De Molina de Aragón a Tejera Negra

El gran viaje que Guadalajara se merece

Con bosques frondosos, nacimientos de ríos y campos que se llenan de flores en verano, el norte de esta provincia es una de las mayores sorpresas naturales de la meseta castellana.

La floración de la lavanda, que en verano tiñe la Alcarria de violeta, es un pretexto ideal para descubrir los parajes naturales de una provincia característica por sus hoces caprichosas con lagunas color turquesa. El altiplano de Guadalajara, visto desde la única autovía que lo atraviesa, muestra una cara áspera, curtida por los fríos y calores extremos. Pero basta con desviarse por alguna carretera secundaria para descubrir cómo un terreno que parecía la piel tensa de un tambor se quiebra con apenas tocarlo y, al asomarnos por sus grietas, aparecen bosques frondosos donde impera la ley del agua.

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iStock-96663143. Un castillo con sabor a Reconquista

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Un castillo con sabor a Reconquista

En el páramo de Molina de Aragón emerge un castillo compuesto por una fortaleza amurallada del siglo XII y la Torre de Aragón, erigida sobre una de origen musulmán. Sus aires de vetusta grandeza transportan a la época en la que este señorío con fuero hacía equilibrio entre dos grandes reinos; de ahí que, a pesar de ubicarse en Castilla, lleve el apellido de Aragón. Su poder manaba en buena parte de sus salinas, muy codiciadas en el Medievo, algunas de las cuales funcionaron hasta hace tres décadas gracias a los sedimentos que dejó el mar de Tetis después de desecarse, un dato que arroja pistas sobre el paraíso geológico que alberga este territorio.

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Un testimonio de convivencia

A los pies del castillo, junto a la carretera nacional que divorció a la fortaleza y la ciudad, el Prao de los Judíos revela restos de una sinagoga y una escuela talmúdica que vienen a corroborar las glorias pasadas de Molina. Judíos, musulmanes y cristianos convivieron un poco más abajo, dentro de la ciudad amurallada, hecho que hoy atestiguan dos de sus calles más coquetas: la Morería y la Judería.

shutterstock 1584959092. Cañones y barrancos siguiendo el río

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Cañones y barrancos siguiendo el río

Seguir el curso del río Gallo es una solemne manera de adentrarse en el Parque Natural del Alto Tajo. Su curso, que fue el foso natural de la muralla de Molina, enseguida se convierte en el Barranco de la Hoz, un pasillo estrecho flanqueado por torres de arenisca que desafían la gravedad. Al andar por las pasarelas de este cañón umbrío, con la corriente del agua fría circulando a nuestros pies, el visitante se siente como dentro de un conducto de aire acondicionado.

shutterstock 1146510137. Vestigios rupestres bajo el barranco

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Vestigios rupestres bajo el barranco

Especialmente vertiginoso es el paso por el Santuario de la Virgen de la Hoz, un templo parcialmente rupestre, con raíces en el siglo XIII, que parece correr el riesgo de desaparecer aplastado por una de las torres más altas del barranco. Mientras la peña que sobrevuela el templo no venza, es recomendable tomar la senda que alcanza su cima y, con ella, uno de los miradores más espectaculares del parque. Poco después del santuario, el asfalto se acaba y hay que recorrer unos kilómetros por una pista de tierra hasta el Puente de San Pedro, una de las mejores zonas de baño del parque que permiten el acceso en coche.

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Un buen baño en el Tajo

Poveda de la Sierra no ostenta el oficioso título de capital del Alto Tajo, pero tiene poco que envidiar a Zaorejas, donde se puede conocer el viejo oficio de los gancheros. Es una alternativa con mejores conexiones por carretera que, precisamente por eso, cuenta con varias agencias que organizan descensos en piragua, barranquismo y hasta buceo. Cerca quedan montones de saltos de agua naturales, sin embargo su espacio más atractivo es una cascada de origen artificial, el Salto de Poveda, que surge de una presa a medio construir, abandonada después de que se revelara inútil para servir a una fallida central hidroeléctrica. Esta mezcla de lo decrépito y lo natural crea una de las zonas más pintorescas para bañarse en el Tajo. Además, sobre la presa, la Laguna de la Travilla constituye un valioso ecosistema, mientras que un par de puentes peatonales cruzan el río, incluyendo uno colgante, para facilitar la vida a los senderistas.

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Una formación con una historia confusa

Río abajo, casi en el extremo occidental del parque, se ubica el Hundido de Armallones. Se trata de una represa relativamente reciente, también ideal para bañarse y lanzarse a navegar las aguas del Tajo, pero creada de forma natural debido a un derrumbamiento de grandes rocas. Sobre la formación del Hundido de Armallones se cuentan versiones tan pomposas como contradictorias, incluso cuando llegan de fuentes oficiales de la Junta de Castilla-La Mancha. La más romántica y quizá menos plausible es la que la relaciona con el terremoto de Lisboa de 1755. Otra versión que parece apuntar más fino se refiere a otro terremoto portugués, este de 1531. La menos popular, por aburrida, pero seguramente más probable, es la de un simple temporal que a finales del siglo XVI provocó un derrumbamiento tras el cual el agua dejó de correr durante semanas angustiosas en las que los pescadores veían morir a sus preciadas truchas.

iStock-1328538124. Un río

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La ciudad de las fuentes... y de la miel

Después de haber recorrido un desierto demográfico, el municipio de Cifuentes irrumpe como si fuera una urbe con mayúsculas, aunque suma poco más de mil quinientos habitantes. Una sensación que se refuerza al enfrentarse a la Iglesia del Salvador, cuyo sofisticado Pórtico de Santiago, del siglo XIII, muestra un universo de relieves de ángeles y demonios, de vicios y virtudes, y nos recuerda que estamos en una de las principales paradas de la Ruta de la Lana. El nombre del pueblo hace referencia a las «cien fuentes» que dan luz al corto pero caudaloso río homónimo, que nace abruptamente bajo las mismas casas del pueblo. La autoproclamada capital de la Alcarria es un lugar al que, al menos, habría que concederle el título de «capital de la miel», pues uno de sus apicultores ha conseguido premios a la mejor miel de lavanda del mundo, caracterizada por su suavidad, aroma y cristalización fina. Una serie de carteles recuerdan a los viajeros que recorren, aunque en dirección opuesta, el mismo camino que emprendió el premio nobel Camilo José Cela, allá por 1946, para alumbrar uno de sus relatos más frescos y directos, que renovaría la literatura de viajes española.

