Entre senderos y miradores

La Gomera, la isla-santuario de la laurisilva

Adentrarse en este paraíso canario es recorrer sus decenas de senderos que se abren paso entre la espesura de estos fascinantes árboles.

Con los mejores bosques de laurisilva del archipiélago canario y una naturaleza excepcionalmente bien conservada, esta isla es un cofre de sorpresas y un paraíso para los senderistas. El norte de La Gomera es una marmita forestal que exprime la humedad de los vientos alisios. En la vertiente sur, descarnada y seca, el agua de las acequias permite crear pequeños vergeles. 

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GettyImages-La Gomera Avenida Colon

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San Sebastián entre épocas

Cuando se desembarca en La Gomera viniendo del sur de Tenerife tras una hora de navegación –la forma más habitual de acceder a la isla–, se tiene la sensación de haber viajado de la ciudad al campo. San Sebastián de la Gomera, la Villa como la llaman los vecinos, es una capital tan tranquila que no lo parece. Sus dos calles principales discurren paralelas al cauce del barranco que desciende de las montañas. Una de ellas, la calle Real, es peatonal en las manzanas próximas al puerto. Y sin abandonarlas, el paseo permite visitar la iglesia de la Asunción, el Museo Arqueológico y la Casa de Colón, que rinde homenaje al paso del navegante por la isla, donde recaló por última vez y se proveyó de agua antes de partir rumbo a las Indias. La oficina de turismo ocupa un antiguo edificio de esa misma calle. Conviene visitarla para proveerse de buenos mapas de senderismo e informarse de lo mucho que La Gomera tiene para ofrecer, en especial a los amantes de la naturaleza.

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Una isla vertical

La Gomera es una isla vertical, una fantasía de cornisas de basalto y bancales escalonados. Su forma recuerda la de media naranja, tallada por los vertiginosos barrancos que parten de su corazón –la cumbre de Garajonay– como los radios de una bicicleta. Salvo en un breve tramo entre Hermigua y Agulo, ninguna carretera bordea la costa, un acantilado casi continuo con alturas entre 20 y 850 metros. Desplazarse de un pueblo a otro requiere, por tanto, remontar el valle en que se encuentra, acceder a la cúpula montañosa del centro y descender por el barranco correspondiente. Existen carreteras modernas para hacerlo –no se han escatimado recursos para mejorarlas, pues eso genera trabajo en la isla y facilita las comunicaciones y el turismo–, pero también es posible utilizar los senderos que crearon los aldeanos para acceder a pie a cualquier paraje por el trayecto más corto. Hoy configuran una red de 650  km de caminos muy bien señalizados, por lo general entre paisajes de fábula, y son una seña de identidad de La Gomera.

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Aquella Hermigua fértil

La carretera que conduce de San Sebastián a Hermigua fue la primera de la isla. Las obras empezaron en 1915 y se demoraron cuatro décadas. El objetivo de la ruta era comunicar los valles agrícolas del norte con el puerto de San Sebastián. En el siglo xix, el cultivo de plátanos y tomates que adquirían compañías británicas dinamizó la economía isleña. Las tierras más fértiles de Vallehermoso, Agulo y Hermigua se consagraron a esa actividad. Pero el gran reto consistía en embarcar la cosecha, pues la bravura del mar en la costa noreste no permite construir puertos. Por ello, entre finales del siglo xix y 1908, en esas tres localidades se erigieron pescantes. Esos enormes pilares permitían depositar los cargamentos de plátanos en un barco detenido frente a la costa mediante un largo brazo de grúa. Bastaba sin embargo una semana de mar agitada para que la operación no fuese factible y la cosecha se echara a perder. Los cuatro fantasmagóricos prismas de hormigón que se alzan en la playa de Hermigua son un testimonio de ese pasado más artesanal que industrial.

Hoy se llega en coche a Hermigua desde San Sebastián en apenas media hora. Merece la pena hacer un alto en la primera curva antes del pueblo y explorar las huertas y bancales que rodean a los dos imponentes roques –Pedro y Petra–, que parecen las deidades tutelares del valle. Debieron serlo para los antiguos habitantes, que llamaron a este enclave «lugar de recolección», tal es el significado original de la palabra Hermigua.

