De la ciudad a los valles

Cinco rutas y senderos para adentrarse en la Navarra más verde... y sorprendente

Propuestas que permiten descubrir el lado más natural y salvaje del antiguo Reyno.

Navarra es ante todo verde. Los valles se ondulan, crecen y se esconden entre pequeños caseríos esparcidos por todo el territorio como un cuadro de Pollock. Un patrón que se mantiene intacto hasta sus márgenes, a excepción únicamente del desierto de las Bardenas Reales, un ejemplo que por otro lado, define la biodiversidad de la zona. Y es que el Reyno cuenta con tres regiones biogeográficas -alpina, atlántica y mediterránea- en tan solo 100.000 kilómetros cuadrados, siendo el hogar del 33% de las especies de flora en toda España, algo que la está posicionando como uno de los destinos ecoturistas más demandados. En un año en que su gran reclamo -San Fermín- no ha podido celebrarse, que mejor que adentrarse a un universo de hayedos y setas para descubrir la Navarra verde a través de cuatro posibles rutas.

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La capital como ejemplo de una filosofía

Foto: Javier Sánchez

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La capital como ejemplo de una filosofía

Desde su creación, Pamplona lleva consigo el estandarte del crecimiento urbano responsable. Prueba de ello son las 300 hectáreas de zonas verdes que visten la ciudad. Dicho de otro modo, el 15% de la superficie es vegetal, convirtiéndola en la cuarta ciudad española con más espacios naturales. “Si se hiciera un reparto, a cada pamplonica le pertenecería un árbol” dice Carolina Patón,  guía de esta ciudad a Viajes National Geographic. En total, se calcula que hay 64.000 especies de árboles inventariados repartidos por todos los parques.

Una buena forma de recorrerlos es iniciar el trayecto desde la terraza del Baluarte, con vistas al moderno palacio de congresos. Allí, el barman Carlos Rodríguez prepara una de sus especialidades: el mojito de pacharán. Una variedad propia elaborada a partir del fruto por excelencia de los bosques navarros: las arañones, o lo que es lo mismo, las endrinas. “Seguro que Hemingway hubiera dado más de un trago a este mojito -bromea Carlos. Esta bebida data de 1441 cuando la reina Blanca tuvo un fuerte dolor de estómago. Para calmar el sufrimiento, le dieron una especie de almíbar hecho de pacharán que con el tiempo se ha convertido en todo un símbolo de la zona” dice.  

La senda continúa por la calle General Chinchilla, paralela al palacio. Antiguamente ese lugar marcaba el fin de una ciudad sellada por las murallas. Fue construida entre el siglo XVI y XVII como línea de defensa ante el ejército francés de Napoleón que aguardaba tras los pirineos. Aun así, sufrió una invasión gala, aunque consiguieron tomarla sin ninguna baja. ¿Cómo es posible? En 1808, aprovechando una fuerte nevada que había pintado Pamplona de blanco, el ejército de Bonaparte comenzó a acercarse lentamente a la ciudadela en lo que parecía una guerra de bolas de nieve. Ante aquel espectáculo los defensores españoles, que pese a todo eran aliados, se unieron al juego sin pensar que en cuanto eso ocurriera los franceses los desarmarían rápidamente y tomarían la fortificación. De su pasado militar quedan los restos del polvorín, varios cañones, las caballerizas y poca cosa más. Abierto al público en 1980, hoy es uno de los puntos más pintorescos de la ciudad. Abedules, cipreses, abetos o hayedos son algunos de los árboles que visten el parque que conecta casi de inmediato con otra isla natural, los jardines de la Taconera.

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Foto: Shutterstock

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El parque más querido por los Pamplonicas

“La Taconera es el parque más hermoso, antiguo y querido de Pamplona” dice Carolina, haciendo especial énfasis en la unión que tiene con los pamplonicas. Tanto es así -cuenta- que en la década de los ochenta, un ataque de grafiosis terminó con todos los olmos del parque. “Podías ver literalmente a la gente llorando por el parque, aquello fue un shock para todos. Para nosotros, este lugar es muy especial”. Ahora hay plantadas muchas especies distintas unas con otras para evitar que los hongos ataquen a todos a la vez. Pero si algo caracteriza a la Taconera no son los árboles, son los animales. Los fosos jalonados que seccionan al ancho y largo del parque sirven de hogar para muchos animales, desde gallos, ocas y patos, hasta ciervos, pavos reales y cabras. De ese modo, pasear por la Taconera se ha convertido en poco menos que una visita al zoo. “Como hay muchas gallinas y es necesario controlar las poblaciones, cada día se revisan si han dejado huevos y se envían directamente a comedores sociales”.

