Un río inspirador

De Cracovia al Báltico en 18 lugares imprescindibles

Un gran viaje por Polonia zigzagueando entre ciudades históricas y paisajes singulares siguiendo el curso de Vístula.

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iStock-1300505022. El Vístula, un río casi sagrado

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El Vístula, un río casi sagrado

Cuentan que una vez aparecieron restos de un naufragio a orillas del Ojo del Mar, el lago glaciar de los montes Tatra, y que sus aguas conectan bajo tierra con el mar. Sea cierto o no, resulta más viable y sugerente alcanzar el Báltico por la superficie, siguiendo el río Vístula y pasando por las ciudades que mejor definen Polonia.

El Vístula es la aorta geográfica e identitaria de este país, y recorrerlo desde su nacimiento hasta la desembocadura supone una manera interesante de ordenar un viaje: arrancar donde empezó todo, en Cracovia, su centro de poder medieval, al amparo de los Cárpatos; continuar hacia el norte, como hicieron los reyes Jaguellón cuando buscaban una nueva plaza desde la que dominar la gran llanura europea, para llegar hasta Varsovia, la capital cosmopolita, pretenciosa y heroica; y terminar en su puerta al mar y al futuro en la siempre díscola Gdansk.

Con todo, el Vístula se considera una especie de pieza sagrada de la historia nacional y, como tal, no se toca. Salvo por los tramos urbanos, es prácticamente un río salvaje, sin presas, no se draga y tampoco se construye en sus orillas. Por eso, quienes busquen hacer un viaje como los de antes, pueden navegarlo casi desde su nacedero. A lo largo de mil kilómetros, el Vístula abre una puerta a los relatos bárbaros de Polonia y a los imperios que la avasallaron, a bosques infinitos y humedales, redes de canales y lagos que son la delicia de los ornitólogos.

shutterstock 1762996823. La niña bonita polaca

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La niña bonita polaca

Cracovia siempre ha sido la niña bonita polaca. Tanto que, cuando el Ejército Rojo avanzaba hacia Alemania a principios de 1945, fue la única ciudad en la que el mariscal Kónev dio la orden de priorizar la conservación de su arquitectura por encima de la táctica, aunque eso pusiera en riesgo la vida de sus soldados. Pero la magia de esta ciudad trasciende las construcciones. Nace de una receta compleja de ambientes iluminados con una luz típicamente difusa y nieblas habituales que ayudan a evocar su Medievo dorado. Y de la mezcla del espíritu tradicional y católico, encarnado en monjas y curas que corretean por el centro como si estuvieran en un pequeño Vaticano, con el ambiente bohemio que aportan artistas y estudiantes, o el aire desinhibido de los visitantes foráneos.

GettyImages-1052396936. Anatomía de una plaza única

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Anatomía de una plaza única

Si existe un monumento que conjuga a la perfección estos atributos superpuestos es la basílica de Santa María. Aquí, Jan Matejko, pintor romántico y estudioso de los episodios nacionales, se atrevió a cubrir de policromías saturadas los muros y bóvedas de este templo gótico, y dio pie a que, luego, Wyspianski y Mehoffer pusieran la guinda con sus vidrieras modernistas. Este universo soberbio aloja el increíble retablo creado entre 1477 y 1489 por el escultor alemán Wit Stwosz –Veit Stoss, según quién lo mencione–, una dualidad que habla de esa Cracovia tradicionalmente mestiza. Con más de 200 piezas de madera de roble es el mayor retablo de Europa, pero destaca sobre todo por el realismo de sus figuras.

La basílica preside un casco viejo perfectamente definido por el anillo verde de 4 km que trazan los jardines de Planty, que sustituyen la vieja muralla pero que siguen aislándolo de lo mundano. Junto al templo, bajo la plaza del Mercado, una excavación arqueológica reconvertida en espectáculo de efectos especiales ayuda a recrear esa Cracovia antigua que quedó enterrada a medida que la ciudad ganaba altura. Aunque basta con entrar al sótano de cualquier taberna para evocarla. En superficie, el paseo que marcan todas las flechas es la Ruta Real, pero la Cracovia que enamora hay que buscarla en sus callejones –Bracka, Kanonicza, Stolarska, Poselska–, en sus cafeterías y en los edificios de su Universidad centenaria, por la que han pasado los hijos más célebres del país.

iStock-598177546. Los otros barrios

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Los otros barrios

Existe un casco viejo alternativo, Kazimierz, menos monumental que Stare Miasto pero que lleva la coquetería a su mejor expresión. Hasta la Segunda Guerra Mundial había acogido el barrio judío, luego quedó medio abandonado y, hace unos años, experimentó un resurgir gracias a negocios artesanos y de productos «bio». El festival de verano de cultura judía junto a los proyectos de rehabilitación de sinagogas y complejos industriales aledaños le han insuflado tanta vida al barrio que, incluso, parece más animado que el centro. De hecho, cada vez tiene menos de alternativo y, para conocer las últimas tendencias de Cracovia, quizá sea mejor acercarse a la zona de Dolne Młyny.

