Carretera y frailecillos

Los fiordos del salvaje oeste de Islandia

Un road trip por uno de los territorios más inéditos y vírgenes de Europa.

En la cara occidental de Islandia el asfalto desaparece en virtud de sendas de gravilla que conducen al viajero al territorio más inhóspito de Europa. Acantilados de cuatrocientos metros de altura coronados por faros solitarios, glaciares y páramos de tundra, aldeas costeras sacadas de leyendas vikingas y un cúmulo de penínsulas y bahías retorcidas que parecen el garabato de un niño en la zona más próxima al Círculo Polar Ártico. El sol de medianoche ilumina en esta época del año Vestfirdir o los Fiordos del Oeste.

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Lejos quedan ahora las rutas turísticas que apuntan a Reikiavik, al Círculo Dorado o a la laguna de Jökulsárlón. Esta es la zona más aislada del país, situada en su extremo noroccidental como una región salpicada por el mar de Groenlandia y estructurada por incontables cabos y ensenadas donde las masas ni están, ni se les esperan. Su superficie: 9.409 km2, o el equivalente al tamaño de Chipre; su población, apenas 7.000 habitantes.

El viajero que acude a los Fiordos del Oeste —solo su nombre ya despierta el espíritu de aventura—, deberá saber que el verano es la mejor época para explorar esta tierra virgen y hostil, en ocasiones, ya que en invierno buena parte de las carreteras que bordean cada uno de sus tentáculos de tierra están cortadas y a oscuras. Porque en los meses más fríos apenas se ve la luz del sol en este capricho geológico del magma y el hielo sobre el Atlántico norte. Es el momento en el que aparecen las auroras boreales, pero esa es otra historia.

Sea invierno o estío, para el viaje a poniente hará falta un vehículo 4x4 para dominar los caminos pedregosos y desolados y al menos cuatro días para intentar hacerlo. Antes de arrancar siempre conviene consultar la web road.is y ver el estado de las carreteras.

Este es un itinerario circular para explorar los Fiordos del Oeste bajo el sol de medianoche.

 

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Westfjords: guía de viaje

Lejos quedan ahora las rutas turísticas que apuntan a Reikiavik, al Círculo Dorado o a la laguna de Jökulsárlón. Esta es la zona más aislada del país, situada en su extremo noroccidental como una región salpicada por el mar de Groenlandia y estructurada por incontables cabos y ensenadas donde las masas ni están, ni se les esperan. Su superficie: 9.409 km2, o el equivalente al tamaño de Chipre; su población, apenas 7.000 habitantes.

El viajero que acude a los Fiordos del Oeste —solo su nombre ya despierta el espíritu de aventura—, deberá saber que el verano es la mejor época para explorar esta tierra virgen y hostil, en ocasiones, ya que en invierno buena parte de las carreteras que bordean cada uno de sus tentáculos de tierra están cortadas y a oscuras. Porque en los meses más fríos apenas se ve la luz del sol en este capricho geológico del magma y el hielo sobre el Atlántico norte. Es el momento en el que aparecen las auroras boreales, pero esa es otra historia.

Sea invierno o estío, para el viaje a poniente hará falta un vehículo 4x4 para dominar los caminos pedregosos y desolados y al menos cuatro días para intentar hacerlo. Antes de arrancar siempre conviene consultar la web road.is y ver el estado de las carreteras.

Este es un itinerario circular para explorar los Fiordos del Oeste bajo el sol de medianoche.

 

La península de Snaefellness se encuentra a tan solo dos horas por carretera de Reikiavik, la capital de este país con 212.000 habitantes. Cataratas, volcanes, playas de arena negra, granjas y caballos salvajes, frailecillos, puertos pesqueros…Esta zona atesora un buen catálogo de lo que Islandia puede ofrecer como destino y protege el puerto de salida de esta expedición hacia Vestfirdir. Otra opción para entrar en los Fiordos del Oeste es hacerlo por la carretera 60 o por la 68, dejando atrás la turística Hringvegur. Pero en la tierra de los fiordos, el barco también tendrá su protagonismo.

