Tan cerca y tan lejos...

Foz, el enclave ‘cool’ que no sale en las guías de viaje a Oporto

Las mansiones del XIX que construyó la burguesía lusa delatan su pasado aristocrático.

Es una freguesia portuguesa y también pertenece a la fotografiada Oporto. Pero a Foz do Douro rara vez dedican reseñas en las guías de viaje. El río Duero llega hasta aquí para fundir su nombre en un abrazo profundo con el oscuro Atlántico. Por eso, las gaviotas revolotean, suspendidas sin descanso sobre las movidas aguas que arrastran un magma de micronutrientes estupendo. En Foz es donde el océano golpea con más fuerza la costa occidental y donde la clase pudiente portuguesa descansa. El espectáculo aéreo de siluetas ágiles en claroscuros compite con la luz de la puesta de sol cada tarde. El bullicio del turisteo se ha quedado en la vivaz Ribeira, a menos de 15 minutos en coche, unos 7 kilómetros a pie

La burguesía portuguesa transformó Foz desde finales del XVIII y principios del XIX en uno de los lugares más cosmopolitas y atractivos de Portugal. Nacía la moda entre la aristocracia de bañarse en la playa y “crear” ciudades balneario de veraneo que se creía iban bien para el reúma y la depresión. Y debía ser cierto. Muchos, acabaron mudándose aquí todo el año y cimentando un barrio que ha durado hasta la actualidad. Es una tradición secular: de junio a octubre, las familias de la extensa colonia británica de Oporto (les llamaban “La Factoría”) cerraban sus casas en la ciudad y pasaban aquí los meses de estío.

 
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Arrabida bridge. Dejando atrás Oporto

Foto: iStock

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Dejando atrás Oporto

San Vicente de la Barquera, Santillana del Mar, Ribadesella… Foz resuena a todas ellas. Con todas comparte ese carácter hogareño y costeño que es como una cicatriz y que solo tienen los pueblos con pasado pesquero. Siguiendo la línea de la costa por la Rua do Ouro, hacia el oeste, y dejando Oporto a las espaldas, hay un grupo de pescadores con sus barquitos anclados en el mar plano que entra tímido en la desembocadura. Hay, incluso, una pequeña lonja para preparar el pescado antes de venderlo que conmemora también ese pasado marinero. Porque mucha gente siempre ha vivido en Foz y sigue aquí, a sus cosas, aunque alrededor muchas otras cambien.

faro de foz

Foto: iStock

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El atardecer es un espectáculo

Desde el pequeño Faro de las Felgueiras, que se adentra en el mar por un estrecho espigón, algunos miran a un hombre intentando un berdie; otros, a las gaviotas rapiñar la cena de las redes de los pescadores. Además de en este faro, la bravura marítima y la puesta de sol en la línea de la costa de Foz se disfrutan desde otros muchos lugares: el Faro de San Miguel o Anjo, el Faro da Barra do Douro y los castillos Castelo da Foz y Castelo do Queijo, al final de este recorrido. El camino sigue por la Avenida D. Carlos. Al final, una fortaleza pequeña atestigua que para defenderse de los piratas ingleses (era una ciudad expuesta y estratégica) hacían falta estas construcciones. 

 
iStock-1156134519. Un paseo de papel cuché

Foto: iStock

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Un paseo de papel cuché

Ya, en la frontal Avenida do Brasil, Foz encara de frente el Atlántico. Rompen las olas bajo el paseo marítimo, pero sobre este los vecinos pasean, sonríen, y viven junto al mar. Sus casas palaciegas miran de frente el océano. Nada las resguarda. Ni ha perdido su vestigio majestuoso ni su pasado marinero. Muchas de aquellas villas de Foz siguen hoy en pie, ahora reformadas con una idea hygge que confedera la arquitectura al lujo y al confort. Algunas, incluso han saltado al papel cuché por hospedar a famosos (Iker Castillas y Sara Carbonero vivieron en una cuando el ex madridista fichó por el Oporto, antes de mudarse al centro); otras, han sido convertidas en hoteles de un lujo impecable, casi aristocrático. 

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Foto: Vila Foz Hotel

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A dormir (y comer) a palacio

Es el caso de Vila Foz, un 5 estrellas miembro de Design Hotels, apostado en el número 236 de la avenida, que aquí toma ya el nombre de Montevideu. Es la casa palaciega de principios del XIX de una adinerada familia lusa con otros negocios en la zona. Abandonada por un tiempo y usada como coworking, ha sido reformada íntegramente por Nini Andrade Silva, la famosa diseñadora lusa referencia en diseño y arquitectura con proyectos en algunas de las capitales más importantes del mundo. Las 68 habitaciones y suites han respetado las molduras, los azulejos hidráulicos en suelos y algunas paredes; los grabados de la casa originales, incorporando comodidades actuales como un ascensor transparente que atraviesa el palacete desde el interior hasta una suite abuhardillada con vistas panorámicas al Atlántico desde todas las habitaciones o un relajante spa con productos de la firma francesa “Maison Codage Paris”. “Los dueños son celosos de su identidad. Hicieron la reforma conservando la piedra natural, la madera de nogal, el bronce y el mosaico hidráulico de la época, en la mayoría de estancias. Todos ellos eran materiales muy lujosos en su momento y que daban mucho estatus a este palacio. Han sido engastados en muchos acabados con fibra de vidrio para dar un toque más contemporáneo y moderno”, detalla Susana Tavares, directora de comunicación del hotel. 

