Mediterráneo francés

Côte Vermeille, un viaje inspirador de Cerbère a Collioure

La ruta por los pueblos marineros de la Côte Vermeille discurre entre viñedos y miradores rocosos sobre el mar.

La llanura costera del Golfo de León se convierte en su encuentro con los Pirineos en un entrar y salir de recovecos y acantilados, como si al dibujar el mapa del litoral francés a alguien le hubiera fallado el pulso en el trazo final. Desde el sur de Argelès-sur-Mer, las rojizas estribaciones montañosas entran de golpe en el mar y dan forma a la Côte Vermeille. Tras pasar la frontera española, la carretera de la cornisa lleva hasta Collioure en una sucesión de kilómetros donde se acumulan calas, pueblos pesqueros, viñedos en bancales, antiguas defensas y lugares de memoria histórica.

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Cerbère

Foto: iStock

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Cerbère, la puerta a la Côte Vermeille

El primer pueblo francés en aparecer es Cerbère. Desde la misma vía se divisa el Hotel Belvédère du Rayon Vert, un edificio estilo art déco con forma de buque, de 1932, que transporta a la época en que se inauguraron los pasos ferroviarios internacionales con Francia.

Todo el mar punteado por veleros que se ve desde la carretera forma parte de la Reserva Natural Marina Cerbère-Banyuls, un pedazo de litoral a los pies del macizo de Les Albères que es un auténtico paraíso subacuático. Quien no domine las técnicas del buceo puede descubrir los tesoros de los corales en el Acuario científico del histórico Laboratorio Arago, actualmente, Observatorio Oceanológico de Banyuls-sur-Mer (OOB). El biólogo Louis Boutan lo fundó a finales del siglo XIX. Él mismo logró aquí revelar las primeras fotografías submarinas para así volver de sus inmersiones con algo más que una simple descripción de las maravillas que había visto.

Banyuls-sur-Mer

© Laurent Lacombe / Banyuls-sur-Mer

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Se hace camino en Banyuls-sur-Mer

In Mare via tua, el lema que exhibe el blasón de Banyuls-sur-Mer, es epítome de la Côte Vermeille: «en el mar, tu camino». El fondo dorado con cuatro barras rojas y una barca de vela latina da otra pista histórica del territorio. No fue hasta 1659, con el Tratado de los Pirineos, que estas tierras pasaron a formar parte de Francia. De ahí que, aunque escuchar catalán sea cada vez más difícil, aún se bailen sardanas en las fiestas populares y que las pizarras de los restaurantes anuncien platos catalanes.

Maillol

Foto: Cordon Press

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El arte de Aristide Maillol

Aristide Maillol (1861-1944), escultor, pintor y grabador que nació y murió en Banyuls-sur-Mer (Banyuls de la Marenda), encontró también su camino en el mar, dándole forma de mujer. Nombró a su desnudo femenino más famoso La Mediterránea porque le recordaba su espíritu, «joven, luminoso y noble». Hay esculturas suyas en diferentes rincones de esta localidad marinera, pero para ver esta obra que decora su tumba bajo los cipreses hay que ir a su casa-museo, una antigua masía de piedra a la que se llega por una carretera estrecha llena de carteles indicadores de bodegas del vino dulce de Banyuls (AOC).

Faro de Cap Béar

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Faro de Cap Béar

Barcas catalanas las hay en la bahía de Paulilles, a donde se puede ir en kayak bordeando los entrantes y salientes de la costa. Durante el trayecto se distingue siempre el faro de Cap Béar. Se llega así a una playa de guijarros grises, escoltada por el grueso muro de hormigón con el que los alemanes cerraron el litoral durante la II Guerra Mundial. Allí mismo, se divisa la histórica chimenea de la fábrica de dinamita Nobel, uno de cuyos hangares se ha habilitado como taller de restauración para las embarcaciones de vela latina.

Port-Vendres

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El esplendor de Port-Vendres

Apenas tres kilómetros entre viñedos en talud separan la bahía de Paulilles de Port-Vendres, la otra opción de Louis Boutan para ubicar su laboratorio, pensando en aprovechar las características naturales de su ensenada de igual forma que siglos antes lo habían hecho los fenicios y los romanos cuando llamaron al lugar Portus Veneris. Es un pueblo para hacer el flâneur (pasear sin rumbo y sin prisas) por los muelles.

El puerto vivió su época de esplendor con la conquista de Argelia en 1830, lo que propició la aparición de los primeros hoteles, como el Grand Hotel du Commerce. Todavía hoy por las mañanas se vive el alboroto diario de los pescadores que venden el pescado en singulares puestos de chapa, similares a los de los bouquinistes de libros de París. De aquella época en que las mujeres descargaban a mano toneladas de naranjas en el puerto deja constancia la goleta Miguel Caldentey, un monumento histórico nacido en los astilleros Llompart de Palma de Mallorca en 1913.

Collioure

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Collioure es todo arte

A comienzos del siglo XX, aún había numerosas barcas catalanas –se tiene constancia de 150– amarradas en el puerto de Collioure, adonde Augustin Hanicotte llegó en 1915 tras los pasos de Henri Matisse y André Derain. Como sus maestros, Hanicotte también convirtió la pesca en uno de sus temas pictóricos. En La gran playa pintó toda aquella tradición observada durante los 30 años que vivió en Collioure. Su obra se puede contemplar en el Museo de Arte Moderno de Collioure, junto a pinturas de otros muchos artistas del siglo XX.

Collioure

Foto: iStock

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La historia en una iglesia

Siguiendo un corto sendero en el parque Pams, detrás del museo, se llega a La Gloriette, desde donde se disfruta de una estupenda vista de Collioure. Se ve el puerto, construido en la década 1970 y la iglesia de Notre-Dame-des-Anges, un templo reducido a una escénica torre que se levanta del mar como si fuera un faro. Afinando la vista, se distinguen tres tonos diferentes de piedra que corresponden a diferentes épocas de construcción: la del reino de Mallorca, la del dominio aragonés y, finalmente, la parte erigida bajo gobierno ya de Francia.

Collioure

Foto: Shutterstock

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De castillos va la cosa

A la izquierda se alza el Castillo Real, erigido en el siglo XIII sobre un fuerte romano por los reyes de Mallorca y fortificado en el XVII por Vauban, a quien no le importó destruir la antigua villa para la ampliación del conjunto.

El mirador definitivo de Collioure es la torre del homenaje del Fuerte Saint-Elme. Desde allí se puede apreciar cómo, en Argelès-sur-Mer, la fina línea blanca del litoral pierde su pulso en el trazado para que aparezca la Côte Vermeille, el lugar donde muchos artistas encontraron la luz y otros, como Machado, su último cielo azul.

Cerbère