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Cuando Hemingway disfrutó de los boques, acantilados y mareas cambiantes vascas de Urdaibai

Todavía es posible seguir las huellas del famoso escritor a través de este territorio declarado en 1984 como Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1984.

Amanece en el puerto de Bermeo y nadie se acuerda de Hemingway. En los amplios muelles de piedra que se extienden hacia el mar Cantábrico hay un gran globo terráqueo dedicado a los bermeanos que participaron en la primera Vuelta al Mundo y una enorme ola de acero en cuya base se lee “Bermeo, mi querido pueblo, eres la impresionante fuerza de una gigantesca ola”. Sin embargo, no hay nada, ni un rótulo, ni una escultura, ni una placa, que permita adivinar que, tiempo atrás, uno de los mayores escritores del siglo XX recorrió estas tierras y se fotografió junto a las mismas aguas que ondean hoy en el puerto.

puerto de Bermeo

Foto: Shutterstock

Hemingway visitó Euskadi por primera vez en 1923 junto a Hadley Richardson, su primera esposa. Desde aquel viaje inicial, “the Basque Country” (tal y como él lo llamaba) se convirtió en una de sus grandes fuentes de inspiración. En 1926 terminó el primer borrador de su novela Fiesta en San Sebastián. En 1960 acabó El verano peligroso, su último libro, en Bilbao. Sus visitas a Pamplona y a las principales ciudades vascas son vastamente conocidas y han aparecido en muchas de sus obras. Pero, ¿qué hay del tiempo que pasó entre los bosques, los acantilados, los puertos pesqueros y las mareas cambiantes de Urdaibai?

 

Seguir viajando

Al otro lado de la Ría de Mundaka, más allá de la playa de Laida y en pleno corazón del barrio de Kanala, la historia de esos viajes ha encontrado refugio en uno de los caseríos más hermosos de la zona: el Hemingway Kanala House. Esta casa rural ofrece a los viajeros la oportunidad de alojarse en una de las mejores localidades de la Reserva de la Biosfera y de descubrir la relación que Ernest Hemingway tuvo con esta tierra de salitre y verde.

Hemingway Kanala House
Caserío de Hemingway Kanala House, ubicado en el barrio de Kanala | Foto: Hemingway Kanala House


HEMINGWAY KANALA HOUSE

La primera estancia del caserío, que conserva la estructura original del edificio tradicional vasco pero que ha sido completamente remodelado por dentro, es un salón repleto de fotografías del escritor durante sus viajes a Vizcaya: Hemingway sosteniendo una cesta de mimbre de cesta punta, Hemingway junto a un barco de pesca, Hemingway rodeado de amigos… Luego, las escaleras conducen a varios apartamentos decorados en base a diferentes elementos de la vida del escritor: el loft Lagunak está dedicado a sus amigos vascos, el loft Andreak a sus cuatro esposas, el loft Cuba a sus años en la isla y el Liburuak a algunas de sus obras.

Las impresionantes vistas a la ría, el sonido del mar y de los pájaros, la imagen de los montes cayendo sobre el agua y reflejándose en la brillante superficie cautivan la mirada de los huéspedes del Hemingway Kanala House de la misma manera en la que enamoraron a Ernest Hemingway a mediados del siglo pasado. 
Mertxe Begiristain, Irune Bilbao y Jon Gorroño Begiristain decidieron convertir el caserío en el Hemingway Kanala House cuando descubrieron que está ubicado en uno de los lugares clave del recorrido que el escritor hizo por Urdaibai. De ahí que sea el punto de partida perfecto para iniciar el viaje tras los pasos de Hemingway por estas tierras.

Comedor con vistas a la ría de Mundaka
Comedor con vistas a la ría de Mundaka | Foto: Hemingway Kanala House

La iglesia de Hemingway

La primera parada de la ruta está a pocos pasos de Hemingway Kanala House, en la pequeña iglesia de Kanala. Ahí vivió y ofició misa desde 1924 uno de los vascos más importantes de la vida de Hemingway, su amigo Andrés Untzain. Tras presenciar el bombardeo de Gernika, el cura se vio obligado a abandonar Euskadi y huir a Cuba. Fue allí donde conoció al escritor, muy probablemente en uno de los encuentros de pelotaris de jai-alai de la comunidad vasca establecida en La Habana, con quienes Hemingway tenía una estrecha relación.

La amistad entre Hemingway y Untzain, a quien el escritor llamaba “Don Black” por vestir siempre sotana negra, duró prácticamente dos décadas. Tal y como escribió Hemingway en una carta en 1954, el cura se convirtió en su “manager espiritual” y en su confesor. De ahí que durante sus viajes a Urdaibai, Hemingway visitara la iglesia de Kanala. 

Fotografía de Hemingway junto a sus amigos vascos.
Fotografía de Hemingway junto a sus amigos vascos.

