Un micromundo pirenaico

Doce direcciones que demuestran que el Valle de Arán es mucho más que Baqueira Beret

Pueblos de tejados negros y un entorno natural en el que han forjado su personalidad proponen un espectacular viaje por el valle que recibe más nieve de los Pirineos.

A finales de otoño, ansioso, sin esperarse siquiera al invierno astronómico, Val d’Aran (nombre oficial de esta comarca leridana) se arropa con un lienzo blanco que la cubre por completo. Cae la nieve en copos volanderos que parecen de muesli y tapan soberbios paisajes verdes durante el siguiente medio año. Se cubre el valle de un glaseado que lo transforma. Pasa de unos prados deslumbrantes de esmeralda y unas montañas de color hierro a una fina capa de agua solidificada que, de manera singular, provoca que Arán se active. Seguramente, en ningún otro sitio de la cordillera pirenaica es tan válida la metáfora de oro blanco. Aquí la economía se engrana con la llegada del «mal tiempo», el frío pone en marcha este pequeño país, la nieve es el motor aranés.

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Pòrt dera Bonaigua

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El camino por Pòrt dera Bonaigua

Hay que contonearse como una culebra para llegar al Valle de Arán por su extremo oriental, salvando la carretera del Pòrt dera Bonaigua, un intimidante collado de montaña que se aúpa hasta los 2076 m de altitud. Cuando se corona, a menudo castigada por un fuerte viento, se encuentra una orgullosa bandera de campo granate sobre la que se asienta la cruz de Toulouse. Es el anuncio de que se ha entrado en territorio de cultura occitana.

Los araneses son pragmáticos en la partición administrativa de su país. Alto (Naut), Medio (Mijaran) y Bajo (Baish). Delimitan perfectamente cómo es esta porción de poco más de 600 km2 que, aun poniéndose bajo la protección de la Corona de Aragón hace ya siete siglos, ha seguido reforzando su carácter, cultura y leyes propias.

Baqueira-Beret. La nieve

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Cuando llega la nieve...

En otras latitudes, el lugar donde nacen el Garona y el Noguera Pallaresa sería un santuario. Habría ofrendas de flores, y los sacerdotes se relevarían las veinticuatro horas del día para orar y ensalzar el milagro natural de que dos grandes ríos broten en el mismo llano herboso pero tomen direcciones opuestas: el primero, hacia el fondo del valle y luego al norte para acabar convirtiéndose en uno de los cauces más poderosos de Francia; el segundo, hacia el nordeste y luego hacia el sur, bajando al Pallars y erigiéndose en una de las venas capitales del Pirineo catalán. Pero en ese enclave, en Arán, hay una estación de esquí que está abierta durante este puente de diciembre.

Naut Aran es el feudo de la nieve. Aquí se afinca la poderosa Baqueira-Beret, cimiento de su economía desde que se puso en marcha en 1964. En su extremo nororiental está el Plan de Beret; y a continuación, un sueño de los hermanos Grimm, el pueblito de Montgarri, del que solo quedan el refugio de montaña y la iglesia. Son llanos naturales para quienes prefieren escapar del esquí alpino y deciden chapotear la nieve sobre sus raquetas, dejarse tirar por trineos de perros alaskeños o incluso montarse en un trineo de caballos a la manera austriaca.

Siempre hay que parar en Salardú

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Siempre hay que parar en Salardú

Deslizándose cuesta abajo por la carretera C-28, la columna vertebral bituminosa de Arán, hay que detenerse en el núcleo más importante de la demarcación, Salardú. La tradición oral explica que el Cristo románico de madera que se exhibe en la iglesia de Sant Andreu llegó remontando la corriente del Garona, como las truchas. Además de la sobrecogedora talla, hay unos murales que describen las torturas a las que fue sometido san Andrés.

Unha. Los pueblos del Valle de Arán

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Los pueblos del Valle de Arán

Salardú es una encrucijada. Pegadito está Unha, el pueblo que acoge el Museo de la Nieve, una lección geográfica, histórica y económica de lo que representa el agua sólida para este territorio. Hacia el norte, ascendiendo al bellísimo pueblo de Bagergue, se obtienen vistas privilegiadas de los menguantes glaciares del Aneto. Y si se sigue remontando el valle se tiene encuentro con el río Unhòla, caprichoso por regar tierras de mineral de hierro. La oxidación convierte el cauce en un hilo de color naranja rabioso, que resulta más chocante en invierno, cuando las orillas están cubiertas de blanco. Llegan los excursionistas –ya sea a pie en verano o con esquís de montaña y raquetas en invierno– hasta las antiguas minas de Liat, un recuerdo de que hasta hace muy poco el valle era menos glamuroso y los araneses vestían una lámpara de carburo en la cabeza y un ligero mono de trabajo en lugar de los relucientes anoraks de ahora.