El ferri zarpa desde Stykkishólmsbaer, principal población de Snaefellsness, rumbo al puerto de Brjánslaekur. En la travesía no es raro avistar alguna aleta de cachalote surcando el Breidafjordur, donde el viento sopla con fuerza al pasar junto a la isla de Flatey. Ya en territorio Vestfirdir, uno enseguida se da cuenta de que, si en Snafellsness había pocos turistas, ahora han desaparecido.

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Hola Brjánslaekur, adiós turistas

La península de Snaefellness se encuentra a tan solo dos horas por carretera de Reikiavik, la capital de este país con 212.000 habitantes. Cataratas, volcanes, playas de arena negra, granjas y caballos salvajes, frailecillos, puertos pesqueros…Esta zona atesora un buen catálogo de lo que Islandia puede ofrecer como destino y protege el puerto de salida de esta expedición hacia Vestfirdir. Otra opción para entrar en los Fiordos del Oeste es hacerlo por la carretera 60 o por la 68, dejando atrás la turística Hringvegur. Pero en la tierra de los fiordos, el barco también tendrá su protagonismo.

El ferri zarpa desde Stykkishólmsbaer, principal población de Snaefellsness, rumbo al puerto de Brjánslaekur. En la travesía no es raro avistar alguna aleta de cachalote surcando el Breidafjordur, donde el viento sopla con fuerza al pasar junto a la isla de Flatey. Ya en territorio Vestfirdir, uno enseguida se da cuenta de que, si en Snafellsness había pocos turistas, ahora han desaparecido.

GettyImages-674687924. Frailecillos y acantilados en el punto más occidental de Islandia

Foto: Getty Images

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Frailecillos y acantilados en el punto más occidental de Islandia

La carretera 62 discurre junto a la costa meridional de esta región hasta llegar a lo alto de Patreksfjordur, la bahía que marca la llegada a las penínsulas del suroeste. La playa de Raudasandur se abre entre montañas verdes como un inmenso arenal de color dorado, rojizo y rosáceo donde se pueden observar focas y donde la bajamar permite caminar hasta una laguna interior. Desde aquí parte la senda que comunica este arenal virgen con los acantilados de aves de Látrabjarg, 20 kilómetros hacia el oeste. En la punta más occidental de Islandia —y de Europa sin contar las Azores— se erige el faro de Bjargtangar, aislado por una litoral abrupto de 12 kilómetros de contorno que cae en picado desde 400 metros de altura sobre el mar de Noruega. Se pueden contemplar desde este emplazamiento frailecillos, alcas comunes, cormoranes, araos aliblancos y gaviotas anidando en las paredes verticales y hasta focas tomando el sol en los islotes rocosos. Entre baches y tramos de arena, se puede llegar hasta el faro también por la carretera 614.

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Dynjandi y la magia de Thingeyri

De fiordo en fiordo, la carretera 63 conduce hasta el pueblo pesquero de Bildadalur, y su pintoresco Museo del Monstruo Marino, y continúa rumbo norte por la 60 hasta las cascadas de Dynjandi. Es conveniente hacerse con un buen mapa antes de venir a este lugar, porque no siempre habrá cobertura para el GPS del móvil. Desde cien metros de altura y paredes volcánicas se desprende este gran flujo que deposita sus aguas en la bahía de Borgarfjordur. Lo hace a través de pequeños saltos que el viajero va descubriendo en su caminata hacia la gran catarata, situada en lo alto de la ruta que brinda unas vistas privilegiadas del estuario y la península de Thingeyri.

Para explorarla el punto de partida será la población de Sandfell donde se pueden alquilar bicicletas de ruedas anchas para pedalear por la senda que bordea, entre cumbres nevadas y el océano, este brazo de tierra desierta rematado por otro faro, el de Svalvogar. En esta zona escarpada por la acción volcánica, se ubica el pico más alto de la región, el Kaldbakur (998 metros) y un antiguo asentamiento vikingo en Haukadalur.

shutterstock 1490766620. Isafjordur y la isla desierta de Vigur

Foto: Shutterstock

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Isafjordur y la isla desierta de Vigur