La ruta termina unos pasos más allá, en lo alto del portal de Santa Engracia. Desde allí hay una panorámica única a los extramuros. El parque fluvial del Arga corre por el tramo de la Rochapea y se extiende 33 kilómetros a lo largo que se pueden completar fácilmente en bicicleta. Justo debajo quedan los corralitos del gas, el lugar donde una semana antes de que empiecen los sanfermines llegan los toros para habituarse al terreno y tener todo preparado para la gran fiesta navarra.

Sendero de las Pottokas

Foto: Javier Sánchez

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Sendero de las Pottokas

“No son ponis, son pottokas, una raza propia de Euskal Herria” insiste Mikel, el guía que desde hace varias décadas, recorre el valle del Baztán mientras marca con su mano una de las señales que identifican el sendero. A diferencia de las franjas rojas y blancas que suelen verse en la mayoría de GRs, este camino transfronterizo está marcado por un caballo azul y rojo que parece estar saltando un obstáculo. Es una Pottoka, una raza endémica de Navarra. Antes de que la industrialización llegara a estos valles que colindan con Francia, se utilizaban como animales de carga en el campo. Ahora ya no cumplen ninguna de esas funciones pero su arraigo con la cultura popular de la zona les ha convertido en el símbolo que une a Zugarramurdi, Urdax, Sara y Ainhoa, en un camino circular que se extiende a lo largo de 34 kilómetros.

Zugarramurdi es quizás la parada más famosa de este sendero. Las brujas siguen siendo el principal reclamo para cientos de excursionistas y curiosos que se acercan a las cuevas donde tiempo atrás se organizaron los akelarres por los cuáles serían juzgadas y enviadas a la hoguera. Es otoño, y un manto de castañas cubre las entradas y alrededores de las cuevas dejando una alfombra marrón que contrasta con el verde de los árboles que parecen negarse a dejar sus hojas. Además de las brujas y los hechos fantásticos con los que se relacionan a estas cavidades de roca cárstica, hay que añadir a los contrabandistas. La frontera con Francia está a tan solo diez minutos en coche. Una posición estratégica que durante el franquismo aprovecharon para introducir todo tipo de productos que provenían de tierras galas.

Siguiendo el recorrido se llega a Urdax, uno de los últimos pueblos antes de cruzar al país vecino. Apenas pasa de los 300 habitantes. Entre valles y enormes caseríos de a dos y cuatro aguas, se deja entrever la quesería Etxelekua. Allí, los hijos de Manuel y María Isabel, una pareja que a principios de los noventa iniciaron su andadura en la creación de quesos Idiazabal, no solo mantienen vivo el negocio familiar sino que la están consagrando como una marca de referencia a nivel mundial. Pero no siempre fue así: “Tanto mi hermano como yo hemos crecido con las ovejas y las vacas desde pequeños pero no queríamos continuar el legado de nuestros padres. Mi hermano estudió electrónica y yo Administración y Empresas. Estuvimos trabajando fuera en lugares muy distintos, yo de hecho, lo hacía en un banco pero aquello no me motivaba. Necesitaba salir de la oficina, no tener un horario fijo para todo, quería olvidarme de la rutina. Aquello me hizo pensar y al final decidí volver a casa y retomar el negocio. Luego se unió mi hermano y ahora se han añadido nuestras parejas” dice Ana Bengotxea a Viajes National Geographic. Ahora, una veintena de cuadros decoran las paredes de la pequeña tienda, todos ellos son premios al mejor queso del mundo que otorga cada año la World Cheese Awards

Por la ventana de Etxelekua se ve perfectamente las hectáreas de campo que poseen. Se pierden al fondo los valles, algún que otro pico y el rebaño que pasta tranquilo. Cuando quieren se recogen a los corrales, dice Sandra. Ellos deciden cuando entrar y cuando salir. Al fondo también se ve el sendero por donde continúa el camino, aunque los árboles no dejan ver mucho más. La ruta se introduce en el bosque, allí donde hace unos años se encontraron las primeras pinturas paleolíti

Sendero del agua

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Sendero del agua

Una fina regata construida a los pies de la carretera une Zubieta con Ituren, El Gorriaga y Doneztebe. Todas ellas forman parte del sendero del agua, una ruta de apenas ocho kilómetros que transcurre tranquila y llana a través de los caseríos y valles que salpican la zona. Aquí el agua adopta muchas funcionalidades, comenzando por activar un molino, depurar la cal usada en el campo, ser utilizada en los antiguos lavaderos o incluso como fuente medicinal.