GettyImages-1214769830. Los fértiles bancales de Hermigua

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Los fértiles bancales de Hermigua

Contemplar los bancales de Hermigua trepando hacia la montaña, salpicados de racimos de palmeras y casas coloridas, alegra el espíritu. Pero también evidencia que las únicas superficies llanas de la isla son las que han creado a fuerza de brazos los campesinos. Conforme se destinaban a las plataneras las mejores tierras, hubo que construir nuevos bancales monte arriba para obtener los alimentos esenciales: patatas, judías verdes, maíz, ñame, coles, calabazas, garbanzos... Las lomas rocosas, no aptas para la agricultura, acogían las humildes viviendas.

Esta agricultura no hubiera sido posible sin los cientos de manantiales de la isla, más de la mitad de los que brotan en Canarias. La Gomera sigue siendo hoy autosuficiente en agua sin tener que excavar pozos o galerías. En la isla, el agua se infiltra por los basaltos que coronan la meseta central pero no atraviesa los estratos más antiguos de la base. Se forma así un acuífero que rezuma por numerosos nacientes en la zona de contacto entre esas dos capas.

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Foto: Saúl Santos

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El Cedro, un acceso inolvidable a Garajonay

El sendero que asciende desde Hermigua al caserío de El Cedro remonta el principal arroyo de La Gomera y brinda una entrada inolvidable al Parque Nacional de Garajonay. El camino pasa por una decena de antiguos molinos de gofio y permite contemplar El Chorro, la cascada de 140 m que se precipita por las crestas de Hermigua casi como si manara del cielo.

La laurisilva gomera no tiene rival en el archipiélago y al entrar en El Cedro nos recibe su corazón. Las 90.000  ha que ocupaba cuando los castellanos llegaron a Canarias se han reducido a 19.000, de las que solo 6000 corresponden hoy a bosques bien conservados. De estas, la mitad están en La Gomera. Pero si nos ceñimos a los árboles con troncos superiores a 60 cm de diámetro, esa cifra aumenta al 80%.

shutterstock 381203101. El singular bosque de Laurisilva

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El singular bosque de Laurisilva

Entre El Cedro y la ermita de Lourdes andamos con un silencio reverencial, saludando por señas y con complicidad a los otros excursionistas. En esta catedral con todos los verdes del mundo la laurisilva se manifiesta en todo su esplendor. Este ecosistema es más afín a un bosque tropical que a uno templado, pues sus árboles no cierran los estomas de las hojas para ahorrar agua –como hace por ejemplo una encina– y precisan una humedad elevada y temperaturas sin contrastes acusados. No es un ecosistema exclusivo de Canarias –existe en otros continentes–, pero lo que en Europa conocemos mediante fósiles en La Gomera constituye una formación vegetal viva.

El til (Ocotea foetens), el barbusano (Apollonias barbujana), el -viñátigo (Persea indica), el loro o laurel de Azores (Laurus azorica) y el palo blanco (Picconia excelsa) alcanzan en La Gomera un tamaño asombroso. Otro tanto sucede con la faya (Myrica faya) o el brezo arbóreo (Erica arborea), especies que integran la comunidad vegetal del fayal-brezal, que crece por encima de la laurisilva, en entornos más fríos y secos o si esta se degrada.

Lo más notorio es que este bosque existe porque genera mucha más agua de la que consume. Los vientos alisios se elevan al toparse con el telón de montañas. Con ello el aire se enfría y su humedad se condensa sobre la vegetación. Estamos en el reino de los helechos, los líquenes y los musgos –en La Gomera crecen centenares de especies–, vivificados por la niebla, que baila y cambia de forma peinada por el viento. Si esta se retira y brilla el sol, el paisaje pierde su hechizo. Asomarse entonces a un mirador como el de Risquillos del Corgo sería apenas un consuelo por ese paseo sin la compañía creativa de la niebla. Así nos lo hizo notar el guía gomero Ricardo Tomé al acompañarnos por el Raso de la Bruma, uno de los trayectos más recomendables de la isla.

