Una Compostela alternativa

El Camino de Santiago... a la portuguesa

Esta ruta, que parte de Oporto para abordar Galicia desde la costa sur, es una peregrinación auténtica, fascinante y sorprendente.

El Camino de Santiago cada vez tiene más éxito y es más internacional, convirtiéndose en lo que es hoy: un gran reclamo turístico para toda Galicia. De hecho, el año pasado, más de 320.000 peregrinos llegaron hasta el Obradoiro a través de las diferentes rutas y modalidades, una cifra que, a su vez, exige más dedicación en la atención al peregrino. Esta necesidad se pone de relieve en Fairway, la feria bianual de profesionales especializados en la ruta Xacobea. Una cita que, más allá del networking y la formación, sirve para tomar la temperatura a este producto turístico y, además, para reivindicar otros itinerarios más desconocidos como el Camino Portugués de la costa. Esta vía, que en su tramo gallego va desde A Guarda hasta Santiago, tiene como alicientes el hecho de que aún no es muy conocida y que recorre lugares tan únicos como éstos.

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El Machu Picchu gallego

Este Camino de Santiago comienza cruzando la frontera en ferry por el estuario del Miño, una forma original de dejar atrás Portugal. Desde allí se llega al Monte de Santa Tecla a través de senderos recuperados y muy bien señalizados en los que las vistas son únicas, ya que se divisa la desembocadura del Miño, el pueblo de A Guarda, Portugal y la inmensidad del Océano Atlántico. Pero ese esfuerzo de haber ascendido hasta aquí vale más que unas vistas hipnóticas. Salvando las distancias, se podría considerar el Machu Picchu gallego. ¿Por qué? Por su ubicación en lo alto, elegida por fines comerciales y no defensivos como podría parecer a simple vista. También por los vestigios arqueológicos de un poblado prerromano del siglo IV a.C. cuyas construcciones sorprenden por su planta circular. Pero, sobre todo, por el misticismo de este lugar que se representa en unos petroglifos geométricos de más 4.400 años de antigüedad y en un Vía Crucis de granito con escenas bíblicas esculpidas en bronce. Una preciosa y pequeña ermita del siglo XII y el museo MASAT completan la visita a este monte lleno de magia. 

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El monasterio de la resistencia

El monasterio de Santa María en Oia se halla frente el mar, en un entorno idílico y calmado que invita a fotografiar sus puestas de sol. Nada hace pensar que tuvo un pasado bélico. Los saqueos constantes e invasiones marítimas eran muy frecuentes en el siglo XVII en las rías gallegas, y este monasterio, por su emplazamiento estratégico, tuvo más funciones de un baluarte defensivo que de un templo apacible. De hecho, los monjes en aquella época se ganaron el sobrenombre de “monjes astilleros” tras vencer a una flota turca. Hoy en día es propiedad privada, está pendiente de restauración y solo es posible visitar la iglesia en horas de misa.

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El primer contacto con el Nuevo Mundo

Baiona es una preciosa villa marinera con una bahía rodeada de magníficas playas. En invierno es un oasis de paz y en verano hay mucho ambiente en el bellísimo y bien conservado casco antiguo de calles estrechas y empedradas repletas de restaurantes y tiendas, pero también casonas de piedra, fuentes e iglesias, como la de Santa Liberata. Las vistas desde la fortaleza de Montemaior, convertido en parador de turismo, son maravillosas así como su paseo marítimo de 5 km. Fue la primera localidad de Europa que recibió la noticia del descubrimiento de América cuando llegó la carabela La Pinta en 1493. Se puede visitar una réplica idéntica con paneles informativos que da cuenta de las precarias condiciones en que se descubrió el nuevo mundo. El primer fin de semana de marzo se vive una de las fiestas más populares de Galicia, que es la "Arribada" en que conmemora la llegada de la carabela, con vestidos de época, mercados, actuaciones y mucha gente.

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El 'Louvre gallego'

Visitar Galicia sin conocer algunos de sus pazos es perderse un tesoro arquitectónico y una parte de su historia. Por ello es muy recomendable visitar el pazo de Castrelos que además de ser una construcción típica gallega es el lugar idóneo para conocer la historia de esta comunidad. Alberga el completísimo museo Quiñones de León que cuenta con una sección arqueológica en que traslada al visitante desde la prehistoria hasta la romanización. Y es como un pequeño “Louvre gallego” con su valiosa pinacoteca de 128 obras que van del siglo XVI al XIX de la colección de Pintura Europea. La cerámica y pintura típica gallega también tienen un papel destacado. En la planta baja conserva sus estancias palaciegas originales con muebles de época, cuadros, vasijas, etc. que muestra cómo vivieron los marqueses donantes del pazo a principios del siglo XX. Pero lo más impresionante son sus jardines que pertenecen al Parque de Castrelo que es el pulmón verde de Vigo y forma parte de la ruta de las camelias. Es tan bonito que se ha convertido en el lugar preferido de los vigueses para las fotos de sus bodas. La entrada es totalmente gratuita.

