Maravilla turca

Capadocia: una fantasía de piedra

Dos artistas se aliaron para esculpir la Capadocia: la naturaleza, que la adornó con formaciones rocosas extravagantes y la fe, que talló monasterios e iglesias en el seno de la Tierra.

Es muy divertido: se entra por una abertura, se asoma por otra, se trepan varios peldaños esculpidos en la roca, se esquiva un agujero en el suelo, se atisba por una rendija, se brinca un escarpe, y así una vez tras otra. Capadocia está llena de formaciones naturales huecas, cuyo interior el hombre esculpió a su conveniencia.

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Aventura rupestre

Su exploración es una aventura adecuada para toda la familia. Algunas son enormes peñascos, montañas enteras que se han agujereado y que comunican por dentro como hormigueros. Otras, conos o cilindros de piedra con unos pocos metros cuadrados de superficie útil. Varias forman parte de museos, son «monumentos». Bastantes se han reconvertido en diminutos y encantadores hoteles familiares. Y las más rústicas y sencillas, la mayoría, se usan como almacén para aperos agrícolas o enseres domésticos.

 

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Mejor desde arriba

La mejor manera de comprender la región es a vista de pájaro. Por ejemplo, desde uno de los globos aerostáticos que surcan el cielo al amanecer. A esa altura, el mundo se jerarquiza: causas y efectos se diferencian. Quizá por eso, la mirada busca instintivamente el origen de todo, los grandiosos volcanes. El cono más imponente es el monte Erciyes, que alcanza los 3916 m. Ellos gestaron la materia prima local a lo largo de millones de años: primero se depositó la frágil roca toba; sobre ella, el duro basalto. La erosión ya pulía y vaciaba la toba antes que los volcanes se apagasen. Tenaz y creativa, talló cárcavas, barrancos, crestas afiladas, columnas, chimeneas de hadas, multitud de pináculos... El resultado es un paisaje delirante.

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Hasta adentro

Ese escenario tan insólito atrajo a ermitaños y anacoretas que se instalaron en algunas de las grutas. Con el tiempo llegaron a formar pequeñas comunidades monacales que se aliaron con la erosión para modelar las cavernas. A su manera, se anticiparon a la máxima de Antoni Gaudí: «Seguir a la naturaleza es la manera de culminar la creación divina.» En Capadocia hay un millar aproximado de edificios religiosos, 250 de los cuales son iglesias, la mayoría, rupestres. Sorprendentemente reproducen el esquema de los santuarios construidos: tienen arcos, columnas, ábsides, capiteles... Unas 150 atesoran, además, pinturas valiosas.

 

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Paisaje 'agujereado'

Son muy conocidas las del Parque Nacional de Göreme. Agrupadas en el Museo al Aire Libre local, destaca sobremanera la Iglesia Oscura (Karanlık Kilise), donde una restauración meticulosa permite admirar los frescos sobre la vida de Jesucristo con toda su majestuosidad. La región entera está llena de templos que solo exigen una caminata, protección solar y reservas de agua para su disfrute casi en solitario. El valle de Soganlı reúne decenas, también los alrededores de Çavusin o el valle de Kizil Çukur.

Su exploración aproxima, además, al universo agrícola regional. Huertas y árboles frutales se apiñan en las hondonadas, en cualquier palmo de terreno llano.

Esta es una tierra ubérrima, capaz de alimentar a una población abundante. Como los monjes, aquellos labradores también eligieron la vida troglodita y se instalaron dentro de la tierra, al amparo del calor estival, del viento y del gélido invierno.

iStock-1036985176. La ciudad deshabitada

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La ciudad deshabitada

La mayoría de esas viviendas se diseminan por el territorio, buscan la proximidad de los campos. Pero en algunos lugares se agruparon, formaron auténticos pueblos, como en Zelve, donde ocupan un escarpe rocoso. El núcleo transmite una vaga sensación de ciudad fantasma más que de yacimiento arqueológico. No es casual, pues permaneció habitado hasta la década de 1950, cuando las autoridades trasladaron a sus habitantes por motivos de seguridad: los terremotos habían deteriorado los fundamentos después de un milenio de existencia.

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Iglesias rupestres

La vida de los habitantes de Capadocia no ha estado exenta de amenazas y sobresaltos. Algunos tienen que ver con la naturaleza volcánica del territorio, pero otros se debieron a persecuciones religiosas y a guerras. Entre los siglos vi y x, la región sufrió ataques de ejércitos sasánidas y árabes. Los pobladores, pacíficos campesinos, crearon ciudades subterráneas y, cuando la situación se ponía fea, se ocultaban bajo el suelo. Eran refugios para emergencias con todo lo necesario para estancias prolongadas: aireación, almacenes para comida, suministro de agua, abrigos para el ganado, evacuación de basuras y aguas fecales, con una maraña de túneles para circular de una punta a otra. Esos pasadizos se taponaban con enormes muelas redondeadas, fáciles de deslizar desde dentro pero imposibles de mover desde el exterior. Los historiadores estiman que hay 150 de esas ciudades repartidas por Capadocia, aunque solo se han localizado 30 hasta ahora. De entre las que son visitables destaca Derinkuyu, la más profunda con once pisos subterráneos, y Kaymaklı.

 

iStock-165918952. Ciudades inesperadas

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Ciudades inesperadas

La conquista del territorio por los turcos seljúcidas en el siglo xi posibilitó un largo período de paz y prosperidad. Kayseri, su capital regional, se llenó de edificios militares, religiosos y de uso público. El comercio fluía, las caravanas circulaban seguras entre Oriente Próximo, el mar Negro, Persia o el Mediterráneo. Algunos caravasares de aquella época son monumentales: Sultanhanı, Sarı Han, Agzikara Han... Además de muralla, tienen un gran patio central con una mezquita y una fuente para las abluciones. En torno al patio, el primer piso acogía a sirvientes, animales y mercancías, además del hammam o baño. El segundo piso reunía las estancias para el descanso y el ocio de los mercaderes. Qué sensación de comodidad debían de experimentar sus usuarios después de una larga marcha. ζ

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Capadocia: una fantasía de piedra

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