En ruta

Cerdeña de norte a sur

Esta isla italiana destila los colores, aromas y sabores del Mediterráneo occidental, y los combina con un mundo antiguo de pueblos milenarios y tradiciones que se mantienen vivas.

Los paisajes que nos aguardan están envueltos por el azul del mar y del cielo, mientras que la tierra emerge como un tapiz verde y rocoso, como corresponde a un territorio rico en montañas y bosques. Después de Sicilia, Cerdeña es la segunda isla más grande del Mediterráneo, con una superficie de 24.000 km2. Y tiene todo lo que se le suele pedir a una isla en este mar: aguas transparentes, olivos centenarios, variedad de paisajes –montes escarpados, valles, playas salvajes, acantilados...–, una gastronomía notable, llamativas tradiciones, fiestas populares, cierto misterio y esa sugerente sensación de tiempo detenido, de volver al pasado.

1 /13
Capo Testa. Santa Teresa de Gallura

Foto: iStock

1 / 13

El inicio perfecto en Santa Teresa de Gallura

Una buena manera de recorrerla es empezar en el norte, en Santa Teresa de Gallura, la única población de la isla en la que Vittorio Emanuele I, rey de Cerdeña y duque de Saboya, impuso un trazado urbanístico en cuadrícula que llevó a denominarla, un poco exageradamente, la «piccola Torino». A 25 km espera Palau, importante por su litoral y por lo que tiene de antesala para llegar a la Isla Maddalena y al resto del archipiélago compuesto por la misma Maddalena, Caprera, Spargi, Santo Stefano, Budelli –de playas llamadas «rosas»–, Santa María y Razzolli, con curiosas formaciones rocosas que parecen esculturas.

Caprera. Rumbo a

Foto: iStock

2 / 13

La historia de Caprera y Giuseppe Garibaldi

Desde Palau parten los ferris que se adentran en este archipiélago de aguas turquesas y calas en las que, cuanto más rato se pasa, más acogedoras resultan, como pequeños microcosmos que invitan a quedarse un tiempo que nunca será bastante. Caprera ofrece itinerarios para senderistas que suelen conducir a playas de gran belleza, muy pretendidas en verano. Junto a las de Spargi, suman 50.000 hectáreas que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad. Como curiosidad, Caprera es también la isla que Giuseppe Garibaldi eligió para cumplir su sueño de unificar Italia y pasar los últimos días de su vida contemplando el mar.

La serenidad de estas aguas ayuda a entender a D.H. Lawrence, que después de visitar la isla junto a su esposa en 1921 escribió el libro Cerdeña y el mar, en el que se hacía eco del «encanto, la inmediatez y la pasión» de una isla caracterizada por la intensidad de unos paisajes «que parecen cuadros y películas por su atención a los detalles más delicados, al color y a la luz».

Castelsardo

Foto: iStock

3 / 13

Rumbo a Castelsardo

De camino a Castelsardo una señal indica la localidad de Tempio Pausania, donde vivió tantos años el famoso cantautor Fabrizio de André (1940-1999), figura imprescindible de la cultura popular italiana del siglo XX. Aquí adquirió una finca que llamó L’Agnata, reconvertida hoy en hotel-boutique. En este entorno de la Cerdeña profunda, ancestral y natural, se entiende que asegurara que «la vida en Cerdeña es probablemente lo mejor a lo que pueda aspirar el hombre».

Castelsardo entra por los ojos desde la carretera. Tiene el encanto propio de los núcleos urbanos que buscan su sitio encaramándose a la pendiente de una fortificación que domina el mar desde las alturas. Las ruinas del castillo de los Doria dan nombre y apego a esta ciudad cuya fundación se remonta al siglo XII-XIII. Entonces se llamó Castelgenovese, posteriormente Castelaragonese, y por fin, con la expulsión de la corona de Aragón, recibió el nombre actual.

