refugio de leviatanes

La familia que decidió vivir en el fin del mundo

Entre el mito y el deseo, el Parque Nacional Cabo de Hornos en uno de los lugares más inaccesibles y remotos del mundo.

Dicen del Cabo de Hornos que es demasiado hostil para ser un paraíso y demasiado hermoso para ser un infierno. Tan mítico como deseado, el escritor y navegante francés Paul Guimard dejó escrito que el Cabo de Hornos hubiera podido ser para siempre nada más de lo que es, un pequeño punto sobre el mapa del mundo; pero los hombres y los veleros lo han transformado en una epopeya. La leyenda comenzó durante el siglo XVII, cuando los holandeses se llevaron el mérito de descubrir el paso interoceánico por el Cabo de Hornos. Eso sí, con el permiso de Francisco de Hoces y de Francis Drake que les precedieron en 90 y 37 años respectivamente.

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Foto: Rafa Pérez

La obsesión de la Compañía Austral era encontrar un nuevo paso que le permitiera eludir la exclusividad en las rutas de la todopoderosa Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. El 25 de enero de 1616, en el cuaderno de bitácora del buque Eendracht (Concordia), con Le Maire y Schouten a bordo, aparecía la siguiente anotación: «En la mañana estábamos cerca de la tierra del oriente, muy alta e irregular. Le dimos el nombre de Staten Landt, pero a la tierra al oeste la llamamos Mauritius de Nassau. Sin duda, era el gran mar del Sur, lo que nos puso muy contentos porque habíamos encontrado un camino que hasta ese momento era desconocido para la gente». 

Tan solo cuatro días después, Le Maire vio una tierra muy alta y blanca de nieve, con dos cerros altos hacia el oeste. En honor a la ciudad holandesa de Hoorn, sede de la compañía, llamaron a aquel pedazo de tierra Kaap Hoorn, que nosotros hemos mal traducido como Cabo de Hornos. Desde un punto de vista estratégico, esta nueva vía facilitaba el acceso al océano Pacífico. Aún faltaban más de dos siglos para que Fitz Roy descubriera el tercer paso interoceánico, el Canal Beagle, y la navegación por el estrecho de Magallanes estaba a merced de los vientos, con el consecuente riesgo de naufragio. Si bien la ruta por el Cabo de Hornos tampoco estaba exenta de riesgos por los severos temporales y la presencia de vientos contrarios en la zona. 

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Foto: Rafa Pérez

Desembarco en Cabo de Hornos

Cuando el jefe de expedición del Ventus Australis, tras consultarlo con el capitán del barco, anuncia que se puede desembarcar en el Cabo de Hornos, hay un estallido de júbilo a bordo. Pese a que todos los pasajeros asumen que existe la posibilidad de no poder poner el pie en esta remota isla, debido a las condiciones climatológicas, no se puede negar que es el sueño de la mayoría de ellos, incluso sin que oficialmente se puedan considerar verdaderos Cap Horniers, privilegio reservado a aquellos que doblan el cabo —los barcos de Australis únicamente hacen esta maniobra en días muy concretos de buen tiempo— y que da derecho a ponerse un aro en la oreja izquierda, a no saludar con una genuflexión al rey, a comer con el pie encima de la mesa y a orinar a barlovento. Aun así, el pellizco en el estómago está presente en todo el trayecto en zodiac desde el barco hasta tierra firme. 

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El archipiélago está constituido por ocho islas y varios islotes; la isla de Hornos es la más austral. Más allá, a algo menos de mil kilómetros de distancia, está la Antártida. El faro de Julio Verne no era el del fin del mundo, así como tampoco lo es el único que se visita en la isla —el verdadero está en cerro Pirámide—, con una casa anexa en la que suele vivir un militar de la Armada chilena con su familia, destinados en la isla durante un año de su vida. José Luarte y Pamela Tranamil son una excepción, ellos han decidido junto a sus hijos Gael y Sofía prorrogar la estancia otro año más. Ah, también su gato Calafate.

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La familia Luarte

Los militares postulan de forma voluntaria al puesto y tanto ellos como todos los familiares que los acompañen deben pasar por una operación preventiva de apéndice. Puerto Williams está a ocho horas en buque y una en helicóptero, tiempos solo válidos aquellos raros días al año en los que hace buen tiempo, otros es imposible alcanzar la isla. Todas las pertenencias de su domicilio habitual se van a una bodega, apenas pueden escoger una cosa y ellos lo tuvieron claro: su cama. 

