Egiptomanía

Egipto a ritmo de faraón

Cómo visitar el fascinante país de los faraones sin sucumbir a la maldición de Tutankamón.

Templo de Luxor

Destino favorito de viajeros desde la más remota antigüedad, la tierra de los faraones bañada por el Nilo lleva milenios maravillando a quienes la visitan. Ningún otro país ha suscitado tamaño anhelo por descubrir de primera mano la grandeza de sus monumentos, ni despertado tantas vocaciones arqueológicas.

La mejor época para recorrer este país de veranos abrasadores es de noviembre a febrero, cuando las temperaturas oscilan entre los 26 y los 18 0C. El Cairo, capital erigida por los fatimíes en el 973, dos siglos después de la invasión musulmana de Egipto, es hoy una urbe de veinte millones de habitantes y contrastes extremos, cuya joya más preciada es el Museo Egipcio, situado en Meadan At Tahrir, a pocos pasos del Nilo y de los hoteles internacionales.

Fue fundado por el arqueólogo francés Auguste Mariette –aquí enterrado–, creador del Servicio de Antigüedades, que supuso un primer intento de acabar con los saqueos y el tráfico de piezas y papiros milenarios. Mariette fue, además, descubridor en 1850 del Serapeum de Menfis, una necrópolis subterránea que había contenido los sarcófagos de treinta toros momificados. El Museo Egipcio exhibe en sus dos plantas atestadas un vertiginoso cúmulo de obras maestras. Destacan los tesoros hallados por Carter y Lord Carnavon en la tumba de Tutankamón, soberano adolescente de exquisito trono y famosísima máscara funeraria de oro.

EL CAIRO

Antes de lanzarse en pos del Egipto faraónico habría que dedicarle algún tiempo a esta metrópoli de tráfico infernal. Y en el sugestivo bazar de Al Khalili, levantado en el siglo xii intramuros de la ciudadela erigida por Saladino, regatear por cualquier objeto entre los aromas a especias y perfumes, y sentarse a degustar un fortísimo brebaje a la turca en el antiguo café Al Fishawy Coffee House, reverenciado por el nobel de Literatura Naguib Mah-fouz.

Es menester recordar que aquí no se debe pedir alcohol, ni siquiera cerveza. Quienes deseen disfrutar de tales bebidas deberán limitarse a los hospedajes internacionales o acercarse al bonito bar inglés del Hotel Windsor, en el 19 de Alfi Bay Street, cuyos gin tonics gozan de tanta fama como su encantador mobiliario del siglo xix.

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JON ARNOLD / AWL IMAGES

Al norte del bazar se halla el Cairo islámico medieval. La ciudad tiene mezquitas de gran interés, como la inmensa de Ibn Tulun (año 886), la del sultán Hassan (1356) o, al sur del agradable parque Al Azhar, la azulada de Aqasunquur (1347).

Para descubrir el carácter a la vez ideográfico y fonético de los jeroglíficos durante su estudio de la piedra Rosetta, a Jean-François Champollion le fue de gran ayuda hablar la lengua copta, heredera directa de la faraónica, que fue reemplazada por el árabe en el año 706. El fascinante patrimonio intelectual de los cristianos coptos se expone en el Museo Copto, que alberga los papiros del Códice de Nag Hammadi, textos gnósticos y sincréticos del siglo iv. El museo se sitúa en el corazón de un barrio que cobra gran animación los domingos (estación de metro Mari Girgiss).

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Visita imprescindible en El Cairo

La mezquita de Alabastro

Se cuenta que su iglesia de San Sergio, del siglo v, fue construida sobre la cueva en la que supuestamente se alojaron María, San José y el niño Jesús tras huir de las persecuciones de Herodes. Muy cerca, junto al lugar donde según la leyenda la hija del faraón halló al pequeño Moisés entre los juncos, se encuentra la sinagoga de Ben Ezra.

La Gran Pirámide de Keops

Para acudir a las pirámides de la meseta de Giza, a 20 km del Cairo, lo mejor es contratar un taxi a través del hotel. No hay viajero a quien no embargue la emoción al divisarlas ante sí desde la carretera que se adentra en el desierto. Única superviviente de las Siete Maravillas de la Antigüedad, la Gran Pirámide de Keops, faraón de la IV dinastía que reinó hace más de 4600 años, mide más de 140 m de altura y su base ocupa 5 hectáreas.

 La Gran Esfinge y la Pirámide de Keops

SHUTTERSTOCK

Un entusiasmado Napoleón –entre sus tropas había todo un «ejército» de eruditos y artistas, entre los que destacó Vivant Denon, fundador del Museo del Louvre y padre de la egiptología– calculó que con los bloques de estas tres pirámides se hubiera podido amurallar Francia entera.

Por su parte, Mark Twain relató en El viaje de los inocentes cómo ascendió aterrado a la de Keops en 1867, llevado en volandas por lugareños en busca de su backchish o propina… Hoy tal proeza no está permitida, por fortuna, aunque sí es posible adentrarse por sus sinuosas y claustrofóbicas galerías hacia la cámara del sarcófago del rey.

