Entre gladiadores y mártires

Una basílica entre las ruinas y otras curiosidades del anfiteatro romano de Tarragona

Pese a ser el edificio más excavado, el monumento por excelencia de la Tarraco romana guarda aún muchas incógnitas.

Anfiteatro romano de Tarragona
Foto: Rafa Pérez

Anton van den Wyngaerde dedicó a Tarragona, en 1563, una de sus famosas vistas. En ella, la iglesia y el convento de Santa María del Milagro aparecen sobre los restos del anfiteatro. También realizó algunos bosquejos de las gradas de la cávea sur del recinto. El dibujante flamenco tenía perfecta conciencia de las ruinas romanas y rotuló a aquel montón de piedras como coliseo, porque tenía muy claro cuál había sido su función. 

 

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Todavía, obvio, no se había puesto en medio la línea de ferrocarril y las olas llegaban hasta la puerta. Cuando estuvo en funcionamiento, un túnel comunicaba el interior del anfiteatro con la playa, un acceso directo que permitía desembarcar animales salvajes directamente desde los barcos y en el cual se guardaban los contrapesos para los montacargas.

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En 1806, en su Viaje Pintoresco e Histórico por España Alexandre de Laborde publica un dibujo de la planta y el alzado. De ahí hasta la restauración, todo es olvido y una decadencia aún mayor que la de las propias ruinas, algo que no es de extrañar teniendo en cuenta que, a lo largo de los siglos, sobre los restos del anfiteatro ha habido una iglesia, un convento, una abadía, una guarnición, un hospital militar, un hospicio, una prisión y una garita. 

 

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Foto: Shutterstock

No hay ningún otro monumento en la ciudad que haya sido tantas veces excavado y del que, sin embargo, se siga conociendo relativamente poco. Una de las fuentes documentales más antiguas que se conservan es una crónica que narra los últimos días de San Fructuoso y sus diáconos Eulogio y Augurio, quemados en el anfiteatro, en el año 259, por no reconocer la divinidad del emperador Valeriano.

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En el siglo IV, cuando el emperador Constantino dejó que el cristianismo campara a sus anchas, los tres fueron reconocidos como mártires. Cuentan que los numerosos fieles, en cuanto se pudieron acercar a la hoguera, rociaron los huesos con vino como analogía con las libaciones que se hacían antiguamente en las ceremonias de cremación. Un par de siglos más tarde, con el anfiteatro en desuso, se levantó una iglesia paleocristiana dedicada a San Fructuoso en el lugar del sacrificio, que más tarde sería la iglesia de Santa María del Milagro, nombre que recibe no porque allí se desarrollara ningún hecho fantástico, sino por deformación de la palabra latina para mirador o atalaya, miraculum. A vista de pájaro, las ruinas de la iglesia todavía conservan la característica planta de cruz latina. 

 

A vista de pájaro
El anfiteatro de Tarrgona a vista de pájaro. Foto: Shutterstock

El hecho de que el emplazamiento de este importante monumento romano estuviera fuera del recinto amurallado demuestra que no formaba parte de la primitiva planificación urbana. Toda ciudad romana que se preciara debía contar con un circo, un teatro y un anfiteatro, aunque en el renacimiento confundieran el uso de los diferentes espacios. En el Libro de las Grandezas de Tarragona, el tarraconense Lluís Pons d’Icart dice sobre el edificio alrededor de la iglesia que «este teatro de Tarragona está hecho a manera de medialuna». 

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Por una inscripción monumental que apareció en los sillares, y que hoy podemos ver en parte, sabemos que la primera restauración corrió a cargo del emperador Heliogábalo en el año 221. Pero son otras las restauraciones que le han dado la forma que vemos actualmente. 1926 es un año clave para el futuro del anfiteatro porque sus restos, juntos con los de la iglesia, son designados como monumento nacional. A partir de ahí todo avanza, despacio, pero avanza. Son necesarias casi dos décadas para que se haga una gran excavación arqueológica, dirigida por Samuel Ventura, director del Museo Arqueológico Provincial, y cofinanciada por el mecenas norteamericano W. J. Bryant y por el grupo de Amigos del Anfiteatro.

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Foto: Shutterstock

De esos trabajos se extraen las dimensiones de la arena y del podio, se excavan las galerías hipogeas y aparece una pintura mural dedicada a Némesis, numen de los desesperados. La figura de la diosa está en lo que fue un santuario subterráneo al que los gladiadores y los venatores acudían, antes de subir a la arena, para depositar sus ofrendas, placas votivas y altares de agradecimiento casi siempre en honor de Némesis, pero también de Isis y hasta del mismísimo Júpiter, la divinidad máxima de los romanos.

INFORMACIÓN PRÁCTICA

Anfiteatro romano de Tarragona

  1. Dirección y acceso

    Parc de l'amfiteatre, s/n, 43003 Tarragona.
    Acceso a través de una pequeña garita ubicada en la parte alta del parque. 

  2. Horarios

    De lunes a viernes de 09:30 a 20:30 
    Sábados abierto de 10:00 a 20:30
    Domingos abierto solo mañanas (de 10:00 a 15:00)

  3. Precio de acceso al anfiteatro romano de Tarragona
    Entrada general: 5€

La pintura, que se puede ver en el recinto temporal del Museo Arqueológico Nacional de Tarragona, en el Tinglado 4 del puerto, muestra a una figura andrógina con una de sus piernas reposando sobre una rueda y sosteniendo una esfera en la mano izquierda. Junto a ella, un personaje togado con velo agarra una cornucopia, el cuerno de la abundancia, quien se ha identificado como el genio del anfiteatro, su divinidad tutelar. También vemos a un venator cazando y a un oso que cierra la composición. 

 

En el año 1964 se reconstruyen las graderías, pero al acabar los trabajos llegó otra fase de despreocupación y todo volvió a degradarse ¿Qué sabemos realmente de lo que allí sucedió hace dieciocho siglos? Pues hay algunas certezas y mucha imagen falseada por culpa, principalmente, del cine clásico semanasantero. De la grada original quedan tan solo unas pocas filas que fueron talladas en la roca, en el sector interior de la fachada marítima.

Recreación histórica en Tarraco Viva
Recreación histórica en Tarraco Viva. Foto: Shutterstock

El anfiteatro contaba con dos grandes puertas, la Triumphalis, por la que pasaba la pompa o procesión inaugural al inicio de los espectáculos, y la Libitinensis, por donde salían los derrotados, no necesariamente vivos. La cávea estaba dividida por clases, —poco ha cambiado eso si lo comparamos con los grandes recintos deportivos de la actualidad— y el podio separaba las gradas de la cávea para evitar ataques a los espectadores. En proporción al número de habitantes el anfiteatro de Tarraco fue de los más grandes del Imperio. Los juegos, que eran gratuitos para la población, adquirían una dimensión política y religiosa importante, amén de social. Coincidían con fiestas en el calendario, los había anuales y con fecha fija (ludi stati). La popularidad del emperador dependía en buena medida del éxito de los juegos.

 

El anfiteatro vuelve a cobrar vida y adquirir todo su sentido durante la celebración, cada mes de mayo, del festival de recreación histórica Tarraco Viva. En la representación del grupo italiano Ars Dimicandi, Dario Battaglia se encarga de explicar y mostrar cómo era el arte de la gladiatura y de desmontar tópicos cinematográficos, como que el gesto para decidir si el gladiador era condenado o perdonado no se hacía con el pulgar hacia arriba o hacia abajo.

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