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Botsuana: de Kalahari a Okavango en 12 imprescindibles

Del desierto ardiente del Kalahari al exuberante delta del Okavango, por las sabanas del Chobe, este viaje se adentra a los paisajes y fauna del país africano.

Será por sus horizontes infinitos o por la presencia constante de fauna salvaje, pero muchos paisajes de África tienen algo que conmueve íntimamente. Será también por sus bruscos anocheceres, que se esperan durante horas cerca de ríos o lagunas para tener la oportunidad de ver cómo se acercan los animales a beber, para que luego pasen fugaces con un sol envuelto en llamas y engullido de golpe por la tierra.

En el desierto del Kalahari el ocaso refresca un poco el ambiente. Su nombre deriva de la palabra kgalagadi, que se traduce como «mucha sed», apelativo adecuado ya que ocupa más del 70% de Botsuana. La moneda del país es el pula, que significa lluvia, algo que parece un chiste si no fuera porque estas arideces reciben alguna precipitación durante el año. Porque el Kalahari no es un desierto de postal, con dunas evocadoras, sino más bien una sabana atormentada por el sol donde crecen acacias, unos melones silvestres o tsama, muy necesarios para la vida del lugar y el thorn-tree o camelthorn, una acacia (Vachellia erioloba) cuya corteza forma hexágonos y con ramas que parecen arañar el cielo. Éste es el paisaje que rodea en Deception Pan, justo en el corazón de la reserva del Kalahari Central.

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Deception Pan

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La mayor concentración de fauna de Kalahari

A pesar del nombre, Deception Pan es el punto del Kalahari donde se concentra mayor variedad de fauna gracias a una gran charca que se forma tras una época de lluvias tacaña, que se da entre noviembre y marzo. Por eso es el mejor lugar para observar al león de melena negra y al leopardo, aunque los zoólogos Mark y Delia Owens pasaron siete años aquí estudiando otro animal: la hiena parda, más pequeña que la normal, pero impresionante cuando eriza una especie de crin que tiene en la nuca. Sin embargo, todo es fachada: las hienas solo entrarán en las tiendas a husmear si las encuentran abiertas, pero no las rasgarán. Eso solo sucede en las películas.

El matrimonio Owens alcanzó mucha notoriedad cuando en los años 80 una gran sequía forzó la migración masiva de animales hacia el norte, en busca de las aguas del río Okavango. Las vallas del parque se convirtieron en las «cercas de la muerte» para la fauna que no pudo cruzar, forzando un movimiento internacional para repensar la gestión de los espacios protegidos. Hoy en día, el área de acampada de Deception Pan está señalizada de modo orientativo, si bien cuenta con una puerta de bienvenida y un vigilante aburrido, armado con su fusil.

Parque Transfronterizo Kalahari Gemsbok . Parque Transfronterizo Kalahari

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El parque Transfronterizo Kalahari

El Kalahari acoge dos parques nacionales, uno que pertenece a Bostuana y otro compartido con Sudáfrica. El primero es la Reserva de Caza del Kalahari Central, mientras que el segundo se llama Parque Transfronterizo Kalahari–Gemsbok y es bastante más árido. El nombre de Reserva de Caza lleva a confusión, ya que en realidad se creó para confinar al pueblo san o bosquimano, que en el pasado ocupaba extensas regiones de Tanzania, Uganda, Etiopía y Sudán.

Los colonos usaban la palabra bosquimano para referirse despectivamente a una etnia que se considera la más antigua del planeta, pues cuenta con una historia que se remonta a 20.000 años atrás. Hablan con el «lenguaje de los chasquidos», en el que los fonemas se intercalan con ruidos que se hacen con la lengua, y siempre fueron un pueblo pacífico, por lo que han sido desahuciados en múltiples ocasiones. En los años 90, tras el descubrimiento de diamantes en la región, el gobierno de Botsuana los obligó a reasentarse en lugares como el Kgalagadi Village Cluster, un conjunto de aldeas ubicado en una zona remota. El regreso a su tierra les ha costado décadas de litigios internacionales y los san que vuelven deben soportar restricciones de agua y otros servicios.

Antílopes

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Los protagonistas: los antílopes

Los antílopes no faltan a la cita del atardecer, en especial las gacelas springbok y los oryx de cuernos rectos, también conocidos como gemsbok. Cuando apenas quedaba luz, el rugido de un imponente león ha provocado una espantada de herbívoros. Ahí está, imponente cuando se hace visible al contraluz. Luego, durante la cena alrededor del fuego, decidimos que ha llegado el momento de partir hacia el noroeste para visitar del Delta del Okavango.

De camino a Deception seguimos la Trans-Kalahari Highway como hacían antaño los rebaños trashumantes, pero a medio camino tomamos una pista de arenas rojas en dirección norte. Mañana la retomaremos hacia el noroeste, hasta encontrar el asfalto que lleva a Maun. Nos espera una larguísima jornada, pero peor lo tuvo David Livingstone, que atravesó el Kalahari a razón de tres kilómetros diarios y sin mapas...