Castelsardo

Foto: iStock

4 / 13

Un puente entre culturas

Castelsardo cuenta con un centro repleto de callejuelas empedradas y escaleras (algunas muy empinadas) que buscan el castillo entre cesterías, cafés, trattorias, húmedas sombras, contraluces y ropa tendida. El esfuerzo halla la mejor recompensa en la catedral de San Antonio Abad, del siglo XVI, erigida de manera prodigiosa en lo alto de un acantilado. Destacan la torre del campanario, separada de la iglesia, y, sobre todo, las vistas al Mediterráneo tan definitivas y divulgativas, pues explican bien la función defensiva, estratégica y comercial de este pueblo y del mar como puente entre culturas.

Castelsardo tiene playa, Su Bagnu, pero siguiendo la línea de la costa sin quitar un ojo del agua llegaremos a uno de los lugares que darán más sentido al viaje: Stintino y el golfo de Asinara. En su día fue una localidad de pescadores, hoy es un reducto de coleccionistas de playas con capacidad de persuasión en las que reconocer la creencia de que siempre se viaja hacia casa. El golfo de Asinara es parque nacional y Reserva de la Biosfera, dos títulos más que merecidos cuando se observa la playa de la Pelosa, un enclave que, la verdad, cuesta definir sin acudir a los tópicos. La foto del agua turquesa bordeando el breve islote con la torre del siglo XV ante Isola Piana ha devenido una postal y es ya una alegoría de este rincón privilegiado de Europa.

El golfo de Asinara

Foto: iStock

5 / 13

El paraíso mediterráneo

El golfo de Asinara es parque nacional y Reserva de la Biosfera, dos títulos más que merecidos cuando se observa la playa de la Pelosa, un enclave que, la verdad, cuesta definir sin acudir a los tópicos. La foto del agua turquesa bordeando el breve islote con la torre del siglo XV ante Isola Piana ha devenido una postal y es ya una alegoría de este rincón privilegiado de Europa.

Esta torre es el único indicador de que esto no es el Caribe o una de las islas Maldivas. Esta agua no se limita únicamente a la transparencia: es un espejo de plenitud. Todo el tiempo que invirtamos en La Pelosa será poco. Aquí, el significado del adjetivo extraordinario se revela en un sentido literal. Pero debemos seguir, ya se sabe que el viaje se construye con prólogos y que los mejores placeres son los que duran momentos.

Sassari

Foto: iStock

6 / 13

Sassari: popular, monumental y universitaria

Sassari es la capital de este norte de la isla y el lugar adecuado para asimilar la belleza de lo visto, restaurarse de manera acorde y empezar a instruirse en la gastronomía sarda, por ejemplo, con una pizza bianca con fiori di zucca e bottarga. La botarga son huevas de mújol, saladas y secas, consideradas una delicia cuyo sabor iremos encontrando en distintos platos a lo largo de todo el viaje. Se lo conoce, y no es raro que así sea, como el «caviar mediterráneo».

Sassari es una ciudad sin rastro de pretenciosidad. Es popular, monumental y, desde 1562, universitaria. El Corso Vittorio Emanuele II es la calle comercial más animada, en la que reina el encanto de una belleza gastada que resplandece como un lienzo en el que se mezclan el Palacio de la Frumentaria –ahora, Museo de la Ciudad–, el Teatro Cívico, comercios tradicionales, palacetes del siglo XV o capiteles corintios. La Sassari medieval está muy bien representada por la catedral de San Nicolás, de fachada barroca y campanario románico. El Palacio Ducal es un ejemplo de arquitectura civil del XVIII que desde 1900 alberga el Ayuntamiento. Herencia de la ampliación del tejido urbano que se llevó a cabo en el siglo XIX es la plaza Italia, nuevo centro comercial y político, con el imponente Palacio de la Provincia y el Palacio Giordano, de fachada gótica veneciana. Cerca de ahí queda la Salumeria Alberti, un comercio gastronómico repleto de exquisiteces como el pecorino sardo (o fiore sardo) en distintas variedades, un queso de oveja imbatible que marida magníficamente con el carasau. Este pan seco es un alimento de larga duración que los pastores trashumantes llevaban siempre encima y que ahora se considera una delicatessen además de un gran compañero de viaje.

