La cara más rural y salvaje de Ibiza

Sí, se puede descubrir esta isla dándole la espalda a lo masificado y conectando con su versión más genuina.

1 / 9
iStock-1191889337. Un templo para proteger el río

Foto: iStock

1 / 9

Un templo para proteger el río

Santa Eulària des Rius es un municipio bendecido por la presencia del único río de las Baleares, cuyo curso de igual nombre está flanqueado por huertos y frutales que durante siglos atrajeron a los corsarios que saqueaban Ibiza. Para defenderse, los locales construyeron templos-fortaleza como el dedicado a Santa Eulària, en lo alto del Puig de Missa, un resplandeciente espacio encalado sobre el que se reflejan luces y sombras.

iStock-1029751070. Puerto y calas

Foto: iStock

2 / 9

Puerto y calas

Hoy Santa Eulària des Rius es una animada localidad crecida frente a tres largas playas que están enlazadas por un paseo marítimo repleto de restaurantes con terrazas y comercios. En él desemboca el paseo de S’Alamera, que acoge a diario –excepto miércoles y sábados– un mercadillo callejero de artesanía. Del puerto zarpan embarcaciones que recalan en las famosas playas de Es Figueral, Es Canar, Cala Pada y Cala Llonga.

hippym-5. Más de medio siglo de mercadillo hippie

Foto: Las Dalias

3 / 9

Más de medio siglo de mercadillo hippie

Ibiza es conocida por sus numerosos mercadillos hippies. Algunos abren todo el año, aunque la mayoría se desarrollan en verano. Estas raíces artísticas de la isla se remontan a los años 50, cuando artesanos, pintores y diseñadores de todo el mundo se instalaron en la isla atraídos por su ambiente libre y su luminosidad especial.

shutterstock 1419969068. Pueblitos sobre la tierra rojiza

Foto: Shutterstock

4 / 9

Pueblitos sobre la tierra rojiza

Los alrededores de Santa Eulària están recorridos por carreteras encajadas entre campos de tierra rojiza sembrados de almendros y algunas casas de payés convertidas en alojamientos de agroturismo. También se encuentran enclaves encantadores, como Santa Gertrudis de Fruitera, cuya vida gira en torno a la plaza de l’Església, un templo atípicamente coloreado. O el pueblo de Sant Carles de Peralta, donde se respira un ambiente bohemio forjado en los años 50, cuando intelectuales y artistas europeos fijaron aquí su residencia. Una década después les siguieron hippies que fundaron comunas y convivieron en paz con los vecinos. El Bar Anita, punto de encuentro local, recuerda aquellos tiempos e invita a degustar tapas o un licor ibicenco de hierbas, elaborado con plantas aromáticas maceradas en anís. En las afueras del pueblo se instala los sábados el popular mercadillo de Las Dalias, con más de 200 puestos de artesanía donde impregnarse del espíritu más creativo de Ibiza.

iStock-464520050. Vestigios marineros

Foto: iStock

5 / 9

Vestigios marineros

La carretera de Sant Carles a Sant Vicenç culmina en el extremo nordeste de la isla. Allí se esconden arenales prácticamente intactos, como Ses Aigües Blanques, entre acantilados rojizos con vistas al islote Tagomago, donde se puede practicar nudismo y nadar en aguas turquesas salpicadas de rocas solitarias. En la zona hay rincones marineros adornados con casetas de pescadores, como la playa de Es Canal d’en Martí; en la bella Cala Mastella, el bar El Bigotes cocina con fuego de leña especialidades isleñas como el arroz a banda.

Quien prefiera playas equipadas puede recalar al sur de Sant Carles en Cala Llenya, perfecta para deportes náuticos y en cuya carretera de acceso se monta un rastrillo los domingos. O en la playa de Es Canar, custodiada por los islotes de Es Canar y Sa Galera, cerca del Hippy Market Punta Arabí, que cada miércoles reúne 500 puestos de artesanía y comida, además de música en directo.

iStock-465492594. La zona menos poblada de la isla

Foto: iStock

6 / 9

La zona menos poblada de la isla

Rumbo al oeste, donde se extiende el municipio de Sant Joan de Labritja, el paisaje se vuelve montañoso. Durante siglos fue el territorio más remoto de la isla y aún es el menos poblado. Acoge la parte más agreste del área natural Es Amunts, con torrentes, bosques con antiguos hornos y carboneras, tierras fértiles y una costa acantilada en la que se abren calas de belleza única. El Centro de Interpretación, en la carretera a Sant Llorenç de Balàfia, asesora sobre las rutas y los atractivos naturales de este espacio.

Muy cerca del punto de información se alza solitaria la iglesia de Sant Llorenç, de un blanco que resplandece bajo el cielo azul eléctrico de Ibiza. Justo detrás nace el sendero que lleva al Poblado de Balàfia, un grupo de casas con torres vigía de época medieval, declarado Conjunto Histórico de las Baleares.

iStock-1191894051. ¡Qué fuerte!

Foto: iStock

7 / 9

¡Qué fuerte!

Desde Sant Llorenç una carretera secundaria conduce a Sant Joan de Labritja, otra población encantadora con una iglesia, calles encaladas y restaurantes especializados en cocina tradicional, vegetariana y orgánica. Vale la pena visitar el pueblo en domingo para perderse por su mercadillo, e incluir una parada en el bar Can Vidal, abierto desde 1881.

Sant Miquel de Balansat es otro enclave de interior coronado por una iglesia fortificada del siglo xiv, en la que antaño se refugiaba la población en caso de ataques piratas. Enfrente tiene un mirador con vistas sobre el campo y el mar que invita a la contemplación.

iStock-1202776333. El fin del mundo en Portinatx

Foto: iStock

8 / 9

El fin del mundo en Portinatx

La animación turística del municipio de Sant Joan de Llabritja se reparte entre los enclaves costeros de Port de Sant Miquel, Portinatx y Cala de Sant Vicent, con playas y restaurantes donde degustar platos marineros como la borrida de ratjada (raya) o un bullit de peix, en el que primero se come el pescado hervido y después el arroz caldoso.

A su alrededor se pueden seguir rutas bordeando el mar que llevan a rincones como el faro de la Punta des Moscarter (en la imagen), la Torre vigía de Portinatx (siglo xviii) o al santuario púnico de Es Culleram, activo entre los siglos v y ii a.C., donde se rindió culto a Reseph, dios de la llama y la luz, Melkart, dios de la navegación, y a Tanir, diosa de la fertilidad. Las calas más remotas de la zona se hallan alrededor del Port de Sant Miquel, profuso en acantilados y cuevas como la de Can Marçà, que en un pasado reciente usaron los contrabandistas; las visitas guiadas muestran este paraíso subterráneo.

iStock-528446120. En busca de las últimas puestas de sol vírgenes

Foto: iStock

9 / 9

En busca de las últimas puestas de sol vírgenes

En este viaje no puede faltar Es Pas de s’Illa, una de las calas más seductoras del norte de Ibiza, unida por una lengua de arena con s’Illa des Bosc, dos rincones tranquilos donde las aguas cristalinas se acercan a besar la orilla de rocas, cantos rodados y arena. Y si se desea concluir contemplando un atardecer espectacular, lo mejor es acercarse a la playa de Benirràs, adornada con casetas. Allí la puesta de sol se recibe al son hipnótico de los tambores, con cielos rojizos y violetas que inundan de misterio el islote de Cap Bernat que emerge sobre el horizonte

iStock-1191894051

La cara más rural y salvaje de Ibiza

_

Este reportaje fue originalmente publicado en la revista Viajes National Geographic.

SUSCRÍBETE

Compártelo