Formentera, un paraíso cercano donde alargar el verano

Sus paisajes lunares, aguas de un turquesa fosforescente y chiringuitos entre las dunas hacen de la más pequeña de las islas pitiusas un destino ideal para disfrutar del mar en septiembre.

«Allí empezaba y terminaba el mundo. Y nuestras vidas. Todo y nada sabíamos colgados entre el blanco y el azul silenciosos. Como erizo, o conejo, o gaviota, como un animal más, el hombre se asomaba, purificado, mudo, al principio y al final de los tiempos, al Abismo». Este fragmento del poema Cabo de Berbería, de Antonio Colinas, contiene la esencia de la enorme y singular contradicción que define a Formentera: una isla minúscula que, sin embargo, alberga vastas inmensidades. Quien pretenda desentrañar la raíz de sus cualidades oníricas en un fugaz fin de semana, ya puede desechar la idea. La isla de Formentera requiere adaptarse a su tempo, empaparse de sus colores y aprender la lengua de los náufragos que, incapaces de sobreponerse a su embrujo, allí van quedando encallados. Ochenta kilómetros cuadrados nunca dieron para tanto. 

 

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De Ibiza a Formentera: comienza el viaje

La transición entre Ibiza y Formentera, separadas por un par de millas náuticas, ya constituye una experiencia intensa. Significa reemplazar la verticalidad ibicenca, con baluartes encaramados a los riscos que envuelven el puerto y montes cubiertos de pinos que conforman un paisaje ondulante, por la horizontalidad formentereña, donde la brisa y el viento campan sin barreras por los eriales exentos, alternándose el protagonismo mientras retuercen los troncos de viejas sabinas y sumen arrecifes, arenales y aldeas en una atmósfera irreal, como de ensueño.  

Mientras el ferri avanza por el freo, donde colisionan las corrientes, una letanía de islotes que inspiran epopeyas desfila ante nosotros: en Caragoler, envuelta por atigrados fondos de arena y posidonia; s’Illa des Penjats, con un faro blanquinegro allá donde en la Edad Media se erguían postes de los que pendían piratas berberiscos para amedrentar a quien llegara con aviesas intenciones; ses Illes Negres, de recortadas escarpaduras que definen su pasado de cantera de las murallas; y por fin el más grande, s’Espalmador, con sus playas vírgenes y su pétrea torre de defensa, sa Guardiola, construida en el siglo xviii como las otras cuatro atalayas del litoral de Formentera. Juntas proporcionan una pista del terror y la inestabilidad que padecieron sus habitantes cuando el Mediterráneo era un feudo sin ley por el que campaban contrabandistas y bucaneros. El desembarco tiene lugar en el puerto de la Savina, una pequeña área urbana que ocupa la lengua de tierra comprendida entre el Estany des Peix y el Estany Pudent. 

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Ses Illetes y llevant: Impacto playero

Al norte del puerto, la isla concluye en forma de aguja, con dos de las playas más impactantes de la isla: ses Illetes, en la cara de poniente del estrecho paso, y Llevant, al este. Ambas convergen en el Pas des Trucadors, un enclave inimaginable que requiere de unos veinte minutos de paseo, hasta prácticamente acariciar el islote de s’Espalmador. En ocasiones, el estrecho que separa ambas islas acumula suficiente arena como para atravesarlo con el agua por la cintura. Cuando no es así conviene no arriesgarse, pues las fuertes corrientes pueden ser peligrosas y han causado ahogamientos.  

La playa de Illetes, bautizada así por los cuatro islotes planos que se alinean en su horizonte, suele figurar entre las más atractivas del mundo. El color del agua, de un turquesa eléctrico que sobrecoge, constituye su mayor virtud, junto con las ensenadas que se suceden en la orilla. Son aguas poco profundas, rodeadas de dunas protegidas y atravesadas por pasarelas de madera que permiten la conservación de los arbustos que envuelven la costa. El acceso está restringido en función de la capacidad de los aparcamientos, ya que esta área se halla integrada en el Parque Natural de ses Salines, que se reparte entre Ibiza y Formentera.  

A la entrada de esta impresionante sucesión de arenales se localiza uno de los restaurantes más insólitos de Baleares. Se trata de Es Molí de Sal, que ocupa el viejo molino donde se trituraban terrones recolectados en los estanques salineros aledaños. La torre, de finales del siglo xix, cerrada al público y cuyo interior alberga un enorme vivero de langostas, exhibe leyendas hebreas en la cúpula, inscritas allí por marineros judíos que llegaban del Canal de Suez en buques cargueros de sal y que la empleaban como sinagoga. Es Molí forma parte de la media docena de restaurantes que hay en esta zona, todos especializados en pescados de Formentera. 

