Florencia: la seductora ciudad del Renacimiento

La italiana Florencia respira arte en cada esquina

Donatello, Masaccio, Filippo Lippi, Ghirlandaio, Botticelli, Miguel Ángel, Bronzino, Leonardo, Rafael, Vasari son nombres estrechamente ligados a Florencia y sin duda nos toparemos con sus obras antes o después. De lo que quizá no seamos tan conscientes es de que la ciudad del humanismo está igualmente ligada a las otras artes. Desde la literatura con Dante Alighieri y su Divina Comedia, Boccaccio y su Decameron, o El Príncipe de Machiavello escrito para un Médicis, hasta el pionero laboratorio fotográfico de los hermanos Alinari, abierto en 1854 aún activo y convertido en Museo de la Historia de la Fotografía (plaza Santa Maria Novella), la vinculación entre Florencia y la cultura no ha cesado. Quienes visiten la ciudad entre mayo y junio podrán comprobarlo.

Son los meses del Maggio Musicale Fiorentino que va por su 77ª edición y convierte la ciudad en un gran escenario. Junio es también el mes en que la ciudad se vuelca para reproducir las partidas de calcio (fútbol) tal cual se jugaba en 1580 y con indumentaria de época en la plaza de la Santa Croce. Al juego acompañan cabalgatas, comparsas y fuegos artificiales sobre el río Arno la noche de San Juan.

En el año 59 a.C. los romanos fundaron Florentia como puerto fluvial, aunque no fue hasta el siglo XI con la condesa Matilde de Toscana (1046-1115) cuando empezó a hacer honor a su nombre y floreció. La condesa, aliada del Papa, cobijó en la ciudad a órdenes religiosas que fundaron conventos e iglesias, y también concedió fueros y prebendas a los nobles y a la emergente clase acomodada a cambio de apoyo contra el Imperio Carolingio. Tras su muerte, la ciudad se declaró autónoma y cobraron fuerza los mercaderes y artesanos. Pronto familias como los Médicis desbancaron en el poder, no sin conflicto, a los aristócratas. Para legitimar y consolidar su prestigio, los ricos comerciantes encargaron sus residencias a grandes arquitectos y artistas, lo cual, sumado a la pujanza de las órdenes religiosas (franciscanos, agustinos, carmelitas y dominicos), explica la acumulación y variedad de obras maestras en Florencia.

Florencia es una ciudad especialmente agradecida para visitar porque resulta abarcable. Sin embargo la impresión es engañosa y bien puede ocurrirnos lo que a Stendhal, que al darnos cuenta de que la belleza por admirar no tiene fin, suframos un auténtico ataque de angustia. Para evitarlo, y si vamos a disponer de pocos días, conviene resignarse de antemano y disfrutar del paseo a pie, pues gran parte es peatonal.

El río Arno nos facilita ubicarnos, así como los siempre visibles campanarios, torres y cúpulas de los edificios principales. Desde 1343 son cuatro los barrios históricos en los podemos subdividir el paseo: Duomo, Santa María Novella, Santa Croce y Oltrarno. Conviene empezar por el Duomo y admirar con calma la genial cúpula de Brunelleschi (1420-1436), el Campanario de Giotto, el elegante Baptisterio octogonal y el Museo dell’Opera, que no tiene nada de musical, sino que es el lugar donde se conservan y restauran la obras maestras de la Catedral. Cerca se encuentra la basílica de San Lorenzo, con la cripta de los Médicis, y la Accademia dell’Arte, otra visita ineludible para admirar el David de Miguel Ángel, entre otros muchos clásicos. Desde allí podemos dirigirnos hacia la plaza de la Repubblica recorriendo callejuelas donde se amontonan los palacios de las grandes familias florentinas, hasta la zona de Santa Maria Novella con la iglesia del mismo nombre.

A continuación y retrocediendo hacia el río, conviene dedicarle unas horas a la plaza de la Signoria, donde se erige el Palazzo Vecchio –residencia de los Médicis y sede del gobierno florentino durante siete siglos– y la Galería de los Uffizi, que reúne hasta 3.800 obras creadas por los artistas más famosos entre los siglos XII y XVIII.

Si además del lujo del pasado nos interesa el del presente, nos animará la visita a dos museos dedicados al arte del vestido y el calzado: el Gucci, instalado en un palacio del siglo XIV en la misma plaza de la Signoria; y el Museo Salvatore Ferragamo, próximo a la calle Tornabuoni, una vía en la que los antiguos gremios de artesanos del cuero y la seda tienen dignos descendientes.

El barrio de Santa Croce toma nombre de la basílica franciscana en la que, por cierto, está enterrado Machiavello. Resulta interesante pasar por la Piazza dei Ciompi con su mercadillo diario de antigüedades y ver la Casa Buonarrotti de Miguel Ángel, del que este año se conmemora el 450 aniversario de su muerte.

Cruzaremos el Ponte Vecchio tarareando la preciosa aria de Puccini O mio babbino caro y asombrándonos ante la acumulación de joyerías, hasta el barrio de Oltrarno. Como su nombre indica, es el barrio al otro lado del río. Obligado es visitar el Palacio Pitti, la iglesia del Santo Spirito, los frescos de Massaccio en Santa Maria del Carmine y el Jardín de Boboli, pero también deambular por sus calles y conocer a los artistas de hoy. Orfebres, restauradores, galeristas, bordadoras, cesteros, encuadernadores, vidrieros, ceramistas, enmarcadores, ebanistas y sombrereras crean objetos inusuales y genuinos en bodegas y talleres que es un placer descubrir. El arte y las manufacturas que antaño fueron fuentes de riqueza hoy siguen estando muy vivos en esta ciudad volcada en la belleza desde sus mismos orígenes.

MÁS INFORMACIÓN

Cómo llegar: El aeropuerto Amerigo Vespucci, situado a 5 km de Florencia, recibe vuelos directos de Barcelona y Madrid. El servicio «Vola in bus» conecta la terminal con el centro en apenas 30 minutos.

Cómo moverse: Hay autobuses, tranvías (se debe validar el billete antes de subir) y hasta 70 km de carril bici. La Firenze Card incluye el uso de los transportes urbanos durante 72 horas, así como la entrada a 50 museos, villas y jardines.

Turismo de Florencia