De Bari a Salento

Bienvenidos a Puglia, la región más compleja de Italia

Con el mar Jónico y el Adriático como telón de fondo, esta ruta descubre los rincones más fascinantes del tacón de la bota de Italia.

La belleza del tacón de la bota de Italia sorprende de tal manera que, una vez se descubre, es inevitable sentir el deseo de regresar año tras año a contemplar sus paisajes y a disfrutar de su encanto.

Antes de sumergirse en esta tierra conviene tener en cuenta que se trata de una región extensa, con 800 km de costa. Por ello es conveniente organizar el viaje según la disponibilidad de días y por zonas: Gargano, Tavoliere della Puglia, Valle de Itria, Salento y Arco Jónico Tarantino. A lo largo de este recorrido irán apareciendo tesoros arquitectónicos que han sido reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

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Bari. Si parte!

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Si parte!

La ruta empieza en Bari, la capital de la región, que acoge el principal aeropuerto y es la ciudad que ofrece más opciones para alquilar un vehículo, la mejor manera de desplazarse libremente y alcanzar playas y pueblos recónditos a los que no llega el tren. Esta ciudad de algo más de 300.000 habitantes respira autenticidad sobre todo en el casco antiguo, Bari Vecchia, reconocible por la ropa colgada en los balcones, los floridos altares dedicados a santos locales, el olor a ragú (salsa de carne para la pasta) que emana de las ventanas a las horas de las comidas, los hombres que juegan a cartas en la calle y las cuarenta iglesias que se apiñan en su abigarrado núcleo.

La Basílica de San Nicolás, la más importante de las iglesias de Bari, es un ejemplo extraordinario de estilo románico. Construida alrededor del año 1000 para acoger las reliquias de san Nicolás, hoy es un lugar de culto para los peregrinos que en mayo veneran animadamente a este santo con una gran fiesta, una explosión de colores, platos tradicionales y oraciones. Partiendo de la basílica y paseando por el entramado del casco antiguo se alcanza la calle Arco Alto. En esta vía, a la puerta de las casas,  las madres y abuelas del barrio se reúnen para elaborar las orecchiette y cavatelli, dos tipos de pasta fresca típicas. Ver cómo trabajan la masa estas mujeres resulta fascinante y pone en contexto los platos que más tarde se saborearán.

Bari. Con sabor a mar

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Con sabor a mar

Antes de llegar al lungomare o paseo marítimo de Bari, paramos en el imponente castillo normando-suevo, del siglo XII y ampliado hasta el XVI. Cerca se halla el precioso Teatro Margherita, de estilo modernista, construido sobre el agua y actualmente sede de exposiciones. Desde aquí puede observarse el perfil de otro gran teatro, el Petruzzellis. Ambos se asoman a otro escenario, el de los barcos que descargan el botín del día, pescados que surten los restaurantes y otros manjares del mar que se venden allí mismo. Es lo que se llama «sushi de Bari»: erizos, mejillones, gambas rojas y sepias frescas que se comen crudos y aderezados simplemente con unas gotas de limón. Además de marisco crudo, se puede adquirir sgagliozze (polenta frita), panzerotti (empanadas de tomate y mozzarella) y focaccia. Bari tiene un sabor único gracias a este street food autóctono y delicioso, que marida perfectamente con una cerveza fría, ideal para disfrutar sentados en un banco del paseo marítimo.

Monopoli

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Volare, oh, oh...

Siguiendo el recorrido a lo largo de la costa del Adriático, a pocos kilómetros de Bari, se encuentran dos ciudades encantadoras: Monopoli, que fue uno de los puertos más importantes en tiempos de las Cruzadas, y Polignano a Mare, ciudad natal del famoso cantante Domenico Modugno, creador del pegadizo estribillo «Volare, oh, oh. Cantare, oh, oh, oh, oh». Tanto Monopoli como Polignano albergan playas rocosas de aguas cristalinas que, cuanto más inaccesibles, más bonitas son. Los escarpados acantilados de Polignano, con 27 m de caída libre sobre el mar, acogen cada año una de las etapas del concurso internacional de saltos acrobáticos (clavados) Red Bull Cliff.