De 136 m de altura, la pirámide de su hijo Kefrén ha conservado intacto el revestimiento original de caliza. Su templo funerario lo custodia la inmensa esfinge de cuerpo acostado de león y rostro humano, retrato del propio Kefrén, cuya nariz se dice que fue destrozada por un mameluco. Con 20 m de alto, alberga entre sus patas un pequeño templo de alabastro; durante siglos estuvo semienterrada en la arena, hasta que en 1886 el egiptólogo Gaston Maspero, director de excavaciones en Luxor, logró desencallarla.

gran piramide de keops

JUAN CARLOS MUÑOZ

La más pequeña de las tres es la de Micerinos, hijo de Kefrén. Con algo más de 65 m de alto, destaca por la hilera de piedras de granito rosa en su base. Detrás de la Gran Pirámide se halla el increíble Barco Solar de Keops, de más de 4600 años, descubierto aquí en 1954. Completan la zona las pirámides menores de las reinas y las mastabas, tumbas más antiguas. A principios del 2019 está prevista la apertura parcial del nuevo Gran Museo Egipcio en Giza , de fondos que se anuncian espectaculares y complementarios a los de su homónimo cairota.

Al sur de Giza se hallan las ruinas de Menfis, la antigua capital, que según el sacerdote e historiador egipcio Manetón (siglo iii a.C.) fue fundada por Menes, el primer faraón. Junto a Menfis se sitúa la necrópolis de Sáqqara, utilizada durante más de 3500 años. En su emplazamiento se levantaron las pirámides iniciales, creación del genial arquitecto Imhotep. Definido por Isaac Asimov como «el primer científico de la historia», en 2008 se inauguró aquí el museo dedicado a su figura.

Imhotep, a quien también se le atribuían facultades de mago y que más tarde fue deificado, diseñó en el año 2686 a.C. la célebre pirámide escalonada de Zoser, rey iniciador de la III dinastía. Primer monumento construido enteramente en piedra de la humanidad, a esta pirámide la rodean muchas otras, adscritas a diversas dinastías y de suma importancia histórica por las plegarias y fórmulas rituales fúnebres que se han descubierto en ellas. Son los denominados Textos de las Pirámides. Las mastabas y el conjunto piramidal ulterior conforman un vasto escenario mortuorio, rematado por el Serapeum de gigantescos sarcófagos destinados a los 30 bueyes o toros sagrados.

Tutankamón, una tumba mítica

El avión es la mejor opción para viajar desde El Cairo a Luxor, nombre actual de Tebas, la capital egipcia durante los imperios Medio y Nuevo. Se trata de la ciudad más turística de Egipto por la profusión y grandiosidad de sus monumentos. En la orilla oriental del Nilo y en pleno casco urbano, se halla el Templo de Luxor, mandado construir en el 1350 a.C. por Amenhotep III, de la XVIII dinastía y abuelo de Tutankamón, en honor a los dioses Amón, Mut y Khonsu. Posteriormente agrandado por el longevo Ramsés II (rey de la XIX dinastía, que gobernó 67 años), posee colosales estatuas a la entrada, además de salas de columnas y un gran obelisco, gemelo del regalado a París en 1831 por Mehemet Ali. Una extraordinaria avenida de esfinges lo conecta con Karnak.

Templo de Luxor

GETTY IMAGES

El gigantesco complejo de templos y palacios de Karnak se localiza unos 3 km al norte de Luxor y alcanza más de 40 hectáreas de superficie. Pero antes de encaminarse hasta allí –o recorrer en calesa de caballos la bonita corniche que bordea el Nilo– conviene no perderse el excelente Museo de Luxor, que guarda hallazgos de las excavaciones de esta zona, ni tampoco el pequeño Museo de la Momificación.

Epicentro religioso del Egipto faraónico durante casi dos mil años, el conjunto de templos de Karnak, que cuenta incluso con un lago sagrado ceremonial, está considerado el más importante de esta civilización. Diferentes generaciones de faraones rivalizaron entre sí para embellecer sucesivamente el recinto.

Colosos como los de Ramsés II a la entrada, el obelisco de la extraordinaria reina Hatsepsut, hileras de esfinges, patios descomunales, diez grandes pilonos (las torres trapezoidales situadas ante las puertas de acceso) y santuarios en honor de otros dioses realzan, sin empequeñecerse, la obra maestra absoluta del lugar: la Gran Sala Hipóstila del Templo de Amón Ra. Culminada por Seti I y Ramsés II, posee 134 columnas papiriformes, de vívida y colorida decoración, que alcanzan los casi 4 m de alto y discurren en 16 filas, con un corredor central de 24 m de ancho.

RamsesII

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En el margen opuesto del Nilo, en la orilla de la puesta o «muerte» del sol, situaron los antiguos tebanos sus necrópolis del Valle de los Reyes y de las Reinas, en un intento de preservar las sepulturas de los ya entonces frecuentes desvalijamientos de ajuares funerarios. El expolio se intensificó siglos después, hasta el punto de que durante el siglo xiv circulaba un manual árabe para el robo de tesoros titulado El libro de las perlas enterradas, del que un conservador del Museo Egipcio afirmó en 1900 que «destruyó más monumentos que las guerras». Como bien comprobaron los egiptólogos, existían en la zona auténticas dinastías de ladrones.

