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Estambul y Bursa: viaje a la primera y a la última capital otomana

Ambas ciudades permiten adentrarse en la historia de un imperio que desafió a la Europa cristiana y despertó la fascinación por Oriente.

El mar de Mármara separa las dos antiguas capitales del Imperio otomano, Estambul y Bursa, que seducen hoy en día con su cóctel de vitalidad, arte e historia. 

 

 

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Torre Gálata

Photo by Anna on Unsplash

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La eterna protectora

Sopla un viento húmedo por las empinadas calles de Beyoglu. Empieza a caer una fina lluvia mientras la gente aún pasea con el cuello de los abrigos subido hasta las orejas. El cielo gris y el aroma a madera quemada de algunas calefacciones impregnan de una dulce melancolía los edificios decimonónicos de la zona que rodea la Torre de Gálata, el icónico torreón construido por los genoveses en el siglo XIV como parte de una antigua ciudadela fortificada.

Beyoglu

Foto: iStock

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Entre oriente y occidente

Durante el periodo otomano, el distrito de Beyoglu, que engloba los antiguos barrios de Pera y Galata, acogía a los europeos que vivían en la ciudad; la zona también se hizo popular entre las comunidades griega y armenia que formaban parte del imperio. Todo aquel ambiente cosmopolita fue desapareciendo paulatinamente tras la Primera Guerra Mundial y la instauración de la República de Turquía en 1923. Las viejas mansiones de piedra y madera,  una mezcla de estilos europeo y oriental, han permanecido en pie –algunas en franca decadencia– y trasladan a un tiempo que ya solo permanece en las fotografías en blanco y negro de finales del XIX y principios del XX. 

The Museum of Innocence . Museo de la Inocencia

Foto: Svklimkin vía Wikimedia

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Una mirada al pasado

Evitando la siempre atestada Istiklal Caddesi, la avenida principal del barrio, voy paseando por el caótico entramado de callejuelas que la rodean. En estas vías laterales solo se ven vecinos del barrio que van o vuelven de comprar, y los omnipresentes gatos, que miran con desdén a los paseantes. Algunas calles tienen personalidad propia, como Çukurcuma, famosa por sus tiendas de anticuarios; otras languidecen en silencio a pocos metros de vías como Cezayir, llena de vida gracias a su gran cantidad de restaurantes.

En la calle Çukurcuma me detengo frente a un antiguo edificio pintado de color granate que alberga el Museo de la Inocencia, abierto en 2012 por iniciativa de Orhan Pamuk, el nobel de Literatura que tan bien ha retratado la ciudad en sus novelas. El escritor concibió este museo casi al mismo tiempo que la novela El Museo de la Inocencia (2008) y contiene objetos relacionados con la obra. 

 

Cuerno de Oro

Photo by Fatih on Unsplash

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El imprescindible Cuerno de Oro

El recorrido por la zona de Beyoglu puede terminar en el bohemio barrio de Cihangir, donde abundan los cafés de diseño y los restaurantes modernos. Al llegar al parque de Sanatkarlar, se despliega una vista asombrosa: el estrecho del Bósforo, el histórico brazo de mar que separa Asia de Europa, y el Cuerno de Oro, el centro de la Estambul otomana. 

Se cuenta que, hacia el 667 a.C., Bizas, hijo de la ninfa Ceróesa, fundó un poblado en el Cuerno de Oro por su situación perfecta como puerto natural. La colonia fue cambiando de manos a lo largo de sus primeros siglos de historia al mismo tiempo que crecía en importancia gracias a su privilegiada posición entre el mar de Mármara y el Negro, a caballo entre Europa y Asia. Pero lo que cambiaría la historia de la ciudad para siempre fue la decisión de Constantino I de trasladar la capital del Imperio romano de Roma hasta aquí y bautizarla como Constantinopla. Corría el año 330 d.C.  Con la conversión del imperio al cristianismo, la nueva Roma se embelleció con ricas iglesias, palacios y obras de ingeniería civil, como el acueducto de Valente o las diversas cisternas. Tras más de mil años como la capital del cristianismo oriental, Constantinopla fue conquistada en 1453 por las tropas otomanas de Mehmet II.

 

Santa Sofía

Foto: iStock

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La herencia bizantina

Más de 500 años desde el fin del Imperio bizantino, la ciudad aún cuenta con una importante herencia de aquel periodo. La lista es larga, desde las poderosas murallas que una vez fueron inexpugnables y defendieron Constantinopla de una docena de asedios y que pueden recorrerse en muchos tramos, hasta iglesias como la sobria y elegante Santa Irene, o la de San Salvador en Chora con maravillosos mosaicos, y, por supuesto, la obra maestra de la cristiandad: Santa Sofía. 

