Presume de no necesitar semáforos

Timbu y otras maravillas de Bután

Si Bután es un país asombroso, su capital lo es aún más.

Arrozales de Bután

SHUTTERSTOCK

el Nido del Tigre-Elia-Locardi-Bhutan

La niebla se rasga, dibujando un hueco ovalado. Y tras ella aparece un pequeño castillo blanco y oro, grana y negro, agarrado al precipicio. Los pinos himaláyicos se enredan en la bruma y las banderas de oración se acunan sobre el tremendo abismo. Un fantasmagórico tintineo de campanas guía hasta la puerta de Tagktsan. Los diferentes edificios que conforman el monasterio, situado en el que tal vez sea el emplazamiento más bello del mundo, se escalonan en el estrecho camino de acceso.

Como Alicia, el viajero traspasa el espejo y desde aquel momento se sumerge, igual que la niña del cuento, en un país imposible de haber imaginado, de fantasías y personajes inesperados. Bután se halla en el otro lado.

A Tagktsan, aunque está bastante cerca de la capital, solo se llega a pie. Hay tres senderos diferentes que proponen lo mismo: una caminata enérgica en subida, sin descanso por un bosque umbrío, una esmeralda viva y vaporosa. Los monjes hacen caso omiso de los escasos visitantes, rezan en penumbra, en un ambiente fresco y húmedo.

El Nido del Tigre

El monasterio de Tagktsan, próximo a la cueva en que meditó Padmasambhava, el introductor del budismo en el Tíbet, se halla a 3.120 m.

Foto: Elia Locardi

El más bello y fotogénico monasterio de Bután es conocido popularmente como el Nido del Tigre. Se construyó en el siglo XVII arropando a la cueva en la que durante tres años, tres meses y tres días meditó Padmasambhava, el héroe místico del país, cuyas huellas encontraremos en muchos otros lugares. Dicen que llegó hasta aquí desde la India volando a lomos de su consorte Yeshe Tsogyel, convertida en tigresa.

Timbu, una capital al otro lado del espejo

El monzón se hace el roncero incluso ya bien entrado octubre, y con su humedad refuerza en Timbu la imagen de pequeña ciudad de provincias, con calles silenciosas y tráfico escaso. Es la capital del país y presume de ser la única del mundo en que no son necesarios los semáforos. Dicen que se instaló uno años atrás, pero a sus ciudadanos les parecía un adefesio innecesario y las autoridades lo retiraron. Dentro del espejo, las maravillas se suceden.

Tienda de Bután

 Una tienda en Timbu, la capital, donde reside una décima parte de la población butanesa.

Timbu se articula en la orilla izquierda del río Wang, que en tierras de la India se unirá al Brahmaputra. Las principales sedes gubernamentales de este país de 40.000 km2 se encuentran aquí. Aunque para gobernar a menos de 800.000 habitantes se necesitan pocos edificios de oficinas. Lo que llama la atención es el dzong Trashi Chhoe, el monasterio-fortaleza instalado sobre una colina que proporciona unas vistas majestuosas del valle. Bután no solo es igual de grande que Suiza. Es que parece Suiza, un país alpino envuelto delicadamente entre nubes de guata.

La palabra dzong se le hará familiar al visitante en los días siguientes. En tibetano, designa a la construcción pensada para albergar una comunidad monástica, pero edificada con las hechuras de un castillo y así defenderse de los atacantes y dar cobijo a la población. Bután está organizado en torno a ellos, delimitan las provincias y cuentan la historia de unos vecinos agresivos –Tíbet, China, el Imperio británico– que con frecuencia han llevado a los butaneses a la batalla.

Batalla... Encontrarse con una por los espaciosos parques de Timbu es de lo más habitual. Los butaneses tienen como indiscutible deporte favorito el tiro con arco. A cualquier hora del día se tropieza uno con competidores que aciertan en la diana a distancias que superan el largo de un campo de fútbol. Hay tanteo, ganadores y derrotados. Pero las partidas se desarrollan en un clima de absoluto fair play.

Batalla en un parque de Bután

El deporte nacional de Bután es el tiro con arco. Es normal practicarlo en cualquiera de los parques de Bután.

Cuando un arquero da en el centro del círculo, sus rivales agitan los pañuelos en señal de pleitesía. Los deportistas también visten el traje tradicional, una especie de bata de rayas sin bolsillos los hombres, una falda con blusa para ellas que las favorece mucho más. Pero blanden arcos de alta tecnología, como los que el profano solo ha visto en televisión durante los Juegos Olímpicos.

Ni rastro del Conejo Blanco de Alicia consultando su reloj. Cuando el sol se va a dormir detrás del Chomolhari y las luces de la ciudad se prenden, el viajero comienza a ver fantasmas por las esquinas. Se trata de los jóvenes, que aprovechan el amparo de la noche para deshacerse del vestido tradicional y enfundarse camisetas y vaqueros, acudir a bares a destapar cervezas y escuchar música occidental.

No están violando ninguna prohibición, solo que el celo por la tradición es muy fuerte en Bután. Por ello únicamente se autoriza la llegada de unos 100.000 turistas al año. Las autoridades temen que se altere una forma de vida que parece haber quedado aislada entre estas montañas del Himalaya.

La mayoría de dzong y monasterios butaneses celebran, entrado el mes de octubre, los tsechu. Se trata de los más importantes festivales del año, en que monjes y civiles se enmascaran y disfrazan para representar una obra teatral de por lo menos cuatro días de duración en la que se reproduce la vida y milagros de Padmasambhava o Guru Rimpoche, el introductor del budismo en el país, en el siglo VIII.

Hay escasez de alojamiento y los restaurantes y transportes públicos están inusualmente llenos de butaneses que lo celebran por todo lo alto, pero las pequeñas incomodidades merecen la pena por la vistosidad de los eventos.

Butan-los tsechu

El dzong de Rinpung, en Paro, acoge cada año el mayor festival de danzas sagradas de Bután. En 2019 será del 17 al 21 de marzo.

Los perros se echan a dormir donde les place, aunque sea en mitad de la calzada. Los butaneses los respetan, pues los consideran animales capaces de reencarnarse en seres humanos. Tal vez por eso, o sencillamente porque la prisa no se conoce aquí, los vehículos avanzan a velocidad de caracol. Las carreteras no son nada malas, pero alguien se ha molestado en sacar la media de curvas que hay por cada kilómetro: 17. Los viajes entre las montañas se realizan despacio. El viaje sigue hacia las montañas.

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