Destino de aventura

Descubriendo la Ruta Jardín sudafricana

Recorrer este itinerario por el litoral más meridional de África convierte al viajero en un auténtico explorador de la naturaleza.

Entre Puerto Elisabeth y Ciudad del Cabo (o viceversa), en el litoral sur de Sudáfrica, se encaja la Ruta Jardín (reconocida como Reserva de la Biosfera por la Unesco en 2017). Un recorrido de 749 kilómetros flanqueado por un océano, que parece un cerveza de grifo mal tirada, y montañas, en el que se suceden un estuario, playas de dunas, acantilados y bosques de acacias, pinos y eucaliptos.

Un paisaje de color azul, verde, dorado y pardo, salpicado de pueblos de inspiración holandesa y animadas localidades costeras que invitan a hacer un alto en el camino. Paradas en las que se puede disfrutar de la gastronomía local, avistar ballenas jorobadas y francas australes y practicar deportes tan dispares como el golf y el salto al vacío desde un puente en un valle profundo. La Ruta Jardín es una joya turística sudafricana que hay que recorrer sin prisa.

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Puerto Elisabeth

Es una ciudad costera en la que en su centro urbano hay edificios del siglo XIX y XX. Son austeros y de corte europeo. Por aquí pasaron los portugueses y los holandeses en el pasado. Desde su puerto zarpan embarcaciones de recreo con turistas abordo con la ilusión de avistar ballenas jorobadas, delfines y pingüinos. Estos últimos toman el sol en las rocas de varios islotes que flotan en aguas del Índico. Los urbanitas pueden darse una vuelta por el barrio de Stanley y visitar Werk (en Alabaster Road, en el South End), un espacio multifuncional en el que hay restaurantes, cafés y espacios de trabajo.

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Parque Nacional Tsitsikamma

El Parque se acomoda a orillas del Índico, en la desembocadura del río Storms. Incluye zonas de costa y montaña que se pueden recorrer por senderos señalizados. Rutas en las que sus hitos son cascadas, cuevas y miradores desde los que contemplar el bello entorno natural. Una de las atracciones del parque son sus puentes suspendidos sobre un agua que tiene como patrimonio a la fauna marina: nutrias, focas, delfines y ballenas.

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George y Bahía Mossel

El interés de este sitio, y los alrededores de la bahía Mossel, es histórico. En 1498 el navegante portugués Bartolomé Díaz arribó en estas costas, tras doblar el Cabo de Buena Esperanza. El trasiego de las expediciones que iban y venían de India y el Lejano Oriente convirtió el lugar en un punto muy popular entre los marineros. Muchos de ellos dejaban cartas a sus familias en un zapato bajo un árbol, que posteriormente otros navegantes llevaban de vuelta a Europa. Ese árbol-buzón y una réplica de la embarcación del Bartolomé Díaz se puede ver en el museo que lleva su nombre. Hoy este lugar lo copan jubilados ingleses, holandeses y alemanes amantes del golf.

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Swellendam

Si los portugueses se quedaron en la costa sudafricana, los bóer (agricultores holandeses) marcharon tierra adentro. Desde el siglo XVII levantaron granjas y pueblos, como Swellendam. Una pintoresca localidad que te traslada a los Países Bajos, a unos dos cientos kilómetros de distancia de Ciudad del Cabo. Se encuentra en una zona donde la tierra es dorada y lista para cultivar grano. El restaurante local Powell House nos brinda la posibilidad de probar un plato que se llama Boboeti, una especie de lasaña de avestruz.

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Hermanus

“¿Has visto a la ballena?”, posiblemente sea la pregunta más repetida en Hermanus, el mejor destino terrestre de observación de cetáceos en el mundo. Las ballenas francas australes se dejan caer por la costa de este pueblo atlántico entre junio y diciembre. En esos meses es cuando estos leviatanes se alimentan, se reproducen y crían a su prole. Espectáculo que se puede avistar sentado tranquilamente en un banco del paseo marítimo. No es raro que con cada vistazo que echamos al agua avistemos uno de esos grandes mamíferos marinos saltando, asomando el lomo, la cola, o expulsando vapor de agua por su espiráculo.

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Cabo de Buena Esperanza

Hay un punto en la Ruta Jardín en el que las aguas del Índico y Atlántico se arremolinan. No es el Cabo de Buena Esperanza, sino el cabo de las Agujas, el punto más meridional de África. El primero, el de Buena Esperanza, era tan complicado doblarlo que los navegantes portugueses hacían escala en Ciudad del Cabo para abastecerse y mentalizarse. Con razón se le conocía como el Cabo de las Tormentas en el siglo XV.

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Ciudad del Cabo

Parada final o comienzo de la Ruta Jardín. También aquí echó a andar la democracia sudafricana en abril de 1994, después de que el exconvicto Nelson Mandela ganara las elecciones generales. La ciudad está divida por una montaña con dos picos: Signal y Devils. Desde la cumbre del primero de estos picos se puede ver la isla de Robben, donde estuvo preso Nelson Mandela. Hoy es uno de los lugares más visitados del país. Más mundana y divertida es la zona de la Marina, la vanguardista Camps Bay y la descarada Long Street, en la que los hoteles, restaurantes, bares y tiendas han encontrado acomodo en los edificios victorianos que en su día dieron lustre a esta calle. No está de más darse una vuelta por el barrio musulmán, Bo-Kaap. Un lugar en el que los holandeses instalaron a los esclavos que trajeron de Indonesia y Sri Lanka.

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Descubriendo la Ruta Jardín sudafricana

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