Ser jaguar

En busca del jaguar del Putumayo por el sur de Colombia

Los ecosistemas andino y amazónico confluyen en este departamento del sur de Colombia, donde habita gente jaguar.

“Soy jaguar”, dice Camila Guarín en la jungla colombiana. No bromea. Entre San Agustín y la franja sur del río Putumayo, hay humanos y jaguares compartiendo territorio y espíritu. Mezclarse es más fácil en esa estribación del macizo colombiano donde coinciden los ecosistemas andino y amazónico dando lugar a mariposas, aves y un sinfín de especies híbridas… como la gente jaguar. El consumo del yagé (ayahuasca) favorece una conexión difícil de explicar a quienes no conocen la selva pero que resulta propicia para mantener un equilibrio natural.

Sitio Arqueológico de San Agustín

Foto: Shutterstock / Sitio Arqueológico de San Agustín

Jaguar COLOMBIA

El secreto está en los dientes. Dos milenios antes de Cristo, en la actual San Agustín se estableció una comunidad indígena a la que el clima templado y la tierra fértil inspiró un paradójico culto a la muerte. Nadie sabe quiénes fueron, su historia se ha volatilizado, pero legaron una formidable necrópolis que hoy ayuda a explicar la unión entre aquellos indígenas y una serie de animales sagrados. Cada chamán era enterrado bajo una gran piedra vertical en cuya superficie se esculpía un rostro con una amplia boca que indicaba su animal de referencia. Así, hoy sabemos que, si entre los colmillos hay cincelados cuatro incisivos, el enterrado fue mono; si hay ocho, caimán; el jaguar tiene seis.

La necrópolis de San Agustín, en el departamento del Huila, comprende 513 estatuas funerarias de las que, según el guía Anival Ordóñez, “26 son de jaguar. Pero solo hay dos águilas. Yo soy águila”. A Ordóñez se le nota orgulloso de su excepcionalidad. Y también de ser cristiano. ¿Cristianos tomando ayahuasca para reconocerse como águilas o jaguares? “Las cosas han cambiado -dice Ordóñez-. La iglesia lo permite porque no quiere que se pierdan las tomas de yagé, los dialectos ni las vestimentas locales. Aunque algunos sacerdotes aún no lo ven muy claro”.

La iglesia lo permite porque no quiere que se pierdan las tomas de yagé, los dialectos ni las vestimentas locales.

Junto al mercado de San Agustín un hombre almuerza sopa con ají echando vistazos a su caballo atado a una farola, y ninguno se inmuta cuando el autobús al que llaman La Chiva anuncia su salida a bocinazos. A nueve kilómetros del pueblo se halla el Estrecho del Magdalena, donde el río se angosta hasta los 2,20 metros y un puñado de artesanos venden narigueras, diademas o antepechos con forma de hocico de jaguar. Los agustinienses son orfebres virtuosos que producen relucientes placas representando al felino más grande de América, emblema del día -por su color amarillo- y la noche -por el negro-, y señalado como Hijo del Sol.

Estrecho del Magdalena
Foto: Shutterstock / Estrecho del Magdalena

Más allá del símbolo, el jaguar real sobrevive al sur, en la base de ese nudo formado por las tres grandes cordilleras que se ramifican hacia el norte hasta la planicie costera del Caribe. Durante décadas, la deforestación, la acción de las petroleras, los furtivos, las disensiones con cazadores, granjeros y campesinos, y el conflicto armado barrieron de jaguares la zona. Su desaparición resumía la debacle ecosistémica y, por eso, que recientemente se avistara un ejemplar en el Huila es una esperanzadora evidencia de cómo Colombia está recuperando una normalidad que se funda en el respeto al entorno. Además, WWF ha impulsado el Plan Jaguar que durará hasta 2030. Pero para entrar en los dominios meridionales del animal, aún debe viajarse al Putumayo.

Desde San Agustín, la carretera que atraviesa el Cauca combina cuestas que dejan camiones y buses recalentados en la cuneta con páramos donde asoman palmeras aisladas y racimos de frailejones. Los viajeros pueden repostar en restaurantes que disponen de piscifactoría y sirven trucha con jugos de piña o papaya y tinto -café negro- antes de adentrarse en tramos de niebla donde se intuyen cebúes pastando bajo las alas de buitres negros. Los ríos bajan fieramente marrones.