Okavango

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Los Big Five Birds del Okavango

Maun no tiene encanto, pero dispone de todos los servicios necesarios para lanzarse a descubrir el delta del Okavango. Este es un río extraño que nace en Angola, atraviesa la franja de Caprivi en Namibia y se abre en abanico en el centro de África, para acabar devorado por nuestro amigo, el desierto del Kalahari. Los geólogos creen que antes el Okavango se unía con las aguas del Limpopo para viajar hacia el mar, pero los movimientos tectónicos acabaron por romper el vínculo. Esta rareza natural atrae la vida como un imán, y por eso constituye uno de los mayores espacios de biodiversidad de la Tierra.

Apenas despunta el día los pájaros inician su delicada sinfonía, convirtiéndola en un glorioso caos de graznidos y cantos poco más tarde, dejando muy claro de paso que este es el paraíso de los ornitólogos. Aquí se pueden ver los Big Five Birds, las cinco especies más buscadas: la avutarda kori, que peina un penacho de plumas hacia atrás; el jabirú africano, una variedad de cigüeña; el búho pescador, nocturno; el cálao, que parece llevar un antifaz rojo contrastado con su plumaje negro, y el águila marcial, capaz de llevarse por los aires a un antílope mediano. A mediodía, muchas de estas aves se balancean impasibles sobre los tallos de los papiros que crecen en los márgenes del delta.

Botswana. Desde el aire

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El Okavango desde el aire

Para disfrutar de una verdadera inmersión en el Okavango conviene tomar una avioneta en la misma Maun o en el aeródromo de Sepupa y viajar hasta una de las islas del interior. Parte del delta está bajo control estatal, pero los lugares más recónditos y exclusivos los explotan empresas privadas. Camino del aeropuerto se distinguen varios termiteros gigantes y varias aldeas o etshas, asentamientos creados por antiguos refugiados. Sobrevolar la región ofrece un panorama esmeralda por el que serpentean hilos de plata retorcidos en todas direcciones. Tras el aterrizaje, los mosquitos nos devuelven a la realidad tras disfrutar de tan alucinante visión.

Tampoco faltan los bramidos de los hipopótamos, muy abundantes y extremadamente rápidos en tierra a pesar de su envergadura. De hecho, son los animales de gran tamaño que más bajas humanas causan. Un experto navegante de mokoro –canoa construida de un solo tronco vaciado que se guía con pértiga– evitará siempre los puntos donde los vea chapoteando, aunque de vez en cuando alguno da la sorpresa sacando la cabeza con estrépito justo al lado de la embarcación. Y es que, además de trotar, ¡son grandes buceadores! Otro buen nadador es el león del delta, una especie que tuvo que adaptarse al ecosistema para sobrevivir. Su hábitat de caza son los islotes donde quedan aislados los animales durante las crecidas del río, entre octubre y abril.

Las islas del Okavango

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Recorriendo el delta del Okavango

La experiencia que se vive en el Inner Delta, la parte occidental y menos accesible del Okavango, es distinta de la que se disfruta en el Parque Nacional de Moremi, situado al este. Moremi fue primero una reserva de caza dentro de las tierras de la tribu batawana, motivo por el que la población local pudo quedarse a vivir. Aquí se combinan las zonas inundadas con las tierras secas, conectadas por una serie de puentes que sirven de orientación al viajero y que le permiten llegar hasta allí por tierra.

Entrando por la puerta sur, a unos 80 km de Maun, pronto alcanzamos el Third Bridge, el tercer puente, alrededor del cual es fácil encontrar lugares para plantar las tiendas en un lugar idílico. Más allá quedan Chief Island –solo accesible si se dispone de una reserva en uno de los dos lodge de lujo que hay– y la Lengua de Moremi, un terreno de arena que se prolonga en la isla de Mboma. Por el camino, los bosques son el refugio de leopardos y perros salvajes. Desde el embarcadero de Moremi parten diversas pistas que permiten estudiar el área de Xakanaka a ritmo lento para no asustar la fauna que acudirá, puntual, cuando mengua el día. Más tarde, la noche se puebla de sonidos misteriosos.

Parque Nacional de Chobe. Un santuario de elefantes

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Un santuario de elefantes

La Reserva Natural de Moremi hace frontera al noreste con el Parque Nacional de Chobe, que será nuestra siguiente etapa del viaje tras atravesar la puerta de Mababe. El camino que cruza la sabana no tiene pérdida, ya que la Sand Ridge Road corre paralela a la cadena de Magwikhwe, montañas que son recuerdo de un mar jurásico, aunque hay quien prefiere circular por la Elephant Highway tras superar las colinas de Werega.

El nombre de la pista no es casual, porque si el Kalahari es el reino del león de melena negra, el Chobe es el mayor santuario de elefantes del mundo; la persecución de los furtivos y la falta de depredadores ha subido su cifra a 120.000 ejemplares, suficiente para garantizar avistamientos. Sin embargo, el año pasado se localizaron 330 elefantes muertos en el parque, al parecer por haber consumido aguas estancadas e infectadas con cianobacterias. A estos microorganismos tóxicos los favorece, por desgracia, el calentamiento del planeta.

