Están locos estos bretones

(Casi) todas las leyendas de Bretaña

La ancestral Armor no es sólo la región más hechizante de Francia, también la más creativa.

Ciudad medieval de Vannes

Faro de Tévénnec

Estas tierras, que en 1532 se unieron a Francia y cuyo fulgor céltico sedujo a pintores como Monet y Gauguin, presenciaron asimismo el triunfo de César en la Guerra de las Galias. Una victoria puesta luego en solfa por los divertidos Astérix y Obélix... Y es que Bretaña entera es una «poción mágica» para quienes a ella se acercan, sin otro temor a que la belleza de sus cielos –y de sus suelos– les caiga encima, seduciéndolos para siempre.

La ciudad de Verne

Nuestro recorrido por la llamada Bretaña «bretonizante» –en el sentido más lingüístico e identitario– se inicia en Nantes, la pujante excapital del ducado, elegida por los franceses, junto con Burdeos, ciudad con mejor calidad de vida de su República. Hasta que en 1926 se inició el relleno de dos brazos del Loira y el desvío y canalización del río Erdre, esta ciudad espléndidamente preservada, que ha sabido encarar la peor cara de su enriquecimiento pasado merced a la trata negrera –hay un monumento al respecto del artista Wodiczko en el muelle de la Fosse–, sufría de constantes inundaciones.

En el museo del renacentista castillo de los duques de Bretaña, donde Enrique IV logró que se firmase en 1598 el Edicto de Nantes que aseguraba las libertades religiosas, el visitante podrá hacerse una idea de su devenir antes de sumergirse en el bullicio de las calles medievales del Bouffay o de admirar los mascarones coloniales de las ricas fachadas de la antigua isla Feydeau.

nantes

La capital histórica de Bretaña ha reconvertido su antigua zona portuaria en un parque que rinde homenaje a Julio Verne y Leonardo da Vinci. En la foto, el elefante mecánico.

También podrá visitar la catedral de Saint-Pierre-et-Saint-Paul, el maravilloso pasaje cubierto Pommeraye con su ornamentada escalinata y sus balustradas del xix, el sugestivo Museo Verne, su excelente Museo de Bellas Artes y su Gran Teatro de la plaza Graslin. Cerca de este último ahí se encuentra el bellísimo restaurante modernista La Cigale y el Lieu Unique, carismático escenario cultural ubicado en la vieja fábrica de galletas Lu de 1885.

La ciudad natal del creador del capitán Nemo, que le rinde homenaje con un busto en su bello Jardín Botánico, ha reconvertido los astilleros de la isla de Nantes en un espacio que hubiera encantado a Leonardo da Vinci y a los tripulantes del Nautilus. La extraordinaria Galería de las Máquinas, creadas por Delarozière y Orefice, presidida por el Gran Elefante animado de 12 m de altura y por el Carrusel de los Mundos Marinos, ha impulsado este barrio a orillas del Loira, repleto de parques y galerías de arte.

Capturando la esencia bretona

Para captar el alma bretona conviene dirigirse primero al bosque de Brocéliande, cerca de la capitalina Rennes. Vestigio del frondoso Ar Goat de los tiempos previos a la brutal deforestación emprendida por los romanos, este maravilloso bosque encantado adonde llegó José de Arimatea con el Grial, recorrido luego por los caballeros de la Tabla Redonda, cuenta con un Centro del Imaginario Artúrico en el Castillo de Comper.

Brocéliande

La leyenda explica que el haya de Ponthus nació de las ruinas del castillo de un caballero artúrico.

Foto: AgeFotostock

Allí nació el hada Viviana, quien enamoró a Merlín y educó a Lanzarote en su palacio de cristal, bajo las aguas del lago del pueblecito de Paimpont, en el centro mismo de esta floresta mítica. Además de visitar la tumba de Merlín y la Fuente de Barenton, es menester aventurarse en el precioso Valle sin Retorno, embrujado por Morgana, hasta llegar al estanque llamado Espejo de las Hadas y al Árbol de Oro, del escultor Danvin. Ya fuera del dominio boscoso, se alza el castillo de Trécesson, reconstruido en el siglo xiv.

Camino del golfo de Morbihan, «simbólico mar interior sacudido por las supersticiones» según Guy de Maupassant, es recomendable detenerse en el espléndido castillo de Josselin, joya renacentista de inicios del siglo xvi. Y después, alcanzar la portuaria Vannes, con casas de entramado y jardines al pie de murallas levantadas en el xiii sobre restos galorromanos.

