Ni tan extrema, ni tan dura

Cinco paisajes para un otoño en Extremadura

Cuando llega la estación, un festival de colores y texturas conquista las tierras extremeñas.

Con la llegada del otoño no se acaba Extremadura. Al contrario, comienza otra forma de disfrutar de la región. Es cuando llega la temporada de las setas, de las bellotas, de las castañas asadas, de los caminos cubiertos de hojas como si fuera un manto de rojos y ocres a nuestros pies. La luz adquiere un tono muy especial por efecto de las hojas amarillentas y rojizas que pintan los árboles. Con la llegada del otoño, los bosques y las dehesas de Extremadura regalan un disfrute introspectivo en el que zambullirse antes de que el invierno llegue con su pereza.

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Montanchez

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Montánchez: un otoño para urbanitas

No solo produce uno de los más exquisitos jamones del mundo, también tiene un otoño mágico, y a pocos kilómetros de Cáceres o Mérida, para que la distancia no sea excusa de urbanitas perezosos. Lo primero que destaca es su castillo. Hay que subir hasta él para disfrutar de las vistas otoñales a la Sierra de Montánchez. Y atención, porque los atardeceres aquí son antológicos. En en la misma ladera del escarpado risco donde se levanta el castillo, está uno de los cementerios más bellos de España. Para quienes se animen a embarrar las botas, muy cerca del pueblo, hay un bellísimo bosque de castaños de unos 2 km. de largo. De vuelta, las bodegas y los secaderos de jamón atraparán con su aroma al viajero como si fueran cantos de sirenas.  

Valle Jerte

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Valle Jerte: que la primavera son dos días

Todo el mundo conoce el valle del Jerte por sus cerezos en flor, pero resulta que también hay otoño. Desde octubre, los mismos cerezos que asombran en flor durante la primavera se atreven con otros colores y matices, desde los ocres a los rojos, pasando por los amarillos, hasta que  finalmente, el invierno les arranca las últimas hojas dejando una alfombra roja en el suelo, para volver a comenzar su ciclo vital algunos meses después. Desde las cumbres al fondo del valle, la ‘otoñada’, como se conoce a la estación por estas tierras, llena el paisaje de colores y texturas. Durante estos meses otoñales, desde finales de octubre hasta principios de diciembre, los pueblos del valle del Jerte se animan con una diversa agenda gastronómica y cultural. Seguir la Ruta del Camino Real entre Navaconcejo y El Piornal es la mejor forma de disfrutar de una inmersión 100 % otoñal en Extremadura.

Parque Nacional de Monfragüe

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Parque Nacional de Monfragüe: los bramidos del otoño

Cuando los bramidos de los ciervos comienzan a escucharse insistentes, se sabe que el otoño ha llegado a estas tierras extremeñas: la berrea es la señal. El Parque Nacional de Monfragüe es uno de los mejores lugares para disfrutar de este espectáculo natural, pues cuenta con una población estimada de entre 14.000 y 15.000 ejemplares de ciervos. Sin duda, es una de las mejores épocas para visitar el  primer parque nacional de Extremadura, situado en el centro de la provincia extremeña de Cáceres. La mejor hora del día para contemplar la berrea es a última hora de la tarde y ya entrada la noche. Por supuesto, después de tanto berreo, llega el otro gran momento del parque, en primavera, con la llegada de los cervatillos.

Valle de Ambroz, el otoño más cultural

Foto: Valle de Ambroz

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Valle de Ambroz: el otoño monumental

Tal vez sea menos conocido que su vecino valle del Jerte, pero su otoño es mágico. Al viajero le aguardan extensas superficies de bosques donde deleitarse de la explosión de colores y del silencio apenas roto por el sonido de los arroyos y de la fauna silvestre. Destaca la presencia de árboles monumentales con una venerable presencia tal cual ents en el mágico mundo de J. R. R. Tolkien, como los castaños del Temblar en Segura de Toro. Los municipios que constituyen el Valle de Ambroz se vuelcan cada año en su Otoño Mágico, que llena el valle de actividades culturales, gastronomía y naturaleza.

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La Vera: el otoño en el paraíso terrenal

Cuando en los mapas tenían huecos vacíos en los que nadie sabía qué había, a Estrabón le dio por situar en la actual comarca de La Vera ni más ni menos que el paraíso terrenal. Aquella lengua de tierra delineada en el norte por la sierra de Gredos y cruzada por numerosos cursos de agua le debió parecer un lugar excepcional por su suave clima y la exuberancia de su flora. También le debió parecer algo así como el paraíso en la tierra al mismísimo emperador Carlos I, que eligió un pequeño monasterio cerca de Cuacos de Yuste para retirarse. En otoño, las laderas de las sierras, pobladas por robles, castaños y fresnos, rompen en una explosión de color maravillosa. Además, la granítica muralla de Gredos le confiere a la zona un clima suave ideal para los senderistas más intrépidos.

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