Cuenta José que los días que hace mucho viento la casa se mueve, en el Cabo de Hornos se han registrado vientos de 275 kilómetros por hora. La lluvia se alterna con el granizo, la nieve o la ventisca con una rapidez inusitada. Además, fuera de la temporada de llegada de los cruceros de expedición Australis, que operan entre finales de septiembre y primeros de abril, se quedan en completa soledad, con la única visita del buque de la Armada que les trae provisiones cada dos meses. Pero toda la familia asegura que es un paisaje que genera adicción, que les permite un grado muy elevado de introspección, cálidas charlas y grandes momentos en familia.

 

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La misión de José, con el cargo de Alcamar (Alcalde de Mar), es controlar el tráfico marítimo, salvaguardar vidas, efectuar soberanía y el monitoreo del clima, cuyo parte envía cada tres horas, de día y de noche. Pamela tiene el cargo de guardaparque, ya que la isla está protegida bajo la figura de Parque Nacional. Los niños, tras unos primeros días un poco inciertos, se han adaptado perfectamente. Gael dice que es de viento y Sofía de lluvia. Pasan los días estudiando, ninguno de los dos pierde el curso escolar y se examinan en Puerto Williams, y haciendo excursiones por las cercanías del faro monumental o avistando aves que Sofía pinta en acuarelas que vende por algunos pesos. Gael, el pequeño, trata seguir la pasión artística de su hermana. Dice Sofía que la fauna no tiene miedo porque están acostumbrados a que no les hagan daño. 

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Lo que más echan de menos es el salmón fresco y algunos otros pescados: la paradoja de estar rodeados de mar y encontrar a faltar el pescado, pero todas las provisiones que llegan son congeladas y ellos tienen que elaborar todo, incluso la ración de pan diaria que cuecen en casa. El agua para beber y demás usos es la que cae de la lluvia y pasa por un proceso de hervido antes de consumirla, precaución que no sería necesaria porque el Cabo de Hornos está ubicado más al sur que las corrientes de viento que transportan agentes contaminantes procedentes de la industria; la lluvia llega directa de las corrientes originadas sobre el océano Pacífico, por lo que el agua que deja es considerada la más pura del planeta

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Foto: Rafa Pérez

Tras visitar el faro hay que cumplir con la tradición de acercarse al monumento dedicado al albatros, aunque solo sea por rendir homenaje al ave que está presente acompañando todo el recorrido del Australis, llenando de belleza el otro lado del gran ventanal del camarote con sus hipnóticos vuelos. Un ave al que Sara Vial le dedica un poema que podemos ver en una losa de mármol al lado del camino que se dirige a la escultura y en la que Baudelaire veía la encarnación del poeta, del ser que en tierra es imperfecto y torpe, pero que en las alturas es majestuosos y sacrosanto, un ser que no es de este mundo. 

 

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Francisco Coloane, el gran escritor chileno, quien mejor ha narrado las tierras del extremo sur del país, habló largo y tendido sobre el Cabo de Hornos, ese trágico promontorio que apadrina el duelo constante de los dos océanos más importantes del mundo, según sus palabras. Cada vez que tenía ocasión contaba la historia de un barco cargado de pianos que naufragó en esas aguas, razón por la que las olas enfurecidas en días de tormenta hacían sonar una música que llegaba desde las profundidades marítimas.

«A Chile le fue entregado un cabo, una isla, una mole, una esfinge, una media luna, un cuerno, una espada, un umbral, un refugio de leviatanes, un cementerio, una brújula dislocada, una sonata de piano que acompaña el rugir de la tormenta. En ella aún escribimos y esculpimos los heraldos de la memoria. Alguna vez, Neruda dijo que el mar de Chile era una verdadera universidad. Es probable que el Cabo de Hornos sea el examen de grado». De esta manera, decía, el viaje habrá tenido sentido. De vuelta al camarote, un diploma firmado por el capitán es el testimonio gráfico de ese sueño cumplido. El intangible, formado por una mezcla de gusto salobre, viento que se pega a la piel con la intensidad de los primeros besos y ecos de algunas de las gestas más grandes de la navegación, quedará por mucho tiempo en la memoria.