En profundidad

La cueva de Asturias donde iniciarse a la espeleología y descubrir un fósil de era glaciar

La visita a La Peruyal, en Avín, es una aventura bajo tierra que tiene como meta descubrir un esqueleto de más de 45.000 años.

La cita, previa reserva en la web de la Cueva Peruyal, es en el Cámping Picos de Europa, un establecimiento referente en el concejo de Onís. Allí espera Pablo, un experimentado guía de aventura que facilita a todos los participantes -un máximo de ocho- el equipamiento para realizar la visita con seguridad, consistente en un mono y luz frontal. En cuanto el viajero se ve ataviado con esta indumentaria naranja ya anticipa una experiencia auténtica y diferente. También exclusiva, y no por su precio (desde 25€) sino por lo singular que resulta. No todos los días se explora una cavidad con el espíritu, las herramientas y la referencia de un espeleólogo y no todos los días se puede observar tan de cerca y en tan buen estado un fósil de la era glaciar.

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Foto: Onofre Alonso

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Un acceso inesperado (y accesible)

Tras un breve trayecto en una furgoneta en el que se atraviesa el pueblo de Avín y se conquista uno de esos caminos de montaña estrechitos y hormigonados, una pequeña paridera marca el punto de estacionamiento. Allí, el visitante termina de mutar en espeleólogo calzándose los guantes y el casco y comienza un curioso andar hacia la entrada de la cueva. Un pequeño cartel al lado del camino indica la dirección, la única certeza de su existencia que en ese momento se tiene ya que la panorámica que se abre ante los ojos es la de una bucólica postal casi alpina. Caminar con este outfit sobre la hierba virgen regala una escena un tanto apocalíptica, pero rápido se llega hasta la entrada: una profunda sima con aspecto de cenote. Aquí se encuentra el único elemento artificial y universal instalado para su visita: una escalera metálica que da acceso hasta la puerta de entrada, donde otra escalera (esta vez de caracol) introduce a los visitantes hasta las profundidades. Las luces frontales se encienden, la oscuridad apenas atemoriza mientras que las concisas explicaciones de Pablo, el guía, apacigua cualquier atisbo de miedo. 

Peruyal 19 07-12

Foto: Adrián Álvarez Vena

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Ante todo, una cueva

Los primeros pasos sobre los suelos arcillosos de la galería son sencillos e, incluso, reconfortantes para el más tembloroso. La Peruyal no es la cueva más bonita del mundo, pero sí que tiene todo lo que el imaginario de un viajero medio atesora sobre estas cavidades: estalagmitas, estalactitas, bóvedas, grandes rocas precipitadas y hasta la presencia de un lecho que en invierno se llena de agua. La única presencia de la luz del frontal multiplica esta sensación casi de intimidad. Su principal atractivo es ese: el crear rápidamente una conexión con todo tipo de visitante. A todo ello ayuda la labor de Pablo, quien no solo se afana en explicar cada especificidad geológica, sino que acompaña su explicación con restos de animales con los que empieza a dar pinceladas sobre la guinda de este recorrido: el fósil. Pero antes de caer en ningún spoiler, el paseo aún regala pequeños tramos de escalada acompañados de una cuerda, de pasos en cuclillas y de regateo de rocas. 

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Foto: Adrián Álvarez Vena

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Teorías y contextos

La interactividad y el rigor es la clave del éxito del discurso de Pablo. Entre galerías y cavidades, logra explicar con sencillez datos que luego resultarán definitivos. Mediante los restos fósiles de animales que han perecido en esta sima ejemplifica el hecho de que los herbívoros y omnívoros sean los animales más proclives a caer en este tipo de cuevas ya que carecen de visión periférica. También aprovecha para introducir al visitante en la historia de la espeleología, ya que los primeros exploradores de La Peruyal fueron unos investigadores británicos en 1973 que, buscando maravillas geológicas anexas al macizo de Picos de Europa, dieron con este lugar. La labor de estos pioneros es hoy en día clave para desentrañar por qué este macizo es considerado el Himalaya bajo tierra (por su calidad y cantidad de cuevas) y, también, fue muy relevante para esta cavidad ya que hallaron los restos de lo que consideraron que era el esqueleto de un burro pequeño. Pero aquel hallazgo era mucho menos anecdótico que aquella primera teoría. 

 

 

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Foto: Adrián Álvarez Vena

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Primero burro, después oso de las cavernas y al final...

Y por fin se llega a la traca final, el fósil prometido, el hallazgo que ha hecho de La Peruyal una cueva singular. Recostado en una pequeña hornacina natural espera el esqueleto, casi intacto de lo que aquellos británicos creían que era un pequeño burro. La creencia popular, y también la evidencia de otros restos en otras grutas de la región, hizo que durante décadas se pensara que se trataba de un oso de las cavernas. Durante años, esa teoría cuajó por lo inaccesible del lugar y porque, cuando en los últimos años del franquismo Emiliano Aguirre, quien dudaba de que fuera este emblemático animal, quiso estudiar este hallazgo llevándolo a Madrid, los vecinos se opusieron mediante protestas y cortes de carreteras. El oso era de Avín. Y allí se quedó muchos años. 

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Foto: Adrián Álvarez Vena

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...el entrañable 'osorrino'

La explicación frente al fascinante fósil se alarga y se hace cómoda gracias a lo acogedora que resulta la galería y al discurso del propio Pablo. Es entonces cuando se da la fecha definitiva, la del año 2000, cuando la arqueóloga Ana Pinto quiso estudiar aquel oso tan bien conservado. Tras estudiar evidencias como la forma de su craneo y la antigüedad de los restos, concluye que se trata de un Rinoceronte de pradera que se calcula que falleció hace 45.000 años. Su perfecto estado de conservación se explica porque pereció en una pequeña charca y el agua barnizó el cuerpo con carbonato cálcico. También se sospecha que esta cría (murió cuando tenía entre 18 y 24 meses) comió mucha tierra en sus últimos días, lo que permitió que sus tripas se solidificaran y se puedan contemplar con tanta nitidez. 

Tras estas conclusiones, el ayuntamiento quiso turistificar la zona aprovechando las obras que se habían realizado para facilitar la entrada a los expertos. Entonces llegó la crisis de 2008 y, cuando se volvió a sacar a concurso público, la solución ganadora y que exigía menor solución es la que hoy se puede disfrutar. Una serie de casualidades que han desembocado en una de las experiencias más singulares que se pueden vivir en Asturias. Y es que, a la experiencia de sentirse espeleólogo y paleontólogo por un día hay que añadirle el magnetismo del osorrino, nombre con el que los más pequeños bautizaron al fósil. Un nombre que, casi sin querer, sintetiza la historia de este yacimiento que entre el acerbo local y el interés de los expertos se ha convertido en una visita única. 

 

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