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Los cinco pueblos más bonitos de Navarra

Una ruta por el mapa de la comunidad foral para conocer algunos de sus rincones más bellos.

Encajada entre Aragón y el País Vasco, Navarra recibe a los visitantes con las puertas abiertas ofreciendo lo mejor de su gastronomía, naturaleza, paisaje y cultura. Desde las montañas pirenaicas del norte hasta el fértil sur bañando por el Ebro, esta comunidad exhibe bellos pueblos cuyos atractivos merecen ser descubiertos.
 
 
 

Estella-Lizarra

 

“Estella es ciudad de buen pan, excelente vino, mucha carne y pescado y toda clase de felicidad." Con esta frase resumía el monje Aymerich Picaud los atractivos, según él, de Estella-Lizarra. A los deliciosos sabores de la región, hay que añadir el rico patrimonio histórico que ofrece esta villa cuyo origen se lo debe a los peregrinos del Camino de Santiago. El río Ega es su espina dorsal, y sobre él se construyeron los dos bellos puentes que lo atraviesan: el del Azucarero, de estilo gótico, y el de la Cárcel, de origen románico y reconstruido en el siglo XX. Todavía se puede seguir el perímetro de las murallas medievales que protegían la ciudad e incluso cruzarlas bajo el arco de la puerta de Castilla, la única que se mantiene en pie. Recorrer el Paseo de los Llanos junto al río permite tomar las fotografías más bonitas de la villa y desviarse hacia el casco antiguo para conocer los conjuntos religiosos de la iglesia del Santo Sepulcro y la de San Pedro, con un maravilloso claustro del siglo XII.

Olite

 

Si algo llama la atención en la primera vista de este pueblo navarro es el característico color terroso cálido que emana de las construcciones cuando el sol proyecta su luz sobre ellas. Sus robustas murallas romanas son unas de las mejor conservadas de la región. En un segundo vistazo, los ojos se dirigen a la silueta del impresionante castillo-palacio de origen medieval y a sus torres almenadas que coronan el perfil de esta localidad situada al sur de Pamplona. Construido durante la Edad Media para la corte de los reyes navarros, contaba con decenas de salas, exóticos jardines y hasta un zoológico. La personalidad de Olite se respira entre sus estrechas calles, organizadas en torno al castillo y entre las que se pueden descubrir las típicas casas solariegas, calles atravesadas por arcos góticos y plazas donde detenerse a probar alguno de los excelentes vinos que producen los campos de los alrededores.

Ochagavía

 

A vista de águila, en lo que parece un pequeño embalse de tejados marrones con sus correspondientes paredes blancas en contraste con el valle verde de pinos y hayas que lo cobija, se podría decir que Ochagavía es la postal perfecta que define el Pirineo navarro. La ermita románica de Muskilda del siglo XII, a la que se asciende en una caminata de 4 km, parece contemplar, indulgente, la belleza del pueblo que, cada 8 de septiembre, celebra una romería en su honor. Las empinadas calles de esta localidad navarra ponen a prueba las piernas de cualquier visitante que se aventure a descubrir el centro histórico, entre el que encontrará palacios medievales y casas blasonadas. Como si de un espejo se tratara, el río Anduña devuelve la imagen de las casas típicas que caracterizan Ochagavía, un topónimo que remite a la naturaleza y al entorno salvaje en el que esta villa ha prosperado: Otsagabia, nido de lobos.

Roncesvalles

 

A pesar de la fama que ha convertido a Roncesvalles en toda una referencia del Camino de Santiago, este pequeño pueblo ubicado en pleno Pirineo y a pocos kilómetros de la frontera francesa cuenta con poco más de 20 habitantes. Lugar de culto y de tradición hospitalaria, esta encrucijada de caminos ha sido testigo de episodios históricos de la talla de la Batalla de Roncesvalles, protagonizada, en el siglo VIII, por el ejército de Carlomagno. Además de recorrer alguno de los senderos que sirven para descubrir un entorno natural donde el verde de las hayas, robles y abetos tapiza las aún suaves colinas del Pirineo, Roncesvalles posee un importante patrimonio arquitectónico aunado en el Conjunto de la Colegiata de Santa María de Roncesvalles. El misticismo que se respira entre sus muros, levantados en el siglo XII y ejemplo de arquitectura medieval, trasladan al visitante siglos atrás cuando el hospital acogía a los peregrinos que se dirigían a Santiago y necesitaban un lugar de descanso y reposo. Nada más y nada menos de lo que sigue ofreciendo actualmente esta localidad.

Elizondo

 

Las aguas del río Bidasoa discurren calmadas y cruzan de punta a punta el entramado urbano de Elizondo, una pequeña villa navarra situada en pleno valle del Baztán. Y es precisamente esta ubicación cercana a los Pirineos Atlánticos, con un clima húmedo pero suave, la que otorga al pueblo su particular aspecto. Los palacetes y las casas señoriales que se encuentran por el centro histórico lucen un tejado a dos aguas bajo el que, en sus muros blancos, se instalaron balconadas de madera y se incrustaron los blasones de armas del valle. Con un entorno natural envidiable en el que predomina el verde intenso, este pueblo se convirtió en el centro neurálgico del Baztán al que acuden los habitantes de los pueblos vecinos para participar en las animadas ferias y celebraciones que tienen lugar durante el año.

Lizarra PC

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