In Memoriam

Deià: el destino secreto de Julio Cortázar

Este bello pueblo de Mallorca no solo fue el lugar que escogió Robert Graves para vivir, también fue el refugio veraniego del novelista argentino en la década de 1970.

Pasamos la vida tratando de no olvidar hasta que un día el olvido resulta irremediable y, entonces, se van borrando las circunstancias biográficas que nos permitieron vivir. Cuando di con Carlos Meneses (Lima, 1929) en su casa de Palma de Mallorca, llevaba tiempo apurando el ya débil rastro de su memoria. Fue su mujer quien me invitó a pasar, avisándome que no recordaba apenas nada de los años pasados, pero que fuera de todos modos, que con Coco ella y todos los amigos le llamaban así cariñosamente nunca se sabía, que igual de pronto le llegaba algún destello, un fulgor o una chispa, del que poder salvar algún recuerdo. 

 

Carlos Meneses era uno de los últimos conocedores de los veranos mallorquines de Julio Cortázar en Deià. El periodista peruano, residente en Mallorca desde 1964, especializado en literatura sudamericana y en el paso de escritores como Jorge Luís Borges por la isla, fue el único que entrevistó al astro argentino con vida durante una de sus últimas estancias isleñas. Fue aquella ocasión en la que Julio Cortázar tuvo un tira y afloja con un paparazzi de la revista Interviú, tras haber acudido una tarde a la cala de Deià a refrescarse. Y debía hacer calor, porque por aquel entonces bajar a la cala era más o menos fácil. Lo duro era subir después la cuesta, más cuando todos los integrantes de aquella expedición playera eran fumadores empedernidos. Pero el caso es que bajaron a la cala y allí la poeta Cristina Peri Rossi se bañó haciendo topless. Los fotógrafos de la revista le sacaron algunas fotos con teleobjetivo y aparecieron publicadas con el título “las tetas de Julio Cortázar”. Era la década de 1970 y unas tetas podían ser noticia, más si al lado aparecía un famoso escritor que por entonces vivía con frenética intensidad su activismo político; pero, ¿en qué año y mes y día sucedió todo?

 

La visita a Carlos Meneses me dejó la misma sensación que Michael Jacobs describió en El ladrón de recuerdos (Ed. La Línea del Horizonte) de su encuentro con Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias: él también tenía ese mismo aspecto de entre ligero enfado y cierta perplejidad que mostraba el Nobel en sus últimos días, como si ambos se desentendieran por momentos de un mundo que les comenzaba a molestar. A pesar de ello, Carlos Meneses trató de ser amable, trató de recordar y algo recordó, arrancó algunas briznas del pasado, de cuando Julio Cortázar pasó por aquel mismo salón de visita, lo alto que era, la relación imposible con Cristina Peri Rossi. Lo que no logró recordar fue la fecha exacta que yo andaba buscando.

 
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Deià

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Deià: Un belén isleño

Llegando por carretera, tras dejar atrás campos de olivos que se asoman junto al arcén, aparece Deià, aupado sobre la colina, con sus casas ocres apiñadas casi en vertical como si alguien hubiera decidido ocupar la menor superficie posible de tierra. Lo corona la zona de Es Puig, con la iglesia y el cementerio antiguo. Entre los tejados, despuntan cipreses, naranjos, limoneros y alguna que otra palmera. Cuando Santiago Rusiñol llegó aquí en 1893 le pareció un belén. En pleno corazón de la Serra de Tramuntana, que justo cumple este año su décimo aniversario como Patrimonio de la Humanidad, y a la sombra de la montaña del Teix, Deià se convirtió con el paso del tiempo en un pueblo de aire bohemio y cosmopolita que atrajo a un buen número de escritores. Se nota aún en el ambiente. Hay cierta vibración en los detalles y en la decoración de los restaurantes, tiendas y hoteles. Es de esa clase de lugares donde cualquiera se quedaría a escribir con gusto frente a una ventana, siempre y cuando tuviera algo que valiera la pena contar, claro.