La humedad se acentúa, y cuando llueve, llueve. Un campesino avanza montado en burro con la cabeza alta, pese al diluvio. Cuando se retiran los nubarrones vuelve el calor, cada vez más presente. Escuela La Petrolera. Se lavan carros. El aguapanelazo (dulces y refrescos). Viejoteca (discoteca para viejos). La publicidad a las puertas de lo salvaje no se anda con rodeos. Cruzando el río Caquetá, cuarenta cámaras trampa advierten sobre la cercanía de jaguares. “El jaguar se concentra más al sur pero es imprevisible -dice un campesino-. Te puedes cruzar con uno por la carretera. De todos modos, no hay noticia de jaguares que hayan atacado a personas. De personas a jaguares, sí”.

No hay noticia de jaguares que hayan atacado a personas. De personas a jaguares, sí.

En las afueras de Mocoa, capital del Putumayo, está el Centro Experimental Amazónico, un centro de investigación y recuperación de animales donde Camila Guarín convive con una jaguar y 88 animales más, entre guacamayos, monos, tortugas... Rodeada de ceibas, cedros, canelos y un algarrobo pálido -el segundo árbol más grande de la selva-, la bióloga cuenta que “yo era una persona triste y depresiva. En una toma de yagé descubrí que mi animal era el jaguar y comencé a relacionarme con Negrita de una forma que hasta a mí me sorprendió. Sabía lo que Negrita quería, lo que decía. Se convirtió en mi mejor amiga. Desde que entendí mi naturaleza jaguar, soy otra”, afirma Camila mientras acaricia a la pantera de 67 kilos e inusualmente negra que rezonga a sus pies.

Jaguar
Foto: Shutterstock

Camila perdió la matriz, no puede tener hijos. Hace poco, durante una toma de yagé, consultó a Negrita si deseaba ser madre. La felina dijo sí. “Yo soy tu mamá, tú eres mi hija -resolvió Camila-. Y tendremos un hijo”. Desde entonces, la jaguar ha hecho menstruaciones más intensas y el equipo del CEA calcula el momento de inseminarla. La conexión entre Camila y Negrita es evidente. La gran gata camina junto a la humana, atiende a lo que le dice. Solo acude a su voz.

“Lógico”, concluye el taita (chamán) del pueblo inga Pablo Evanjuanoy, que ha ayudado a que cientos de personas reconocieran al “animal” que llevan dentro. Tomó yagé por primera vez a los seis años, y lleva treinta aprendiendo a ver a través del psicotrópico. Vive en la reserva indígena del Yunguillo, a hora y media de Mocoa, y su maloca -la casa tradicional donde practica los ritos- está a ras de río. El agua ruge cerca, rauda y tan lodosa que a un afluente cercano lo llaman Mulato, mientras el taita ejecuta armonizaciones que limpian almas: al amparo del humo de una hoguera, canta y sacude la waira -ese cascabel de hojas- tocado por una cinta craneal que luce estampas geométricas de jaguar y guacamayo. Entre los varios collares que usa, el principal está hecho con caninos de puerco manao y dos colmillos de jaguar.

El felino es un gran nadador que incluye en su dieta el pescado, y en cualquier caso disfruta del agua como si fuera una planta. La existencia del jaguar garantiza larga vida al borrachero, la orquídea o el caraño, y también a las truchas, los cuis, dantas y pollos que devora, porque la dentellada que acaba con uno suscribe la vida de cientos. Es la ley de la cadena trófica.

En 2019, el último censo antes de la pandemia registró cerca de dos mil jaguares en el corredor situado entre los ríos Napo y Putumayo. Aquel año, los incendios de la Amazonía habían desplazado y matado a muchos, pero aun así es una cifra apreciable que jóvenes como Jerson Zambrano desean, como mínimo, mantener.

Cascada del Fin del Mundo
Foto: iStock

Jerson y los miembros de su comunidad -Los Pastos- velan por el sendero que conduce al Fin del Mundo, un área indígena de bosque primario, lagunas y discretas cascadas accesible a turistas, aunque algunas cataratas, como el Ojo de Piedra, es recomendable visitarlas en compañía de guías pastos como Jerson, que asciende la montaña mascando coca. “La distancia en las montañas no se mide por kilómetros sino por mascadas de coca”, sentenció el antropólogo Wade Davis.

La distancia en las montañas no se mide por kilómetros sino por mascadas de coca.

Así que ahí sube Jerson, mascando hasta la cascada del Fin del Mundo, una caída vertical de setenta metros. El agua se desploma entre una bóveda de helechos gigantes y, tras el velo de partículas transparentes, vuelan morphos, esas mariposas gigantes que suman su aleteo a la fanfarria del agua y la selva. De repente, una bandada de oropéndolas tiende un toldo de lentejuelas sobre la fronda verde. Las aves se dirigen a las frondas del sur, donde esta noche la espesura se iluminará con lianas fosforescentes mientras en algún recodo brillan los iris del jaguar.