Por eso, el hallazgo de Howard Carter de la tumba intacta de Tutankamón conmocionó al mundo. La decoración mural de muchas cámaras faraónicas sobrevivió a las piquetas de estos buscadores de oro milenario para su mera fundición y hoy pueden visitarse ejemplos tan exquisitos como las de Seti I, Ramsés III y Ramsés VI, además de la del rey adolescente.

Aunque sin duda los monumentos más importantes del Valle de los Reyes y las Reinas son el Rameseum, templo funerario de Ramsés II profusamente decorado con escenas bélicas de su victoria sobre los hititas; y el de la reina Hatsepsut, dedicado a la diosa Hathor, con tres pórticos columnados descendentes que están unidos por rampas y custodiados por esfinges. Otra tumba espléndida es la de Nefertari, esposa favorita de Ramsés II, con bellas pinturas que mostraban el viaje de esta hacia el reino de Osiris.

Navegando por el Nilo

Luxor es la ciudad idónea para iniciar un placentero crucero por el Nilo con destino a Asuán. Es preferible decantarse por el itinerario de una semana y no escatimar en la calidad del barco, ya que lo barato puede salir caro en Egipto en cuestiones tanto alimentarias como de acceso a los lugares de interés. Dicha experiencia es única y permite visitar templos tan exquisitos como los más tardíos de Esna, el intacto de Edfu, del reinado de Ptolomeo II y dedicado al dios Horus, representado en su forma de halcón por dos bellísimas estatuas de granito expuestas junto a los primeros pilonos, o el de Kom Ombo.

Este está dedicado en su parte norte a Horus y en el lado sur a Sobek, el dios cocodrilo local, y cuenta con sala hipóstila y dos santuarios simétricos, además de un laguito y un pequeño museo anexo que expone piezas y cocodrilos embalsamados. Herodoto relató que se adiestraban ejemplares sucesivos a los que glorificar: «¡Les ponen brazaletes en las patas delanteras, les dan alimentos sagrados, llevan una vida principesca!».

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GÜNTER GRÄFENHAIN / FOTOTECA 9X12

Una vez en Asuán, capital nubia del Alto Egipto, resulta encantadora la isla Elefantina, con sus ruinas de Yebu, frente a la isleta del precioso jardín botánico creado por lord Kitchener en 1890. En la orilla oeste se hallan las tumbas de los nobles de los imperios Antiguo y Medio, así como los restos del gran monasterio copto de San Simeón, destruido por Saladino en el siglo xii.

En la ribera oriental destaca el zoco, el más importante del país tras el cairota, donde se puede adquirir discografía de la excelente música nubia. Cerca del eduardiano hotel Old Cataract, donde Agatha Christie escribió Muerte en el Nilo y solía alojarse Churchill, se halla el Museo Nubio, que exhibe piezas salvadas de la inundación subsiguiente a la creación de la presa y el lago Nasser en 1972. Este lo recorren cruceros de tres días que se acercan a templos poco accesibles desde tierra.

Final de ruta apoteósico

Sin duda el culmen de cualquier viaje a Egipto lo constituyen los templos de Ramsés II y su esposa Nefertari en la apartada Abu Simbel, a unas tres horas por la carretera del desierto, viaje que se realiza en convoyes turísticos estrechamente custodiados. Mucho más cómodo resulta el vuelo de apenas 45 minutos desde Asuán. Para librarlos de las aguas de la presa de Asuán, gracias a la Unesco y a un esfuerzo internacional, los templos fueron desplazados mediante el corte de bloques enteros de roca hasta su reubicación a unos metros del emplazamiento original.

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Estos templos excavados en la misma piedra habían caído en el olvido durante siglos, hasta que el suizo Johann Ludwig Burckhardt los mencionó en 1813 a Henry Salt, cónsul británico en Egipto, y a Giovanni Battista Belzoni, un intrépido italiano que trabajaba para él. A Belzoni se lo considera el verdadero descubridor de Abu Simbel.

Antes de arqueólogo –descubrió las tumbas de Seti I, Ramsés I y Ay en el Valle de los Reyes– trabajó como forzudo en circos londinenses bajo el apodo premonitorio de «la Pirámide Humana». En 1815 llegó a Abu Simbel y dos años después consiguió, tras arduos esfuerzos y a 44 0C, despejar la arena del acceso al templo de Ramsés, que se adentra 60 m en la roca. Lo que vio («pinturas, esculturas, figuras colosales») lo dejó boquiabierto.


Y esa continúa siendo hoy la reacción de quienes contemplan las cuatro estatuas del faraón adosadas a la fachada de 32 m de alto, las salas con pilastras ornadas con estatuas del dios Osiris y, en lo más profundo del recinto, al dios Amón en su santuario bañado por los rayos del sol durante el equinoccio. Menos gigantesco, pero asimismo espectacular, es el templo contiguo en honor de Nefertari y la diosa Hathor. Y es que aquí dentro el tiempo parece haberse detenido hace muchos, muchos siglos.

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