El paraiso

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El Paraíso (si lo puedes resistir)

Quien sí tuvo mucho de lo que escribir fue Robert Graves.“Mallorca es el paraíso, si puedes resistirlo”, le había dicho Gertrude Stein en 1929, justo antes de que el escritor se despidiera de Inglaterra y de toda una vida. Buscaba un lugar donde volver a comenzar, donde sentir el contacto místico con la naturaleza. Olvidar para comenzar. Olvidar las complicaciones del amor y el tedio de la rutina. Olvidar también los rigores de la Primera Guerra Mundial, donde luchó como soldado. Ese lugar para él fue Deià, el lugar donde escribió Yo, Claudio (1934), La diosa blanca (1948) y muchos de sus poemas célebres. Escogió una casa a las afueras del pueblo, la rehabilitó y la llamó Can N’Alluny (algo así como Casa Lejana). La casa-museo cae hoy justo en la carretera que va a Sóller, muy cerca del hotel de lujo La Residencia, de la cadena Belmond. Enfrente del acceso, pasan los cicloturistas que quieren atacar las curvas de la Ma-10 hasta el Cabo de Formentor.

 

Por aquellos tiempos, sacaban el agua de un pozo y plantaron un huerto, abrió ventanas al mar, vistió pantalones cortos y sandalias, dejó sus legendarios cabellos blancos al viento y fue feliz hasta que la Guerra Civil, y más tarde la II Guerra Mundial, lo sacó de allí. Fueron diez años de añoranza hasta que finalmente pudo volver. Hoy, gracias a la labor de la Fundació Robert Graves que cuida de su legado, parece que uno pueda encontrárselo en su despacho, en la imprenta o en el huerto, cuidando de sus tomates, de sus limones y de los melones. Hoy, ese museo es un pulso lanzado al olvido.

 
los veranos de Cortázar

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Los veranos mallorquines de Cortázar

Otra poeta que acabó llegando a Deià tiempo después fue la nicaragüense Claribel Alegría. Lo hizo junto a su esposo Darwin ‘Bud’ Flakoll. Se compraron una casita en el centro del pueblo y ‘Bud’, que parece ser que tenía buena mano y buen ojo para estos menesteres, la reformó. En aquella casa los actuales dueños la siguen llamando Can Blau, fue precisamente donde llegó por primera vez Julio Cortázar con su primera esposa, Aurora Bernárdez. Luego lo fue haciendo otros veranos, uno de ellos, con la uruguaya Cristina Peri Rossi. Siempre Mallorca como un rincón donde descansar, la alternativa a su querido Saignon de la Provenza. 

 

En su extensa correspondencia aparece Deià mencionado una decena de veces, pero su frase más memorable en referencia a Mallorca es una que escribió en una postal a su amigo Ricardo Bada: “Tomo sol y vino blanco en las Baleares”. Se la podría tomar prestada Turisme de Illes Balears para su próxima campaña de promoción por la síntesis que hace de un verano perfecto. Pero en Mallorca, Julio Cortázar hacía muchas más cosas que tomar sol y vino blanco en la casa de su querida amiga Claribel Alegría. También tocaba la trompeta y, sobre todo, escuchaban jazz, mucho jazz, a los grandes, a Thelonius Monk, Charlie Parkers, Miles Davis, en noches que tenían mucho de liturgia. Lo recordaba con nostalgia y emoción su amiga en el libro Mágica tribu (Ed. Berenice). También lo recordó Cristina Peri Rossi en Julio Cortázar y Cris (Ed. Cálamo). Ésta recordaba en un capítulo que dedicó a aquellos veranos cómo todos celebraron el triunfo de la revolución nicaragüense (1979) en la terraza llena de plantas y flores de la casa. Tal vez Can Blau fue uno de los primeros lugares de España donde llegaron noticias de la pronta caída del régimen de Somoza. 

 
cala de Deià

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La cala del topless

Recuerdos, remembranzas y semblanzas van tejiendo el pasado, pero cuando la tramontana sopla fuerte parece capaz de borrarlo todo, de deshacerlo todo, como si el viento fuera el propio olvido de todo. Así los pueblos de la sierra viven entre el pasado y el presente, entre el recuerdo y el olvido, según sople o no el viento. A quienes han conocido la tramontana les sucede igual, saben que la memoria es lo que queda después de un día de viento. Por eso Cristina Peri Rossi dejó por escrito sus recuerdos en Julio Cortázar y Cris y una vez en forma de libro, descansó y, finalmente, ella misma decidió olvidar porque cansa responder siempre a las mismas preguntas.