Enfrente de Kazimierz, en la otra orilla del Vístula, se extiende el barrio de Podgórze, donde los alemanes establecieron el gueto en 1941. Allí se encontraba la fábrica de ollas del empresario en el que se basó Steven Spielberg para La lista de Schindler (1993). Las instalaciones de aquella factoría aún se conservan y ahora albergan un interesante museo dedicado a la ocupación nazi de la ciudad.

iStock-938117234. El castillo que emergió de la sal

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El castillo que emergió de la sal

Como si fuera un mediador que pone orden, el Castillo Real vigila en la colina de Wawel. Fue el asentamiento original de la ciudad, desde donde se gobernaron los años dorados de Polonia y donde hoy se exponen las mejores colecciones del patrimonio nacional. Su poderío manaba, en buena parte, del próspero negocio de la sal, que se extraía de las cercanas minas de Wielicka y Bochnia, que hoy se pueden visitar y son una de las salidas más populares desde Cracovia. La sal también nutría de tesoros a la catedral, vecina del castillo, como acredita la gigantesca campana de Segismundo, de más de doce toneladas, que fue fundida en 1520.

shutterstock 1476140417. Los montes más románticos

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Los montes más románticos

A los pies de Wawel ya se podría comenzar el viaje por el Vístula, pero antes conviene buscar sus manantiales montaña arriba para descubrir la Polonia más genuina. Así lo hicieron los románticos del siglo xix cuando temían perder su identidad ante las imposiciones culturales de los imperios ocupantes. Subían hacia los Tatra, los Pieninos y los Beskidy para reencontrarse con la patria, ya que la zona es una de las pocas que conserva dialectos, tradiciones ancestrales y minorías étnicas que todavía sacan pecho de sus diferencias.

El pueblo de Zakopane es el mejor enclave para disfrutar de un banquete montañés. Degustar los curiosos y aromáticos quesos oscypek –de oveja, ahumados y con forma ovalada– puede ser el magnífico preámbulo de una excursión por el Parque Nacional de los Tatra hasta Morskie Oko, el Ojo del Mar. Esta laguna glaciar, envuelta en leyendas, ocupa un valle escarpado que ha servido de campo de entrenamiento a muchos himalayistas.

shutterstock 1142294147. El Dunajec al estilo balsero

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El Dunajec al estilo balsero

Desde Zakopane, en lugar de viajar hasta el mismo manantial del Vístula, hacemos una trampa de aventajados y recorremos su primer gran afluente, el Dunajec, más atractivo que el primer tramo del curso principal. Es un río de montaña que serpentea entre los montes calizos del Parque Nacional de los Pieninos, una extensión de los Cárpatos cuyo pico más alto es el de las Tres Coronas (Trzy Korony), de 982 m.

Un buen plan consiste en hacer noche en el pueblo de Sromowce Wyzne o en el de Szczawnica para visitar los castillos de Czorsztyn y de Niedzica y, al día siguiente, navegar el tramo más famoso de la garganta del Dunajec. Lo más pintoresco es hacerlo en una balsa tradicional de los flisacy (balseros), aunque bajar en kayak y volver en bicicleta permite darse un chapuzón y hacer parada en el Monasterio Rojo, en la orilla eslovaca.

shutterstock 457260967. Gorlice y las iglesias de madera

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Gorlice y las iglesias de madera

Poco antes de la confluencia del Dunajec y el Vístula, un desvío conduce hacia Gorlice, municipio famoso por albergar iglesias de madera típicas de los Cárpatos. Construidas a base de piezas de madera encajadas sin utilizar clavos, sus interiores están decorados con policromías e iconos. Sobresalen las iglesias de Binarowa y Sekowa, ambas católicas, pero las más exóticas se encuentran un poco más allá, en localidades como Owczary o Kwiaton, donde los templos ya son greco-católicos, es decir, de los lemkos o rutenos. Se trata de una minoría étnica de los Cárpatos, con tradiciones y lengua propia, que en la actualidad vive en el sudeste de Polonia, Eslovaquia y Ucrania, y que son los artífices originarios de este estilo arquitectónico, luego copiado por los romanos.

shutterstock 1298899177. Sorpresas camino a la capital

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Sorpresas camino a la capital

Una vez termina el cañón del Dunajec, la carretera serpentea en paralelo al río, poco a poco se abre el paisaje y, ahora sí, llegamos al Vístula para poner rumbo a la capital de Polonia. Este fue el punto de partida de la Operación Vístula-Óder, el asalto final del Ejército Rojo hacia Alemania en enero de 1945. Por eso hay restos de algún puente volado que nunca se reconstruyó y también localidades en las que se echa de menos algún rastro de historia.

