Colombia de costa a costa

Entre el Caribe y el Pacífico, atravesado por los Andes y tapizado de selva, un crisol de culturas y un increíble abanico de ecosistemas.

En Colombia convergen muchas corrientes: las del Pacífico y del Caribe, pero también las trazadas por las raíces indígenas, la ocupación colonial, el comercio de esclavos africanos, el cultivo, de su preciado café o la guerra contra el narcotráfico. Colombia disfruta, además, de un crisol de ecosistemas naturales que la convierten en un destino desbordante que puede descubrirse fácilmente en un viaje que desde los Andes avance hasta el mar Caribe. Hoy en día, Colombia es abundancia, carácter y pulsión, tres elementos que se encuentran combinados o por separado, pero siempre de forma intensa.

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Colombia-museo del oroshutterstock

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Un mundo de oro

Bogotá es una ciudad alzada a 2640 m sobre la cuenca verde y frondosa de los Andes, la cordillera que según la mitología fue desvelada en tiempos ancestrales por la luz de Sua, el astro sol. Donde también hay brillo es en el Museo del Oro, que preserva la mayor colección de orfebrería prehispánica del mundo y revela cómo la metalurgia transformó las sociedades precolombinas. Los muiscas –o chibchas, el pueblo que habitaba el altiplano colombiano– expresaron su cosmovisión a través de los objetos que elaboraban con oro, que simbolizaba la fuerza de sus gobernantes. Los metales eran devueltos a la tierra en grandes ceremonias funerarias, como las que se desarrollaban en la laguna de Guatavita –a 75 km de Bogotá–, origen del mito de El Dorado que llevó a los conquistadores a explorar febrilmente las selvas colombianas. 

 
Bogotá-grafiti

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Meca de graffitis

En las últimas décadas Bogotá se ha convertido en una meca de grafiteros y hasta 5000 obras se congregan en la ciudad. La Calle 26 se ha convertido en una galería de murales que decoran fachadas y muros con murales de protesta, de temática religiosa o, sobre todo, identitaria. Bogotá parece moverse en un limbo entre la tradición y el cosmopolitismo. Los murales son un buen ejemplo de ello, así como las cenas clandestinas en hogares de célebres cocineros, sin olvidar los recorridos convencionales que incluyen visitas al Teatro Colón, al Museo Botero o a la plaza de Bolívar, donde se alzan los símbolos del poder desde la época colonial: la Catedral, el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia, el Palacio Arzobispal y el Palacio Liévano, sede de la alcaldía. Cenar en lo alto del cerro de Monserrate (3152 m) es la mejor manera de despedirse de la ciudad, mientras la luz del atardecer –el sol Sua que adoraban los muiscas– se deja caer sobre el horizonte montañoso. Accesible por un empinado sendero, en teleférico o en funicular, este monte aloja un santuario de 1657 y varios restaurantes que asoman sus terrazas a la extensa Bogotá. 

 
 
Zipaquirá

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Arte en el salero

A 48 km de Bogotá, merece la pena detenerse a visitar la catedral de sal de Zipaquirá, a 180 m bajo tierra. El santuario está excavado en una antigua mina de sal, explotada hace siglos por los muiscas y después por los colonos. El resultado es una construcción tan mágica como inquietante, accesible en tren turístico desde la capital.

 
Villa Leyva

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Toda una plaza

Los brazos de la cordillera andina aguardan en Villa Leyva, a unas tres horas por carretera. Se trata de uno de los Pueblos Patrimonio de Colombia, además de Monumento Nacional. Su encanto se concentra en los 14.000 m2 de su Plaza Mayor, de pavimento empedrado, y en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, un bello ejemplo de barroco colonial. El Museo del Fósil y el de Paleontología exhiben hallazgos únicos, desde fósiles del periodo Cretácico hasta un ejemplar de pliosaurio, un gigantesco reptil marino denominado Kronosaurus boyacensis hampe.

 
Paisaje Cultural Cafetero

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El paisaje del café

Viajando rumbo norte se llega a los famosos Pueblos Patrimonio de Colombia, un conjunto de poblaciones coloniales en excelente estado de conservación. Algunos de ellos se esconden en el denominado Paisaje Cultural Cafetero, el nombre que adquirió la región con más producción cafetera de Colombia cuando la Unesco la declaró Patrimonio Mundial en 2011. Por ejemplo, la ciudad de Salento, que combina la arquitectura colorida de estilo antioqueño con un fuerte aroma a café en el ambiente. Sabores tostados y paisajes rurales acompañan a lo largo de una ruta que no solo es deliciosa en el paladar sino también en la mirada. 

 
Cocora

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palmeras sin fin

A media hora en todoterreno de Salento, se halla el valle de Cocora, donde crece la altísima palma de cera (Ceroxylon quindiuense), que puede llegar hasta los 60 m y ofrece cobijo al vistoso loro orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis)El Paisaje Cultural Cafetero también incluye los departamentos de Risaralda, Valle del Cauca y Caldas. En este último destaca Salamina, otro Pueblo Patrimonio, emplazado en lo alto de un monte, con calles en pendiente y fincas cafeteras. También es conocido como la Ciudad de la Luz por ser cuna de poetas muy estimados en el país, como Agripina Montes del Valle o Fernando Mejía Mejía.

