Paisajes sublimes

Al encuentro de los paisajes sublimes de La Patagonia

El Chaltén y Calafate concentran algunos de los lugares más impresionantes de la Patagonia argentina.

Aterrizar en El Calafate supone ya el inicio de una aventura que uno puede imaginarse pero que supera cualquier expectativa cuando se vive. El avión desciende al lado del gran Lago Argentina, el más grande del país, que descansa en la estepa patagónica y abraza al glaciar Perito Moreno. Su azul vibrante, que contrasta con el marrón marciano de la tierra, será el primer punto de contacto del viaje y sienta las bases del espectáculo natural que está por venir en este viaje hacia Chaltén y Calafate.


 

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Chalten

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El Chaltén, la capital senderista donde no anochece

El pueblo de Chaltén tiene unos 1.500 habitantes censados y la mayoría de personas que se encuentran en temporada alta son senderistas ávidos de rutas infinitas por aquellos paisajes magnánimos. Muchos hoteles pequeños y muchos restaurantes preparados para atender a los montañeros más y menos experimentados.

Si se llega a mediodía o por la tarde temprano es importante saber que no anochece (en los meses de primavera y verano) hasta las diez, así que siempre hay algo de margen para poder hacer una caminata de reconocimiento. El mejor consejo que alguien puede darle es el de fiarse de los locales y escuchar sus recomendaciones. Conocen el terreno y el clima. 

Una ruta corta pero gratificante por las vistas es la de la Laguna Capri. En apenas una hora desde el pueblo se llega a una laguna con una visión privilegiada del pico del Fitz Roy y ahí, entre árboles y agua transparente se puede organizar una buena merienda. A la vuelta merece la pena parar a recuperar fuerzas para el siguiente día con una buena cena: La Oveja Negra tiene carnes a la parrilla para el recuerdo.
 

montan~a Fitz Roy

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Fitz Roy, el mito de la Patagonia

La llegada a El Chaltén se hace con un autobús que sale directamente del aeropuerto de El Calafate. Unas tres horas de camino por estepa, sin cruzarse con ningún vehículo y empezando a asimilar que es un lugar tan recóndito como parece en el mapa. La cobertura de los teléfonos desaparece para dejar paso al Fitz Roy, cuya cima imperial ocupa el horizonte y la carretera se vuelve digna de una postal. 

El Fitz Roy, originalmente llamado Chaltén, alcanza una altura de unos 3400 metros. Su nombre actual se debe a que el perito Francisco Moreno quiso homenajear al capitán del Beagle, Robert Fitz Roy, que recorrió Santa Cruz en 1834. Su nombre tradicional, Chaltén, significa ‘montaña humeante’ porque su situación geográfica provoca que muchas nubes se queden suspendidas a su alrededor y dando la sensación de que la montaña echa humo.
 

Laguna de los Tres

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Laguna de los Tres: : la ruta más famosa

El segundo día se debe reservar para la Laguna de los Tres, la ruta más famosa del Chaltén y por la que miles de viajeros cada año recorren sus 10 kilómetros hasta contemplar la inmensidad de la cima del Fitz Roy casi tan cerca como los exploradores que la coronaron.

El día empieza temprano y pasando por el supermercado: plátanos, agua, barritas y unos buenos bocadillos que acompañen al trayecto que puede durar entre 6 y 8 horas dependiendo de la velocidad, el ritmo y las ganas de cada uno. El desnivel es de unos 1000 metros. Hay dos opciones para iniciarlo: yendo en transfer hasta Río Eléctrico o siguiendo la ruta del sendero al Fitz Roy desde el pueblo. La primera es algo más corta y permite ver el glaciar de Piedras Blancas desde un mirador. La segunda es la preferida por la mayoría. Para volver siempre se usa el sendero tradicional.

 

Caminante no hay camino...

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Caminante no hay camino...