Isafjordur (2.600 habitantes) recibe al viajero a orillas del gran Isafjardardjup. La población más importante de los Westfjords se encuentra al final del túnel que libra esta caprichosa orografía de montañas blancas que parecen derrumbarse sobre el mar azul claro en los días soleados. Es este un antiguo puerto ballenero y un pueblo con alma de ciudad, de casas coloridas de madera y reluciente chapa que albergan coquetos cafés y restaurantes. También es el epicentro de las expediciones por la zona. Una de las más populares propone olvidarse del coche para coger la pala, vestirse el chaleco salvavidas y navegar en kayak hacia la isla de Vigur. En mitad del fiordo y en silencio, se van descubriendo calas donde aparecen focas y delfines y donde las ballenas jorobadas resoplan en la lejanía. La isla de Vigur conserva el faro más antiguo de Islandia, desde 1937, y colonias de aves marinas por todo su litoral.

shutterstock 1879846174. Hornstrandir, la península más remota de Europa

Foto: Shutterstock

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Hornstrandir, la península más remota de Europa

Sin necesidad de ningún gancho turístico, Hornstrandir es seguramente el territorio más salvaje de Europa. Solo se puede llegar hasta la península más septentrional de Islandia, a escasos kilómetros del Círculo Polar Ártico, en barco. Isafjordur es el principal muelle donde salen hasta seis ferris semanales hacia Hesteyri, en la cara sur de esta reserva natural donde no existe el tráfico rodado. Solo sirve caminar y reservar la vuelta en barco es casi obligatorio.

Por estas razones la península de Hornstrandir es una de las mecas europeas del senderismo, donde las rutas descubren esta área de 580 km2 de tundra, de costa jalonada de fiordos y precipicios y una meseta alpina que termina en el glaciar Drangajökul. El Hornsleid (Cuerno Real) es un itinerario de cinco días reservado para aventureros que quieran recorrer estos paisajes remotos, donde las condiciones climáticas suelen ser extremas y donde siempre conviene consultar a los guardaparques antes de iniciar la marcha.

Aunque en esta época no anochezca en este territorio subártico, la única opción para pernoctar serán las zonas de acampada gestionadas por los pocos granjeros que habitan en la península. La lluvia, la niebla y el viento envuelven estos páramos donde la civilización parece muy lejana. Hasta algún oso polar se ha visto por estas latitudes, que ha viajado desde Groenlandia en iceberg. Sin embargo, además del frailecillo, el protagonista de la fauna local es el zorro ártico. Es el único mamífero autóctono con el que cuenta Islandia.

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Foto: Museo de la hechicería y brujería de Islandia

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Holmavik y la brujería en Islandia

De vuelta a lo urbano y a Isafjordur, el viaje por los Fiordos del Oeste continúa por carretera 61 en dirección al este. La costa de Strandir tiene a Holmavik como único enclave que se puede considerar pueblo, de 300 habitantes, que alberga el pintoresco Museo de la Brujería y la Hechicería de Islandia. Porque cuentan que esta era la zona a la que huían los brujos perseguidos por las autoridades debido a los rituales vikingos que practicaban. De los objetos y muestras místicas que se exponen en el recinto destacan los necropants, una réplica de unos pantalones hechos con piel de las piernas de un hombre muerto. La visita a este espacio macabro será mejor hacerla sin niños y se puede completar con la entrada a la cabaña del hechicero, situada en Bjarnarfjordur.

Dragnses y el penúltimo chapuzón geotermal

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Dragnses y el penúltimo chapuzón geotermal

Muy cerca de Holmavik se encuentra el hot spot de Drangsnes, ideal para un chapuzón de relax en sus aguas geotermales a ras de mar. Al norte, parte otro de esos caminos que bordean el litoral y regalan al conductor otra buena sesión de imágenes icónicas de los Fiordos del Oeste. Esta vía accidentada termina cerca de Krossneslaug, donde se encuentra la infinity pool de aguas termales que mira a la región del norte de Islandia. De camino hasta aquí, conviene detenerse en la localidad de Djúpavík y descubrir la interesante galería de arte contemporáneo emplazada en una antigua procesadora de arenques.

Ya de vuelta a la Carretera de Circunvalación, dejando atrás los Fiordos del Oeste, la estampa de las praderas con iglesias picudas y colinas que esconden esa costa de arenas negruzcas, de peñascos abrazos por el musgo, de cataratas y llanos de basalto, acompaña al viajero hasta el final de su recorrido en Stadarskáli.

Dynjandi