Tredòs

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Los secretos de Tredòs y Arties

De Salardú hacia el sur aparecen dos pueblos que hacen de salvaguardia. Tredòs tiene un hotelito balneario que es camino de paso obligado por el valle de Aiguamòg para adentrarse en uno de los rosarios de lagos más prodigiosos del Parque Nacional de Aigüestortes, en torno al circo de Colomèrs. El otro pueblo es Arties. Aquí hay que detenerse en primera instancia en la iglesia de Santa Maria para visualizar, en las pinturas murales de 1580, lo que nos espera: un Juicio Final donde todos son ángeles y trompetas celestiales para los benditos; pero también unos terribles monstruos diabólicos que engullirán a los malvados pecadores.

Si más que pensar en el futuro se prefiere gozar del presente, entonces hay que escalar el río Valarties en dirección sur y acercarse al que con toda exageración se ha calificado como «el Montblanc aranés», el pico Montardo (2833 m). Pero es que es tan bonito y querido por los alpinistas que se admite de buen grado el estrépito.

Vielha

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Conocer la historia en Vielha

Vielha es capital de Arán y de la demarcación de Mijaran, la ciudad más grande y cruce principal de este minúsculo país. Porque desde aquí se conecta con las otras dos provincias aranesas y también se puede escapar buscando el túnel que lleva su nombre. La arquitectura clásica aranesa de casas agrupadas en callejones estrechos, sin aberturas al lado norte, con tejados de pizarra inclinadísimos como antídoto a la pesadez de la nieve e iglesias de campanarios puntiagudos, tiene aquí buenos ejemplos.

En Vielha están los principales equipamientos e instituciones, como el Conselh Generau (Val d’Aran es una autonomía dentro de la autonomía catalana); el Archivo Histórico, donde se guarda el documento de la Querimònia por la que el rey Jaime II otorgó los fueros propios; y las instituciones protectoras de la lengua. No hay que olvidar que es el único territorio del mundo donde el occitano es oficial, lo que provoca una admiración envidiosa de los vecinos –y hermanos– del norte.

Gausac

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Gausac, la puerta del bosque

Mijaran, con su capital de aire cosmopolita, no es solo tiendas en las que adquirir el caviar que producen los esturiones locales, sofisticadas vestimentas de esquí y amorosos calzados contra el frío. Si se ascienden las laderas del pueblo de Gausac se tropieza con la hermosa iglesia de San Martín de Tours (siglos XIII-XV), con una torre gótica fortificada. De allí arranca el camino que se adentra por el bosque de Baricauba, uno de los abetales más venerables y frondosos de toda la cordillera pirenaica.

Artiga de Lin. Todo es naturaleza

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Donde todo es naturaleza

Uelhs deth Joeu es una caótica cascada de mil brazos que se halla en el extremo occidental de ese valle, Era Artiga de Lin, una auténtica fotografía de puzle. En 1931 el geólogo Norbert Casteret vertió 60 kg del colorante inofensivo fluoresceína en el Forau d’Aigualluts, al pie del Aneto, para confirmar una teoría geológica. A las pocas horas, como esperaba, el agua teñida de verde brillante surgió de esta catarata aranesa, lo que ratificó cuál era su fuente originaria.

Los viajeros que peinan canas se deslumbran con la modernidad del actual Túnel de Vielha, que permite abandonar el valle por la comarca catalana de la Alta Ribagorça. Aún recuerdan cuando por el antiguo túnel, sin iluminación y con solo un carril en cada sentido, pasaba el ganado trashumante al final del verano, y los coches debían detenerse a veces durante horas para que vacas y caballos cruzaran a tientas los 5 km del rectilíneo agujero. Ahora es una instalación casi galáctica que se atraviesa en un suspiro. En su boca sur, todavía territorio aranés a pesar de que lo riega el río Noguera Ribagorçana, los coleccionistas de tresmiles buscan culminar el Tuc de Molières (3010 m), un pico fácil pero de ascenso notablemente largo.

Çò de Joanchiquet. Las casas tradicionales

Foto: Çò de Joanchiquet

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Oda a las casas tradicionales

Baish Aran siempre ha tenido un carácter especial. En un terreno por debajo de los mil metros, sus pueblos son algo más esponjados, y muchos de ellos se afincan a orillas del Garona, ya poderoso aunque el río esté en su fase juvenil. 

