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Extremadura a lo grande

Extremadura es la destilación máxima del paisaje mediterráneo. En la dehesa conviven los intereses humanos y los naturales sin fisuras, y ciudades pequeñas pero con conjuntos monumentales motean el territorio.

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shutterstock 1108112057. Nieva en el Jerte

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Nieva en el Jerte

A finales de marzo, con los primeros calorcitos del año, en el valle del Jerte aparece una nevada. Pero no son copos de agua congelada, sino de pétalos del millón de cerezos que se escalonan metódicamente por las laderas. Si le da por soplar un poco de viento, el ambiente se llena de confeti blanco.

Cualquier punto por el que entrar a Extremadura es bueno, pues siempre se encontrarán en ella lugares bellos por su naturaleza, historia, arquitectura o arte. Pero si uno se desliza cuesta abajo desde el puerto de Tornavacas (1275 m), justo en la frontera con Ávila, se queda pasmado ante el colchón blandito que parecen los cerezos. Se trata de una visión fugaz que dura un par de semanas y que jamás se sabe a ciencia cierta en qué días tendrá lugar pues, lógicamente, depende de cómo haya sido cada invierno.

El Jerte vive de las cerezas, de las cuarenta variedades de esa fruta que parece un rubí. Pero también, en las últimas décadas, de ese hanami en pequeño que es el periodo de la flor en las ramas. Los forasteros llegan atraídos por el espectáculo blanco. No tantos regresarán un par de meses después a contemplar la fruta colgando como aretes que motean las laderas de destellos carmesí.

iStock-1218804989. Entre aguas

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Entre aguas

La carretera N-110 y el río Jerte se enlazan como cachorros jugueteando mientras pierden pendiente y vertebran el valle. El viajero busca los lugares donde le han dicho que el espectáculo de los cerezos florecidos resulta más impactante: Tornavacas, Piornal, El Torno, el puerto de Honduras. Tal vez recuerde que también le han recomendado acercarse a la reserva natural de la Garganta de los Infiernos, cuyas refrescantes pozas –como las de los Pilones– son antónimas: celestiales

iStock-1045098648. Un campamento base muy medieval

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Un campamento base muy medieval

Tan pronto se abandona el valle del Jerte por el extremo sudoeste aparece un buen cuartel general para pasar varios días rastreando el propio Jerte y otros cercanos como el de Ambroz o La Vera. Es Plasencia. Tamaño ideal, 40.000 habitantes, frontera histórica entre los reinos de Castilla y León y punto también estratégico de la Vía de la Plata trazada por los romanos. De ahí que tenga un patrimonio histórico que hay que visitar. Presenta dos catedrales, a falta de una. La vieja es románica, levantada entre los siglos xiii y xiv, con un buen rosetón en su fachada principal y unas exageradas espadañas que se ponen de perfil. La nueva empezó a construirse a finales del xv porque la otra les parecía pasada de moda. Ni la acabaron, a mitad del xviii se rindieron. En el pecado –de soberbia, tal vez– va la penitencia.

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Hallazgos en Plasencia

Quien se pasea por Plasencia busca el recodo meridional del río Jerte, donde se arrebuja el casco antiguo. Se acerca al acueducto. Pero, sobre todo, pone cara de interrogación ante el Abuelo Mayorga, el personaje más célebre de la ciudad. Es un autómata que se aferra a la torre del Ayuntamiento y está muy pendiente de acompañar el toque de campanas a cada hora en punto. Habrá quien a Plasencia habrá ido cautivado por la escena del cuadro de Joaquín Sorolla El mercado. Notará que el pintor de la luz siguió un orden muy extremeño: antes que nada y en el plano protagonista, el cerdo ibérico de piel negra; y detrás, el Palacio del Gobernador. El jamón es el jamón.

iStock-1161409651. Excursiones para todos... incluso para un Rey

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Excursiones para todos... incluso para un Rey

Desde la ciudad de Plasencia, los viajeros gourmands peregrinan al valle de la Vera. En esta comarca brillan con luz propia los pueblos como Valverde de la Vera o Cuacos de Yuste. Este último destaca por albergar San Jerónimo de Yuste, un monasterio y palacio donde se alojó al emperador Carlos I durante sus últimos días de vida.

