Cronopios en la maleta

El Buenos Aires de Julio Cortázar

Ciudad mitómana por excelencia, aún se pueden seguir los pasos del escritor por diferentes escenarios urbanos.

Buenos Aires es una ciudad desbordante. Al menos, esa es la impresión que se tiene cuando el avión se aproxima al aeropuerto para aterrizar. Lo dijo Julio Cortázar en una carta a un amigo: “La Argentina es Buenos Aires”. Sintetizaba así su amor-odio con la ciudad: la extrañaba desde la distancia y la usó como materia de su obra literaria, pero no quiso volver. Al final, cada uno escoge los recuerdos que quiere conservar.

 

Pero Buenos Aires no se queda en el simple desbordamiento, sino que, además, lo hace bellamente. En otra carta, Julio Cortázar también decía de la ciudad que era “la más linda de las capitales de la Tierra”. Puede parecer una de sus exageraciones, pero de lo que no hay duda es de que la ciudad funciona bien como escenario literario. Aún se puede pasear por las calles, cafeterías y lugares que le inspiraron.

 
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Foto: José Alejandro Adamuz

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El barrio de juventud

Julio Cortázar llega a Buenos Aires con cuatro años en 1918 desde Bruselas. Sus padres se alojan en el Hotel Inmigrantes durante un tiempo hasta que se trasladan a Banfield, una localidad de la provincia. Pero si hay que señalar una dirección como el hogar del escritor en Buenos Aires, esa es la Calle Artigas, en el Barrio Rawson, número 3246. 

 

Desde una de esas ventanas con visillos de la tercera planta, Cortázar veía la plaza en la que se le puede imaginar salir del edificio. La literatura amplifica los viajes. Tal vez algún gato, “los guardianas de la vereda”, como les llamaba, se cruzara a su paso. Eran tiempos de trabajo y formación intelectual. Buenos Aires quería ser París y el escritor soñaba con ir a Europa. “Yo me siento muy bien en Francia; desde joven tuve una gran afinidad por un cierto tipo de cultura y de mentalidad francesa. Es decir que puedo estar allá sin dejar de estar aquí”, explicaría, como para evitar malentendidos, años después en una entrevista.

 

El paisaje en el Barrio Rawson se asemeja mucho al que veía entonces Julio Cortázar. Casas de no más de tres pisos de altura, apenas un tráfico que llegue a molestar, la plaza frente al edificio, árboles y algunos vecinos que sacan a pasear al perro o que vienen de hacer la compra o del trabajo o de sus cosas. El del barrio es un Buenos Aires cotidiano que no tiene nada que ver con el movimiento constante que se encuentra en Microcentro, o en San Telmo un domingo, cuando es día de mercado y hay cola para fotografiarse con la figurita de Mafalda, o con la actualidad vibrante de las librerías, cafeterías y restaurantes que hay de moda en Palermo Soho.

 
sasha-stories-VynkVKneWJA-unsplash. Microcentro

Foto: Unsplash

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El Microcentro: territorio flâneur

El del barrio es un Buenos Aires cotidiano que no tiene nada que ver con el movimiento constante que se encuentra en San Telmo un domingo, cuando es día de mercado y hay cola para fotografiarse con la figurita de Mafalda, o con la actualidad vibrante de las librerías, cafeterías y restaurantes que hay de moda en Palermo Soho.

A Julio Cortázar le gustaba pasear por la ciudad. Muchas veces lo hacía por las calles del Microcentro, que es como se conoce a la zona ocupada por edificios gubernamentales y financieros de la ciudad. La Casa Rosada, la Catedral Metropolitana, el Gobierno de la Ciudad y el Cabildo se encuentran cerca, también está la Plaza de Mayo, lugar fundacional de la ciudad y enclave que recoge la mayoría de movilizaciones y reivindicaciones de los movimientos sociales. En este deambular se cruzaría con oficinistas, funcionarios, apoderados de bancos, porteños adinerados, limpiabotas y algún buscavidas de verbo rápido. 

 
1280px-Las curvasy la luz. Un cielo Art Decó

Foto: CC

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Un cielo Art Noveau

A seis cuadras, está el Pasaje Güemes, unas galerías comerciales cuyo exterior pasará desapercibido para cualquiera que no esté atento. Se trata de un edificio Art Noveau, considerado el primer rascacielos de la ciudad. El escritor solía recorrer el pasaje y pasaba tanto tiempo allí que acabó por inspirarle su relato El otro cielo.