Que esa humedad se exprima sobre la tierra es mérito de la vegetación, un fenómeno conocido como lluvia horizontal, que en La Gomera provee de unos 1000 litros/m2 al año. Como la isla no presenta además una cresta rectilínea, al estilo de El Hierro o La Palma, sino un puzle de valles y lomas, eso hace más sinuoso el alambique donde crece la laurisilva. Si los bosques se hubiesen cortado habrían dejado de destilar agua de la atmósfera. Pero el agreste relieve gomero dificultó la explotación forestal en el pasado más que en las otras islas. Y resultó realmente sabia la decisión de no talar por encima de donde manan las fuentes, a fin de garantizar los caudales que hacían posible la horticultura en vez de ganar zonas para pastos.

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Roque de Agando. Foto: Saúl Santos

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Entre riscos y roques sagrados

Por su mayor altura, la me-dialuna de nubes a ciertas cumbres solo les sirve de collar. Es el caso del poderoso Roque de Agando, resto de una chimenea de magma, que se alza en la mandíbula de crestas como un colmillo en pos del cielo. O del Alto de Garajonay (1485 m), techo de la isla. En esta cima convergían los cuatro reinos o tribus (Ipalan, Mulagua, Agana y Orone) en que se dividía La Gomera al llegar los castellanos. Aquí se comunicaban con la divinidad suprema y sacrificaban animales en altares. También constituyó su último refugio en 1488, cuando los conquistadores vengaron, sin clemencia para ningún varón adulto, la muerte del despótico Hernán Pereza a manos de los aborígenes liderados por Hautacuperche y su posterior asalto a la Torre del Conde, en el puerto de la isla.

shutterstock 1698468976. Chipude, un gigantesco tambor

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Chipude, un gigantesco tambor

La Fortaleza de Chipude es otra de esas intrusiones de magma viscoso que la erosión ha realzado. Pero si el Roque de Agando evoca un menhir, la Fortaleza (1243 m) parece más bien un gigantesco tambor. A esta mesa redonda de piedra de 300 m de diámetro se asciende por una senda empinada desde el caserío de Pavón. Cuando se franquea la entrada a sus almenas de rocas tapizadas de líquenes tranquiliza saber que no hay enemigos arriba, salvo acaso cierto vértigo. En los días en que el viento se toma- un respiro cuesta abandonar este fabuloso mirador al sur de la isla. Los aborígenes habitaron esta fortaleza natural cercada de precipicios, a la que llamaban Argodey. Los arqueólogos escrutan hoy los vestigios de sus cabañas y altares.

La bruma se derrama al sur de la cresta de Garajonay como la cobertura de merengue de una tarta, sobre todo en invierno. Chipude, El Cercado y Las Hayas poseen tentadores alojamientos de turismo rural y en las paradas de autobús aguardan caminantes de toda Europa. En estas elevadas lomas se cultivaban los cereales para el gofio y se elaboraban los enseres de barro. Las alfareras siguen trabajando sin torno y sus creaciones se adquieren ahora con tarjeta de crédito. Pero mientras no hubo carreteras estas mujeres trocaban sus recipientes por alimentos, o bien recorrían descalzas trayectos vertiginosos, con las tinajas en la cabeza, para venderlas en las aldeas de la costa.

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Foto: Saúl Santos

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Valle Gran Rey, entre palmeras y frases en alemán

Las 120.000 palmeras de la isla, sobre todo las que crecen en el soleado sur, hacen que los paisajes evoquen los del Atlas marroquí. Junto al gofio, la cabra o el lenguaje del silbo, los bereberes trajeron este árbol del que todo se aprovecha: hojas para cestos, dátiles para el ganado... y el guarapo. Eso requiere trepar a la copa y rebanar el gran cogollo central. Tras sangrar toda la noche, la palmera ofrece de 10 a 15 litros de dulce savia, que se hierven para obtener un sirope concentrado. El árbol tarda unos cinco años en recuperarse de esa operación.