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Francia

Fin de semana en Nantes

Vannes es punto de partida idóneo para descubrir una de las 17 bahías más reputadas del mundo. «Nodriza de leyendas», llamó Maupassant a esta comarca con más de 60 islas «druídicas, misteriosas y encantadas que cargan a sus espaldas túmulos, menhires, dólmenes», como los de la isla de Gravrinis.

El célebre narrador atravesó a pie sus orillas y se extasió frente al castillo de Suscinio, de foso contiguo a las marismas que hoy son refugio ornitológico, y frente al desmesurado cabo Quiberon de hermosas playas junto a su costa salvaje, de grutas y acantilados. También admiró los monumentos prehistóricos de la península de Locmariaquer, a la que tildó de patria de los druidas, aunque sobre todo lo maravillaron los inmensos alineamientos megalíticos en paralelo, «plantados como avenidas», de Menec y de Kermario en la fascinante Carnac.

Península de Quiberón

Esta estrecha franja de tierra de 14 km, presenta un litoral con playas de arena en el este y una costa acantilada denominada «salvaje» en el oeste.

Símbolo, al igual que Stonehenge en Inglaterra, de misterios y ritos ancestrales, Carnac deslumbra por la vertiginosa extensión de sus campos de menhires –algunos con serpientes grabadas en su base y tres metros de altura– y crómlechs a cielo abierto.

Estos gigantes pétreos de más de cinco mil años han originado infinidad de leyendas, como la de Saint-Cornély, referente a un ejército de soldados petrificados y mencionada por Mérimée y por Flaubert, la de los Kerrigons, pueblo de duendes danzarines que morarían en ellos, o la de su mágico vuelo anual y realineamiento celeste durante la Nochebuena. Otras tradiciones aluden a Julio César, que desde aquí habría contemplado la batalla de sus legionarios contra la tribu gala de los vénetos.

Conviene luego embarcarse en un ferry hacia la preciosa Belle-Île, la mayor de las islas bretonas en el Mor-braz (océano en bretón, que lo diferencia así del Mor-bihan o mar pequeño). Allí la gran actriz teatral Sarah Bernhardt adquirió en 1894 un fuerte junto al faro en la espectacular Pointe des Poulains. Dicha residencia es ahora un museo que conmemora su memoria.

Belle-Île es famosa por su enorme Ciudadela Vauban de 1549, así como por sus playas, rocosos farallones y pléyade de coloridas aldeas marineras y puertecillos. El pintoresco Sauzon, en el estuario del río de idéntico nombre, sedujo al impresionista Claude Monet, quien pintó en el Port Coton una treintena de obras maestras. Le Palais, pequeña capital de animado puerto, desprende alegría de vivir y seduce con sus cafés y mercados, como el de la plaza de la République.

Belle-Île

Belle-Île es la pequeña joya marina de la costa de Morbihan. Se llega en el ferry de Quiberon.

De regreso al Morbihan, Port-Louis sorprende por su hermosa ciudadela. Iniciada en 1590 por el español Cristóbal de Rojas –que luego trabajaría con Herrera, el arquitecto del Escorial–, fue culminada pocas décadas después por Corbineau, a las órdenes del cardenal Richelieu, quien fundó aquí la primera Compañía de las Indias.

Un interesante museo incide en la importancia de aquella Compañía, trasladada después por el ministro Colbert a la vecina Lorient, ciudad arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y hoy famosa por su Festival Intercéltico de Música y por el Centro Náutico instalado en la temible base de submarinos erigida por los nazis.

A partir de la bonita Quimperlé, próxima al bosque de robles y hayedos de Carnoët y a la afamada localidad ostrícola de Belon, el viajero saborea a cada paso por las regiones de Cornualles y Finisterre las esencias más inmemoriales de una Bretaña apegada a sus tradiciones y a la lengua heredada de los celtas, afincados allí en el siglo vi a.C. Las icónicas cofias femeninas –durante la Segunda Guerra Mundial, los gaullistas arrojaron en paracaídas el por entonces inencontrable almidón para el realce de las cofias, junto con las armas destinadas a la Resistencia– y los graníticos calvarios escultóricos diseminados por doquier definen este viejo país salpicado de iglesias góticas.

Tierra de pintores

En esta tierra, la música es brío de harpas y cornamusas (biniou) y subsisten leyendas de sirenas. Como Marie-Morgane, trasunto de la endiablada Dahut, hija del rey Gradlon y la causante del hundimiento de la imaginaria ciudad de Ys. Pasado y porvenir, mito y modernidad se reflejan a la par en las mismas aguas.