La verdad de GERNIKA

El siguiente punto imprescindible para Hemingway fue la ciudad de Gernika. Hemingway no estuvo en Gernika durante la Guerra Civil, sin embargo, esta localidad siempre tuvo una importancia especial para él. Durante su discurso en el Congreso de Escritores Americanos celebrado en Nueva York en 1937, el autor señaló el bombardeo de Gernika como perfecto ejemplo de la “mentira fascista” y en una carta enviada a la madre de su segunda esposa en febrero de 1939, escribió: “Ahora están haciendo un grandísimo esfuerzo para difundir que Franco jamás bombardeó Gernika… Bueno, yo no estuve en Gernika, pero estuve en Mora del Ebro, Tortosa, Reus, Tarragona, Sagunto y muchas otras localidades cuando Franco hizo exactamente lo que ahora niega haber hecho en Gernika. Pero, ¿de qué va esto ahora?”.

Andando no solo tras sus pasos sino también tras los de sus descendientes, se llega al gran mural de cerámica del Guernica de Picasso ubicado cerca del Parque de los Pueblos de Europa. En 2016, el nieto del Premio Nobel, John Hemingway, visitó Urdaibai repitiendo el recorrido que tiempo atrás había hecho su abuelo y, frente a este mural, leyó la famosa carta enviada por Hemingway en 1939, como homenaje a la verdad que siempre había defendido el escritor de Por quién doblan las campanas. 

John Hemingway en Gernika
John Hemingway, nieto de Ernest Hemingway, leyendo una carta que escribió su abuelo junto al mural del 'Guernica' de Picasso en Gernika.

Unos años después, en marzo de 2021, el Museo Euskal Herria de Gernika inauguró la primera exposición dedicada a dar a conocer el vínculo que el escritor estadounidense tuvo con las gentes y la cultura vasca. La muestra incluía objetos, audiovisuales, escritos, fotografías y curiosidades que daban testimonio de lo crucial que fue Euskadi en la vida de Ernest Hemingway. 


BUSTURIA

Avanzando en la ruta, se llega al palacio Txirapozu, casa del pintor José María de Ucelay, a quien Hemingway conoció en el París de entreguerras. En 1956, Hemingway posó para un cuadro de Ucelay titulado Conversation Piece, Just Leisure (Escena de conversación, ocio), en el que el escritor aparece junto al marino Juan Duñabeitia. Al parecer, fue el mismo Hemingway quien le pidió a Ucelay que realizara aquella pieza para inmortalizar su amistad con Duñabeitia. 

En 1959, el escritor paró en el palacio Txirapozu para conocer la majestuosa residencia en la que vivía el artista y coincidió con él por última vez. El palacio, al ser una propiedad privada, no se puede visitar, sin embargo, el cuadro sí se puede ver en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, en el que está expuesto desde 1985.


'Conversation Piece, Just Leisure', cuadro de José María de Ucelay en el que aparecen Hemingway y su amigo Juan Duñabeitia.
'Conversation Piece, Just Leisure', cuadro de José María de Ucelay en el que aparecen Hemingway y su amigo Juan Duñabeitia

La despedida de MUNDAKA

Desde Busturia, las huellas de Hemingway conducen a la pequeña ciudad de Mundaka, de cuyas espectaculares vistas al mar y a la isla de Izaro disfrutó el escritor en más de una ocasión. Hemingway acudió a Mundaka por última vez en 1959, después de conocer la noticia de que su amigo Don Black había muerto. El escritor quedó en el famoso Casino de Mundaka con el sobrino de su “manager espiritual”, que lo acompañó hasta el cementerio y le mostró la tumba bajo la cual descansaba el que había sido uno de sus mejores amigos vascos.

Andrés Untzain murió de un ataque al corazón en 1955, dos años después de haber regresado a Euskadi tras su exilio. Ante la fría lápida del cementerio, entristecido y conmocionado por la pérdida, Hemingway rezó y le dedicó unas palabras de despedida a su compañero. 

La ermita de Santa Catalina de Mundaka sobre los acantilados
La ermita de Santa Catalina de Mundaka sobre los acantilados | Foto: Shutterstock


Un helado en BERMEO

La última parada que hizo Hemingway lleva de vuelta al puerto de Bermeo. Después de haberse despedido de Don Black, el escritor continuó el camino hasta llegar al pueblo. Allí detuvo el coche para andar por los muelles y probar uno de los deliciosos helados de la Heladería Pereira. Contempló una vez más el mar Cantábrico, el cabo de Ogoño a lo lejos, las olas embravecidas, los barcos de los pescadores. Respiró, por última vez, el aire salado y fresco. 

De aquel viaje final a lo que para Hemingway fue una tierra de amigos e inspiración queda la curiosa fotografía que le hicieron en el muelle de Bermeo, junto al carrito de los helados, en octubre de 1959. Un Hemingway mucho más curtido y serio que aquel que aparece en las fotografías que decoran el salón de Hemingway Kanala House mira a la cámara. En sus ojos, oscuros y sabios, se adivina la intensidad que dejó impregnada en su literatura. La misma intensidad que el autor halló en los altos bosques y la impredecible marea de Urdaibai.