"això és mel!"

Los cinco pueblos más bonitos de Mallorca

De piedra y entre paisajes naturales, los pueblos mallorquines ofrecen otra isla lejos de los tópicos.

De Mallorca dijo Santiago Rusiñol que era una isla donde siempre reinaba la calma. Han pasado algunos años desde entonces, pero lo cierto es que en los pueblos de la isla aún es posible captar esa calma que tanto valoró el escritor modernista. No le faltaron paisajes, calles y costumbres para inmortalizar en descripciones perfectas. Más allá de la imagen playera de Mallorca, existe otra isla plagada de pequeños pueblos donde aún late la vida en intimidad.

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Deia

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Deia

Deià fue el lugar que escogió Robert Graves para decir adiós a toda una vida anterior. Se hizo con un sombrero, pantalones cortos, una chancletas y una casa destartalada sin agua corriente que fue arreglando poco a poco hasta convertirla en un maravilloso espacio. El escritor fue el imán de este bello pueblo situado en la sierra de la Tramuntana. Alrededor suyo fueron llegando artistas, escritores, bohemios y, en general, gente que quería vivir en contacto directo con la naturaleza en Mallorca. Fueron años mágicos, de los que algo queda aún. Se nota en el ambiente como algo diferente, cierta vibración en los detalles y en la decoración de los restaurantes, tiendecitas y hoteles. Hoy el museo de Robert Graves queda en la carretera (muy cerca del magnífico La Residencia de Belmond) por la que suelen pasar los cicloturistas que recorren la ruta llena de curvas de la Ma-10 hasta el Cabo de Formentor. A la hora de refrescarse, el pueblo cuenta con una calita medio secreta con un par de chiringuitos por donde desfiló en algún momento que otro Julio Cortázar en bañador. 

 
Alcudia

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Alcudia

El pueblo de Alcudia tiene un argumento ganador en la bahía a la que se abre. Kilómetros de playas que van de lo urbano a lo más natural en su extremo más oriental, bajo el cabo de Farrutx. Al mar da el Puerto de Alcudia, que tiene como epicentro del turismo hedonista el Jardín Bistró, con la chef estrella Michelin Macarena de Castro trabajando la esencia gastro de la isla como nadie. Eso, en cuanto a la vertiente marina. Más hacia en interior, casi en el eje de la pequeña península, se ubica el pueblo y el casco histórico de Alcudia, trufado de monumentos, restos de murallas y casas señoriales por donde es una auténtica delicia perderse. En ese deambular a lo flâneur con chanclas, hay que hacer parada en alguno de los bares o cafeterías que llenan de ambiente la histórica ciudadela. 

 
Valldemossa

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Valldemossa

Todo fue un malentendido, puesto que el libro que George Sand dedicó a la isla tenía en realidad poco de elogio; pero si al final, Un invierno en Mallorca resultó ser todo un catálogo turístico para un gran número de viajeros fue por las descripciones románticas que la escritora hizo de la naturaleza y de los paisajes de Mallorca durante su estancia con su amante Frédéric Chopin, en noviembre de 1838. El municipio vive su particular esplendor turístico gracias al recuerdo de ambos. Pero no fueron, ni de lejos, los únicos artistas que se alojaron entre las paredes de este palacio en desuso que el rey Martín donó a la orden de los cartujos. Tras la Desamortización de Mendizábal, y gracias a la posterior labor de mecenazgo de la familia Sureda, por las habitaciones del complejo se pasearon artistas de la talla de Rubén Darío, Santiago Rusiñol o un jovencísimo Borges. Lo mejor es su claustro y el jardín de cipreses. El remate a tanta historia y paseo por las calles de la localidad está en Ca’n Molinas, que llevan décadas sirviendo su especialidad: coca de patata acompañada con una refrescante horchata de almendra. Según en qué época del año, hay casi más gente haciendo fila a la hora de la merienda que para ir a ver las celdas donde una vez durmieron George Sand y Chopin.

Fornalutx

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Fornalutx

La fama como uno de los pueblos más bellos de España precede a Fornalutx. Lo que tal vez nadie haya advertido al viajero es que el enclave en el que se ubica, en la Sierra de Tramuntana, es de una belleza comparable a la de las calles y rincones del municipio. El espectáculo natural será mayor si se visita en la temporada en la que los naranjos y limoneros del valle de Sóller están en su máximo apogeo, entonces la atmósfera se llena de color y del aroma de los cítricos. Hay que prepararse para subir y bajar por las callejuelas estrechas y empedradas del entramado urbano y no morir de envidia ante cualquiera de las preciosas casas de porticones verdes que contrastan con el color de la piedra. Alguna que otra sábana recién tendida dará el toque de luz perfecto. La calle Metge de Mayol -en realidad, una escalera- es el epítome de la belleza tocada por el viento de la Tramuntana.

 
Pollença

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Pollença

Que todo un paisajista como Sorolla se pasara por aquí certifica que Pollença tiene un no sé qué de los que hacen que uno se enamore perdidamente del lugar, aunque sea mientras se suben los 365 peldaños empinados y seguidos del Calvario, su monumento de referencia. Sirva de consuelo que más de un pintor lo subió cargado con caballete y otros arreos de artista y las vistas desde arriba con toda la escalera y sus cipreses en un largo punto de fuga con las montañas detrás. Por supuesto, se puede subir también en coche, pero entonces la cosa no tiene tanta gracia. Por aquí también pasó Santiago Rusiñol, quien describió muy certeramente el pueblo en una frase: “Pollensa es una decoración para representar misterios o para servir a las procesiones de Semana Santa”, se refería así a la concentración de arquitectura religiosa y de recogimiento que reúne, además del Calvario, un buen número de iglesias y el cercano Santuario del Puig de Maria al que se sube tras 45 minutos de camino para disfrutar de las vistas.

Fornalutx

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