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La capital formentereña

Del puerto de la Savina arranca una carretera casi en línea recta, de unos 20 km, que se enrosca al ascender el macizo de la Mola, en el otro extremo. Es el único accidente geográfico reseñable, pues se eleva unos 120 m sobre el nivel del mar. Cruzar la isla de lado a lado en coche requiere apenas 20 minutos; por sus dimensiones resulta idónea para recorrerla en bicicleta o en moto. La primera población que aparece en esta vía es San Francesc Xavier, la capital, que aglutina las principales instituciones y servicios. La localidad se organiza alrededor de la Plaça de la Constitució, presidida por la llamativa iglesia que da nombre al pueblo. De fachada austera y robusta, más bien parece una fortaleza y, de hecho lo era, pues constituía el último refugio de los campesinos durante las razias de los filibusteros norte-africanos. Fue terminaba en 1738 y supuso el segundo oratorio de la isla, ya que antes existía la capilla de Sa Tanca Vella (siglo xiii o xiv), minúscula y abovedada, que se conserva en las afueras del pueblo.  

En Sant Francesc hay que ir de tiendas por sus callejuelas, tomar cervezas en la terraza de la histórica Fonda Platé –de 1922–, visitar el Fossar Vell, antiguo cementerio, recientemente restaurado por el arquitecto local Marià Castelló, cuya intervención quedó finalista en los premios FAD de arquitectura de 2017. Otro atractivo es la Colección de Etnografía de Formentera, que recrea la forma de vida previa al turismo, y el Centro Antoni Tur, Gabrielet. Este ibicenco, ya fallecido, se estableció en Formentera en 1961 y se convirtió en uno de los personajes insólitos que pululaban por la isla, con su larga barba, su descuidada melena y el cerdo que tenía por mascota en su destartalado taller de la Mola. 

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Un faro de película

Sant Francesc Xavier constituye el centro de una encrucijada que, con rumbo sur, se dirige a uno de los territorios más desabrigados de la pitiusa menor: el Cap de Barbaria, con su faro al final de una carretera serpenteante que atraviesa una inmensidad rocosa y plana, casi lunar. La vía va elevándose de forma gradual, imperceptible, hasta llegar al acantilado que cierra la isla y que alcanza cien metros de altura. Aquí fue donde Julio Medem capturó la icónica fotografía de Paz Vega montada en una Mobylette, con el faro de Barbaria o de Berbería a su espalda, una imagen que se convirtió en el cartel de la película Lucía y el sexo (2001). 

 
El último tramo de este extraño recorrido hay que hacerlo a pie hasta alcanzar la verja del faro, que apenas cuenta con medio siglo de historia. A su derecha se abre Na Foradada, uno de los rincones más inesperados de Barbaria. Se trata de una abertura circular en el suelo que parece conducir a las entrañas de la tierra. En realidad da paso a una gruta que cierra un mirador colgado en mitad del precipicio. Siguiendo la costa hacia el este, a unos 400 m, se ubica la torre de defensa des Garroveret, también del siglo xviii. 

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Formentera tiene una road movie

De vuelta hacia San Francesc Xavier, en el primer cruce importante, merece la pena desviarse por una carretera flanqueada de muros de piedra seca, muy característicos de la isla. Pronto trasmuta a camino de tierra y conduce hasta la desembocadura del Torrent de s’Alga. En ocasiones, en este poblado de varaderos se pueden contemplar ristras de cazones y rayas abiertos secándose al sol. Con su carne se elabora el exquisito pescado seco de la isla, principal aderezo de la ensalada de crostes (pan recocido y humedecido), que además se acompaña de tomate, cebolla y pimientos.  

Toda esta zona es un laberinto de caminos que se pierden por paisajes rurales, salpicados de casas típicas con tejado a dos aguas y un leve porche sostenido por escuetas columnas que, a su vez, se apoyan sobre un murete que ejerce de cercado.  

El pueblo contiguo a Sant Francesc Xavier es Sant Ferran de ses Roques, con una pequeña ermita del siglo xix, tan modesta que ni siquiera ha visto enlucida su fachada de piedra. Los turistas llenan por la noche sus calles, cenan vitello tonnato (rodajas de ternera fría cubiertas de salsa con atún) y pizzas en el Madagascar, toman copas en la Fonda Pepe, epicentro hippie desde finales de los años 60, y curiosean en la tienda-taller Formentera Guitars, del músico y lutier alemán Eki Hoffmann, a la que acuden aficionados de todo el mundo a pasar el verano mientras se fabrican su propio instrumento.  