 

En aquel libro ella rememoró cómo solían bajar a la cala de Deià, que para ello había que atravesar un largo camino plagado de rocas, arbustos, piedras, piedrecitas, helechos y “numerosos accidentes geográficos”, como según parece que decía el propio Julio Cortázar en broma. Que una vez en la arena hoy en cambio no hay arena y sí grandes bolos redondeados y pulidos se sentaban a la sombra del único chiringuito que había entonces. Que un día, les siguieron los fotógrafos de Interviú hasta la cala y que les hicieron fotos a él y a ella, que andaba en topless, porque pensaban que era su nuevo amor. Que ella tuvo ganas de demandarlos, pero que él le dijo que total se tenían que ganar la vida de alguna forma y que, además, a él le gustaría que, efectivamente, fuera así, que ella fuera su nuevo amor.  

 

Eso debió suceder el verano en el que Carlos Meneses entrevistó a Julio Cortázar en el piso de Palma de Mallorca donde yo lo visité. Porque sí recordó que en aquel entonces llegó acompañado de Cristina Rossi Peri, pero no logró recuperar del olvido cuándo fue exactamente. Ella tampoco estuvo por la labor de recordar la fecha exacta cuando la contacté tras mi encuentro con Carlos Meneses. De salud delicada y preparando una antología de sus cuentos y poemas, la poeta me dijo que no tenía nada más que agregar a lo ya escrito. Mejor decir que todo aquello sucedió un dulce verano mallorquín de los años setenta del siglo pasado...

 
Son Marroig

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Son Marroig y un sueño realizado

“Y si ahora rememoro en una costa mallorquina digna del castillo de Don Gaspar, es porque todo se ha vuelto de nuevo infancia desde ayer por la tarde a partir del instante en que me fue dado ver, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador cerca de Deyá, el rayo verde”. Con cinco kilómetros de costa escarpada, Deià tiene además de su cala y de Llucalcari, el paisaje de Sa Foradada y Son Marroig muy próximos. O lo que es lo mismo, Deià tiene el privilegio de ser seguramente el único escenario español que aparece mencionado explícitamente en la extensa obra de Julio Cortázar, porque allí se sintió otra vez como un niño. Apareció en un cuento que tituló ‘Un sueño realizado’, incluido en el libro ‘Papeles inesperados’, obra póstuma editada por Alfaguara en 2009.


Se refiere Julio Cortázar en el texto al rayo verde de la novela de Julio Verne, ese efecto óptico que es tan difícil de ver porque se produce sólo bajo unas muy determinadas condiciones atmosféricas. Pero cuando ocurre, se ve como un fulgor, una chispa intensa que tiene, en definitiva, la misma cualidad epifánica que sólo tienen los recuerdos fijados por la emoción. 

 
Tumba de Robert graves

Foto: José Alejandro Adamuz

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una tumba, todas las tumbas

Tal como se puede ver en su sencilla lápida, Robert Graves murió en 1985. Un año antes, murió Julio Cortázar en París. Por aquel entonces, Claribel Alegría ya no vivía en Deià y aquellos días de verano mallorquín eran ya sólo recuerdos. Ella voló desde Managua a su funeral, pero como explica en Mágica tribu, llegó tarde. Cristina Peri Rossi, en cambio, decidió no ir al entierro. Según explicó en su libro, prefería recordar a Julio Cortázar vivo, eternamente joven, viajero, sano y sólo “a veces un poco melancólico”: también el olvido y el recuerdo pueden ser una elección propia, a no ser que sea uno de esos olvidos definitivos que te alejan de ti mismo que padeció Carlos Meneses (In Memoriam).

Deià