Trani

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De ruta por la Apulia Imperial

Siguiendo hacia el norte se llega a la llamada Apulia Imperial, constituida por pueblos antiguos, ciudades llenas de arte, catedrales y monumentos, palacios nobles y castillos imponentes. A la sombra solitaria de las murge (mesetas características de esta zona), se encuentra el Castel del Monte, un fascinante castillo mandado erigir por Federico II de Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo xiii. Su singularidad reside en la conexión que guarda con el número ocho: tiene forma octogonal, lo guardan ocho torres y consta de ocho estancias interiores. En 1996 fue declarado Patrimonio Mundial no solo por su estructura sino también por la armoniosa fusión de elementos del norte de Europa, del mundo oriental y de la Antigüedad clásica.

La Apulia Imperial invita a detenerse en otra parada inesperada, la localidad de Trani, cuya blanca y monumental catedral se yergue sobre el mar. Fundada a finales del siglo XI para acoger las reliquias del joven peregrino san Nicolás, la catedral de Trani es uno de los ejemplos más notables del románico apuliense. Sin duda se trata del edificio más importante de la zona. Fue construido íntegramente con toba calcárea o piedra tosca, conocida como pietra di Trani, que se extrae desde hace siglos de las canteras de la ciudad.

Minervino Murge

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Un pueblo, un sabor

Siguiendo el paseo por la orilla del mar desde la catedral, se puede admirar otro edificio mandado erigir por Federico II en 1230: el castillo suevo, que se ha convertido en uno de los miradores más populares de Trani.

No conviene terminar este recorrido por la Apulia Imperial sin visitar Minervino Murge, un pueblo encantador, denominado «el balcón de la Puglia» porque está encaramado a una colina desde la que se contemplan vistas magníficas. Además de singulares ejemplos de arquitectura local, esta zona es rica en delicias gastronómicas que brindan experiencias inigualables. En la localidad de Gioia del Colle –su castillo fue otra de las residencias de Federico II– se puede saborear la auténtica mozzarella pugliese elaborada con leche de búfala, o tomar una copa de vino en los viñedos de Polvanera. En Acquaviva delle Fonti se cultivan unas deliciosas cebollas rojas, grandes como cabezas, declaradas ingrediente protegido por Slow Food. En Santeramo se puede comer carne a la brasa en la propia carnicería y en Altamura, saborear su riquísimo pan de sémola de trigo duro cultivado en la región.

Peschici

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¡Es la hora de la 'controra'!

Siguiendo hacia el norte, llegamos a una zona de Apulia menos conocida pero fascinante por su biodiversidad: el Gargano, un espolón rocoso que penetra en el Adriático y apunta hacia los Balcanes. En este macizo montañoso resulta imprescindible visitar las poblaciones de Peschici y Vieste, así como dar un paseo por el Parque Natural del Gargano y acercarse a la Reserva Marina de las Islas Tremiti.

La primera parada suele ser Peschici, un pueblecito ubicado en una bonita bahía, reconocible desde lejos por sus casitas blancas. Conviene disfrutarlo sin prisas, perdiéndose por las callejuelas del casco antiguo, donde hay talleres y tiendas de cerámicas, bares y mucho silencio durante la controra, el momento dedicado a la siesta. Un italiano sabe que si no quiere perder una amistad, entre las dos y las seis de la tarde no deberá llamar al móvil ni hacer ruido por la calle.

Vieste

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De pueblo en pueblo

Vieste, la capital turística del promontorio del Gargano, es conocida por sus numerosas cuevas marinas, la mayoría abiertas a las visitas. El casco antiguo conserva importantes testimonios del pasado, como la catedral y el castillo. Sin embargo, lo que destaca de este territorio es el Pizzomunno (punta del mundo), el gran monolito calcáreo que vigila sus playas.