Alguer

Foto: iStock

7 / 13

Es el turno de callejear por Alguer

Con apenas unos 45.000 habitantes, Alguer es considerada por muchos la ciudad más bonita de la isla. Ha pasado de pueblo pesquero a motor turístico. Es famosa por su casco antiguo adoquinado y por estar rodeada de antiguas murallas, algo a lo que se le saca mucho partido cada atardecer porque, ya sea desde las terrazas del Bastioni Marco Polo, desde el Belvedere o desde la Torre San Giacomo –vestigio aragonés, como otras torres esparcidas a lo largo del litoral–, se asoma a una de las puestas de sol más bellas de la isla. En esa hora indecisa y ambigua es un placer contemplar el cielo revestido de seda naranja y ver cómo la luz azafranada se refleja en las fachadas de esta ciudadela que mira al mar.

Alguer es también conocida por ser uno de los focos de la lengua catalana en el exterior –introducida en el siglo XIV por mercaderes y colonos catalanes–, pero, a pesar de que existen asociaciones y se ven carteles y banderas, ni mucho menos la habla todo el mundo. Es imprescindible visitar la catedral de Santa María, con un imponente campanario, el Palacio Guillot y la iglesia de San Francesco, del siglo XIV. También la cercana San Michele, con su inconfundible cúpula de azulejos de colores. La calle Humberto, además de sus tiendas de recuerdos, tiene reclamos como el Palacio Curia y la Casa Doria.

Bosa

Foto: iStock

8 / 13

Bosa y Oristano, pasado y presente

Rumbo al sur entraremos en Bosa, que descansa serena en las faldas de la montaña que acoge el castillo de Malaspina, sin rastro de fervor turístico, a orillas del río Termo –la foto en el puente y la compra de una botella de malvasía de Bosa, vino reputado en la zona, son un clásico–; y también en Oristano, muy conocida por el desenfreno de sus carnavales. Las dos resultan atractivas por la autenticidad que desprenden y por su manera de mezclar la vida de pueblo y la de ciudad como si entrelazaran pasado y presente.

Su Nuraxi de Barumini

Foto: Shutterstock

9 / 13

Una lección de arqueología e historia

Llega el momento de desviarnos hacia el interior, hacia el centro sur de la isla, para vivir una experiencia arqueológica única y asistir a una reveladora lección de historia a través del yacimiento de la cultura nurágica Su Nuraxi de Barumini, que en 1997 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Este conjunto de edificios megalíticos con forma de fortaleza goza de un envidiable estado de conservación. La torre central es anterior al 1000 a.C., mide 19 m de altura y a partir de ella se fueron incorporando cabañas circulares adosadas. La época de construcción y apogeo del poblado se remonta al periodo entre los siglos XV-XIII a.C.

Cagliari

Foto: iStock

10 / 13

Cagliari nunca defrauda

Siempre es un buen momento para conocer Cagliari o regresar a ella después de un tiempo. Íntima y ruidosa, irreal y familiar, contemporánea y secreta, Cagliari estimula, invita a participar de sus mercados y sus restaurantes, a contemplar sus escaparates con antigüedades, a comprender unas tradiciones que pueden ir desde un concierto de launeddas (instrumento de viento propiamente sardo) a la verbena de San Efisio, su patrón. Pasear por ella es como leerla de manera escalonada. La capital de Cerdeña, con 180.000 habitantes, desde su bahía extendida y su puerto industrial se alza apretujada hasta su famoso Castello.