Las palmeras hacen que el descenso al barranco de Valle Gran Rey, al sudoeste de la isla, tenga algo de llegada al paraíso, tanto si se va por carretera como por los caminos seculares que zigzaguean desde Chipude o El Cercado. Los bancales de este vergel, entre los que fluyen acequias, ya no rinden como en los viejos tiempos. A cambio, Valle Gran Rey ofrece el enclave playero más dinámico de la isla.

El alemán lleva décadas siendo el idioma más hablado entre quienes han convertido Valle Gran Rey en un espacio de retiro único. Las librerías tienen prolijas guías en esa lengua, hay restaurantes de comida ecológica frecuentados por una clientela variopinta, artesanos que exhiben sus piezas junto al mar y no solo en el mercadillo de los domingos. El yoga y las puestas de sol en la playa del Inglés –así se bautizaba en Canarias antaño a cualquier arenal nudista– son la ceremonia espiritual o estética de cada tarde, con El Hierro y La Palma enmarcando el horizonte. Cuesta elegir restaurante entre los del puerto y las playas. Y en algunos es un deleite repetir, como por ejemplo en la terraza de la crepería-zumería Gran Rey, junto a la pista que acoge las partidas de bola canaria, de notable más peso que una de petanca.

shutterstock 622490960. Imada entre la playa y la cima

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Imada entre la playa y la cima

Valle Gran Rey despliega el mayor abanico hotelero de la isla pero el único complejo turístico se halla en Playa Santiago. Los cientos de habitaciones del hotel Jardín Tecina se diseminan en una cornisa frente al mar, entre espléndidos jardines. Aquí se aloja Angela Merkel cuando acude periódicamente a la isla a practicar senderismo. El solitario aeropuerto se inauguró en 1999, en una loma contigua.

Si se parte de Playa Santiago rumbo a las cumbres de la isla, merece la pena tomar el desvío a Imada. En esta aldea el paisaje muestra una belleza seca y descarnada pero los bancales, con cultivos hortícolas que el clima propicia en cualquier estación, invitan a pasear por el corazón del barranco. O, ya pertrechados, a aventurarse por el sendero que bordea el valle hacia Benchijigua y la Degollada de Agando.

shutterstock 1835671399. Los Órganos y otros recuerdos musicales

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Los Órganos y otros recuerdos musicales

En el confín noroeste, que suele pasar desapercibido en un primer viaje, afloran las lavas más antiguas. Sus exquisitos tonos ocres intensifican el verdor de la vegetación cuando se camina desde la ermita de Santa Clara hacia el norte, mientras el Teide, que se alza puntiagudo enfrente, demuestra por qué es más alto que el Mulhacén.

Cuando el mar se calma, desde esta atalaya a 700 metros de altitud se divisan los barcos que se dirigen a Los Órganos. Para visitar este gran monumento geológico se parte de Valle Gran Rey o Playa Santiago. Las embarcaciones turísticas suelen navegar entre esos dos puertos, en el abrigado sudoeste, una zona rica en plancton donde habitan cetáceos (rorcuales y calderones tropicales, delfines mulares, listados y moteados), pero nosotros atrapamos un día de bonanza que permitió poner rumbo norte.

La médula ósea de la isla se exhibe en gigantescos prismas hexagonales que desafían el embate del mar y el tiempo, configurando un espacio que no precisa del esfuerzo humano para resultar sagrado. Un grupo de jubilados de Vallehermoso –la mayor localidad del norte, pero sin acceso marítimo a Los Órganos– también se había embarcado para poder verlos. El regreso con ellos a Valle Gran Rey fue una delicia. Los aldeanos tocaban y cantaban provistos de instrumentos de cuerda y percusión, junto a un acordeonista especialmente inspirado. El repertorio caribeño, pleno de ritmo y humor, transmitía una alegría de vivir irresistiblemente contagiosa. La música nos acompañó hasta que amarró el barco y nos hacía desear que el viaje no acabara nunca.

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