Si el plan es alargar el viaje unos días, La Foresta Umbra y las islas Tremiti permiten descubrir la riqueza de fauna y flora de esta zona. La Foresta Umbra es el pulmón verde del Gargano, un fascinante manto boscoso de unas 10.000 hectáreas, habitado por jabalís, gatos salvajes, cernícalos, gavilanes... Fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 2017.

Tremiti

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Las islas de Tremiti

A 20 km de la costa del Gargano emergen las Tremiti, que se pueden alcanzar en barco de línea desde los puertos de Manfredonia, Vieste, Peschici y Rodi Garganico, o en helicóptero desde Foggia. El archipiélago lo componen seis islas: San Nicola, San Domino, Cretaccio, Caprara, Pianosa y La Vecchia, aunque únicamente las dos primeras están habitadas.

El litoral de las Tremiti es una sucesión de calas y cuevas perfectas para practicar buceo o esnórquel, mientras que el interior está tapizado por vegetación mediterránea, con dominio del pino de Alepo. El canto y el vuelo de los albatros acompaña a las embarcaciones que dedican la jornada a descubrir esta pequeña reserva marina y asomarse a las cuevas de Le Viole, del Sole y la espectacular gruta del Bue Marino, nombre que alude a las focas monje que la habitaron hasta el siglo pasado.

Locorotondo

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La Puglia blanca

Cruzando el Tavoliere de Apulia, esa zona de tierra plana donde se alternan los campos de cereales, los rebaños de ovejas pastando y los campos de tomates y olivos, se llega al Valle de Itria, caracterizado por suaves ondulaciones salpicadas de viñas entre las que sobresalen las siluetas cónicas de los trulli. Es la Apulia blanca, la de las casas encaladas, cegadora como un manto de nieve que brilla al sol. Sobre estos muros blancos se descuelgan flores coloradas, hojas verdes de ficus y cortinas de algodón que ondean al viento.

El Valle de Itria tiene pueblos encantadores que rebosan de ambiente local, tradiciones culinarias y arquitectura genuina. La primera población con la que topamos es Locorotondo, cuyo centro histórico, visto desde arriba, forma un círculo casi perfecto. Asentado en la cima de una pequeña colina, Locorotondo domina el precioso paraje de la Murgia apuliana.

Martina Franca

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Llega el momento de callejear

A diez minutos en coche se encuentra Martina Franca, un pueblo estratégicamente situado y perfecto para alojarse ya que está cerca de Alberobello, Patrimonio de la Humanidad, y a una distancia razonable de la capital, Bari, y de la zona del Salento. Además de su localización privilegiada, Martina Franca cuenta con un elegante casco antiguo donde es fácil hallar comercios que sirven o venden embutidos locales, entre los que destaca el capocollo, carne de cuello de cerdo salada, secada y ahumada.

El apunte natural de la zona lo aportan las Grotte di Castellana, unas cuevas descubiertas en 1938 y que se consideran las más grandes de Italia. Actualmente se pueden recorrer 3 km de galerías y llegar hasta los 70 m de profundidad –se hunden 122 m en el subsuelo–; también se realizan visitas guiadas nocturnas durante las cuales se descubre la particular fauna de este mundo subterráneo.

Alberobello

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Alberobello, la ciudad de los 'trulli'

Sin duda la estrella de esta zona es Alberobello, la ciudad de los trulli, unas fascinantes edificaciones cilíndricas, blancas, con tejados cónicos de piedra. Su origen es antiquísimo, posiblemente de la edad prehistórica, aunque los más antiguos que se conservan datan del siglo XVI ya que, cuando algún trullo se deterioraba, se tendía a reconstruirlo por completo en lugar de restaurarlo.

Para observar la belleza de estas construcciones, el barrio Rioni Monti es el lugar ideal, aunque en algunos momentos del día resulta un poco masificado. Algunos trulli preservan los techos decorados con dibujos de símbolos astrológicos, cristianos o paganos.

