Estrasburgo, la perfecta ciudad mestiza de Alsacia

Esta ciudad francesa de alma alemana propone un paseo entre joyas medievales y edificios de cristal que arropan los canales del río Ill.

Estrasburgo ha sido y es lo que su propio nombre indica: Straten-burgum, un cruce de caminos. Ciudad abierta en todos los sentidos: en el más literal y geográfico, junto a la frontera líquida, inestable, del Rin; y también en el plano temporal, enlazando sus orígenes y cénits históricos con la actual Europa unida que reparte sus cuarteles entre Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo. La capital del nuevo Gran Este francés –la Alsacia de toda la vida– es ahora también el hogar de todos los europeos.

Aquí se inventó la Marsellesa, el himno nacional francés, pero también la bandera azul con estrellas doradas de la Unión Europea. Surcando sus canales o recorriendo sus callejas medievales, siempre aflora la amalgama entre un pasado agitado, o glorioso, y un presente no exento de interrogantes.

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Estrasburgo

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La huella de Erasmo y Gutenberg

Las huellas de la Argentoratum romana hay que buscarlas en los museos. Pero el rostro de la «ciudad libre» del Sacro Imperio romano-germánico está patente en la catedral gótica y las ricas mansiones de entramado visto. El esplendor medieval atrajo a comerciantes y humanistas de la nueva era. Erasmo vino a la ciudad y la puso por las nubes; Gutenberg inventó aquí la imprenta, aunque salió a palos con sus socios y se llevó su invento a Frankfurt. El talante liberal abrazó las ideas de la Reforma, hasta que el Rey Sol la metió en cintura –católica– y propició que los hôtels à la parisien crecieran como hongos.

Palamento Europeo

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Símbolo de entendimiento

Luego cambió de manos con asombrosa facilidad. Alemana a ratos –ahí quedó el ampuloso barrio de Neustadt–, francesa para variar y con un idioma propio, el alsaciano, que se parece tan poco al francés como al alemán. Las peleas vecinales acabaron cuando los padres de Europa decidieron convertir esta ciudad en capital comunitaria y símbolo de entendimiento, fijando aquí el Parlamento Europeo, el Consejo de Europa y el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos.

PetitFrance

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La coqueta Petite France

Eso sí, nada ni nadie le puede arrebatar su corazoncito. O sea, el núcleo histórico, la llamada Petite France, que va de la iglesia de Santo Tomás hasta los Ponts Couverts. Era el barrio de los pescadores, curtidores y molineros, y sus casas de entramado, reflejándose en la pereza de los canales, mantienen el aspecto menestral de antaño.

Para iniciar el flirteo con esta ciudad lo mejor es situarse frente a los Puentes Cubiertos y el Barrage Vauban o esclusa: desde ahí se tiene la mejor vista de conjunto de los brazos del río Ill –afluente del Rin–, de los puentes fortificados y de las torres que asoman como de puntillas para salir en la foto.

Estrasburgo

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Entre puentes y tiendas

Los Puentes Cubiertos son tres en raya, enlazando cuatro brazos de agua; perdieron su cubierta en el siglo XVIII. Ahora ese barrio medieval es puro escaparate. Anticuarios, artesanos, tiendas que comparten zaguán con terrazas y restaurantes, callejuelas empedradas, sombreadas por plátanos y encendidas por el fuego de geranios.

Estrasburgo. Más bohemio

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Los barrios más bohemios

El ambiente bohemio hay que buscarlo en el barrio de la catedral; para convencerse basta acercarse por allí un viernes o sábado por la noche. Porque, de día, los turistas suben a la torre de la catedral a ver si divisan el Rin –Goethe, cuando estudiaba aquí, subía para vencer su vértigo– o se paran embobados frente al reloj astronómico.

Los barrios que arropan a la catedral, el Carré d’Or por un lado y Krutenau a la otra orilla del canal, son el tejido más animado del centro, tanto para las compras como para sentarse en una brasserie o una winstube, la típica taberna alsaciana, a disfrutar un riesling fresco y convincente. Además, quedan al lado los museos que se alojan en el dieciochesco Palais Rohan y el Museo Alsaciano.

Place Kléber

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De plaza en plaza

Otro de los centros de gravedad de Estrasburgo es la Place Kléber, lo más parecido a una plaza mayor, con tiendas y cafés siempre concurridos. Es fácil imaginar en esos bistrós a Dumas o a Rousseau, que se quejaba de lo comilones que son los alsacianos, o al nostálgico Gérard de Nerval, o a Victor Hugo tomando apuntes para su libro sobre el Rin.

Una hermosa avenida conduce a otra plaza importante, Place Broglie, donde está el Hôtel de Ville o Ayuntamiento. Queda a un paso Neustadt, el barrio imperial, con el Palacio del Rin presidiendo la Place de la République. Y solo un paseíto más para alcanzar la «zona europea», donde se agrupan los edificios de cristal de las instituciones europeas, con sus inmuebles auxiliares, y un montón de colegios o residencias universitarias. Y el barrio-jardín de l’Orangerie de fondo.

Los sabores de Estrasburgo

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Los sabores de Estrasburgo

Lo que no cambia, por más que cambie el decorado, es el espíritu alsaciano, que acaba conquistando a burócratas y foráneos en general. O sea, el apetito insaciable, que da buena cuenta de un sauerkraut o choucroute, el plato más típico junto con la flammenkueche o torta de nata, beicon y cebolla. Dicen algunos que el foie-gras se inventó aquí en 1780. Pero las delicias gastronómicas, los vinos pálidos, los quesos –el potente munster– y los dulces quedan fuera de toda discusión. Lo mismo que la vitalidad y el sentido del humor: no se olvide que alsaciano era Simon Marx, padre de Groucho, Harpo y Chico.

Estrasburgo