Ocho apellidos vasco(franceses)

En busca de los secretos del País Vasco francés

Una escapada llena de sabor, arte, naturaleza y surf que arranca en la costa y culmina en el interior.

Tierra de balleneros, pescadores y pioneros en tablas de surf, epicentro de la alta sociedad decimonónica, atravesado por el Camino de Santiago y encaramado sobre las cimas pirenaicas. Así se abre y se muestra el País Vasco francés, un territorio gemelo en la otra orilla del Bidasoa donde tradición, cultura, gastronomía y vida hunden sus raíces en una historia narrada a ambos lados de los Pirineos con un mismo acento. Una ruta idílica en la que adentrarse a pie de costa y regresar por la alta montaña.

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Hendaya de ida y vuelta

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Hendaya de ida y vuelta

De ida o vuelta, según se circule. Así es Hendaya, paso fronterizo que separa España de Francia y que comparte vecindad con Irún y Fuenterrabía, a la que mira desde su balconada marítima. Aquí se extienden los tres kilómetros de la playa de Ondarraitz, la más larga -y una de las más sosegadas de la costa vasca-, en la que pasear, bañarse o hacer surf, dependiendo de la estación.

shutterstock 1030781098. Rocas, mitología y ¡un château!

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Rocas, mitología y ¡un château!

Cerca se encuentra también Domaine d’Abbadia, un coqueto parque natural de 65 hectáreas donde descubrir fauna costera, las caprichosas formas que la erosión ha esculpido en las rocas, como Les Deux Jumeaux o Las dos gemelas, bautizadas en vasco como Dunba Zabala y Dunba Luzie, cuya leyenda dice que llegaron allí lanzadas por los gentiles, gigantes paganos vascones de fuerza sobrehumana que intentaron derribar la catedral de Bayona con ellas. En el parque además se encuentra el Château d’Abbadia, un castillo observatorio del siglo XIX erigido con fines astronómicos y que merece la pena visitar.

iStock-802987078. Una postal marinera... muy Real

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Una postal marinera... muy Real

Impolutos blancos en las paredes, distribuidos en edificios de tres y cuatro alturas y con entramados en rojas maderas dan la bienvenida a esta idílica ciudad. Lo mejor es embeberse del ambiente pesquero y movido de la ciudad, que vibra en torno a la calle Gambetta y al puerto de pescadores. No lejos de ella se encuentra otro de los iconos de la ciudad, la Iglesia de San Juan Bautista, donde se casó Luis XIV con la infanta María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de España, y en cuya celebración nupcial consumieron los famosos macarons de Maison Adam, un comercio que aún hoy, 360 años después, los sigue fabricando en el mismo emplazamiento que entonces.

iStock-1162020786. Guéthary, que no Getaria (¿o sí?)

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Guéthary, que no Getaria (¿o sí?)

Apenas 60 kilómetros separan a la Guéthary, en la costa francesa, de la Guetaria guipuzcoana, pero su relación es más íntima. Pequeñas villas costeras, bañadas por el Atlántico y desde las cuales los marineros vascos se hacían a la mar para capturar ballenas en el océano. Razón por la que hoy en ambos pueblos sus escudos lucen a estos cetáceos y cuya importancia se manifiesta en el puerto de Guéthary, fuertemente inclinado para permitir el arreo de los animales una vez descargado.

83457878 733318800758873 2812490469022092549 n. Pelota vasca, cuchillos artesanales y mucha calma

Foto: Les Couteliers des Basques

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Pelota vasca, cuchillos artesanales y mucha calma

A seis kilómetros al sur de Biarritz, Bidart aún se ruboriza con un ambiente marinero donde la tranquilidad sigue primando. Apenas 7.000 habitantes pueblan esta villa pesquera, también surfera y termal, que es una parada especial para descubrir los domingos de frontón y familiarizarse con los deportes de pelota como la cesta punta. También conviene aprovechar el lado más místico y acercarse a la capilla de Sainte-Madeleine y descubrir desde allí los atardeceres de la costa vasca o acudir al taller de la familia Exposito, responsables de Les Couteliers Basques, que fabrican cuchillería artesana de lujo en las afueras de Bidart.

iStock-1055764342. Biarritz y el encanto de la burguesía

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Biarritz y el encanto de la burguesía

En apenas 120 años Biarritz ha pasado de ser destino turístico de la alta aristocracia europea (muestra de ello es el hotel du Palais, que sirvió como palacio a Eugenia de Montijo) a ser un reclamo ecléctico donde el surf, las olas y las aguas termales son las protagonistas. Se mezcla así un perfil variopinto e internacional que vive por y para la playa. Los turistas se dejan caer por la Grande Plage, los surfistas van a la Plage de la Côte des Basques y los biarrots (los nativos) se pasean por la Plage de Milady o se bañan refugiados en la Plage du Vieux Port. Eso sí, todos, sin importar su procedencia, caen en la tentación dulce de los gateau basques de Maison Paries, uno de los más populares y sabrosos de todo Iparralde.