Este grandioso templo fue proyectado por Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto durante el reinado de Justiniano y fue terminado en el año 537. Durante siglos fue el mayor edificio del mundo y una obra de ingeniería única, con una elegante cúpula de 32 metros de diámetro que tardaría casi mil años en poder emularse. Santa Sofía ha permanecido durante 15 siglos como el símbolo de la trascendencia del Imperio bizantino. Al entrar, resulta imposible no maravillarse ante su amplitud y luminosidad –a pesar de los finestrales tapiados por los otomanos–, los mosaicos que han llegado hasta nuestros días y la gracilidad de los pilares que rodean la base de la colosal cúpula. 

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Santa Sofia

Foto: iStock

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El epicentro de Constantinopla

Frente a Santa Sofía se abre la gran explanada que albergó el centro del entretenimiento en la antigua Constantinopla: el Hipódromo. Aunque paseando por la zona hoy sea difícil imaginárselo, esta pista de 400 m de longitud tenía capacidad para entre 40.000 y 60.000 espectadores; fue incluso testigo de revueltas entre los dos grandes grupos de aficionados, los azules y los verdes. Hoy en día solo quedan algunos de los monumentos que se erigían en la espina central de la pista. Uno de ellos es la Columna Serpentina, del siglo V a.C. y procedente de Delfos, que conmemoraba la victoria de los griegos sobre los persas en las guerras Médicas. También allí se erigía el Obelisco de Tutmosis III, traído de Egipto por el emperador Teodosio, y el Obelisco de Constantino, gravemente dañado durante la Cuarta Cruzada (1204), cuando la ciudad fue saqueada por los venecianos, que entre otros tesoros se llevaron la Cuadriga Triunfal que ahora preside la Basílica de San Marcos. 

Mezquita azul

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La huella del período otomano

Estambul también reúne grandes construcciones del periodo otomano que permiten evocar los días más esplendorosos del reinado de los sultanes. Destacan templos majestuosos, como la Mezquita Azul o la obra maestra del arquitecto Sinan, la Mezquita de Solimán o Suleymaniye; palacios como el de Tokpapi y el de Dolmabahçe; hamams hermosos como el de Çemberlitas o el de Suleymaniye, Galatasaray o Cagaloglu. 

 

Fener. Barrios callejear

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De barrio en barrio

Pero el alma de Estambul no reside en sus monumentos, sino en sus calles cargadas de historia, en la lúgubre esquina de un edificio con cientos de años de antigüedad, en iglesias de las que nadie recuerda el nombre, en unos capiteles romanos abandonados en un pequeño parque. Por este motivo la mejor manera de explorar el Cuerno de Oro es a pie, perdiéndose por barrios tan venerables como Fener, en el que hasta hace 50 años la lengua predominante era el griego, o por Balat, cuyas antiguas sinagogas constituyen el último legado de una comunidad sefardí ya casi desaparecida. 

 

Islas Príncipe

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En ferry entre las Islas Príncipe

Desde el ferry que atraviesa el mar de Mármara se ve cómo va alejándose el mágico horizonte del Cuerno de Oro, en el que sobresalen las cúpulas y los minaretes de las mezquitas. A la izquierda, frente a la costa asiática de Estambul, aparecen las idílicas islas Príncipe. Este conjunto de ocho islas fue en la época bizantina un lugar de exilio para los miembros de la familia imperial repudiados, y durante el periodo otomano se convirtieron en un refugio para las clases acomodadas. Aún hoy se pueden ver sus antiguas villas de madera entre el verdor circundante, como un oasis en el mar que permite escapar de la locura y el caos de la gran ciudad. 

Tras dos horas de trayecto el barco alcanza la orilla asiática, donde se toma un autobús para llegar a Bursa, la primera capital otomana, instalada a los pies del nevado monte Uludag (2543 m).

Bursa

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Llegada a Bursa

La primera impresión de Bursa es engañosa. Parece otra ciudad moderna más, pero su herencia histórica lo desmiente pronto. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Bursa ya era una ciudad de relativa importancia durante el periodo bizantino. En 1326, Osman, el fundador del Imperio otomano, conquistó la ciudad y la convirtió en su capital. Su hijo Orhan la enriqueció mientras el naciente imperio se iba expandiendo. Bursa continuó siendo el centro del poder hasta que, en 1369, Murad I trasladó la capital a las llanuras de Tracia, a la recién conquistada Adrianopolis, la actual Edirne.