Tarento

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Tarento, la ciudad de los dos mares

El Arco Jónico Tarantino es el litoral que se asoma al mar Jónico, una costa repleta de enclaves fascinantes, como Tarento. Conocida como «la ciudad de los dos mares» por su ubicación entre el Mar Grande (Jónico) y el Mar Piccolo (una gran laguna), Tarento es una de las mayores localidades del sur de Italia, además de un destacado centro industrial y militar en la Europa meridional. Fundada por los griegos en el siglo VIII a.C., llegó a ser capital de la Magna Grecia. La riqueza de Tarento decayó después del conflicto con los romanos y, tras la caída del Imperio, comenzaron las invasiones bárbaras y luego de árabes, bizantinos y normandos. El cruce y la superposición de culturas, sabores, lenguas y tradiciones de aquellos imperios aún está muy presente en sus calles y costumbres.

Visitar Tarento resulta bastante fácil, ya que la ciudad se divide en dos zonas: el burgo antiguo ubicado sobre un islote con dos puentes de acceso, y el burgo nuevo, industrial y de aspecto moderno. En el casco antiguo es imprescindible entrar en el Castillo Aragonés, del siglo X, y en la Catedral de San Cataldo, que se levanta sobre los restos de una iglesia grecorromana. Para conocer más sobre la historia de esta carismática ciudad conviene visitar el Museo Arqueológico Nacional de Tarento (MARTA) que conserva joyas, esculturas y objetos cotidianos, clasificados en tres secciones: Orfebrería, Prehistoria y Época grecorromana.

Tarento

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Tarento es historia y sabor

Tarento, fundada por los espartanos, posee un subsuelo interesante desde el punto de vista histórico y también arqueológico. El Museo del Hipogeo Espartano permite visitar varias galerías funerarias que se han usado como lugares de enterramiento y de almacenamiento alternativamente a lo largo de los siglos. También es posible adentrarse en la ciudad subterránea desde el Palacio de Beaumont, cuyo patio da acceso al Ipogeo Bellacicco, 700 m2 de pasadizos que conducen al mar y constan de cuatro niveles de profundidad.

El otro gran atractivo de Tarento hay que buscarlo en los fogones de sus restaurantes. Tres mil años de tradición culinaria la han convertido en una de las capitales gastronómicas de la Apulia, compitiendo con Bari en su oferta de pescado y marisco. Sin embargo, la reina de las mesas locales es la cozza pelosa, un mejillón cuya cáscara está cubierta por pequeños pelos.

Grottaglie

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Paisaje y tradición

A pocos kilómetros se ubica la pintoresca Massafra, que surge de una colina rocosa llamada Gravina, rodeada de vegetación. El mejor mirador para contemplar este coqueto núcleo es la iglesia de los Santi Medici, un pequeño templo del siglo XVII emplazado en el corazón de la ciudad antigua.

Hacia el interior se halla Grottaglie, que se extiende desde las primeras colinas de la Murgia hasta el mar. Ajena al mundanal ruido y de una belleza encantadora, sus casas de muros blancos, decorados con cactus en macetas de cerámica conducen a la Chiesa Madre, erigida sobre una cueva en el siglo XV. Conocida por su tradición alfarera, Grotagglie presume de tener un barrio dedicado casi en exclusiva a esta artesanía milenaria, como se explica en su Museo de la Cerámica. Es imposible resistirse a la tentación de adquirir algún objeto, pero si en la maleta no caben los típicos capasoni (recipientes con forma de ánfora para aceite o vino), una alternativa son los platos y vasos decorados con cenefas o con dibujos actuales.

Salento

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Rumbo a Salento

Los alrededores de Grottaglie están tapizados de viñedos que se extienden por toda la zona hasta llegar a la ciudad de Manduria. Se trata de una zona excelente para saborear vinos como el Fiano, el Negroamaro o el Primitivo de Manduria. Esta tradición vinícola se puede descubrir por libre o bien a través de itinerarios organizados, como los que organiza la asociación Fedeli Alla Vigna, que aglutina numerosas bodegas locales.