D.H. Lawrence también pasó por aquí en 1921: «Cagliari se amontona idealista y casi en miniatura... elevándose todo lo que puede, desnuda y orgullosa, distante de la historia, como una ciudad iluminada y monacal». Tal cual resiste hoy. Para ejemplo, el Caffé Antico, abierto en 1855, o el Bastión de Saint Remy, fortificación del siglo XIX incrustada en el corazón de la ciudad y cuya terraza es un interesante mirador y una de las plazas más concurridas, además de puerta de entrada al centro histórico. La roca caliza del bastión es la de las colinas de Cagliari, y remite al origen del nombre de la ciudad, pues cagliari viene de la palabra fenicia karel (emplazamiento rocoso).

Gastronomía

Foto: iStock

11 / 13

Una explosión de cultura

Es un deleite visitar el Mercado de San Benedetto, uno de los mercados públicos más grandes de Europa. Todo un festival para gourmets. Aquí resplandece la cocina sarda en forma de pescados, botarga, pastas (existen más de cien tipos), hortalizas (especialmente, alcachofas), frégula (tipo de pasta dura de trigo de forma esférica), culurgiones (raviolis sardos), porcheddu (lechón asado) o embutidos y quesos autóctonos con tal autenticidad que es imposible salir con las manos vacías.

El Museo Arqueológico Nacional, el más importante de Cerdeña, expone importantes hallazgos de la época prehistórica y explica muy bien los vínculos de la isla con las culturas antiguas. No obstante, el monumento más visitado de la capital es el Santuario de Nuestra señora de Bonaria, unión de dos capillas, la primera un ejemplo de gótico catalán de 1324, y la segunda más amplia del XVII, y que cuenta con una historia de creencias religiosas que la convierten en el embrión del nombre de Buenos Aires. Desde ahí se puede acudir al mirador del Monte Urpino, pulmón verde de Cagliari, que ofrece una óptima panorámica del Parque Natural Molentargius, en el que brilla una luminosa concentración de flamencos, un poético lunar rosa que tiñe el humedal.

Pan di Zucchero

Foto: iStock

12 / 13

Hacia el sur de Cerdeña

En el municipio de Iglesias, la visita a la mina y puerto de Porto Flavia regala otra magistral clase de historia. Forma parte del parque geominero de Cerdeña. En vagonetas y a pie recorremos el interior de las antiguas minas, un proyecto del ingeniero Cesáreo Vecelli puesto en marcha en 1924 y que hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial sostuvo parte de la economía de la región. Gracias a esta proeza de ingeniería se embarcaban directamente desde la roca miles de toneladas de cinc y plomo, arrancadas del interior de estas montañas ricas en minerales.

Además, en el exterior de las minas esperan las mejores vistas del Pan di Zucchero –guiño al Pão de Açúcar de Río de Janeiro–, un farallón de 133 m que se alza en mitad del mar y desata una admiración irresistible a quien lo contempla. Al lado se encuentra la playa de Masua, perfecta para introducirnos en el sur, y algo más abajo, la playa de Porto Paglietto. La playa de Tuerredda, aún más al este, quizá sea la que mejor alcance la definición de caribeña.

Sant’Antioco

Foto: iStock

13 / 13

El final perfecto en Sant’Antioco

Y si empezamos la ruta en el archipiélago de Maddalena, es preciso terminar en la sureña isla de Sant’Antioco, a la que se accede a través de un puente. Además de las playas de Calasseta o Maladroxia, mantiene una vida ancestral de pura esencia mediterránea, y transmite humildad y alegría en un ambiente pesquero. Es una isla que evidencia que lo grande es lo sencillo. Cuenta con reclamos como el MUMA (Museo del Mare e del Maestri d'Ascia), que describe bien sus raíces.

En el puerto hay opciones de salir a pescar (organizado por el restaurante I Due Fratelli), una experiencia que incluye cocinar y comer en el barco el pescado que se haya capturado. Un lujo. También en Sant’Antioco está el Ristorante Moderno, del chef Achille Pinna. Cualquiera que pruebe, por ejemplo, la fregula Artigianale frutti di laguna e bottarga estará predestinado a memorizar el nombre del plato como un verso alejandrino de Guido Cavalcanti.

Castelsardo