Las primeras horas de camino son suaves y hay una subida gradual entre estepa y bosque. Los bosques patagónicos son frondosos y verdes vibrantes y se suceden cada algunos kilómetros zonas sin mucha vegetación con pequeños ríos y bastante roca. El paraje es salvaje y disfrutar de esa parte del camino es casi tan importante como llegar arriba.

A partir de un punto, más o menos del campamento Poincenot, dónde se puede acampar si uno desea, empieza la subida más fuerte. Un tramo de una hora de constante ascenso que no es difícil pero sí requiere constancia y adaptación al propio ritmo. Hay senderistas de todas las edades y si se sigue a paso firme, tras una última subida sorpresa hay un final pletórico: la laguna espera en calma a todos los caminantes. El Fitz Roy imponente, el reflejo de la montaña, la naturaleza hablando. Habrá merecido la pena.

Es imposible volver de ese sendero sin pensar que se ha contemplado una obra maestra natural. La cerveza de después sirve para celebrar la vida y aplacar el cansancio. Pedir una pizza en ‘La Cervecería’ es la guinda del pastel de una subida inolvidable que realizan miles personas al año.

Laguna de la Torre

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La Laguna de la Torre, todos los paisajes en uno

El tercer día se puede hacer un recorrido algo más ligero hasta la Laguna de la Torre, una laguna que tiene bastantes partes de glaciar flotando y que tiene un recorrido muy agradable entre bosques y algunas partes más esteparias. Los locales cuentan que es como ver todos los paisajes de la Patagonia en un solo camino.

Quedan más opciones como el Chorrillo del Salto, una cascada, o el Mirador de los Cóndores. La vuelta a Calafate en autobús se hace imprescindible para el descanso antes del último día de travesía.
 

El calafate

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El calafate, el pueblo del glaciar

El Calafate es un pueblo de 23.000 habitantes cuyo mayor atractivo es su cercanía al glaciar Perito Moreno. Para acceder al glaciar se tiene que contratar de forma obligatoria una excursión organizada porque es un parque protegido. El camino desde el pueblo se realiza en autobús y dura una hora y media aproximadamente. Una hora en la que se pueden ver animales como cóndores andinos, ovejas, avestruces y sus charitos (sus crías) y se disfruta sin dudar de estar en mitad de la nada. 

Perito Moreno

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Perito Moreno, el glaciar más famoso de toda Sudamérica

Los tehuelches vivían en la Patagonia hace 12.000 años. Ellos ya conocieron el glaciar pero fue Perito Moreno, médico y explorador, quién lo bautizó en una de sus múltiples expediciones al campo patagónico. Su tamaño total es mayor que la ciudad de Buenos Aires.

Es el segundo más grande de Latinoamérica pero es el más famoso porque es un glaciar estable, aunque pierde hielo, recupera y se mantiene; es muy accesible, se llega con transporte prácticamente a metros de él; y genera puentes de hielo entre la montaña y la masa de hielo generando un espectáculo único. Todas sus condiciones son particulares.

En la llegada a las pasarelas, una estructura montada para ver perfectamente el glaciar de frente, el guía dice: “acuérdense de este día porque lo que van a ver no lo olvidarán nunca”. La expectación que genera está a la altura de aquel milagro natural. Una lengua gigantesca de hielo entre cerros en los que nieva 360 días al año y forma una masa de hielo de tamaño inconcebible para el ser humano. La vista a una pared de hielo de unos 20 pisos de altura es para el recuerdo, el silencio que hay es para sentirlo. 

De las pasarelas, la excursión continúa en barco hasta una pequeña playa en la que se inicia el trekking por el glaciar. Un equipo coloca los crampones y el casco antes de la subida. Después viene el disfrute: un recorrido de una hora en el glaciar más famoso del mundo. Comer hielo de glaciar, pasear entre sus recovecos, contemplar la vista blanca y los azules de los riachuelos de las grietas para acabar brindando con whisky y hielo recién picado. Volver en el barco y despedirse de aquellas vistas contemplando ese vacío tan lleno de vida provoca un sentir colectivo: la inmensa fortuna de ser humanos y de habitar en un planeta como la Tierra.

Caminante no hay camino...

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