Ulu Camii

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De estilo selyúcida

Ulu Camii es la mayor mezquita de la ciudad, construida por Beyazit I en 1399. Cuenta la leyenda que este sultán había prometido construir 20 mezquitas si conseguía derrotar a los Cruzados en la batalla de Nicopolis, pero que finalmente decidió construir una mezquita con 20 cúpulas. El cambio respecto al estilo arquitectónico otomano que luego exhibirían los templos imperiales de Estambul es inmenso. La Ulu Camii es una mezquita selyúcida, una antigua dinastía turca que reinó en gran parte de Oriente Medio entre los siglos XI y XIII, y con un estilo muy próximo al persa. 

 

Koza Han. Bazar

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El corazón de Bursa

Alrededor de la mezquita se localiza el histórico y extenso bazar de Bursa, con una amalgama de partes antiguas y modernas de todos los periodos. En sus atestados pasillos flotan aromas de té, piel curtida, comidas especiadas y gritos de vendedores y compradores en una sucesión de tiendas repletas de ropa, cachivaches hechos en China, perfumes, especias... 

El rincón más peculiar del bazar es el Koza Han, el epicentro de la sericicultura en Bursa. Este fascinante caravasar del siglo XV ha mantenido desde entonces su vínculo con el comercio y la producción de seda, tal y como atestiguan sus ricas tiendas dedicadas a este delicado material. No es necesario comprar nada para disfrutar del patio que el Koza Han reserva en su interior, un lugar ideal para tomarse un té como los locales y presenciar una partida de tavla, el backgammon turco. 

 

Torre Reloj

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En busca de las mejores vistas

El barrio de Tophane es el más antiguo de Bursa. Aquí las antiguas casas de estilo otomano conviven con construcciones recientes. Hay un aroma a estufas de madera flotando por las calles empedradas. En Tophane se encuentran también las sobrias edificaciones que albergan las tumbas de los sultanes Osman y Orhan, los padres del Imperio otomano, que fueron reconstruidas durante el reinado del Sultán Abdul Aziz en 1863 tras haber quedado destruidas en el terremoto de 1855. Junto a ellas se eleva la esbelta Torre del Reloj, del siglo XIX, uno de los mejores miradores para tener una panorámica completa de la ciudad y del cercano monte Uludag.

Denominado Monte Olympos por los griegos, los otomanos lo renombraron Uludag, que significa Gran Montaña en turco. Con sus 2543 m, es el símbolo de Bursa. 

 

Monte Uludag

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El imponente Uludag

El Parque Nacional del monte Uludag es famoso entre los turcos por contar con las mejores pistas de esquí del país y del Mediterráneo oriental. Aunque se puede subir en coche, la manera más recomendable para disfrutar de las vistas y de una subida sin tráfico es aprovechar el larguísimo teleférico de 8 km que llega hasta los 1810 m. La estación superior dispone de todo tipo de hoteles y restaurantes. Desde allí se accede a una gran variedad de pistas que ofrecen descensos entre bosques y extensas laderas. 

Tras una visita a las frías y nevadas laderas del Uludag, apetece acudir a Çekirge, una población conocida por sus aguas termales. Los otomanos aprovecharon las antiguas instalaciones romanas para construir sus propios baños, que con el tiempo tomaron la forma de los actuales hammams. El de Eski Kaplica, fundado en el siglo XIV, es uno de los más famosos, un lugar ideal para disfrutar de las aguas termales tras una jornada de esquí en el monte Uludag o después de pasear por las antiguas calles de Bursa. En la misma zona se erige la mezquita y la tumba del sultán Murad I, famoso por haber abierto las puertas de los Balcanes al Imperio otomano tras su victoria en la batalla de Kosovo en 1389.

 

Iskender Kebab. Kebab

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Es hora de relajarse...

De vuelta a Bursa, callejeando por el centro, los carteles de los restaurantes no dejan de llamar la atención del viajero con platos que se prometen suculentos, como el iskender kebab, un delicioso kebab de cordero sobre una base de pan cubierto de salsa de tomate, yogur y mantequilla fundida. Es la especialidad de la ciudad, inventado en 1867 por Iskender Efendi en el restaurante Kebapçi Iskender.

Para acabar el día es recomendable dirigirse al Mavi Yel, un bar en lo alto de un edificio en la calle Hasim Iscan que posee una de las mejores vistas de la ciudad. Tomando un té cultivado al este del mar Negro, se contemplan los minaretes de las mezquitas otomanas de Bursa elevándose hacia el cielo crepuscular, mientras la figura del monte Uludag va desapareciendo abrazado por la noche.

 

Torre Gálata

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