Los protagonista de este resurgir

Cómo el Matarraña se ha convertido en la comarca de moda

Este paraíso de Teruel ha logrado convertirse en poco tiempo en una de las propuestas rurales más interesantes de España.

A Matarraña le incomoda el sambenito que le cayó hace un tiempo de ser la Toscana española. Con razón, porque más allá de los parecidos razonables que pueda haber, no le faltan argumentos propios. O eso parece si se tiene en cuenta que este verano ha batido récords de visitantes. Hasta el ministro de Sanidad, Salvador Illa, se dejó caer por esta comarca turolense, cruce de fronteras entre Teruel, Tarragona y Castellón. En la oficina de turismo constatan el éxito: prácticamente se ha triplicado el número de plazas ofertadas del año 2003 y su página web ha estado sacando humo con un incremento de visitas de casi el 60 % con respecto al año pasado. ¿Pero qué tiene Matarraña para que sea el destino de moda del que todo el mundo habla? 

 
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Foto: Turismo Matarraña

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Una colmena de pueblos

La carretera provincial tiene solo un carril por sentido. Es ondulante y va a dar a ermitas, túmulos ibéricos, masías, casas de labranza y a dieciocho pueblos que aparecen escénicos repartidos por toda la comarca. Todos ocres, terrosos, apiñados. 

Son pueblos en los que los viejos se sientan afuera por la tarde y miran al turista pasar porque aún no están acostumbrados a que un forastero encuentre interesante las mismas calles y lugares en los que han transcurrido sus vidas. Textura de añil desconchado, maderas antiguas, aspereza de sillería, gatos adormilados en los portales, flores en los rincones, hierba en las grietas, sombras húmedas, antigüedad. El chapurriau, el catalán que se habla en esta zona de Aragón, juguetón y saltarín, se escucha en los bancos, en las tiendas, en el fondo de las casas.

Parecen iguales, pero al pasearlos cada uno se muestra diferente: Beceite tiene sus molinos de papel; Calaceite, su calle Mayor, la fachada de su iglesia y el atardecer desde el poblado ibérico de San Antonio; Cretas, su capilla de San Roque y sus casquetas del Horno Llerda; Fórnoles, su calle del Castillo; la Fresneda, su plaza Mayor y las ruinas cercanas del santuario de la Virgen de gracia; Fuentespalda, la casa de los Belsa; Peñarroya de Tastavins, sus balcones de madera y la ermita de la Virgen de la Fuente; Ráfales, sus portales… Y así, un suma y sigue geográfico que forma un cautivador atlas rural.

 
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Foto: Turismo Matarraña

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Valderrobres, su capital

El río Matarraña divide el pueblo en dos: el casco histórico a un lado y la parte nueva, al otro. Arriba, el remate en forma de un monumento binario, el palacio-iglesia donde los arzobispos de Zaragoza venían a pasar algunas temporadas. Con la Desamortización de Mendizábal (1836-1837) , todo el edificio se puso en venta, pero no lo compró nadie... “Aquello debió ser el festival del expolio -explica Jorge de Turismo Matarraña-, fue quedando en ruinas y se convirtió en una especie de Port Aventura desde la generación de mi bisabuelo. Yo cuando era niño entraba dentro y cuando miraba hacia arriba veía el cielo”. Nada que ver aquel campo de juegos salvajes y pruebas de iniciación con el estupendo estado de conservación que presenta hoy en día.

El casco antiguo mantiene la estructura original. Todo él pendiente, solo hay tres calles llanas. El resto, escalinatas que son el corazón del pueblo: las hay zigzagueantes y llenas de flores. Hay casas de tres alturas, estrechas, altas y aireadas. Las hay de piedra sencillas, balcones de madera y algo de forja, y otras en ruinas. Toda esa piedra vista que se ve en las casas rehabilitadas es un anacronismo. Aquí, las fachadas se encalaban, que así se aislaban mejor. Luego, en el S. XIX con la gran epidemia del cólera, se empezó a extender el uso del azulete, que es un bactericida estupendo y repele el mosquito y que aún hoy en día se puede ver en capas de casas que siguen sin restaurarse, dormidas en el tiempo.