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Un castillo feminista

El castillo de Soutomaior tiene la magia de haber sido una fortaleza de origen medieval y convertirse a finales del siglo XIX en un coqueto palacio veraniego con aires románticos. Sus jardines son espectaculares porque forman parte de una biodiversidad única al situarse en un valle rodeado por dos ríos. Visitar un castillo tan bien conservado como éste en Galicia es un privilegio ya que apenas quedan. La inmensa mayoría fueron arrasado en el siglo XV debido a la revuelta de los Irmandiños. Su interior esta museizado desde mayo de 2018 con paneles y audiovisuales de última tecnología. De una forma muy amena se cuenta la historia del castillo y se destaca dos personajes claves: Pedro Madruga, un caballero feudal, y María Vinyals, un referente del feminismo gallego un tanto desconocida hasta ahora.

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La coqueta Pontevedra

La capital de las Rías Baixas es un auténtica joya en piedra. Su bellísimo casco antiguo es uno de los mejores conservados de Galicia. Además, es una urbe peatonalizada no muy grande que la hace ideal para perderse por sus callejuelas. Una buen punto de inicio es en la plaza de A Ferrería que es el corazón de la ciudad y donde se erige la iglesia gótica de San Francisco, que vale la pena entrar por sus magníficas vidrieras. Es una delicia perderse por su calles adoquinadas para llegar a algunas de sus plazas como la de A Leña y A Verdura que son ideales para tomar algo en una de las terrazas bajo sus soportales. Esta ciudad tiene ese punto de equilibrio en que es un lugar tranquilo pero con mucho ambiente siempre pero sin estar masificado, lo que la hace muy agradable. Si se mira hacia arriba mientras se pasea se observa un buen número de ventanas rectangulares en que habían balcones y se destruyeron para no pagar impuestos, como dato curioso de esta ciudad. Otro de los imprescindibles es la basílica de Santa María considerada una joya del renacimiento gallego. Los peregrinos que están realizando el Camino de Santiago sí o sí deben parar en el Santuario de la Virgen A Peregrina, de estilo barroco y cuya planta tiene forma de vieira.

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Entre viñedos y camelias

Unos magníficos jardines laberínticos y al fondo un petit château es lo primero que uno ve cuando se accede a la finca del Pazo de Rubianes, que no se asemeja para nada al típico pazo gallego. Los guías de sus visitas guiadas cuentan que en su orígen sí fue un pazo, en el siglo XV, e insisten en que lo sigue siendo y que cumple los tres requisitos del refrán “Capilla, palomar y ciprés, pazo es”. Este pazo fue reconstruido en el siglo XVIII por un marqués que venía de Francia lo que explica este estilo tan afrancesado. Por ser propiedad privada, solo es posible visitar la planta baja del interior de este palacete en que destaca una chimenea que es una auténtica obra de arte tallada en madera y una pequeña y acogedora biblioteca con documentos históricos enmarcados. Recorrer sus viñedos y su jardín histórico de más de 4.000 camelias es lo más parecido a un paraíso botánico. Al dirigirse al jardín inglés se deja atrás un hórreo y un crucero emblemas de estas comunidad. A continuación se rodea un estanque de color verde musgo adornada con una fuente de piedra en forma de rana, que no es más que una herencia de los jardines románticos que tanto gustaba en el siglo XIX. La visita finaliza en sus bodegas con una cata de albariño y un aperitivo. En la tienda se puede adquirir cosméticos basados en aceite de semillas de camelia con excelentes propiedades para la piel. Esta clase de productos ya se usaban hace más de 2.000 años en Oriente.

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Un recorrido milagroso en barca

Según la tradición cristiana, los restos del Apóstol Santiago el Mayor fueron trasladados en barca de piedra desde Haifa (Palestina) hasta Iria Flavia, en Padrón, en un viaje milagroso de siete días, solo guiado por Dios. Sea milagroso o no, el recorrido en barca rememorando este hecho es una parte crucial y única en el camino. El punto de inicio es en el puerto de Vilanova de Arousa y se llega a Pontecesures remontando el río Ulla. Al poco de embarcarse se observan las bateas, unas plataformas flotantes de madera donde se cultivan los mejillones, ostras y vieiras. A continuación, se rodea la Isla de Cortegada que forma parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia con el mayor bosque de Laurel. Lo más espectacular es avistar el único vía Crucis marítimo fluvial. Otro punto muy interesante son los restos de las Torres del Oeste construidas en el siglo IX para defenderse de los ataques de los vikingos. Una vez se llega al final del recorrido marítimo, en Pontecesures, ya se está muy cerca de Padrón. Este municipio es famoso por sus pimientos aunque su nombre se debe a una columna de granito situado en el altar de la iglesia de Santiago. Cuenta la leyenda que a él se amarró el barco en que viajaba los restos del apóstol Santiago. Padrón es el inicio de la última etapa de esta ruta jacobea, a solo 25 kilometros de Santiago de Compostela.

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