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Los cincos pueblos más bonitos de Pontevedra

Hórreos, rías, arquitectura y hospitalidad es parte del preciado patrimonio que ofrecen estos rincones que salpican las Rías Baixas.

 

Cambados

El mirador Monte da Pastora confirma la privilegiada ubicación de Cambados junto a la ría de Arousa. A pocos metros se halla el espectáculo de Santa Mariña Dozo, una construcción de estilo gótico marinero que es una de las ruinas más fotogénicas de España. Los cuatro arcos románicos que en su día sustentaban la bóveda resisten cual costillas de una ballena gigantesca. La villa se ve en el plano como una constelación formada por tres estrellas: Fefiñáns, Cambados y Santo Tomé, núcleos originales que se unieron. Destaca la calidad de su arquitectura y un considerable número de pazos, como el de Torrado –hoy museo–, uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil del siglo XVIII, o el Pazo de Bazán, desde 1966 el Parador de Cambados. El último plato fuerte lo sirve la Plaza de Fefiñanes, según dicen, la segunda más bella de Galicia después de la compostelana.

Combarro

En el borde de la Ría de Pontevedra, el casco antiguo de Combarro reúne la esencia gallega en tres calles, un buen puñado de hórreos y unos cuantos cruceiros y casas típicas, que en el lugar se conocen como mariñeiras. La plaza de Chousa junto al puerto es el punto de partida de este paseo. Aquí aparecen los primeros hórreos de Cambados, de los que la villa suma cerca de 60. Están tan cerca del agua que sus pilares llegan a cubrirse con la marea alta, casi como si fueran a zarpar en cualquier momento. Los cruceiros que se pueden observar en las estrechas calles son de origen celta y estaban destinados proteger los caminos y sus caminantes. Tras detenerse a degustar un sabroso pulpo a feira, unos mejillones, unas almejas o zamburiñas acompañadas de un xato de vino blanco, el recorrido continúa hasta la plaza de la Fuente y desemboca en la playa de Padrón, la más bella panorámica de Combarro.

Oia

Los robustos muros y la sobria fachada del monasterio cistercense de Santa María de Oia desafían los embistes del Atlántico y sirven como carta de presentación de esta villa pontevedresa. Fundado en el siglo XII, se dice que sus monjes, quienes en ocasiones se vieron en la obligación de convertirse en artilleros defensores frente a las incursiones portuguesas y piratas, fueron los responsables de empezar con la cría de la misma raza de caballos salvajes que actualmente sigue habitando en la cercana Serra da Grova. Los diferentes ríos que discurren por los valles de la sierra crean, a lo largo de su cauce, rápidos y pozas de gran belleza como las de Lourenza o Mougás, un bucólico rincón que se alcanza tras una agradable caminata desde el monasterio de Santa María.

A Guarda

Desde su nacimiento en el Pedregal de Irminia, en Meira, el Miño desciende buscando el Atlántico hasta encontrar A Guarda justo en su desembocadura. Es el mismo punto donde España y Portugal se saludan cada uno desde su lado de la frontera, o lo que es lo mismo, desde su orilla del río. Debido a su ubicación geográfica se entiende que esta localidad gallega viva totalmente pendiente del mar, del que se provee de uno de sus productos estrella: la langosta. Un paseo por las casetas de pescadores del puerto descubre el resto de delicias gastronómicas a degustar antes de partir. Desde lo alto del monte Santa Trega (Tecla, en castellano) se contemplan las mejores panorámicas de esta villa marinera mientras los pies del visitante caminan sobre un suelo histórico, un castro galaico habitado por los celtas hace más de 2.000 años.

Tui

Siguiendo el curso del Miño río arriba aparece Tui, una población de auténtico aspecto medieval cuyo centro se despliega entre bellas callejuelas adoquinadas. Todas ellas se arremolinan en torno a su majestuosa catedral, una de las más importantes de Galicia que, debido a su situación fronteriza, también hacía las veces de fortaleza. De ahí su inconfundible aspecto de castillo. Resulta muy recomendable una visita al bello claustro que posee de origen medieval. La capilla de San Telmo aguarda como testimonio único del barroco portugués en pleno casco antiguo del municipio. En los alrededores se halla el Parque Natural Monte Aloia, un paraíso del senderismo. 10 km de caminos y sendas recorren el escenario de lo que fue el primer Parque Natural de Galicia, en el cual observar el paso de las estaciones constituye toda una experiencia de disfrute cromático.

Tui yo

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