Babuino

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Es el turno de los babuinos

Por suerte, los alrededores del campamento de Savuti, ya dentro del Chobe, están repletos de paquidermos que devoran ingentes cantidades de hojas de Albizinia tanganycensis (un tipo de eucalipto), observando nuestra llegada con indiferencia. Otros toman un baño en una charca cercana, lo bastante profunda para que no enloquezcan; cuando un elefante se queda sin agua, es capaz de los mayores estropicios para conseguirla. De ahí que la fuente y las duchas de Savuti estén protegidas por grandes paredes de hormigón, un buen recordatorio de la fragilidad del hombre en la naturaleza. No obstante, otros animales se muestran más pícaros que los elefantes: se trata de los babuinos, siempre dispuestos a llevarse algún trofeo. Al observar sus tácticas de aproximación es inevitable pensar en las maniobras de los niños cuando quieren pedirnos algo. A fin de cuentas, somos parientes lejanos.

Jirafa okavango. Jirafas

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En las entrañas de Savuti

Las jornadas pasan entre madrugones y avistamientos casi nocturnos. El horizonte es plano y facilita la búsqueda de fauna, misión aún más sencilla desde las colinas de Tsonxhwaa o Pintura del Bosquimano, donde hay excelentes vistas y restos prehistóricos de los primeros San. En la memoria de la cámara se van acumulando imágenes de elefantes, pero también de manadas migratorias de cebras, ñus y facóqueros, y jirafas de cuellos cimbreantes como ramas al viento. Menos suerte tenemos con el león esta vez, aunque nos sobrevuelan los secretarios, como el pájaro amigo de Simba en El rey león. También abundan los tocos o pequeños cálaos, de pico alargado y mirada pérfida, de los que únicamente en el África subsahariana hay 23 subespecies.

Savuti dista unas cuatro horas de la puerta norte del Chobe en Serondela, si se viaja sin parar. Claro que no estamos aquí para ir con prisas, sino para darnos cuenta de cómo el mopane con sus hojas en forma de mariposa alterna con los baobabs antes de llegar al poblado de Kachekabwe, pintado de arena.

Okavango

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¡Que empiece la función!

Más adelante, el asfalto viene a encontrarnos en el Ngoma Bridge y facilita el avance hacia Liyantani y el Riverfront, dos zonas muy populares para observar fauna. Siguen siendo una maravilla, pero no transmiten tanta sensación de estar en un lugar remoto como sucede más al sur. Poco importa cuando la coreografía salvaje vuelve a empezar justo delante de nuestro vehículo todoterreno: los ungulados hacen su prudente aparición en la orilla. Las jirafas son las que más tardan en decidirse, sabiendo que en cuanto abran sus patas delanteras para bajar el cuello hasta el agua estarán expuestas a fauces y garras. Por eso unas vigilan mientras las otras beben. Unas hienas fanfarronean y se abren espacio, hasta que escuchan un poderoso barrito que las hace huir a toda velocidad. Acto seguido, una manada de elefantes se apodera del lugar acompañada del sonido de miles de pisadas y ramas tronchadas, con la piel bañada resplandeciendo bajo los últimos rayos de sol del día. Contenemos la respiración.

Cataratas Victoria

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El humo que truena

El viaje toca a su fin, pero aún queda un último acto: la visita a las cataratas Victoria. Habrá que cruzar la frontera con Zimbabue, situada en Kasane, lugar donde también se dan cita los vértices de Namibia y Zambia. El trámite es lento, pero nada complicado, y luego solo que- da por delante una carretera con los márgenes iluminados por los colores de los recipientes de quienes hacen cola en las fuentes. El agua es un bien escaso, a pesar de la proximidad del río Zambeze, algo que se antoja extraño. 

David Livingstone descubrió las cascadas para el mundo occidental en 1855 y hoy custodia los accesos en forma de estatua de bronce, escondido por la neblina que forma el agua al precipitarse. Se calcula que el caudal medio es de un millón de litros por segundo. El salto desde cien metros de altura justifica el nombre original de este destino: «el humo que truena».

okavango

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La mejores vistas de las cataratas Victoria

Distintos senderos permiten acercarse a las cataratas por el lado de Zimbabue, el que ofrece vistas más espectaculares, mientras que la orilla izquierda del río pertenece a Zambia. El mirador de las Cascadas del Diablo brilla con los colores del arcoíris, aperitivo de un paseo en compañía de monos que brincan entre las ramas del bosque pluvial y que permite disfrutar del panorama de 1700 m de longitud que ocupa el frente del salto. Al fondo, las paredes vuelven a aprisionar la corriente y la enfurecen formando rápidos que los amantes del rafting aprovechan en busca de dosis ingentes de adrenalina. Pero, ¿quién necesita lanzarse río abajo cuando el paisaje lo tiene todo, cambiando de aspecto según el momento del día?

Parque Nacional de Chobe