Casi siete colinas

La ciudad eterna de Bulgaria que habló español

La ciudad más bella del país es una caja de sorpresas milenaria que mira con nostalgia a su pasado multiétnico y se niega a dejar de ser una encrucijada.

Cuanto más se profundiza en los estratos de Plovdiv, más razones encuentran sus vecinos para asegurar que habitan la ciudad más antigua del mundo. Es posible que la receta para esta longevidad sea su proverbial aylak, una idiosincrática expresión local que se usa para invitar a no andar fastidiando con prisas ni preocupaciones.

Plovdiv, que era la última gran parada del Orient Exprés antes de llegar a Estambul, es una localidad multicolor donde los teatros romanos se tropiezan con las mezquitas otomanas; en la que todavía rezan judíos, moros y cristianos; y en la que, hasta mediados del siglo XX, perduró una intensa impronta toledana.

Seguir viajando

Roma en el subsuelo

A Plovdiv se le acumulan las postales insólitas y no le resulta fácil elegir el icono con el que desea venderse al mundo. No cabe duda de que su estampa más meritoria es la de su viejo estadio romano, rescatado de las garras de Hades en el año 2013. En uno de los extremos del elegante paseo peatonal Knyaz Alexander I, se ha excavado el punto donde las cuadrigas daban la vuelta a este coloso con capacidad para 30.000 espectadores, recuperando así parte del graderío como espacio público de excepción; desde aquí, basta un segundo para cobrar conciencia de dos milenios de historia.

 

Merece la pena echar un vistazo su centro de interpretación, donde se proyecta una recreación del estadio y de los juegos para los que se empleó. También colarse en alguna de las tiendas del paseo peatonal, cimentadas sobre el viejo graderío, que todavía es visible en algunos de sus sótanos. El estadio es, en cualquier caso, solo la punta de un iceberg que se extiende por toda la ciudad y que incluye un teatro, un foro, un odeón, mosaicos paleocristianos...

 

Seguir viajando

 

Plovdiv
Foto: Shutterstock

 

La trampa turca

Junto al estadio, emerge la evocadora mezquita Dzhumaya, con nueve cúpulas de plomo sobre una amplísima sala de rezo, cuya primera versión data de 1369. La fecha indica que estamos ante una de las primeras conquistas del Imperio Otomano en suelo europeo. Tiene un peculiar soportal de madera donde se ha instalado un café turco en el que se pueden probar los dulces tipo baklava que los búlgaros han adoptado como propios con sabio paladar. Este soportal es un vestigio del viejo y bullicioso bazar otomano del que la mezquita era su acceso principal, y cuyo caótico trazado ha heredado el barrio de Kapana, que se entreteje tras el templo. Su traducción sería “la trampa”, ya que era muy sencillo despistarse por sus calles.

 

La trampa de Kapana, sin embargo, dejó de ser la orientación para convertirse en peligro puro cuando, a finales del siglo XIX, los turcos pusieron pies en polvorosa y el barrio quedó abandonado a su suerte convirtiéndose en una zona marginal. No fue hasta hace algo más de una década, cuando volvieron a soplar vientos de cola en la economía local, que un puñado de vecinos se dio cuenta de que el viejo barrio turco era un soho en potencia.

 

Plovdiv Kapana
Foto: Shutterstock

 

Así, poco a poco comenzaron a instalarse emprendedores de negocios alternativos en los cochambrosos puestos del bazar, sus fachadas se poblaron de murales de arte urbano y se hizo la magia. Nombres de calles como la de los Curtidores (Kozhuharska) o la de los Herreros (Zhelezarska) todavía recuerdan el viejo uso de estos pasajes que ahora ocupan tiendas de cerveza artesana y talleres de artistas.

 

 

Hisar Kapia
Hisar Kapia, entrada a Tremoulin. Foto: Shutterstock

La no ciudad de las siete colinas

Sobre Kapana se levanta el barrio de Trimontium. Es el nombre que le pusieron los romanos, al conquistarlo, a este viejo asentamiento griego situado sobre tres colinas que ofrecen vistas inmejorables. Su terreno ondulado forzó el desarrollo de un pequeño laberinto de callejones empinados donde, entre encantadores jardines con higueras y emparrados, aparecen algunos de los mejores ejemplos arquitectónicos del llamado Renacimiento Nacional, es decir, de palacetes que buscan simetrías clasicistas pero que integran los coloridos rasgos de la arquitectura popular de los Balcanes.

El epicentro y más pintoresco punto del barrio es Hisar Kapia, es decir, una de las puertas de la antigua muralla del barrio del siglo XI que, junto con las fachadas roja y azul del museo Etnográfico y del museo del Renacimiento Nacional, conforma la otra gran postal de la ciudad.

Corona el barrio de las tres colinas la fortaleza de Nebet Tepe, que no es más que un amasijo de ruinas por el que se puede pasear demasiado libremente para gusto de cualquier conservacionista, y que ofrece unas vistas inmejorables al valle del río Maritsa. Desde aquí podemos jugar a buscar las otras cuatro colinas que, durante milenios, habían situado en un plano de igualdad a Plovdiv con Roma. Sin embargo va a resultar imposible porque, en el siglo XIX, la colina Markovo desapareció cuando se utilizó su roca para pavimentar la ciudad.

 

Plovdiv
Foto: Getty Images

Lejos de Toledo

Las alturas de cualquiera de sus colinas son un buen punto desde el que practicar el aylak, una especie de “tómatelo suave”, orgullo local, que sirve tanto para pedir un poco de calma, como para definir un estilo de vida pausado y disfrutón, donde cada rincón y cada momento se pueden y deben convertir en un pequeño paraíso. Algunos traducen aylak como un “mañana” en esa acepción internacional de “más tarde”. Puede que tenga alguna raíz hispana esa forma de ser, ya que Plovdiv fue uno de los destinos preferidos por los judíos expulsados de España en 1492, y en la ciudad se habló ladino hasta mediados del siglo XX.  

Angel Wagenstein, escritor nacido en Plovdiv en 1922 en el seno de una familia sefardita, recuerda en su extraordinaria novela Lejos de Toledo “las fragancias de cocina andaluza que los viernes por la tarde, en vísperas del sagrado Sabbat, perfumaban el barrio”. Decía también que “esto concede a las callejuelas de Plovdiv, cubiertas de piedras desiguales, con acacias polvorientas y coladas tendidas bajo las parras, cierta languidez española, voluptuosa y nostálgica, y algo de la pudorosa ternura y la brumosa pasión meridional de Granada.”

Seguir viajando

 

 

Petrich
Foto: Shutterstock

Una escapada hacia los Ródopes

Situado en la mitad sur de Bulgaria, Plovdiv es un punto de partida privilegiado para descubrir la tradición vitivinícola búlgara, la industria de la rosa, el mitológico valle de los Reyes Tracios o los bosques de los montes Balcanes. Pero como hay que decantarse por algo, tomemos la carretera 86 hacia el sur para adentrarnos en el espectacular cañón del río Cheperale, que nos llevará a los montes Ródopes. Al poco, sobre un risco, se aparece un pequeño y osado templo cuya ubicación roza el absurdo.

Es la iglesia de la Virgen de Petrich, que pertenece a la fortaleza de Asen, del siglo XII. Las vistas desde arriba son maravillosas, aunque quizá valga la pena seguir junto a la orilla del río para alcanzar uno de los monumentos más fascinantes de los Balcanes, el monasterio de Bachkovo, con raíces en el siglo XI, cuyos frescos de su iglesia de la Dormición nos sumergen en la misteriosa espiritualidad ortodoxa.