Paraíso del trekking

Todos los senderos que llevan a Bután

Que nadie se olvide de las botas porque para conocer el país de la mejor forma posible hay que ir paso a paso.

SANTUARIO KAGYU

REINHARD SCHMID / FOTOTECA 9X12

Trekkiing en butan

Tras visitar Timbu, el dzong de Punakha se encuentra sobre una playa de guijarros en la confluencia de los ríos Mo (madre) y Pho (padre). Junto al de Trongsa, tal vez sea el más bello del país.

Por los cursos fluviales bajan aguas de colores radicalmente diferentes. El primero es negro y el segundo, jade. Durante unos centenares de metros no se mezclan, formando una cenefa líquida. De golpe, sorpresivamente, el color verde se impone y engulle al río tenebroso.

PUNAKHA

Este monasterio del siglo xvii edificado en la confluencia de los ríos Mo y Pho fue la capital de Bután hasta 1955.

PAVEL ABERLE / AGE FOTOSTOCK

Tiene Bután en sus ríos su principal capital exportador. Le vende energía hidroeléctrica a la India, y con eso alimenta una economía que, por lo demás, se basa en el cultivo del arroz y el trigo y en una mesurada explotación forestal. El gobierno acepta el debate sobre si se debe abrir la mano a la llegada de más turistas que traigan consigo pingües ingresos –y sus mantecosas problemáticas asociadas–.

Pero en un país donde el monarca tuvo que convencer a sus súbditos de que debían votar en unas elecciones libres para arrebatarle parte de sus privilegios y cedérselos a la cámara de representantes, cualquier desenlace es posible. Hasta encontrarse a la Reina de Corazones del país de las maravillas en un paseíto vespertino informándonos de que aquí la medida estadística de referencia no es el Producto Interior Bruto sino la Felicidad Nacional Bruta.

Llegué al valle de Phobjikha con pocas expectativas. Era otoño y las míticas grullas de cuello negro -no solían aparecer hasta el invierno para refugiarse de las crudas temperaturas de China y Mongolia.

Sin embargo, tal vez por una anomalía meteorológica o porque el país se había conjurado para concederme todos los caprichos, las vi llegar de a pocas, aterrizando elegantemente en los campos de cultivo con cara de despistadas. Y también allí me encontré con el raro animal nacional, el takin. Podía haber sido el glamuroso y esquivo leopardo de las nieves. O el simpático y juguetón panda rojo. Pero no: los butaneses han preferido a ese herbívoro puzle con cabeza de cabra, nariz de ante, orejas de caballo y cuerpo de vaca.

EL CORAZÓN DE BUTÁN

Hay que cruzar las Montañas Negras para llegar al considerado corazón tradicional de Bután, la provincia de Bhumtang. Atrás queda Trongsa, la antigua capital del reino, con un dzong que le echa un pulso al de Punakha en cuanto a belleza. Aquí cualquier collado supera los tres mil metros y ofrece una buena panorámica de la sección oriental del territorio, la menos desarrollada.

Al norte, montañas plateadas de nieve delimitan el paisaje –el Gangkhar Puensum, de 7.570 m, techo del país, es la montaña más alta del mundo no escalada–. Hacia el sur, las tierras bajas de cultivo no llegan a los 100 m sobre el nivel del mar. Se trata de los Duars (puertas), que los británicos se agenciaron por la cara y luego dejaron en herencia a la India.

JITCHU DRAKE

Esta montaña piramidal es la deidad tutelar del valle de Paro. El Chomolhari (7.326 m), a la izquierda, es la cumbre más famosa del país.

PAM JENKS

Bután es un terreno maravilloso para la realización de trekkings. Las agencias de montañismo están bien preparadas y los equipos humanos son solventes. Hay docenas de circuitos para escoger. Uno de los más hermosos se acerca a la base del Chomolhari (7.326 m), la novia del Kanchenjunga (8.586 m).

La diferencia con Nepal es que las zonas montañosas están mucho más despobladas –escasean las aldeas– y que el terreno es menos progresivo y más empinado, lo que redunda en mayor soledad y rutas un poco largas. La compensación puede ser tropezar con la hermosa amapola azul del Himalaya y, tal vez, con el elusivo migoi, el yeti butanés, que cuenta con su propio santuario en la reserva de Sakteng.

Hay en Bhumtang un templo llamado Kurjey Lakhang. Se halla situado en un entorno boscoso que casi convierte el día en noche. Para llegar a la puerta hay que deslizarse por un estrechísimo pasadizo de roca. Al friccionar mi cuerpo con las paredes de piedra, contorsionándome, limpio mis pecados. Bien.

Trekkiing en butan

La mejor forma de disfrutar de Bután es siguiendo alguno de sus muchos senderos.

Cuentan los monjes en el cristalino inglés que prácticamente todo butanés utiliza que en este lugar Guru Rimpoche, el segundo buda, el indiscutible campeón de las proezas nacionales, introdujo el budismo en el valle tras someter a la poderosa deidad local. Su huella se observa en la pared de la cueva en que meditó.

Cerca, en Membartsho, que en realidad no es un lago como el topónimo indica sino el desfiladero del río Tang Chhu, es tradición tumbarse boca abajo al borde del acantilado para vislumbrar las negras aguas y lanzar al fondo unos billetes de ngultrum como ofrenda. Lo hice. El lugar tiene mucho de inquietante y es hasta tenebroso.

Phuentsholing es una ciudad fronteriza que tiene un monumento característico: un arco de madera de estilo butanés que hace de frontera. Del lado norte todo es ordenado, limpio y silente. En el costado sur espera la bestia india: ruidosa, caótica, sin normas que haya que cumplir, maravillosamente excesiva.

Los butaneses advierten al viajero de los «peligros» que le acechan si cruza. Pero él les tranquiliza. Debe salir del espejo y volver al mundo real. De hecho, la excentricidad son ellos. El país más raro –si eso significa único, bello– del mundo.

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