Más que una península

Cornualles: una guía para explorar el Finisterre de Inglaterra

El suroeste de esta isla sorprende con pueblos de alma marinera, el eco del Rey Arturo y el espectacular Monte St Michael.

Este antiguo reino celta, que tantas veces repelió y nunca se dejó transformar por sucesivas invasiones, es un paraíso para todos aquellos británicos no obsesionados con el soleado sur de Europa. Cautivados por sus casi dos centenares de playas, coloridas villas pesqueras y reputación de buena mesa, los incursores de hoy en día acuden en busca de las impresionantes estampas naturales que han inspirado a tantos artistas y escritores.

 

El poeta DH Lawrence describió su estancia de principios del siglo pasado en Cornualles (Kernow, en el dialecto gaélico local, que apenas se usa) «como estar frente a una ventana» desde la que podía divisar Inglaterra desde la distancia. Con ello aludía a la fuerte personalidad de este condado ubicado en la península del extremo sudoeste del Reino Unido que, si bien es y se siente inglés y británico, al tiempo vindica el acervo heredado de sus ancestros celtas, plagado de mitos y leyendas. La más archifamosa es la del rey Arturo, cuya figura sigue trayendo de cabeza a los historiadores, incapaces de discernir si se trató de un personaje real o solo un producto de la ficción vinculado a la búsqueda del Grial.

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Castillo de Tintagel. El eco del Rey Arturo

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El eco del Rey Arturo

Para los cornualleses no entraña mayor intríngulis: Arturo, reclaman, nació en Cornualles, para más señas en el castillo de Tintagel encaramado sobre un acantilado de pizarra que se alza en el noroeste de la península. Acerca de las ruinas de la fortaleza, a la que se accede por dos empinadas escalinatas, se especula que corresponderían a un antiguo puesto romano o a un monasterio celta. Sin embargo, el imaginario colectivo nos cuenta que este enclave fue la cuna del legendario rey, cuya historia continúa resonando 1500 años después del tiempo en el que se supone vivió.

Que Arturo fuera un guerrero celta que lideró la invasión anglosajona del siglo VI, y no el jefe de los caballeros de la Mesa Redonda en la corte de Camelot, protegido por el mago Merlín desde su cueva bajo el castillo, es un debate en el que no entran en la tienda histórica del pueblo de Tintagel, donde los recuerdos artúricos a la venta alimentan la imaginación. Otro motivo para bajar a la aldea es fotografiar la preciosa y antigua oficina de correos, un raro ejemplo de las mansiones erigidas durante el apogeo del comercio marítimo del siglo XIV, y que ha sido restaurada con mobiliario victoriano.

Port Isaac

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Por la costa hasta Port Isaac

Las distancias entre costa y costa son cortas en esta península de forma menguante, pues ningún área del interior, rural y apacible, está a más de 30 km del mar. Se  puede saltar de una costa a la otra con facilidad, pero contornear el litoral en el sentido inverso a las agujas del reloj es una propuesta de lo más recomendable. Se trata de una ruta tranquila en coche –la alternativa al limitado servicio ferroviario y de autobuses–, que pasa por pueblos marineros y playas ideales para dar largos paseos a pie y practicar el surf.

Port Isaac aparece como uno de los enclaves más populares de la costa norte, un pueblo con forma de laberinto de empinadas callejuelas y casitas decoradas con flores cuya actividad pesquera sirve bien a la hilera de restaurantes, bodegas y pubs del frente marino. El marisco, el bacalao o la caballa saben incluso mejor cuando se degustan con vistas a la playa y las piscinas naturales de roca que descubre la marea baja.

Padstow. Con alma marinera

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Con alma marinera

A escasos kilómetros, las suaves olas de la playa de Polzeath son las favoritas de quienes intentan iniciarse en el surf, incluido David Cameron (primer ministro británico entre 2010-16), uno de los veraneantes más célebres de Cornualles que ha sido allí retratado con un traje de neopreno y tabla en mano.

La siguiente parada de nuestro viaje es Padstow, en la desembocadura del río Camel. Allí se replicará –y no por última vez– el perfil de villa marinera, con el espectáculo al atardecer de las barcas que regresan de faenar a un puerto que, aunque modernizado, no ha perdido su aire tradicional. Las capturas que descargan en los muelles se traducen en uno de los mejores fish and chips de las islas Británicas, el típico plato a base de pescado rebozado acompañado de patatas fritas regadas en vinagre, del que el reputado restaurador Rick Stein ejecuta su versión más sofisticada. La red de establecimientos que Stein ha abierto en Padstow y en otras poblaciones de Cornualles ilustra la reputación de la zona como destino gastronómico del país. Aquí han plantado una pica famosos de los fogones como el chef estrella inglés Jamie Oliver.

Newquai. Donde desafiar las olas

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Donde ponerse las botas y desafiar las olas

El secreto del éxito de la cocina cornish reside en la calidad de la materia prima. No en vano estamos en una región cuyas granjas, por ejemplo, producen la mejor nata del país, esa cream indispensable en los pastelillos de la hora del té. Pero de lo que más alardean los nativos es de haber convertido en vicio nacional una empanadilla rellena de carne, la cornish pasty, que se sirve en chiringuitos de todo el país como tentempié o incluso como almuerzo improvisado. La visita a Padstow en el mes de mayo coincidirá con el multitudiario festival Obby Oss, uno de los más antiguos del Reino Unido y que, a modo de procesión con música y danzas, recuerda la fiesta celta de Beltane que celebraba el inicio del verano.