Poblaciones como Tarnów y Sandomierz son paradas más que dignas que aún conservan alguna joya en forma de catedral y castillo. La más popular del tramo es la recóndita Kazimierz Dolny, (en la imagen), un pueblo alejado de cualquier puente que poco ha cambiado desde el siglo xvii, y que por eso es uno de los favoritos de los polacos para pasar un fin de semana.

iStock-999988162. El rascacielos invicto

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El rascacielos invicto

En la nueva Varsovia todo gira en torno al inmenso Palacio de la Cultura y la Ciencia, que aunque es la torre más antigua, de 1955, todavía se mantiene como la más alta a pesar de la feroz competencia que ha surgido alrededor. Desde aquí, caminando por la plaza Grzybowski o las calles Sienna y Złota, uno puede encontrar ejemplos de esas tres épocas en una misma manzana.

Y de repente aparece un trozo del viejo y cruel muro del gueto en el que confinaron a los judíos durante la guerra. Seguir sus huellas conduce a espacios tan fascinantes como Polin, un museo que hace justicia a la historia hebrea de Europa, por fin más allá del Holocausto.

iStock-871212564. Una capital resurgida

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Una capital resurgida

Pero la capital tiene alma de ave fénix y, a pesar de todo, puede presumir de un bonito casco viejo. De hecho, lleva el título de Patrimonio de la Humanidad aunque no tanto por su valor monumental como por la proeza de su recuperación: se reconstruyó desde cero a partir de fotografías, valiéndose por cierto de ladrillos de casi todas las ciudades del país que también habían sido arrasadas.

La Varsovia genuina se vive en otros barrios más nuevos. Y es que, entre los pocos palacetes clasicistas y modernistas que se conservaron tras la guerra, surgió primero la ciudad comunista perfecta y luego, en las dos últimas décadas –y es aquí cuando aconteció el tercer «milagro» del Vístula–, una capital radicalmente moderna, de acero y cristal, en la que los rascacielos crecieron como setas, se peatonalizaron calles y malecones, se inauguraron museos y surgieron nuevos negocios.

iStock-1097487690. Varsovia relajada

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Varsovia relajada

Varsovia sangra historia trágica por cada grieta, pero al final se acaba imponiendo su vitalidad, su juventud pretenciosa, el despilfarro de su bonanza económica, sus restaurantes descarados y los clubes siempre llenos. En verano se puede sentir su latido dando un paseo por el nuevo malecón de la orilla oeste del Vístula, a cuyas barcazas se traslada la vida nocturna. También viendo la puesta de sol desde las playas fluviales del margen oriental. O en los conciertos de su festival internacional de jazz.

Otra Varsovia más refinada se congrega los domingos en el parque de los Baños Reales para escuchar al aire libre conciertos de Chopin, hijo célebre de la provincia capitalina, cuyo museo interactivo es un lujo para los sentidos. Por último, vale la pena acercarse a algún restaurante de nueva cocina en los barrios de Mirów o Mokotów y atreverse con las versiones que revolucionan recetas tradicionales que quizá hayamos probado en Cracovia, como las empanadillas pierogi, la sopa zurek o las tortas placki, donde la col, la patata y el cerdo son la base.

shutterstock 1603954957. Un bosque primario único

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Un bosque primario único

A poco más de 200 km de Varsovia hacia el este se encuentra el bosque primario de Białowieza, el último hábitat donde vive en libertad el bisonte, el mayor mamífero de Europa. Esta reserva es un espacio extraordinariamente protegido al que solo se puede acceder con autorización y guía oficial para intentar avistarlos. No es fácil sorprenderlos, especialmente en verano, cuando la vegetación es abundante. Pero el entorno es tan exuberante e hipnótico que merece el viaje incluso sin bisonte.