iStock-1049470578. Bayona, la metrópolis vasca

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Bayona, la metrópolis vasca

Ubicada sobre una antigua población romana llamada Lapurdum (de ahí Labourd y Lapurdi, topónimos históricos de la zona en francés y vasco), Bayona es el epicentro administrativo del País Vasco Francés y también una ciudad donde se procura recuperar la esencia vasca a todos los niveles. La mejor forma de empaparse de ella es en el Museo Vasco, que cuenta con una veintena de salas consagradas a usos, costumbres y tradiciones.

iStock-486594976. La herencia en los pequeños detalles

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La herencia en los pequeños detalles

Más allá del cosmopolitismo aún se conservan símbolos y gestos de esa raíz. Ejemplos se encuentran en el taller Léoncini, uno de los únicos tres artesanos que aún fabrican makilas (bastones ornamentales que solían regalar como entrada en la madurez de los adolescentes) en el País Vasco Francés. Todo un ejemplo de minuciosidad y mimo, que también se trasladan a lo gastronómico, como la tienda de embutidos de Pierre Ibaialde, un artesano de la chacinería consagrado a su profesión durante más de 30 años y por cuyas delicias culinarias se forman colas.

iStock-1198683591. 'Au revoir' costa

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'Au revoir' costa

Quizá la fama internacional del País Vasco Francés la ostenten sus playas y sus ciudades atlánticas. Sin embargo, igual que en nuestra parte de los Pirineos, hay también numerosos pueblos de montaña e interior donde las tradiciones vascas se manifiestan. Nombres como La Bastide-Clairence, Navarrenx (en la imagen), Saint Palais, Mauleón-Licharre o Espelette se suceden así en un camino que oscila entre lo vasco, lo gascón y lo bearnés que no siempre es fácil de separar.

iStock-485269032. Un patrimonio lingüístico

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Un patrimonio lingüístico

El interior de la región francesa de Pirineos Atlánticos, donde se enmarca la mayor parte del País Vasco Francés, posee fuertes raíces lingüísticas vascas y también una potente impronta navarra. Algo que se manifiesta con especial fuerza en pueblos como La Bastide-Clairence, cuya arquitectura nos traslada a las típicas construcciones vascas y cuya importancia para el euskera es culturalmente potente. Jean-Baptiste Dasconaguerre, alcalde de La Bastide a mediados del siglo XIX fue el autor de la primera novela vasca publicada y Jean de Liçarrague, un monje afincado aquí, tradujo el Nuevo Testamento al euskera durante en el siglo XVI.

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En la imagen, una competición similar en Saint Jean Pied de Port. Foto: www.pyrenees-basques.com

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Una demostración de fuerza

Pensar que cortar troncos, levantar piedras o tirar de la soga es un patrimonio exclusivo de las costumbres vascas de este lado de los Pirineos es un error. Saint-Palais, a 60 kilómetros al este de Bayona, así lo demuestra anualmente con el Festival de Force Basque, que se celebra el domingo después del 15 de agosto desde hace 90 años y donde ocho equipos de pueblos de los alrededores se enfrentan entre sí en diversas pruebas como el corte de troncos con hacha (aizkolaris), serrar la madera (segari) o correr con sacos de trigo (sakulari), donde competitividad y herencia campesina se funden.

La delicadeza de la artesanía. ©Espadrilles Zetoiles. La delicadeza de la artesanía

Foto: ©Espadrilles Zetoiles

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La delicadeza de la artesanía

Telas, espardeñas y makilas son también una forma de reivindicar el carácter manual de trabajos casi olvidados, algunos de los cuales aún se dan en pequeños pueblos de Sola y Baja Navarra (los dos nombres de las provincias vascas históricas del interior de Francia). En el propio Saint-Palais se encuentra Ona Tiss, una empresa familiar con casi 80 años de historia que confeccionaban telas para diversos calzados como las esparteñas. Esta tradición de calzado a base de esparto, hoy en desuso, aún se mantiene en algunos pueblos como Mauléon-Licharre, donde la zapatería Zetoiles (creada en 1947) sigue elaborando este tipo de calzado.