El reto de desafiar las olas de la costa atlántica ha convertido las playas en torno a Newquay en una meca del surf británico donde se organizan campeonatos internacionales. Punto neurálgico de las comunicaciones, con su aeropuerto, estación de tren y autobús, esta localidad que fuera el primer centro turístico de Cornualles gracias a su localización entre nudillos de acantilados, ejerce de «parada y fonda» con una extensa oferta hotelera.

St Ives. Arte frente al mar

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Arte frente al mar

La niña mimada del litoral norte ha sido desde hace casi dos siglos el bohemio St Ives, un coqueto pueblo de pescadores cuya especial atmósfera fue adoptada en los años 20 del siglo pasado por una colonia de artistas encabezados por la escultora Barbara Hepworth y el pintor Ben Nichols. Estos dos grandes nombres del movimiento abstracto británico y su grupo fueron los pioneros del glosario de galerías y talleres que hoy definen la impronta artística de St Ives.

El jardín escultórico consagrado a los trabajos de Hepworth se suma a la oferta cultural del prestigioso grupo Tate de museos de arte, que tiene aquí una sucursal. Pariente de las Tate Modern y Tate Britain de Londres, la Tate St Ives ofrece grandes ventanales abiertos a la bahía y a tres espléndidas playas que inspiraron las obras expuestas en la galería.

Teatro Minack. Teatro

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En el extremo más occidental de Inglaterra

Durante la temporada alta casi hay que pelear por alquilar una de las casitas de una o dos plantas y minúsculo jardín que se alinean en el frente marítimo de St Ives. Este enclave constituye una deliciosa base desde la que penetrar en el territorio de Land’s End. Se trata del tramo final y profusamente fotografiado de la península que marca el extremo más occidental de toda Inglaterra. Desde la posición privilegiada de este mirador hacia el Atlántico se puede divisar, con buen tiempo, el perfil de las Scilly, un archipiélago de 9 islas (5 habitadas) muy apreciadas por sus playas doradas y aguas cristalinas.

Esta zona de acantilados de granito alberga además el anfiteatro natural de Minack, cuyo escenario al aire libre, construido en 1923 según el patrón de los antiguos teatros griegos, disfruta de un privilegiado telón de fondo: la hermosa bahía de Porthcurno.

Mont St Michel

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El hermano del Mont Saint-Michel

Encarados ya hacia la ribera sur de la península, en Penzance encontramos el único paseo marítimo propiamente dicho de Cornualles y que es célebre ante todo por la panorámica que brinda del Monte St Michael. La fortaleza que se yergue en medio de la arena a modo de isla diminuta –un antiguo monasterio benedictino reciclado en castillo en el siglo XIV– guarda gran parecido con su hermano francés, el Mont Saint-Michel que luce en un islote rocoso de Normandía. Y es probablemente una de las más bonitas imágenes que uno puede llevarse del viaje.

En un acantilado cercano a este pueblo reside el maestro inglés de las novelas de espionaje David Cornwell, más conocido por su nom de plume John Le Carré. Sin embargo, el hijo predilecto de los habitantes de la zona es sir Humphry Davy, cuya estatua en la arteria principal de Market Jew Street lo recuerda como inventor, a inicios del siglo XIX, de una lámpara de seguridad para los mineros. La última de las minas de cobre y estaño, que junto con la pesca jugaron un papel esencial en la economía durante siglos, cerró hace apenas dos décadas; las cicatrices de aquellas explotaciones todavía permanecen visibles en algunos puntos del territorio.

Port Isaac

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La tradición marítima de Cornualles

La costa meridional presenta una configuración más abrupta, con un accidentado perfil de arrecifes, cuevas y entrantes rocosos, asociado hasta el siglo XIX con la actividad de contrabandistas y asaltantes de los barcos víctimas del mar bravo y los fuertes vientos. Guía lumínica esencial para los navegantes ha sido a lo largo de los tiempos la sucesión de faros históricos que flanquean el litoral, como el de Lizard Point (1751), que marca el punto más al sur de todo el Reino Unido. Esa tradición marítima que enorgullece a Cornualles tiene uno de sus mejores relatos en el National Maritim Museum de Falmouth, revestido de roble y vecino de uno de los puertos naturales más importantes de la región.

Unos 50 km de ruta hacia el este, en el estuario de Fowey, una enorme escultura de metal con forma de ave reivindica la figura de Daphne du Maurier (1907-89). La escritora residió gran parte de su vida en esta población, donde situó el siniestro relato Los pájaros, que fue trasladado al cine por Alfred Hitchcok. El escenario que en la novela era sobrevolado por bandadas de aves agresivas es, en el mundo real, un destino favorito entre los londinenses aficionados a los yates y a los restaurantes de pescado. No lejos de allí, en el flanco de una pequeña carretera, la llamada Piedra de Tristán toma la forma de un monolito de 2,6 m que sería el único rastro histórico del mito medieval de Tristán e Isolda y su dramático romance. Otra famosísima leyenda para despedir el periplo por Cornualles.

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