 
Medellín

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La primavera eterna

Medellín, capital de la provincia de Antioquia, recibe con calles repletas de grafitis, parques colmados de flores y figuras voluminosas de Botero dispersas por la ciudad y en sus dos grandes museos, el de Arte Moderno y el de Antioquia. Los paisas (nombre coloquial con que se conoce a los antioqueños) son también amantes de la buena mesa, como demuestran las diversas propuestas gastronómicas de la ciudad.

Guatapé

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El embalse que lo cambió todo

Los alrededores de Medellín reservan enclaves asombrosos. Como Guatapé, que presenta una impactante roca de 220 m a cuya cima se accede después de subir 649 escalones. Desde ella, las vistas se abren frente a una panorámica del embalse El Peñol. En este municipio destacan los zócalos de las fachadas, una explosión cromática y geométrica que relata la historia indígena y la colonización.

Cartagena de Indias

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mariposas amarillas en Cartagena de Indias

Se alcanza el mar Caribe en la bella Cartagena de Indias, una ciudad clave para entender el pasado colombiano, marcado por los encuentros, las luchas y los cruces entre indígenas, africanos y europeos. La arquitectura de esta ciudad es un remolino de expresiones formado por palacios con balcones decorados de buganvillas, celosías de madera y patios que, junto a los baluartes y la muralla, contribuyeron a que fuera declarada Patrimonio Mundial. Esta belleza se funde en la plaza de Santo Domingo con los coloridos vestidos de las palenqueras, mujeres de piel negra que venden la fruta jugosa y fresca que cargan en palanganas sobre la cabeza. El nombre de «palenqueras» les viene de San Basilio de Palenque, uno de los primeros asentamientos de esclavos que fueron liberados.

Mompox

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Fuera del mapa

A 250 km de Cartagena de Indias, río Magdalena arriba, Mompox recuerda su pasado como floreciente puerto fluvial. Por este Pueblo Patrimonio no se pasa, sino que se llega, pues no está camino a ninguna parte. Hay que remontar el curso del río en lancha durante varias horas hasta descubrir inmensas casonas coloniales perdidas en el tiempo. La riqueza del siglo xvii se desvaneció a finales del xviii cuando el cauce fluvial se llenó de sedimentos que dificultaban la navegación. 

 
islas-colombia

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De piratas y tesoros escondidos

Los mejores arrecifes coralinos se encuentran en las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, a una hora y media de avión desde Cartagena. Aquí el mar es libre e ingenioso, pues despliega un increíble abanico de azules: eléctrico, turquesa, celeste, verdoso, marino, glacial... Para no perderse ninguno de estos tonos conviene dar una vuelta a la primera isla, San Andrés. Conduciendo un carrito de golf se puede pasar por Sound Bay y sentarse en su restaurante mientras se escucha el batir del oleaje; y antes o después, zambullirse en Westview o en La Piscinita. La circunvalación también pasa por la Cueva de Morgan que, al parecer, esconde el tesoro del famoso pirata, custodiado ahora por el gigantesco cangrejo rey, de hasta 2 kg de peso. 

 
Providencia

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De isla en isla

La misma leyenda se cuenta en Providencia, a la que se accede en catamarán o tras un breve vuelo. Esta isla es la expresión pequeña y calma de San Andrés, pero con acento inglés, pues la mayoría de sus habitantes son descendientes de protestantes ingleses y esclavos africanos. Providencia queda enlazada a la isla de Santa Catalina a través de un puente flotante, arqueado en su punto medio para permitir el paso de lanchas. Al atardecer, desde allí se descubre la Cabeza de Morgan, una roca que emerge frente a un acantilado. Estas islas albergan un increíble mundo submarino, repleto de infinidad de especies de coral, esponjas, peces como las ballestas y moluscos como el caracol pala. En las playas se ven iguanas, lagartos azules y, en Crab Cay a primera hora de la mañana, tortugas marinas. 

 
Teyuna

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A lo Indiana Jones

De regreso a tierra firme hay que desviarse a explorar el Parque Nacional Sierra Nevada de Santa Marta, que alcanza los 5775 m de altitud a escasa distancia del mar. Este sistema montañoso destaca no solo por su diversidad de ecosistemas, sino también por su significado cultural y sagrado para las cuatro comunidades indígenas que lo habitan. Aquí se halla la «ciudad perdida» de Teyuna, descubierta en 1976 por saqueadores de yacimientos y declarada Parque Arqueológico Nacional. El acceso a Teyuna no es fácil: solo se llega en helicóptero o tras tres jornadas de marcha –y una más de vuelta– a través de un bosque lluvioso habitado por pueblos kogi, wiwa, arhuaco y kankuamo. Los vestigios de Teyuna resguardan más de 200 estructuras que incluyen caminos, escaleras y viviendas que datan de alrededor del 650 d.C. y que estuvieron ocupadas hasta el 1200 d.C. Para amoldarse al relieve, se construyeron terrazas sobre las que se erigieron templos y sitios de reunión, como La Capilla.

Tayrona

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Un paraíso playero

Para escuchar cómo el sonido del mar confluye con el aire puro de las montañas hay que llegar hasta el Parque Nacional Tayrona, donde las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta se funden con el Caribe, conformando un paisaje que recuerda una mano gigante entre cuyos dedos se encuentran varias bahías y ensenadas. Así, las playas de arena blanca delimitadas por manglares, matorrales y bosques acogen la última etapa de nuestro viaje. En  la mayoría de enclaves se prohíbe el baño por el peligro del fuerte oleaje, a excepción de algunas playas como La Piscina.

 

Tayrona

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