De Múnich al Nido del Águila

Baviera, un escenario de cuento

El sur de Baviera, con sus soberbios paisajes alpinos, los castillos de fábula de Luis II y el encanto meridional de Múnich, además de su patrimonio artístico, ejercen sobre el viajero un influjo sin igual.

Capital de un estado de habla propia y orgullosas señas de identidad, Múnich está marcada por los demonios del siglo XX aquí surgidos. Las luces y sombras del pasado perviven en cada recodo y «montaña mágica», en sus populosas cervecerías, y a los ecos del funesto ayer nazi responden hoy el brío económico y una extraordinaria vitalidad. Más allá de clichés folclóricos, del recuerdo de sus operísticos soberanos Wittelsbach, este complejo territorio fronterizo con Austria, famoso por sus localidades, cimas, lagos y castillos de leyenda, posee muchos atractivos por descubrir.

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Múnich, una Atenas sobre el Isar

Próxima a los Alpes y fundada en el siglo xii a orillas del río Isar, sobre un villorio crecido junto a una abadía benedictina del ix, la Múnich que después se erigiría en enclave católico frente al luteranismo alcanzó su apogeo a partir de 1806, con la transformación del ducado bávaro en un reino apoyado por Bonaparte. Luis I, sucesor de Maximiliano, quiso convertir su capital en una suerte de Isar-Athen, «Atenas sobre el Isar», y antes de su abdicación en 1848, debida al escándalo suscitado por su romance con la bailarina Lola Montes, la embelleció notablemente. Atrajo a su corte a artistas y arquitectos como Leo von Klenze, que fundó la Antigua Pinacoteca y amplió la Residenz, el palacio real de la dinastía Wittelsbach.

A Luis I se le debe también la Universidad, cuya plaza conmemora a los jóvenes Sophie y Hans Scholl, miembros del grupo antinazi La Rosa Blanca, detenidos allí en 1943 tras un lanzamiento de panfletos y decapitados a los pocos días. Porque esta ciudad de memoria sulfurosa, cuna del nacionalsocialismo –en 1923, Hitler orquestó un fallido golpe de estado desde la cervecería Burgerbraükeller–, donde en 1938 se firmó el Pacto de abandono a Checoslovaquia y en 1972 terroristas palestinos asesinaron a once atletas del equipo olímpico israelí, tiene por fortuna muchos otros protagonistas e historias de interés.

Apacible y festiva a la par, su carnaval goza de tanta fama como la Oktoberfest. En la barroca Múnich surgieron, antes de la Primera Guerra Mundial, formidables vanguardias artísticas como la del Der Blaue Rechter (El Jinete Azul), capitaneada por Franz Marc y Vassily Kandinsky. En la capital bávara el poeta Rainer Maria Rilke se enamoró de la intelectual Lou Andreas-Salomé, Ulianov adoptó el pseudónimo de Lenin, y Klaus y Erika Mann, hijos del premio Nobel Thomas Mann, montaron en 1932 su mítico cabaret antinazi El molinillo de pimienta. Orgullosa de sus espléndidos museos y parques, Múnich también rivaliza hoy con Nueva York como sede de editoriales. Aquí se han formado, además, multitud de cineastas, desde Werner Herzog, Fassbinder y Wim Wenders hasta Roland Emmerich.

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Un paseo por el corazón de Múnich

El núcleo del Alstadt o Ciudad Vieja se halla en la bonita Marienplatz, presidida al norte por el Nuevo Rathaus, ayuntamiento neogótico del xix que alberga un carrillón en su torre, cuyas grandes figuras de cobre esmaltado escenifican cada mediodía torneos y danzas de toneleros. El antiguo consistorio se sitúa al este y la columna de la Mariensaüle, erigida en 1638 después de un época de peste y hambruna, preside el conjunto. A escasos pasos se alza la Peterskirche, la iglesia más antigua de la ciudad (del siglo xii), que al igual que la cercana catedral de ladrillo Frauenkirche incorporó elementos barrocos a su estilo gótico. Los muniqueses la llaman cariñosamente Alter Peter (Peter el viejo) y aconsejan admirar las vistas desde su torre de más de 90 m de alto.

Muy cerca se halla el Viktualienmarkt, frecuentadísimo mercado de 1907, idóneo para pausas gastronómicas y cerveceras. Enfrente, una isla del río Isar acoge el Deutsches Museum, dedicado a las más diversas tecnologías e inaugurado en 1925. De camino al conjunto palaciego de la Residenz, que sustituyó al cuadrangular Alter Hof, el viejo castillo ducal, merece visitarse previamente la amarilla iglesia barroca de los Teatinos. Obra del italiano Barelli aunque con posterior fachada rococó de Cuvilliés, la Theatinerkirche St. Kajetan alberga diversos sepulcros de soberanos.