El interior del pasaje, que une las calles Florida y San Martín, está decorado con una cúpula circular, pilares de mármol, vidrieras, bronces y maderas nobles, al estilo francés. “Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída”, explica el narrador al inicio del relato. Un dato más para viajeros mitómanos: en una de las viviendas que hay sobre el Pasaje Güemes, Saint Exupéry vivió, y escribió Vuelo nocturno, basándose en sus experiencias como aviador en la compañía pionera de servicios aéreos Aeroposta Argentina.

 
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Foto: Bar London City

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Las facturas de Cortázar

Otro lugar cercano que inspiró a Julio Cortázar es el Bar London City, buen representante de la tradición de cafeterías porteñas. Imposible evitar la tentación de las facturas, ese pecado dulce en forma de hojaldres, bolas de fraile, suspiros de monja o vigilantes, entre otros, que los argentinos tienen y que les viene de los inmigrantes que llegaron desde Europa. La inspiración literaria engorda. El London City está en una esquina, como todos los lugares importantes y de encuentro en la cultura porteña. 

Para un lector de Cortázar estar en el escenario que da inicio a Los Premios, su primera novela, es emocionante. Más si se pide un café con leche. “-Dos cafés, pidió Lucio. Y un vaso de agua, por favor, dijo Nora. Siempre traen agua con el café, dijo Lucio.” Y sí, es cierto. No hace falta pedir agua con el café. En la bandeja, el camarero traía un vasito de agua con gas, y también una pasta y las servilletas que se pueden guardar en el bolsillo como recuerdo. “Fue aquí en la London donde el todavía desconocido Julio Cortázar, escribió, y también situó, gran parte de su primera novela…”, explican en la carta del bar, todo un clásico abierto en 1954. En la decoración, retratos del autor, recortes de prensa, algunas frases memorables sacadas de sus obras e imágenes de la época, de un Buenos Aires en blanco y negro, como el piso de la cafetería que se mantiene igual que el original.

 
shutterstock 213971008. Librerías y libros

Foto: Shutterstock

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Librerías y libros

Caminar y leer en una ciudad como Buenos Aires significa que pasarás por alguna de sus muchas librerías. Es inevitable. “Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina”. Éstas son palabras del narrador de Casa tomada, pero igual podrían ser las de Julio Cortázar explicando sus rutinas de buscador de libros por las librerías de Buenos Aires, como aquella ocasión en que un libro de Jean Cocteau le metió de cabeza “no ya en la literatura moderna, sino en el mundo moderno.”

De aquellas librerías que él visitaba, como la Librería Viau en Florida 530, no queda rastro; tal vez los puestos de viejo en Plaza Italia, donde los vendedores preguntan al paso qué andas buscando, y en los que aún hoy en día se encuentran pequeños tesoros bibliográficos y fragmentos que siguen inspirando este recorrido por la ciudad. Tal vez Julio Cortázar pasara también por la antigua Librería del Colegio, la primera librería fundada en Buenos Aires, en 1786. Sí es seguro que entre sus estantes ojearon ilustres con Borges, Bioy Casares, Victoria Ocampo, o Roberto Arlt, entre otros. Tal vez, a Julio Cortázar le hubiera gustado el Ateneo Grand Splendid, una de las librerías más bellas del mundo, montada en lo que fuera un suntuoso teatro, en la Avenida Santa Fe. Sin duda, habría sido un estupendo lugar de inspiración para alguno de sus famosos relatos. 

 
buenos-aires-rayuela. De Buenos Aires a París

Foto: José Alejandro Adamuz

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De Buenos Aires a París

Julio Cortázar llegó a París en 1951. Tenía 37 años y no podía imaginar lo que el destino le depararía. Era la ciudad que había escogido para vivir: “Caminar en París –afirmó en la película de Alain Caroff y Claude Namer– es caminar hacia mí”. Siempre la deseó, como si su erre gutural fuera más profecía que anomalía en la pronunciación. Atrás quedó Buenos Aires; pero todas las rayuelas que hay dibujadas en la ciudad –de la Tierra al Cielo, la salvación- marcan siempre el camino hacia su memoria, como la que hay en el patio de la Escuela Normal Superior N.° 2 Mariano Acosta, donde tras cuatro años de magisterio y tres de estudios especializados, se recibió de profesor. Al final, su vida puede ser también la historia de dos ciudades.

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