 
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Foto: Mas Torubio

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Una bodega familiar

Un panadero que está estudiando su último año de criminalística, una ceramista que llegó de Buenos Aires y ya no volvió a su casa, un pastor que sale al campo con su rebaño ecológico a desestresarse, un viticultor empeñado en recuperar la variedad de uva local, un autor de aceites, productores de cosmética natural… Las historias de emprendedores en Matarraña son muchas y variadas. Y eso marca la diferencia en una de esas regiones de la España vacía que, con 18 municipios, suma escasos 8.500 habitantes repartidos por todo el territorio. En Cretas, por ejemplo, no llegan a 500 vecinos durante todo el año. 

“Hay muchas casas vacías…Cada persona que se va, costará recuperarla. A mí me da pena”, dice Enrique Monreal. Él se ha propuesto salvar de la extinción a la garnatxa peluda. La variedad local de Matarraña produce un vino tinto joven, ligero y refrescante. Es diferente;  “pero eso es lo que se debe pedir a los vinos, que guarden de algún modo relación con la personalidad de la zona”, explica Enrique bajo la sombra de una carrasca. De mientras,  Ferrán y Héctor, sus dos hijos, corretean por la Cloteta, la viña más antigua de Mas Torubio. Junto a la viña, hay uno de los túmulos ibéricos que se pueden visitar siguiendo una pequeña ruta de aproximadamente 3 kilómetros.

“Somos elaboradores artesanales, no somos más que el panadero o el carnicero del pueblo”, cuenta ya en el interior de la bodega familiar de Cretas, justo cuando suena una jota a todo volumen en la calle. Están pasando el bando. Aún lo siguen haciendo a pesar de que hoy existe una app para dar las noticias a los vecinos de la zona. Son los tiempos modernos. De los antiguos, sólo se conservan aquellos importantes, como el amor por la tierra y el trabajo de generación en generación.

 
Mas Flandi

Foto: J. Alejandro Adamuz

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El hacedor de aceites

En el S. XVIII, Caspe, Alcañiz y Calaceite producían el 80 % del aceite de la zona. Mucho del aceite que sirvió para iluminar zonas de París salió de estas tierras. Pero ahora las cosas han cambiado. Igual que cambió Eduard Susanna al dejar el negocio de la cosmética por el de los aceites premium de autor. Dicho así parece un giro radical de vida. En realidad no lo es tanto. En ambos mundos, se trata de hacer lo mismo: evocar y seducir. Y de eso sabe mucho Eduard. “Con unas gotas basta”, dice mientras ofrece para catar un aceite de la variedad Empeltre de la comarca. Todo lo que sabe de aceites lo aprendió de los italianos, que para algo dice que son los mejores en esto. En Mas de Flandi trabaja en ecológico. Habla de su trabajo con pasión, gesticula con sus manos, casi como si acariciara las palabras que usa. Lo que produce es aceite de autor: “no producimos todo el aceite, sólo el mejor aceite”. Varios premios nacionales e internacionales así lo atestiguan, aunque no tanto como el amor y la pasión que consigue transmitir al hablar de Matarraña.

 
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Foto: Bruno Durán, archivo fotográfico del Ayto. de Beceite

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Parrizal: estrella de la corona senderista

“El paisaje sigue bello, casi intocable, el río Matarraña, los ancianos olivares en torno a Calaceite y sus cipreses…”, así escribía José Donoso sobre la comarca. La conoció bien, pues el chileno vivió en ella varios años. La descripción vale aún para hoy: sigue el paisaje bello. Un paisaje de naturalezas variadas, antagónicas, contrastadas. Un continente repleto de barrancos y sierras, murallas naturales, farallones, atalayas, los Puertos de Beceite. El Matarraña que le da nombre y el Tastavins dibujan un esqueleto que vertebra todo el territorio.

“Este es un territorio muy curioso. Parece que esté aislado, siempre muy lejos de Zaragoza, de Barcelona, de Valencia… Pero estar tan apartado de los centros de poder ha ayudado a que conserve su propia esencia”, dice Alberto de la agencia Senda, pioneros con sede en Beceite en esto de ofrecer actividades de turismo activo por la zona. Casi como si fuera una isla, solo que en lugar de mar está rodeada por la estribación del Sistema Ibérico y por las cordilleras de la costa catalana. 