Białowieza se localiza en la frontera con Bielorrusia, y llegar hasta él ofrece la oportunidad de asomarse a esa Polonia con aroma a Oriente, y en la que a veces aparecen cruces ortodoxas y letreros en alfabeto cirílico. El famoso vodka Zubrówka tiene en esta región su origen.

shutterstock 746433796. El otro pulmón de la capital

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El otro pulmón de la capital

Ponemos rumbo al mar Báltico y, apenas a 20 km de la capital, bordeamos el frondoso Parque Nacional Kampinos. Pocas capitales del mundo pueden presumir de tener tan cerca un ecosistema donde viven lobos, alces, ciervos y linces. Aunque carece de la fama de Białowieza, sus bosques y zonas pantanosas tienen poco que envidiar a la gran reserva de bisontes. El parque de Kampinos marca el inicio del Vístula norte, tierra de caballeros salpicada de ciudades-fortaleza donde el río se hace enorme, a veces huele a mar e impregna a sus gentes un espíritu marinero. A partir de ahora encaramos una de las rutas comerciales más ansiadas por los reyes polacos, que finalmente les daría acceso al mar.

iStock-1310540841. La otra Cracovia

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La otra Cracovia

La parada clave a esta altura del viaje rumbo norte es Torun, la ciudad mejor conservada del país tras Cracovia. A inicios del siglo xv se convirtió en el puerto fluvial polaco más avanzado y, al poco, en el lugar desde el que lanzarían su ofensiva final a Prusia y Pomerania para escribir su Siglo de Oro particular. Fue entonces cuando la ciudad alumbró a su hijo más célebre, Nicolás Copérnico, que como dice la escultura de la plaza del Mercado: «detuvo el sol y los astros, y puso la Tierra en movimiento». Vale la pena visitar su casa natal, dar un paseo reposado por la muralla y probar sus famosas pierniki, galletas de jengibre. Siguiendo la corriente del Vístula, la localidad Chełmno puede ser una bonita parada, y no hay que perderse la fachada urbana de Grudziadz que se asoma al río.

A unos 60 km de la desembocadura, el río se divide en dos y da a luz al Nogat. Seguirlo nos desvía del objetivo final, pero permite alcanzar el castillo medieval más grande del mundo y el que más dolor de cabeza dio a los polacos en su avance hacia el mar: el de Malbork. De hecho nunca pudieron conquistarlo porque estaba preparado para las peores circunstancias, y casi sufría más el que asediaba que el asediado, así que hubo que negociar la rendición. Visitarlo puede llevar horas de buceo por los entresijos de una orden monástico-militar que dejó una huella imborrable en la región.

iStock-628766728 (1). Gdansk en el laberinto

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Gdansk en el laberinto

El delta del Vístula se convierte en un laberinto donde surge la ciudad de Gdansk, con sus fachadas rococó, sus graneros góticos y su icónica grúa de madera. Es la única de las llamadas «perlas del Báltico» que no es capital nacional, pero se siente como si lo fuera. Su época dorada, entre los siglos xiv y xvii, cuando formaba parte de la Liga Hanseática, sus periodos como ciudad independiente en el siglo xix y después en el xx, tras la Primera Guerra Mundial, dejaron un poso que aún se percibe hoy. Sus habitantes tratan a los varsovianos con cierta condescendencia, sabedores de que los reyes polacos prácticamente se postraban ante los gobernantes de Gdansk, ofreciéndoles unas condiciones favorables para que les fueran fieles.

iStock-621603454. Una urbe muy viva...

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Una urbe muy viva...

De su prosperidad habla mejor que nadie el paseo Długa, meca de los artistas callejeros de Polonia. En esta vital avenida se suceden los arcos de triunfo y los palacetes de sociedades mercantiles, hasta llegar al famoso canal del Motława. Aquí brillan los collares de ámbar, zarpan barcos a las playas, y las sedes del Museo Marítimo reconstruyen las glorias de la ciudad. Durante el verano, las islas de los graneros y las plazas aledañas se animan con el centenario Mercado de Santo Domingo, que además de puestos de gastronomía y artesanía, acoge casi todas las noches algún concierto o teatro al aire libre. Es el momento de probar la cocina local, un variado catálogo de recetas marineras que alternan la sopa de marisco, el bacalao y los arenques en sus múltiples versiones.

iStock-1315590491. ...y con mucha memoria

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...y con buena memoria

Pero si algo define a la Gdansk de hoy es su protagonismo indiscutible en la historia del siglo xx. El primero de septiembre de 1939 fue la primera ciudad europea que sufrió la maquinaria bélica de Hitler. Muchos se han esforzado en explicar aquel episodio, pero nadie lo ha hecho con la humanidad de Günter Graas en El tambor de hojalata, lectura insignia de la ciudad, fundamental para entender su época como ciudad autónoma. En recuerdo a este estigma, en 2017 se inauguró un ambicioso museo sobre la Segunda Guerra Mundial, que bien merece media jornada.

 

No muy lejos, en los antiguos astilleros, hay un edificio de acero de 2014 que recuerda a los barcos que se producían aquí para el mundo entero hasta hace pocos años. Es el Centro Europeo de Solidaridad, o sea, el museo del sindicato obrero que prendió una mecha que acabaría haciendo estallar el régimen comunista en Europa. Un final memorable para este viaje por Polonia.

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