 

Por otro lado, los que prefieren el agua fría, pueden optar por bañarse en playas muy populares como las del lago de Jaraiz. Y los que buscan darle un toque final a un plato, en busca del pimentón más prestigioso. Está encerrado en latas preciosas intencionadamente «retro» que emulan tesoros de piratas. Un plan perfecto

iStock-626490982. El único parque nacional de la Región

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El único parque nacional de la Región

A medio camino entre Plasencia y Cáceres, siguiendo el tobogán que utilizamos en dirección sur, nos espera la gran joya natural de Extremadura, su único parque nacional: Monfragüe.

Escojan. Según algunos, el nombre viene del romano Mons fragorum (montaña densa, por sus bosques). Otros dicen que, inequívocamente, del árabe Al-Mofrag (el Abismo). Ambas soluciones tienen visos de ser ciertas. Pero si uno asciende hasta el filo rocoso donde precisamente se halla el castillo musulmán de Monfragüe, con sus cinco torres diseminadas por la arista, tiene tendencia a concederle la victoria. Se sube cómodamente en coche hasta la base de la Torre del Homenaje, la mejor conservada. O, como mucho, si el exiguo aparcamiento superior está lleno, en una cuestita de media hora a pie desde el inferior.

shutterstock 1287368536. Con muchas vistas

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Con muchas vistas

El premio es máximo, la visión de una gran curva que marca el río Tajo y los farallones verticales de roca donde se acomodan rapaces y carroñeras: una colonia abundante de buitres leonados y el escaso alimoche, águilas perdiceras en barrena y, en la parte más baja, unas discretas cigüeñas negras, el ave extremeña por excelencia, con un cuello irisado de verde que parece fruto de una forja metálica.

Monfragüe es, además, Reserva de la Biosfera reconocida por la Unesco. En las copas de los árboles nidifica la rara águila imperial y aparece, con su mirada huidiza y culpable, el buitre negro. Esta magnífica ave con alas de 2,5 metros de envergadura tiene aquí la mayor colonia del mundo.

Al bajar del castillo todos se detienen en el Salto del Gitano, una de las rocas más características del parque nacional. A partir de entonces el terreno se ondula y ya se puede practicar senderismo por un territorio mediterráneo en su máxima expresión. Es la dehesa extremeña un Serengueti hecho a mano, podría decirse.

iStock-658390066. La dehesa como una joya

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La dehesa como una joya

El prieto bosque de encinas y robles ha sido clareado por los seres humanos para generar un ecosistema no natural pero sí tremendamente efectivo: madera de los árboles, corcho de los alcornocales, bellotas que los cerdos ibéricos comen con fruición para alimentar sus codiciadas ancas… Mientras grandes mamíferos como el ciervo aprovechan los claros para pastar. Este parque es un buen lugar para oír el bramido prehistórico de la berrea en otoño, aunque los animales sean menos visibles que en grandes zonas abiertas como Cabañeros o Cazorla.

Un animal con nombre similar pero que no se parece en nada aparece por las ramas, confiado en que su cornamenta lo protegerá. El macho del ciervo volante (Lucanus cervus), uno de los mayores insectos de la fauna ibérica, tiene unas mandíbulas que parecen la defensa de un ciervo, de ahí su nombre. Sin embargo, asociarlo a una excavadora parecería más plausible. Se trata de un gran comedor de madera podrida, por lo que ya solo habita en bosques maduros. Aquí, en verano, se deja ver, y es hermoso, un auténtico buldócer que reconcilia con los escarabajos a quienes les tienen pavor. La hembra, como en tantas otras especies animales, es más pequeña y no posee las mandíbulas tan desarrolladas, pues su objetivo es pasar desapercibida a los depredadores.