El Parrizal es la estrella de la corona. Actualmente tiene un cupo de cincuenta coches por la mañana y cincuenta por la tarde en una decisión salomónica debida a la situación de la pandemia. Se encuentra en Beceite y es algo así como el referente natural más conocido de Matarraña. Habilitada para todo tipo de públicos, es un lugar de contacto con la naturaleza, con el agua, y la piedra que llama mucho la atención. Las pasarelas de madera acondicionadas hacen que se recorra con toda seguridad sin perder la sensación de estar viviendo una aventura. Pero además, el agua es la protagonista en los espectaculares parajes naturales de la Pesquera y en el Salto de La Portellada. Los senderistas pueden hacer distintas rutas, como la que bordea las icónicas rocas del Masmut o recorrer parte de la Vía Verde desde Cretas.

 
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Foto: Tirolina Fuentespalda

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Contemplar Matarraña a lo superman

Conforme se cruza la carretera de Fuentespalda, es posible escuchar un zumbido metálico que parece ir acercándose desde lejos. Si uno tiene la oportunidad de elevar la mirada, verá con toda probabilidad dos proyectiles humanos volando como supermanes. En el pueblo ya están acostumbrados; además, dicen, la gente no suele gritar mucho. 

“No hay que tener miedo. Sí da un poco de impresión al principio; pero luego es un disfrute”, exclama un vecino que ha subido a tomar el fresco arriba, en el punto del salto, y que ve cómo las dos próximas personas en saltar se miran con recelo el asunto. “Nosotros nos hemos tirado una vez y ya mismo repetimos”, dice la chica que le acompaña y, entonces, ya no hay vuelta atrás: ¡hay que probar!

La tirolina de Fuentespalda es la más larga de Europa de doble cable. Tiene dos kilómetros de longitud. Sale desde 2000 metros de altura y llega a unos 800, cruzando todo el valle. En el punto más alto del recorrido hay 100 metros. “La sensación es de ir en un avión, pero sin el avión -explica Yolanda- como cuando miras por la ventana. Puedes alcanzar hasta 120 km por hora pero no lo llegas a apreciar porque no hay referencias de movimiento”. De los buitres de la buitrera de Valderrobres no hay que preocuparse. A lo sumo, cuentan, se les ha visto dar vueltas por debajo de la altura de la tirolina. ¿Lo mejor? Que esta experiencia está adaptada también para personas con movilidad reducida. “¡Si más gente pensara en nosotros!”, dice que exclaman cuando lo prueban.

 
Torre del Visco

Foto: Hotel Torre del Visco

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Torre del Visco, un hotel fuera del mundo

En Matarraña no hay ningún hotel que tenga más de 45 plazas y la mayoría de los establecimientos están regentados por familias. Hace 25 años Jemma Markham de Torre del Visco marcó la tendencia que hoy hoteles como Torre del Marqués siguen desarrollando con nuevas energías e ideas. Para llegar a su hotel hay que recorrer unos 5 kilómetros de pista sin asfaltar en buen estado a través de un extenso pinar donde resuenan las cigarras. Al llegar, Jemma explica sonriente que “hace 25 años y nunca hemos querido asfaltar el acceso. Este es un camino para dejar atrás el mundo”. De origen británico, acabó dejando Madrid y se enamoró de esta comarca junto a su marido Piers, y ya nunca volvieron. 

Torre del Visco es la suma de infinidad de pequeños detalles de calidez y confort. Es de esa clase de hoteles que se permiten el lujo de guardar un espacio considerable como biblioteca para que los clientes puedan acceder libremente a centenares de libros de todo tipo. Uno puede sentir que está en su propia casa, siempre y cuando su casa tenga tantos espacios comunes, las 100 hectáreas de terreno y jardines abiertos que hay en el hotel, un río o los diferentes huertos de los que sacan las verduras que utilizan en la cocina. La apuesta por el kilómetro cero sigue con los proveedores de carnes o de quesos artesanales. 

“Cuando llegamos -explica Jemma-, nos decían que estábamos locos, que aquí qué iba a hacer la gente, que no había nada. Precisamente eso, contestábamos, se trata de no hacer nada”. Entiéndase nada como: leer, escuchar música, conversar, comer, echarse la siesta, pasear, mirar a las estrellas (el hotel es pionero Starlight en Aragón y ofrece veladas de observación) o conocer la comarca a través de una serie de experiencias exclusivas. La gastronomía es una de las propuestas estrella del Torre del Visco. En lo formal, el chef Rubén Catalán da vida nueva a los productos locales con hierbas, setas y flores comestibles que le dan un toque único a sus platos. En lo informal, el servicio del hotel es capaz de montar un picnic para una cena romántica en la que no faltará ningún detalle.

