunadamente, la notoriedad le llega a las Bardenas Reales por la singularidad de sus paisajes. Si el director de cine John Ford hubiera rodado Centauros del desierto en las Bardenas de Navarra, estas serían quizá tan famosas como las montañas de Monument Valley. Otros rodajes sí que han hecho justicia a sus horizontes, como la serie Juego de Tronos, que halló en este desierto de 418 km2 sorprendentes escenarios naturales.

iStock-505872222. Tres subzonas en una

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Blanca, Negra y del Plano

Se diferencian tres Bardenas: la del Plano, la Blanca y la Negra. La primera, en el norte, es una llanura dedicada a la agricultura de secano, una meseta que se eleva 130 m sobre los terrenos vecinos. Se llega a ella a través de cornisas y taludes yesíferos y por barrancos como el de Pisquerra, modelado por la erosión.

En el centro, la Bardena Blanca, la más desértica, regala los iconos más conocidos del parque, con malpaíses de aristas agudas o lomos de elefante, y los fantasiosos perfiles de Castildetierra, Rallón o el Bandido Sanchicorrota. La abundancia de yesos y arcillas cubre el suelo de sales blanquecinas. Aquí se ubican el citado polígono de tiro y la zona de conservación del Vedado de Eguaras, con sus bosquecillos de pino alepo.

En el sur está la Bardena Negra, donde del grisáceo de yesos y salitres se pasa al azulado oscuro de las margas combinado con los rojizos y ocres arcillosos. La Negra, llamada así por su vegetación más densa, es la Bardena de los páramos, oteros y cabezos como El Balcón de Pilatos, bosques de pino carrasco y matorrales, coscojas, espartales… Aquí están las zonas de conservación del Rincón del Bu, con sabinas y otras especies adaptadas a condiciones extremas, y las Caídas de la Negra, con humedales y campos de cereal.

iStock-507031174. Páramos desde Tudela

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Páramos desde Tudela

Para acceder a cualquiera de estos sectores hay infinidad de entradas, según la localidad de partida. De las cuatro más asequibles, tres parten de la monumental Tudela, la población con más opciones hoteleras y gastronómicas. Tomando por ejemplo la carretera NA 134, que conecta Tudela y Arguedas, una indicación a la derecha señala el Centro de Información Turística, donde facilitan datos y mapas de los itinerarios. Se ubica muy próximo al mirador de la ermita del Yugo y a la formación de Castildetierra, meta de una de las excursiones más populares.

Monasterio de la Oliva, Carcastillo, Navarra, España, 2015-01-06, DD 10-12 HDR. La alternativa monástica

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La alternativa monástica

Otra posibilidad es la conducción por la carretera NA 128 de Tudela hacia Carcastillo, que permite visitar el monasterio de Santa María la Real de la Oliva, joya del siglo xii, con monjes cistercienses. Por esta vía se accede a la Bardena Blanca a través del cruce señalizado de El Paso, donde se erige el monumento al pastor y por el que en septiembre entran los rebaños trashumantes, procedentes de los valles de Roncal y Salazar para pasar el otoño y el invierno.

iStock-862468182. Más de 700 km de caminos

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Más de 700 km de caminos

Este territorio único puede explorarse a través de 700 km de caminos. Solo para bicicleta de montaña hay una quincena de rutas, nueve señalizadas. También hay itinerarios para descubrir los diversos ecosistemas, donde habita una fauna compuesta por pequeños mamíferos y especialmente aves, con más de 20 especies de rapaces diurnas y nocturnas e infinidad de anátidas que nadan en el centenar de lagunas que quedan dispersas en el solar bardenero, la mitad de las que hubo. Y aunque el agua escasea, y más durante el verano, se han contabilizado hasta ocho especies de peces en las balsas de los barrancos. Pero la parquedad de las precipitaciones no implica que no lleguen. Las hay en invierno, donde el cierzo acentúa la sensación de frío y llega a barnizar el paisaje con escarcha, y se ausentan durante el estío. Por otro lado, desde el siglo pasado, la acequia del Canal de Bardenas mitiga la sensación de aridez.

iStock-476015727. Ni un alma

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Ni un alma

En cambio, las Bardenas Reales sí pueden considerarse un desierto sin población permanente. Fue distinto en el pasado, cuando hubo asentamientos estables, sobre todo en época medieval de Reconquista, como atestiguan las ruinas del castillo de Peñaflor. Hoy solo quedan unas trescientas cabañas al abrigo del cierzo que, según las ordenanzas, deberían mantener la puerta abierta para el cobijo del «congozante». Por lo demás, la presencia del hombre se reduce a la agricultura, el pastoreo, la caza y a los visitantes, motorizados o no, y a las ruidosas maniobras militares. Aunque todo cambia con la «Extreme Bardenas», la competición anual de bicicleta de montaña, cuando hasta aquí se acercan centenares de personas.

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Bardenas Reales: una escapada de ficción

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