Llega el momento de disfrutar de una de las zonas más deslumbrantes de Apulia: el Salento o península salentina, el tacón de Italia, un destino que reúne paisajes salvajes, la herencia arqueológica de griegos, romanos y sarracenos, tradiciones culinarias y bailes ancestrales. Este legado se observa no solo en la cultura y en la arquitectura, sino también en la lengua. Además del dialecto salentino, no es raro escuchar conversaciones en griko, una variante del griego que todavía se habla en algunos pueblos de la provincia de Lecce.

La palabra que mejor define el arte del Salento es «barroco», un estilo que se desarrolló entre finales del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVIII en los alrededores de las ciudades de Lecce y Salento. Las ornamentadas fachadas de sus templos parecen competir en belleza y extravagancia.

Lecce

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Lecce, la ciudad de las iglesias

El recorrido por el Salento empieza en Lecce, una ciudad que atesora más de 40 iglesias y casi un centenar de palacios concentrados en las callejuelas de su casco histórico. Poco después de franquear la Porta Rudiae, una de las cuatro entradas a la ciudad a través de su muralla del siglo XVI, se encuentran la basílica de San Giovanni Battista del Rosario y la plaza del Duomo. El paseo podría acabarse aquí, extasiados frente a la fachada barroca de este templo, pero hay que moverse e ir en busca de la joya de Lecce: la Basilica di Santa Croce, cuya fachada es una filigrana de detalles escultóricos que deja boquiabierto al viajero. Además de cautivar con su arte y cultura, Lecce también goza en verano de una vida nocturna que anima las plazas del centro.

Existen otras pequeñas joyas en el Salento. La pastelería Ascolone, en Galatina, es una parada ineludible pues aquí se inventó en 1745 el pasticcioto, un dulce relleno de queso ricotta y huevo. También merecen una parada Nardò, Gallipoli y, sobre todo, Otranto. Bañada por el mar Adriático, posee la catedral de Santa Maria Annunziata, famosa por un formidable suelo de mosaico, y el Castillo Aragonés, del siglo XIII. La ciudad recuerda aún el trágico saqueo turco del siglo XV, durante el que más de 800 hombres fueron decapitados por rechazar convertirse al islam.

En Otranto conviven las callejuelas del centro histórico y la playa urbana, en la que los niños chapotean mientras los mayores se sientan bajo la sombrilla y comen puccia, un pan al estilo árabe relleno de embutido o de queso.

Salento. El sol, el mar, la gente

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El sol, el mar, la gente

Si el plan es disfrutar de unas vacaciones de sol y playa, Salento cuenta con una infinita variedad de calas de arena y roca. Las playas de arena están en el mar Jónico, mientras que las de roca se encuentran en el litoral adriático. Entre las más idóneas para familias con niños destacan los arenales de la Marina de Pescoluse, una larga franja apodada «las Maldivas del Salento». Mucho menos concurridas son las playas de Ponte del Ciolo, una roca que pone a prueba a los saltadores desde alturas vertiginosas, las de Marina Serra y sus piscinas naturales, Torre Miggiano y Frascone, o la playa de Torre Sant’Andrea, con puentes y pilares modelados por el viento y el mar.

La península salentina ofrece mucho más que sol y playa, como demuestran cada verano las numerosas sagre, fiestas callejeras que giran en torno a un ingrediente o plato tradicional. Hay tantas sagre que un viajero podría pasarse el tiempo descubriendo un nuevo plato cada día. Hay que dejarse llevar por el ritmo de la pizzica, una danza tradicional que se baila descalzo a la que han dedicado el festival «La notte della Taranta».

Los salentini describen su tierra con tres palabras: «lu sule, lu mare, lu jentu» (el sol, el mar y el viento). El sol que se refleja en sus piedras blancas y edificios barrocos, el mar con sus aguas cristalinas y de arena blanca, y el viento que sopla como el ritmo de su baile tradicional, la pizzica

Alberobello