Hay que ser un auténtico suertudo para dar con el lince ibérico, pero este felino tocado de muerte por el mundo moderno tiene aquí una pequeña población. ¿Tal vez al crepúsculo, en una carreterita local? Conduzca con cuidado.

iStock-1207026592. Cáceres: un respiro urbano Patrimonio de la Humanidad

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Cáceres: un respiro urbano Patrimonio de la Humanidad

Saciados de naturaleza, podemos tomarnos un respiro urbano. Cáceres reclama un parón largo, la ciudad ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad y pide paseos. Hay una valiosa lista de monumentos: la concatedral de Santa María, el Palacio de las Veletas, la Casa del Sol, la Torre de Bujaco (emblema de la Plaza Mayor), el Arco de la Estrella… son algunos de los inevitables. Además, en el callejeo, uno se encuentra con una docena de palacios, encabezados por el Episcopal, Golfines de Arriba y de Abajo, el de las Cigüeñas o las docenas de casas señoriales que convierten a Cáceres en uno de los núcleos medievales y del Renacimiento más completos del mundo. Dos esbeltos campanarios blancos apretujan la nave principal de la iglesia de San Francisco Javier. Es un templo barroco del siglo xviii, con una zigzagueante escalinata y una plaza alargada a sus pies. Puede fácilmente convertirse en el monumento favorito de muchos, por su sencilla altivez.

iStock-501056675. Bocados cacereños

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Bocados cacereños

Si en todo este recorrido por el norte extremeño el viajero todavía no se había dejado seducir por la gastronomía extremeña, ahora aparece el momento de reparar tamaño desatino. Es una cocina contundente, heredera de un mundo pastoril. Sabrosa y variada, aunque muchos foráneos prácticamente se dedicarán al duopolio de trasegar pan con jamón ibérico y el queso Torta del Casar. Comprensible.

Rebusque en las callejuelas del casco histórico cacereño. Además de los grandes monumentos, hay pequeñas exquisiteces, como la antigua judería o la casa-museo Yusuf Borch, que muestra cómo vivía un mercader árabe medieval.

Le hablarán los cacereños de su impactante Semana Santa. Es de esperar, pero pregunte por qué para el 23 de abril hacen desfiles de moros y cristianos al estilo de los que tienen lugar justo en el extremo opuesto de la Península. Y por qué queman al dragón como símbolo de la victoria de san Jorge. Aquí, queda exótico. Como las torres desmochadas por orden de Isabel la Católica para castigar a los burgueses que no se pusieron de su parte en un conflicto armado. Lucen completas las de Bujaco y Púlpitos, por su adhesión a la reina.

shutterstock 610011176. Coordenadas geológicas

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Coordenadas geológicas

A tan solo 14 km al oeste de la ciudad de Cáceres, queda una curiosidad geológica que no puede dejarse de ver. Se trata de los paisajes de granito cuarteado de Los Barruecos, que generan unas rocas redondeadas conocidas popularmente como «bolos». Es territorio de grabados rupestres y otros restos arqueológicos. Y si en algún lugar del planeta puede darse una batalla con dragones lanzallamas sin duda es aquí. Por eso la serie televisiva Juego de Tronos lo escogió para una pelea épica que acaba oliendo a chamusquina.

iStock-1144310037. Mérida en clave emérita

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Mérida en clave emérita

Rumbo al Mediodía, la inexcusable Mérida. La alhaja de la herencia de los romanos, que decidieron nombrarla capital de la Lusitania y llegó a convertirse en la villa más grande de la Península Ibérica. La bautizaron Augusta Emerita, más solemne no puede ser el nombre. Mérida se acuesta en la orilla derecha del Guadiana, lo que le da para presumir de un puente romano considerado el más largo de la Antigüedad. Hasta 60 arcos mojan sus pilares en el agua, y proporcionan una pasarela empedrada que se acerca a los 800 metros.

Los monumentos que dejaron los romanos son todos sensacionales: el teatro, con capacidad para 6000 espectadores; y el cercano anfiteatro, donde los gladiadores luchaban por su vida frente a enemigos de carne y hueso… y el sol emeritense.

iStock-856480936. Arquitectura y arqueología

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Arquitectura y arqueología

Para comprender la dimensión de la huella del imperio en Mérida hay que visitar el Museo Nacional de Arte Romano (en la imagen), seguramente el mejor de toda la comunidad autónoma, donde Rafael Moneo rindió homenaje a la arquitectura del ladrillo, un invento que, aunque no lo parezca, tiene diez milenios de antigüedad y por el que los romanos mostraron predilección como base arquitectónica.