A paso ligero, Charles Bergara en su taller ©Makhila Ainciart-Bergara. A paso ligero

Charles Bergara en su taller. Foto: ©Makhila Ainciart-Bergara

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A paso ligero

El uso de makilas como cetros o bastones de mando es una tradición centenaria en todo el País Vasco. De hecho, cuando se nombra a un lehendakari es el bastón que se le ofrece como símbolo de este poder. Un trabajo minucioso y artesanal en declive que se mantiene en pocos lugares. Uno de ellos es Larressore, un tranquilo pueblo a 20 kilómetros de Bayona, donde Charles Bergara y su hija Nicole elaboran estas varas de mando de madera de níspero igual que sus antepasados desde hace más de 150 años, que incluso han llegado a manos de Juan Pablo XX, Charles de Gaulle o Emmanuel Macron.

iStock-1256739771. En busca de la santidad

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En busca de la santidad

La frontera que Francia marca con Navarra está fraguada a través de historias comunes entre reyes y, sobre todo, mantenida por el Camino de Santiago. Así salpican numerosas iglesias y monasterios todos estos pueblos, como es el caso de Saint-Jean-Pied-de-Port (Donibane Garazi en vasco), muy popularizado por el Tour de Francia. Fundado en el siglo XII por su utilidad en la ruta compostelana, el pueblo hoy es un ejemplo de buena conservación medieval, siendo aún lugar de paso para el denominado Camino Francés, una de las vías jacobeas más populares.

iStock-1279790924. Costumbres en paralelo

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Costumbres en paralelo

Caseríos, verdes prados, ganado pastando al aire libre… Es difícil sin mirar a las señales de la carretera donde acaba el País Vasco francés y empieza Navarra. Algo así ocurre en Ainhoa, último pueblo de Francia en la carretera D20, una de las muchas que cruzan distintos pasos pirenaicos, en este caso para llegar a Dantxarinea. Detenerse en Ainhoa es descubrir tiempo casi parado, contemplar arquitectura rural que ha permanecido así durante años y a la que el reloj ha respetado. Un pueblo único, rodeado de prados y bosques de robles, que además está perfectamente conectado con diversas rutas senderistas pirenaicas que por aquí pasan, como la GR10, que propone cruzar la cordillera desde Hendaya hasta Arrens, en Girona.

iStock-1268268758. Tragos diferentes

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Tragos diferentes

Es inconcebible abandonar una ruta vasca sin pensar en la gastronomía y en el trago, algo que también hermana a ambas vertientes del Pirineo pero con sus diferencias. Si el txakolí es el rey en Euskadi, el vino vascofrancés por excelencia es el que procede de Irouleguy, una pequeña denominación de origen (apenas 180 hectáreas) con vinos blancos, tintos y rosados cerca de Saint Jean de Pied de Port, donde se pueden visitar varias bodegas como Ilarria, Gutizia o Ameztia, muy cercanas entre sí. Además, la sidra natural también reivindica su trago en sidrerías como Bordatto, en Jaxu (a 10 minutos de Saint Jean) o en Txopinondo, en Ascain.

iStock-518564272. A bocados salados...

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A bocados salados...

Las ovejas manach y latxas son las reinas de los pastos vascofranceses, ofreciendo quesos como el Ossau-Iraty pero también el propio Idiazábal o, faltaría más, los propios corderos. Un trabajo laborioso realizado por pastores locales y artesanos queseros como los de Fromagerie d’Urepel (en el pueblo homónimo), distribuidos generalmente en pequeños rebaños como los de Ferme Elurti (en Ascarat, también cerca de Saint Jean, donde además se pueden comprar sus quesos) o el uso cárnico de estos corderos en la cooperativa Axuria, en Chéraute, cerca de Mauleón, donde se reúnen más de 300 productores distintos.

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...y picantes

No se puede abandonar esta zona sin mencionar al rey vegetal de su cocina, el pimiento de Espelette, de un intenso color rojo y que se suele secar para utilizarse en otros guisos y preparaciones. A pesar de su vehemencia cromática, esta hortaliza de apenas 8 o 10 centímetros de longitud no es en absoluto picante, sin embargo es muy aromática, razón por la cual se la deja secar. Habitualmente se hacía en las puertas de las casas de la región, en pueblos como Larressore, Itxassou o el propio Espelette, donde incluso en el mes de octubre se celebra un festival en torno al pimiento.

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Foto: La fete du gâteau basque

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Y de postre...

A ello se le puede poner fin con un bocado dulce, volviendo al gateau basque o euskal pastela (alguno adornado con el clásico lauburu), que es una bizcocho al horno que se rellena de crema pastelera. Tanta es su fama que incluso cuenta con una fiesta anual a primeros de octubre, celebrada en Cambo-les-Bains, un coqueto pueblo donde también merece la pena visitar Villa Arnaga (erigida por Edmond Rostand, autor de Cyrano de Bergerac) a mediados de julio o darse un paseo por Sare para conocer el Museo del Gâteau Basque y, por supuesto, probarlo antes de regresar a España con el maletero bien lleno.

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En busca de los secretos del País Vasco francés

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