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La Múnich más Real

La Residenz, iniciada a fines del siglo XIV y culminada en el XIX, acoge un museo, el tesoro real y la Sala del Antiquarium, obra del mantuano Jacopo Strada y acaso la más bella estancia renacentista de Alemania. El palacio aúna con singular armonía diversos estilos arquitectónicos. Su precioso teatro rococó es obra de Cuvilliés y el Hof–garten es un jardín renacentista rodeado por un peristilo. No se debería tampoco obviar la visita del más alejado Palacio Real Veraniego, el hermoso Nymphenburg. Este posee un parque de más de 200 hectáreas, un jardín botánico y preciosos pabellones como el de Amalienburg.

iStock-1309454839. Un barrio para el arte

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Un barrio para el arte

La palma artística de Múnich se la lleva, sin embargo, el Kunstareal, barrio de los museos, cuyo centro neurálgico se sitúa en la Königsplatz. Aquí destacan las colecciones del movimiento vanguardista El Jinete Azul de la villa Lembach, de inspiración florentina y ampliada en 2013, el museo de esculturas griegas y romanas Glyptothek y el Museo Estatal Egipcio. Pero este entorno tiene como indiscutibles protagonistas a las tres grandes pinacotecas de Baviera: la Alte, la Nueva y la de los Modernos.

La Alte atesora en su gigantesco edificio pinturas del xiv al xix, provenientes de la Casa Wittelsbach. Cuenta con obras de Durero, Bruegel, Holbein, Rembrandt, Van Dyck, Leonardo da Vinci, Rafael, Tintoretto, Boticcelli o Murillo. Erigida justo enfrente, la Nueva Pinacoteca, diseñada en 1981 por el muniqués von Branca, ha sustituido a la fundada por Luis I, dañada durante la Segunda Guerra Mundial. Exhibe, entre otras, obras de Goya, Turner, Corot, Caspar David Friedrich, Toulouse-Lautrec, Manet, Van Gogh, Dégas, Pisarro o Gustav Klimt.

shutterstock 1270616602. Una luz en la modernidad

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Una luz en la modernidad

Apodada «catedral de la luz», la Pinacoteca de Arte Moderno, de llamativa rotonda de vidrio e inaugurada en 2002, alberga cuatro museos dedicados al arte europeo del siglo xx. Sobresale entre estos la Staats Galerie Moderner Kunst, concentrada en el expresionismo alemán aborrecido por los nazis, con las obras al frente de Ernst L. Kirchner, Nolde y muy especialmente de Max Beckmann.

En esta zona se halla asimismo el Centro de Documentación sobre el Nacionalsocialismo, abierto en 2015 en el emplazamiento exacto de la Casa Parda, sede del partido nazi creado aquí en 1920. Su visita complementa la del Museo Judío de la Jacobs-Platz y la absolutamente imprescindible ida al campo de concentración de Dachau, 19 km al norte de la ciudad. Fue el primero en su género y su apertura, publicitada por la prensa del régimen en marzo de 1933, abrió el camino a los exterminios y a la infamia de una época en que, tal y como escribió Thomas Mann en Doctor Fausto: «la bonhomía de Múnich había degenerado en neurosis».

iStock-1186471876. La Múnich más verde

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La Múnich más verde

No lejos de las joyas de este barrio se halla el dieciochesco Jardín Inglés o Englisher Garten, con su lago, su Torre Chinesca rodeada por una cervecería y el templete Monopteros sobre una colina. Lo atraviesa el río Eisbach, dotado de un sistema de oleaje artificial que atrae a surfistas incluso en invierno.

Próximo está también el encantador barrio de Schwabing, de fachadas modernistas u ornadas de trampantojos, especie de Montmartre local unido a la capital en 1890. Auténtico «barrio de las letras» y centro de la bohemia cultural alemana durante la Belle Époque, en él residió la familia Mann hasta su exilio de 1933. Klaus Mann, autor de la lúcida Mefisto que en 1932 se encontró sentado frente a Hitler en el salón de té del Carlton, evocó en su autobiografía la creativa atmósfera de su infancia y «la alegría desesperada del último carnaval» que pasó en su ciudad natal. Otro gran novelista local, el escritor judío Lion Feuchtwanger, autor de La judía de Toledo e íntimo amigo de Bertold Brecht, añoró asimismo en el exilio de Los Ángeles sus años muniqueses previos al criminal delirio nazi.

iStock-1352077362. Augsburgo, la cuna de Brecht

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Augsburgo, la cuna de Brecht

Y hablando de Brecht, conviene acercarse a la renacentista y preciosa Augsburgo, ciudad natal del dramaturgo de La ópera de Cuatro Perras y de Madre Coraje y sus hijos. Dicha localidad conmemora su figura con un espléndido festival anual en el Teatro Brechtbühne, perfiladas esculturas rojas diseminadas por todo el casco histórico y su Casa-Museo del céntrico y acanalado barrio de Lech, próximo al Fuggerei, un entramado callejero del siglo xvi y primer caso en la historia de viviendas sociales, con alquileres mínimos y férreas normas de convivencia que aún hoy se mantienen. A 60 km de la capital, esta ciudad, lugar asimismo de nacimiento del pintor Holbein, desprende un ambiente único.