Pero no se vaya de Mérida sin visitar la alcazaba árabe. Tiene «solo» mil años. Pero es la más antigua fortificación musulmana de la Piel de Toro. Se trata de una muralla casi cuadrangular situada al lado del Puente Romano.

iStock-499774294. No infravaloren Badajoz

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No infravaloren Badajoz

En la Raya de Portugal, ese territorio inventado-real que Luis Carandell, prolífico escritor y papiroflecta, recorrió en 1970 para confeccionar un –todavía– original libro de viajes, se halla Badajoz. Es la mayor de las ciudades extremeñas y tal vez no pueda competir con las demás en monumentalidad. Pero posee el único museo dedicado a arte español, portugués e iberoamericano que se conozca, el MEIAC (Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo). Y, por lo visto, unas sagas de comerciantes con sentido del humor, pues hicieron construir un pequeño alminar en pleno centro por el simple capricho de llamar a su tienda Almacenes La Giralda. El comercio ya no funciona, pero el edificio está intacto.

La Plaza Alta, donde se celebraba el mercado en la Edad Media, vale el desvío. Es difícil de describir, con su forma irregular y un rincón donde los colores grana y blanco de los edificios juegan a marear. La ciudad ahonda en su originalidad ofreciendo un museo de la veterinaria con más de un siglo de antigüedad.

shutterstock 1336841246 (2). Olivenza, la mestiza

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Olivenza, la mestiza

iguiendo la carandelliana Raya hacia el sur está una de las rarezas más raras de este delicioso país: Olivenza. Se trata de un pueblito blanco hasta provocar daños ópticos, de calles rectilíneas, ventanas enrejadas y arcos decorativos.Frente al edificio del Ayuntamiento, la puerta de estilo manuelino quiere decirnos algo. Este pueblo perteneció a Portugal durante más de 500 años, y todavía algunos irredentos reclaman su posesión, pese a que ambos estados afirman haber zanjado el asunto. Solo los más viejos hablan portugués, pero esta lengua fue la mayoritaria en el pueblo hasta la década de 1940.

Pero a Olivenza no se va solo por la peculiaridad histórica. Sus iglesias están repletas de azulejos al estilo luso. El templo de Santa María exhibe un dorado Árbol de Jesé de 15 m de altura. Y la nave principal de la iglesia de la Magdalena se sostiene con una columnas helicoidales que favorecen la tortícolis.

iStock-152535071 (1). Guadalupe, la guinda pefecta

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Guadalupe, la guinda pefecta

No se me ocurre mejor manera de cerrar un viaje extremeño que en el monasterio de Guadalupe. Gótico, mudéjar, barroco, en pie desde que en 1322 la Virgen se apareciera a un pastor. Se comenzó con una ermita, por supuesto, pero el santuario se convirtió en un enorme recinto fortificado con dos claustros, uno mudéjar y otro gótico flamígero. Un complejo que durante la Edad Media llegó a albergar hasta once hospitales. Reyes, nobles, exploradores, literatos, santas místicas y conquistadores han descansado sus huesos aquí. La Virgen de Guadalupe, oscura de piel –¿el color de la madera o pagana reminiscencia del culto a la Madre Tierra?–, ha sido bastante viajera. Estuvo en Constantinopla largo tiempo antes de regresar.

Prácticamente todas las estancias de Guadalupe apabullan por su historia y monumentalidad. Sin embargo, hay dos piezas que reclaman letras capitulares. Una es la biblioteca, que supera los 100.000 volúmenes, lo que no es un dato menor, teniendo en cuenta que el santuario estuvo prácticamente arrasado desde la Desamortización y hasta que en 1908 se hicieran cargo de él los franciscanos.

Y el otro es la sacristía, que muchos consideran más una pinacoteca, con ocho cuadros de Francisco Zurbarán. Hay en el recinto, además, un museo de libros miniados, obras de Luca Giordano, Goya, El Greco… En fin, que obrará muy santamente quien decida pasar, por lo menos, una noche en la hospedería y desgranar un par de jornadas en este fastuoso monasterio enclavado en la sierra de las Villuercas –y esta es otra de las singularidades extremeñas–, uno de los extremos transoceánicos de los Apalaches norteamericanos. ❚

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