El sendero se inicia en Zubieta, la localidad más occidental de las cuatro, y conocida por acoger uno de los carnavales más espectaculares de la península. Ataviados con gorros en forma de cono y unas fajas similares a las que utilizan los castellers en Cataluña, los vecinos se enfundan trajes hechos con elementos de la naturaleza, desde pieles de ovejas hasta ramas del bosque y caminan hasta Ituren a través del valle mientras los cencerros marcan el paso dominado por la figura del oso, el personaje central de esta festividad. Ese mismo paseo lo hace el agua, que sale desde el pueblo hasta caer con fuerza por una trampilla, que a su vez activa los mecanismos del antiguo molino. “Este molino se construyó en 1785. En el año 1999 se restauró por completo y se transformó en un ecomuseo, sin embargo, sigue funcionando como molino y muchos habitantes de Zubieta y alrededores continúan viniendo para que elaboremos harina de maíz” dice Edorta Amurua, el responsable de hacer que el molino siga vivo después de más de doscientos años.

El agua se despide por las compuertas traseras y fluye hasta pasar por Ituren donde se utilizaba para lavar la ropa en los antiguos baños y lavaderos públicos, hoy convertidos casi en piezas de museo al aire libre, pues no hace tantos años se seguían utilizando en lo que hoy es un vestigio de otra época. Ya en El Gorriaga, el agua cambia completamente de registro. La gran mayoría conoce este pueblo por ser el lugar donde se producen las deliciosas galletas homónimas, pero a varios metros de la fábrica se encuentra el balneario con las aguas más saladas de Europa. Una finca típica corona el recinto acompañado de varios edificios modernos. En su interior el agua mana a una temperatura de entre 14 y 16 grados, mientras por los ventanales, el valle de Baztán luce en todo su esplendor dejando una postal imponentemente bella. 

El sendero de la humanidad

Foto: Javier Sánchez

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El sendero de la humanidad

Atravesada por la vía verde del Plazaola, la villa de Leitza guarda entre sus valles y montañas humeantes un secreto: allí se esconde el museo de la piedra, un recorrido a través de este material donde confluyen reto, mito e historia para narrar la evolución de la humanidad. Con sus propias manos, así creó este museo Iñaki Perurena, el levantador de piedras (harrijasotzaile) más célebre de Euskal Herria. En su mascarilla negra resalta la inscripción 301K, la firma de moda de su hija que ahora se dedica a crear uniformes y prendas específicas para los levantadores de piedra. También hace referencia al peso de una de las piedras más pesadas que ha levantado, aunque quiere romper con la imagen de ser solo un forzudo. Iñaki es mucho más, es poeta, actor, escultor, escritor y un gran apasionado por la cultura vasca. Un sentimiento que comenzó a plasmar en la ladera de la montaña hace ya más de una década.

“Después de 41 años levantando piedras, me di cuenta que mi cuerpo no aguantaría más a ese ritmo y lo tuve que dejar. Pero las piedras son mi vida y entonces aproveché esta pasión para hacerlas hablar. Ellas han estado con nosotros desde el principio de los tiempos y son capaces de explicar nuestra historia”. Dicho esto, él y su hijo Inaxio se pusieron manos a la obra con lo poco que tenían. Lo primero fue la figura de un harrijasotzaile enorme, de unos ocho metros de altura, que hace cumbre en lo alto de la ladera sosteniendo una roca sobre sus hombros. A su alrededor le acompañan el mariscal Pedro I de Navarra situado literalmente entre la espada y la pared en lo que representa la fuerza mental. Un poco más abajo, una txapela gigante hace de refugio cuando llueve. Luego, la mano de Roldán surge de la tierra, un símbolo de la artesanía del lugar. Aquí todo está hecho a mano con hormigón, piedra y hierro. En uno de sus extremos, grandes losas de roca bordean un camino. Pintadas por el propio Iñaki, cada una explica el origen, la evolución y los intríngulis del euskera. Y así sigue por el interior del caserío un recorrido interminable por los historia pétrea de la humanidad.

 

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Cinco rutas y senderos para adentrarse en la Navarra más verde... y sorprendente

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