Es, precisamente, la cocina tradicional del restaurante Flor de Lis del chef Arnaldo Azevedo ubicado en los bajos del Vila Foz, un ejemplo frecuentado por el público local y por turistas avezados a encontrar buenas direcciones al precio justo. El gastronómico homónimo (de próxima reapertura) ofrece una experiencia fine dining en el que fue el salón de baile principal de la casa; una sala imponente rodeada de gigantes espejos venecianos, donde concurrían los más variados eventos sociales de la aristocracia de la época.

 
Praia da Luz Porto

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Las sardinas mandan

El sol degrada tonos en ocre sobre larga avenida. En la parte baja, huele a sardinas. La hermana pequeña del patrio bacalhau se ha convertido en la marca del país, embajadora veraniega porque, regordeta, se acerca en estos meses al litoral. Restaurantes como Praia da Luz, el Restaurante do Molheo o el sencillo Bar Homem do Leme permiten comerla con la arena prácticamente a los pies, entre el trazado que une las playas de Molhe, dos Ingleses, Senhora da Luz, de Ourigo, Gondarem y Homem do Leme. 

 

 
PortaRossa

Foto: Porta Rossa

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Y la alta gastronomía...

Entre sus calles, Foz también esconde un buen puñado de direcciones de moda que atraen al público gastronómico con mesas internacionales más que interesantes; apuntad PortaRossa o el asiático Wish. Pero, sin duda, el reclamo es la cocina tradicional portuguesa y los estrella Michelin de Pedro Lemos y, un poco más lejos, en Leça, la Casa de Chá da Boa Nova. “La diversidad de especies es enorme y los platos a base de pescado son los más populares en esta zona”, expone Tavares. 

 
FUERTE

Foto: Turismo do Porto e Norte

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Sin piratas a la vista

La vista hasta la plaza de Conçalves Zarco está salpicada de sombrillas rojas y amarillas que el viento mece sin piedad y alegran las diminutas playas de arena junto a las rocas. Desde este ángulo los ataques de los piratas se repelían pertrechados en el Castelo do Queijo (en su museo dan cuenta de esas batallas libradas contra los españoles en el siglo XVII, durante la Guerra de Restauración que se saldaron con la independencia de Portugal). Cestitos de mimbre y algunos buceadores avezados a zambullirse pese al frío y a que las corrientes puedan pincharles sus neoprenos a las primeras de cambio.

pasarela foz

Foto: Turismo do Porto e Norte

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Un paseo con firma

El mar sigue y se embravece hasta Matosinhos (aquí lo llaman Gran Oporto). La artista Janet Echelman resumió la relación marítima entre Oporto y Matosinhos con una escultura de redes rojizas suspendidas en el aire: “La Anémona”. Y allí el neopreno se acompaña de la tabla de surf bajo el brazo. El recorrido acaba en una bellísima pasarela de madera a ras de mar que puede pasar desapercibida. Manuel de Solà-Morales i Rubió hizo que discurriera discreta junto al océano y que bordeara la zona en el límite urbano entre las dos ciudades pesqueras. Una atalaya arquitectónica para conectarse al rumor de las olas, a lo salvaje, aunque esporádicamente el viento sople tan fuerte que el aire se vuelva ensordecedor. Cuando el poeta de la luz escribía que su poesía "es simplemente pasión, pasión por las cosas de la tierra, en su forma más ardiente y todavía no consumada", seguro pensaba en sitios como este. 

 
navegar oporto

Foto: iStock

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La vuelta nunca fue tan dulce

Partiendo desde Foz de vuelta hacia Oporto, una de las excursiones más demandadas es remontar el Duero en barco. Tradicionalmente lo hacían pequeñas embarcaciones que transportaban materiales vitivinícolas del País do Vinho (barcos rabelos) y, luego, barcazas de carga surcando sus aguas para hacer negocio en España. Ahora son barcos de recreos, yates exclusivos y pequeños cruceros (recomendables, los de Sea Keys Cruises). Desde el agua, se pueden ver las bodegas más famosas de Vila Nova de Gaia (Bodega Ferreira, Bodega Ramos Pinto o Sandeman) y comprender como la orografía, la arquitectura y la historia encajan en el recorrido. Desde que a principios del XIX los portugueses descubrieron que la ribera derecha del Duero era el lado más frío, allí era también más fácil atracar y donde, tradicionalmente, no se pagaban impuestos al obispo (porque residía en Oporto); aún hoy allí envejecen los famosos vinos del Valle del Duero. La mejor forma de verla es atravesando uno de los seis puentes que conectan Oporto y la vecina Gaia, precisamente, el dedicado a aquel “rey marinero” que también se enamoró del vino. 

 

faro de foz

Foz, el enclave ‘cool’ que no sale en las guías de viaje a Oporto

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