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Cala en Baster, un aplaya de postal

A un kilómetro de Sant Ferran hacia el este, conviene asomarse al acantilado de Cala en Baster, una rada pintoresca y rocosa con varaderos excavados a modo de grutas. Al norte del pueblo se halla el núcleo turístico más importante de la isla: la playa de es Pujols, otra orilla extensa y paradisiaca con sus característicos varaderos sin muros que se elevan hasta medio metro de altura, protegidos por un simple sombrajo de tablas. Todas las noches se celebra un concurrido mercadillo de artesanos y la zona está repleta de restaurantes y bares. Más allá del área urbana se alcanzan playas maravillosas y vírgenes, como ses Canyes o sa Roqueta. Aunque son más escuetas, la transparencia y el color del mar resulta igual de emocionante que en ses Illetes y Llevant.  

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La playa del sur de la isla

A partir de Sant Ferran, siguiendo por la general, Formentera se vuelve estrecha: un paso flanqueado por orillas abruptas que esconden rincones de arena y que conminan a explorar todos los desvíos que parten en perpendicular, atravesando fincas, campos de higueras que crecen a lo ancho, sostenidas por docenas de rodrigones y dunas emboscadas hasta llegar al mar.  

El lado sur de la isla es el más espectacular pero también el más ventoso y lo ocupa una única playa, Migjorn, compuesta por una sucesión de arenales, escuetos o extensos según el tramo, separados por escollos y conectados por pasarelas de madera que, nuevamente, protegen la fauna y la flora. En esta zona solo cabe la búsqueda, pues cada viajero hallará aquí el argumento para retornar a la isla más pronto que tarde. También se peregrina al atardecer, con el objeto de disfrutar del crepúsculo desde la terraza de establecimientos míticos como, por ejemplo, el Blue Bar.  

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Pequeña oda a los varaderos

En el lado norte, la costa resulta mucho más accidentada, aunque a pocos metros de la orilla los fondos vuelven a ser arenosos y aparecen rincones completamente solitarios. Al final de este tramo norteño aguarda una zona de baño muy apetecible, ses Platgetes, que se aferran al minúsculo pueblo de pescadores de Es Caló de Sant Agustí, segundo puerto de la isla, con una media luna de muelles. Junto a ellos se hallan pequeños hoteles y algunos de los restaurantes de pescado más prestigiosos de Formentera para disfrutar de crostes, paellas, calamares a la bruta (en su tinta), pescado en salsa verde y otros platos típicos donde reina el producto. Las vistas desde sus terrazas, con el macizo de la Mola que sobresale hacia el norte, quitan el aliento. 

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El mercadillo hippie al que todo el mundo quiere ir

A partir de aquí Formentera renuncia a su horizontalidad y el paisaje asciende encaramándose sobre el resto de la isla. Es la única zona impracticable en bicicleta, salvo para aquellos ciclistas en buena forma física y habituados a los desniveles pronunciados. A media cuesta, un mirador ofrece una amplia perspectiva del islote y, en primer plano, el paso estrecho que une la Mola con el resto de la isla. Poco después, se extienden campos de vides plantadas en oquedades recortadas en el suelo de arenisca que se han rellenado con tierra. En Formentera la viticultura también es heroica y sus caldos se ofrecen en casi todos los restaurantes y comercios.  

En el epicentro del macizo se emplaza el Pilar de la Mola, con sus tabernas, su iglesia encalada del siglo xviii y sus tiendas de artesanos. Destaca una con forma de templete egipcio, propiedad del joyero Enric Mayoral, Premio Nacional de Artesanía en 2007. Sus creaciones inspiradas en la isla, en la posidonia y en la naturaleza extrema del lugar han dado la vuelta al mundo.  

Todos los miércoles y domingos desde mayo a octubre, en el centro del pueblo Pilar de la Mola se celebra el mercadillo de mayor tradición de Formentera. Junto al antiguo taller del ceramista Gabrielet, los más reputados pintores, escultores, artesanos y diseñadores de moda afincados en la isla ofrecen sus últimas creaciones a una gran variedad de precios. 

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Cuando el fin del mundo se acerque

El viaje concluye en el acantilado «del fin del mundo» junto al faro de la Mola, que lanza sus destellos desde lo alto de un precipicio vertiginoso. Construido en 1861, es el faro más emblemático de Formentera. Son muchos los viajeros que madrugan para contemplar el alba, con el sol naciendo sobre el horizonte mientras cientos de gaviotas sobrevuelan el mar bajo sus pies. Junto a la luminaria, un pequeño dolmen con una placa rinde homenaje a Julio Verne, quien citó este enclave en su novela Héctor Servadac. También nos recuerda que Formentera siempre acaba erigiéndose en el escenario de una novela inédita para quien la explora. 

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