A las cercanas Le Pouldu y Pont-Aven llegaron en 1886, en busca de luz y precios módicos, Paul Gauguin, Émile Bernard y Maurice Denis, fundadores del efímero movimiento del sintetismo, hoy conocido como Escuela de Pont-Aven. Desde ahí hay que acercarse a la portuaria Concarneau. Su célebre Ville Close es un amurallado islote medieval unido a tierra firme por dos puentes.

Maison Musée Le Pouldu

La Maison Musée Le Pouldu reproduce el hostal donde se alojó Gauguin y otros pintores sintetistas.

CHRISTOPHE BOISVIEUX / GETTY IMAGES

Este conjunto excepcional de callejas intramuros y la preciosa Casa del Gobernador, flanqueado por torres y una atalaya, tiene un encanto extemporáneo. Posee un bonito Museo de la Pesca situado en el antiguo arsenal y desde la Puerta de los Vinos de su gruesa muralla se obtiene una magnífica vista del agitado puerto pesquero. Dotada de buenas playas, la localidad seduce también por su intensa vida marinera. Se trata del mayor puerto atunero de Francia y un lugar perfecto para disfrutar de los soberbios mariscos y pescados locales, así como de las marmitas con salsa armoricana, que no americana.

Quimper es una de las más bellas y luminosas ciudades de Bretaña. Antigua capital del reino de Cornualles, fue fundada a orillas del Odet y de su afluente Steir por el legendario soberano Gradlon –cuya estatua ecuestre se divisa entre las agujas de la catedral–, tras el naufragio de la mítica Ys.

La catedral gótico-flamígera de Saint-Corentin, en la plaza del mismo nombre, tiene la blanca finura de la espuma y hermosas vidrieras. Enfrente se sitúa el excelente Museo de Bellas Artes, que cuenta con magníficas telas de los pintores de Pont-Aven, así como con obras de Corot, Fragonard, Rubens o Jordaens, entre otros artistas. Le dedica además una magnífica y muy conmovedora sala al gran poeta Max Jacob.

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Josselin

Viajes

Los lugares más bonitos de la Bretaña francesa

Nacido en Quimper en 1876, falleció en 1944, justo antes de su deportación a los campos de exterminio, tras ser detenido en París por los nazis a causa de su origen judío. La muestra de Max Jacob exhibe varios retratos del escritor realizados por sus amigos Picasso y Cocteau, y también dibujos y documentos privados.

La ciudad de Quimper posee preciosas calles medievales con casas de entramados de madera y nombres de corporaciones gremiales como la de Kéréon, que antaño concentraba a los zapateros, plazas tan encantadoras como la del Beurre y el excelente mercado cubierto de Saint-François, además de una espléndida zona peatonal junto al canalizado afluente Steir.

El barrio de los ceramistas que la han tornado mundialmente famosa es el de Locmaria, con iglesia románica del siglo xii y el jardín medieval del Priorato, que simbolizaba el Paraíso al borde del Odet. Sus teatros, centros culturales y numerosos restaurantes y creperías, así como el Festival de Cornualles en julio, centrado en la música y cultura bretona, son una buena muestra de su vitalidad.

Faro de Tévénnec

Entre la punta de Raz y la isla de Sein, se enfrenta al fiero oleaje del Atlántico desde 1875. 

Matheu Rivrin

El último tramo del viaje lleva camino de la espectaculares Puntas de Van y de Raz –término que alude a una violenta corriente marina– en el cabo de Sizun. Resulta imposible no sobrecogerse ante lo indómito del oleaje. Aupadas sobre el océano a 70 m de alto, estas puntas eran el lugar desde donde los druidas difuntos eran embarcados hacia su morada final en la isla de Sein.

«Una mar que aún es hada, y a veces hada malvada, henchida de prodigios», así la describió el genial novelista bretón Julien Gracq (1910-2007), quien la vislumbró «ebria y danzarina sobre los muy bellos jardines de rocas y espuma». Con su Bahía de los Ahogados y su Abismo del Infierno, el Finisterre Sur alcanza su clímax en la espectacular península con forma de cruz de Crozon.

El enclave se halla frente a las Montañas Negras de Menez Hom y la bahía sardinera de Douarnenez la Roja, célebre por las luchas obreras a principios del siglo xx en la industria conservera. El sendero que recorre la punta de Raz se asoma a esta belleza casi trágica que convoca cada año a más de un millón de visitantes.

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