 
FOTO PATIO

Foto: Convent 1613

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Comer (o alojarse) en un convento

Las capillas, vistas a través de los cerramientos de cristal de 360 grados, se ven casi como si fuera una casa de muñecas a tamaño real. Un aparador, las lámparas, una mesa, una librería, una máquina de coser, un sofá… Las mesas ocupan lo que fue un convento y iglesia de la Orden de Mínimos de San Francisco de Padua. Es por eso que la cocina del Convent 1613 está en lo que un día fue el ábside.

La croqueta de ternasco del aperitivo son un inicio sublime. Luego puede seguir un ajoblanco con sardina ahumada contrastada con un toque de melón.  El canelón de verduras -liado en papel de arroz en lugar del tradicional con pasta de trigo- , acompañado con una crema de queso parmesano es suave, algo así como si uno mordiera una nube vegetal. Pero lo que viene después es una exaltación de sabores: el ternasco al horno, con 4 horas de cocción, es lo clásico. O la versión moderna, una hamburguesa de cordero especiada, acompañada de un salsiki y hummus de berenjena. “Es otra forma de comer cordero”, explica Diana Romeo, una de las hijas que están actualmente al frente de este negocio familiar. Las opciones de carnes siguen con un lomo de conejo relleno deshuesado y confitado en aceite de oliva, medallones de cerdo DUROC servido con una crema de queso de cabra, o el plato estrella, el solomillo de vacuno a la brasa con foie micuit, una reducción de oporto y cebolla confitada.Un éxito que lleva 20 años en la carta.

“Como hotel llevamos veintiún años abiertos. Fue mi madre quien se fijó que a la gente le gustaba mucho la zona. Los del pueblo en aquella época se esperaban que íbamos a levantar un rascacielos como en Benidorm, no sé qué se imaginaban...”, sonríe Diana Romeo al rememorar aquellos tiempos de pionera de su madre. Tras las obras para acondicionar los espacios, abrieron con diez habitaciones, las júnior suites que ocupan hoy el edificio principal, cada una con su propia esencia, con sus arcos neogóticos, el suelo hidráulico y las tapicerías. Hoy hay otros diez dormitorios en el jardín que un día ocupó el resto del convento.

 
La Fabrica de Solfa

Foto: La Fabrica de Solfa

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El secreto de la huerta

Desde la pista asfaltada que conduce al Parrizal se divisa la Huerta mayor de Beceite, un auténtico vergel que ha permitido la recuperación de una judía autóctona muy especial. La peculiaridad del agua calcárea y la tierra hace que tengan una piel muy fina y queden muy suaves. Gracias al trabajo común, el Fesol de Beseit se encuentra depositado en la Red de Semilleros de Aragón, cuyos especialistas señalaron a partir del estudio de sus cualidades que se trata de un producto de extraordinaria calidad. 

En la Fábrica de Solfa están volcados en dar valor a este producto identitario que ya aparecía reseñado en uno de los dieciséis tomos del Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1845), de Pascual Madoz. Su chef, Enrique Micolau Álvarez, se sirve de forma lúdica de la judía local en creaciones como la, en apariencia humilde, ensalada de Fesols de Beseit con bacalao marinado a la naranja y albahaca con paté de oliva Empeltre. Se surte de la huerta como despensa de su cocina, por lo que la carta se actualiza con muchos platos de temporada. Especial importancia tienen los platos tradicionales y el producto estrella de estas tierras, el cordero, en forma de un lingote de Ternasco de Aragón con reducción de su jugo y parmentier de patata trufa.

Llama poderosamente la atención la cantidad de molinos en Beceite. Aquí fue donde a finales de S. XVII se levantaron los primeros molinos de papel de la comarca que se nutrían de la energía que proporcionaban los diferentes saltos y rápidos del río Matarraña a su paso por el pueblo. En los buenos tiempos, se llegaron a contar hasta nueve molinos, o como se llamaban en la zona, fábricas. Hoy en Beceite muchos de estos edificios se han rehabilitado y albergan diferentes usos, como es el caso tanto del restaurante como del hotel la Fábrica de Solfa, que se asoma en privilegiadas vistas al río y al icónico puente de la entrada al pueblo. 

 

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