Aquí se ve con naturalidad que los araneses sean cuatrilingües, pues además de su idioma materno –una variante del gascón–, do- minan sin jactancias el catalán, el castellano y el francés. Pues esta porción del Valle de Arán es pista de aterrizaje de ciudadanos del vecino país en busca de gasolina, pastís (y otros espirituosos) y tabaco más baratos que en su propia casa. Al final de una carretera de montaña que se enrosca y a la sombra del Malh de Santa Barbara (1225 m) está Vilamòs. Dicen quienes no temen comparar que es el pueblo más bonito de Arán. Se apiña en la ladera formando un mosaico de tejados de pizarra que ignoran el empuje de la nieve y el hielo.

En sus calles se halla la casa-museo conocida como Çò de Joanchiquet, que representa el prototipo de vivenda tradicional rural, un conjunto de edificios donde no solo habitaba la familia, sino que constaba de palomar, pocilga, patio cerrado, huerto y campo de frutales. Un ejemplo de economía autárquica que estuvo ocupada hasta 1960, poco más de una década después de que se abriera el Túnel de Vielha. Hasta mitad del siglo XX, tras la primera nevada, el Valle de Arán quedaba incomunicado del mundo durante seis meses, hasta que se podía retirar la nieve del puerto de la Bonaigua. Solo el paso de Pont deth Rei, hacia Francia, quedaba expedito algunas veces. El museo demuestra que la estancia más importante y luminosa era la cocina, además de la más caldeada, asunto de extrema importancia.

Olla aranesa

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Para comer: olla aranesa

En fogariles como estos se ideó la olla aranesa, el plato nacional. Al bajar por el gaznate es hierro fundido que resucitaría a la más helada de las momias. Un potaje delicioso hecho con caldo de gallina vieja, hortalizas, cerdo, alubias, fideos, arroz y la tradicional pilota, una bola de carne de vaca y cerdo con huevo, pan rallado, ajo y perejil. La toman turistas y deportistas tras una jornada al aire libre y, si son capaces de alzar la mano al terminarla, rematan la comida con aigua de nòdes, un licor a base de nueces y genciana que se imagina que hace más liviano el trabajo digestivo.

Bausén

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El cementerio más pequeño de España

Es este territorio del Baish Aran tradicional y rompedor a la vez. Quien desee comprobar su vertiente contestataria debe subir al chiquito Bausén, un pueblo pegado al bosque de Carlac, un hayedo milenario extasiante. La localidad alardea de tener el cementerio más pequeño del mundo, con una única tumba. Se trata del lugar de entierro de Teresa (sin apellido en la lápida), que se enamoró de uno de sus primos. Decidieron vivir juntos desafiando a la iglesia, que se escandalizó por el parentesco y porque ni siquiera intentaran casarse, sino que cohabitaran sin mediar ceremonia religiosa. Era... ¡1916! Al morir la joven a la edad de 33 años el cura del pueblo se negó a admitirla en el camposanto local, por lo que los vecinos construyeron uno para ella en exclusiva. Se puede visitar y recientemente las autoridades del valle han declarado el lugar de interés histórico cultural.

Les. Tradiciones y costumbres del Valle de Arán

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Tradiciones y costumbres del Valle de Arán

La vertiente tradicionalista de la zona queda reflejada, entre otras, con la costumbre del Haro. Se trata de un tronco de árbol despellejado plantado en la plaza principal que se quema en la noche de San Juan, para dar la bienvenida al buen tiempo, ahuyentar los malos espíritus y renovar los votos con la naturaleza. Se danza en torno a él. Es un esbelto abeto que tiene que haber sido cortado a mano, plantado en la plaza principal, acuñado con tablones de haya y embreado. Las últimas parejas casadas del año habrán trepado hasta lo alto para depositar un ramo de flores. Cuando se produzca la quema ritual, los deseos de descendencia se cumplirán.

Cerca de esas fechas se despierta un dormilón de campeonato. Le llaman Pè descauç (pies descalzos), y es el oso pardo, que en cuanto olisquea la llegada de la nieve busca una cueva o un buen agujero en el bosque para echarse una cabezadita de cinco meses. Al estallar la tardía primavera de la alta montaña, se despereza y busca el alimento que no ha zampado durante meses: miel, insectos, bayas y carroñas son su menú principal. Los araneses de dos patas lo han admirado y temido, y es en estos pueblos del Baish Aran donde ha habido los cazadores históricamente más famosos de pè descauç de todo el Pirineo. Arán, un territorio donde la más rabiosa modernidad del ocio urbanita del siglo XXI no ha conseguido someter del todo a la naturaleza primigenia que, al fin y al cabo, le ha otorgado su carácter. 

Pòrt dera Bonaigua