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Un alto en el camino muy barroco

En ruta hacia los celebérrimos castillos de Luis II, el malogrado penúltimo soberano bávaro y primo favorito de Sissi, la huidiza emperatriz de Austria, merece detenerse en la abadía benedictina de la balnearia Ottobeuren. Fundada en el 764, se renovó en el siglo XVIII y es una de las obras cumbres del barroco europeo.

iStock-841551086. La recompensa de Neuschwanstein

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La recompensa de Neuschwanstein

El plato fuerte de esta frondosa comarca es Neuschswanstein, fantasía arquitectónica de Luis II de Baviera. Impulsor de Wagner y soberbiamente retratado por Visconti en su fascinante película Ludwig, fue un príncipe de extrema sensibilidad, torturado por su homosexualidad en un ambiente asfixiado por el dogmatismo católico. Neuschwanstein es un mágico sinfín de torres y pináculos levantados cerca del castillo de Hohenschwangau donde transcurrió su infancia y que hoy alberga en su inmediación el Museo de los Reyes de Baviera. El conjunto seduce a millones de visitantes –como en su día a la Disney, que en él se inspiró para ciertas producciones–, gracias asimismo a unos interiores de revisitado ensueño medieval que celebran la leyenda de Lohengrin y el Tannhäuser wagneriano. El apasionado Luis II vivió aquí sus últimos días de libertad, antes de que en 1886 su gobierno lo declarase alienado y lo encerrase en el castillo de Starnberg, en cuyo lago se suicidó –o lo asesinaron– días después, arrastrando consigo a su médico.

 

 

 

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Linderhof, el palacio con gruta wagneriana

Mucho más íntimo, pero no menos lujoso, el castillo veraniego de Linderhof, edificado en 1874 en un agreste paraje alpino, homenajea en muchas de sus estancias al Rey Sol francés, idolatrado por este  monarca de cuento sin final feliz. El parque colindante rebosa de cascadas y jardines escalonados y presenta curiosidades tales como el Pabellón morisco, adquirido en 1867 por el soberano en la Exposición Universal de París, o la Gruta de Venus, cueva artificial que recrea al Venusberg de la wagneriana ópera Tannhäuser.

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Zugspitze, el techo de Alemania

Toda esta zona del Allgäu o Alpes bávaros hechiza a deportistas y turistas gracias a la salvaje belleza de sus bosques y cumbres nevadas, entre las que reina el Zugspitze, de 2962 m de altitud. Es el pico más alto de Alemania y también el más popular, sin duda gracias al fácil acceso que proporciona el adorable tren cremallera que desde 1930 sale de la estación de Garmish como un personaje de Michael Ende, el autor de La historia interminable, nacido en esta localidad. El trayecto se combina con un último ascenso en funicular.

shutterstock 752491678. Las maravillas naturales de Garmish-Partenkirchen

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Las maravillas naturales de Garmish-Partenkirchen

A las gargantas del río Partnach y sus espectaculares cascadas se llega en telecabina y después a pie, por uno de los cientos de senderos panorámicos. Los dos núcleos urbanos asociados conforman la estación de esquí de Garmish-Partenkirchen. En este prestigioso dominio tuvieron lugar los Juegos Olímpicos Invernales de 1936 y pasó su vejez el compositor Richard Strauss, que murió allí en 1949.

iStock-590602842. Por la bella Ruta Alpina Alemana

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Por la bella Ruta Alpina Alemana

La zona cuenta con más atractivos. Por ejemplo, la Deutsche Alpenstrasse o Ruta Alpina Alemana, que permite descubrir pueblos encajados entre verdes valles y lagos de montaña como el Spitzingsee. Y la medieval localidad de Füssen, a orillas del río Lech de bellas cascadas heladas. Destaca por su castillo de fachadas renacentistas pintadas en trampantojo, por su secularizada abadía benedictina reacondicionada al gusto barroco y por la cercana iglesia de Wies, Patrimonio Mundial de la Unesco y obra maestra del rococó bávaro.

iStock-1385761868. Los pueblos de las fachadas pintadas de Baviera

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Los pueblos de las fachadas pintadas de Baviera

La ciudad de Oberammergau se enorgullece por su parte de los vívidos motivos de sus fachadas dieciochescas. Aunque las más bellas casas pintadas, dentro del estilo aquí denominado Lüftmalerei, pertenecen a la colorida Mittenwald, población próxima a las cadenas montañosas del Karwendel y del Wetterstein, muy apreciada por escaladores y senderistas, y que Goethe describió como «un libro de imágenes viviente».

shutterstock 331585490. La bucólica guinda de Berchtesgaden

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La bucólica guinda de Berchtesgaden

Esta ruta por una Baviera de paisajes y hábitats únicos irradia en invierno una belleza especial. Puede culminarse en la termal Berchtesgaden, a pocos kilómetros de Salzburgo. Este bonito enclave alpino próximo al precioso lago Königsee obtuvo triste fama a causa del Nido del Águila, la residencia hitleriana sobre el Kehlstein desmantelada por los aliados. ζ

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