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Laberintos subterráneos y múltiples templos

El río Tajuña conduce hasta Brihuega, un vergel por cuyo subsuelo también corre el agua. Su castillo de Peña Bermeja es un cúmulo de peculiaridades, empezando porque protege al pueblo desde su parte más baja y siguiendo porque alberga uno de los cementerios más pintorescos de España, que ocupa los Jardines del Paraíso de la vieja alcazaba mora del siglo X. Desde su Torre del Homenaje son fantásticas las vistas al valle del Tajuña y a la monumental Real Fábrica de Paños, un singular edificio industrial que hoy es una sala de exposiciones con un presumido jardín panorámico. El casco viejo posee una colección de templos nada modestos, con los de Santa María, San Felipe y San Miguel a la cabeza, además de un laberinto subterráneo de 8 km de galerías excavadas en los siglos x y xi, del que se pueden recorrer unos nada desdeñables setecientos metros.

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Los imprescindibles campos de lavanda

La lavanda, en realidad, siempre ha estado presente en la Alcarria de forma silvestre, tan solo que en una variante más tosca llamada espliego. El cambio llegó en los años 70, cuando unos vecinos emigrados a Francia se dieron cuenta de que su cultivo dejaba allí importantes beneficios. Volvieron a casa decididos a introducirla y, desde entonces, la región se ha convertido en uno de los grandes productores mundiales. Una revolución feliz que ha traspasado las lindes de la economía agraria, contagiando el mundo del turismo y la cultura, particularmente en Brihuega, la localidad que más hábilmente ha sabido aprovechar su impulso. Durante el mes de julio, cuando los campos explotan de color violeta, los balcones y las calles de Brihuega acompañan la floración engalanándose con gasas, guirnaldas y hasta paraguas también lilas; las destilerías y las tiendas especializadas organizan visitas guiadas y catas de aromas y sabores; e incluso se celebra un festival de música en los mismos campos de lavanda, con actuaciones durante la puesta del sol a las que el público va vestido de blanco, para delicia de los estetas.

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Tras los pasos de Félix Rodríguez de la Fuente

Algo apartado, al norte de la ruta, se halla el barranco del río Dulce, uno de los parajes predilectos de Félix Rodríguez de la Fuente. Este enclave merece un desvío para poner, así, una cruz sobre todas las grietas verdes del altiplano guadalajareño. El mirador que lleva el nombre del célebre naturalista es un punto de excepción para disfrutar de las formas caprichosas que han esculpido la lluvia y la corriente del río Dulce en este sustrato calizo: acantilados, cuevas, simas y torcas. El parque forma pareja de baile con la monumental Sigüenza, cuyo castillo es uno de los más vistosos surgidos de la Reconquista. Transformado en Parador Nacional, el castillo es otro «mirador» de excepción, aunque de la gastronomía castellana tradicional.

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El castillo del Cid Campeador

Los que quieran seguir siendo leales a los paisajes sorpresivos de la región y a sus carreteras retorcidas, harán bien en poner rumbo a Jadraque. Después de atravesar los bellos cañones del Badiel, un pequeño Colorado castellano, y del Henares, de pronto, aparece el imponente castillo-palacio al que llaman del Cid, sobre una muela desde la que se domina todo el paisaje ondulante que conduce a la Serranía. Uno u otro camino habrán de confluir en Cogolludo y su Palacio de los Duques de Medinaceli, un paisaje que nos transporta a la Toscana tanto o más que lo hicieron los campos de lavanda. Se trata de una pieza que parece sacada de contexto, digna del más puro Quattrocento florentino, con formas sobrias y armónicas, pero con el poso gótico en la decoración de los parteluces y cresterías. Desde aquí ponemos rumbo hacia Tamajón, la puerta de entrada a los pueblos de la arquitectura negra, y de camino decimos definitivamente adiós a la meseta para entrar en un paisaje de monte, entre encinares, robledales y pinares.

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La joya negra de Guadalajara

Valverde de los Arroyos es una pieza que se cobra cara, a costa de la enésima carretera retorcida, lenta y bellísima, entre viejos robles. En la Serranía, todos los que se hacen llamar «pueblos negros» han tenido la lucidez de impedir que nada nuevo se construya si no es con la idiosincrática pizarra oscura que les da nombre. Son aldeas diminutas, cortadas por un mismo patrón en las que los campanarios de las iglesias apenas destacan sobre el resto de tejados. Pero Valverde tiene algo especial. Para empezar vitalidad, porque ha salvado mejor que el resto la despoblación, como indican sus fachadas llenas de flores y enredaderas. Y para seguir, se halla en un emplazamiento inmejorable, a los pies del majestuoso pico Ocejón, que ampara al pueblo con un flujo de agua constante a través de las espectaculares Chorreras de Despeñalagua. La montaña es el centro de un ecosistema singular donde lo mismo se puede andar por un bosque de castaños que hallar ejemplares de pequeñas plantas carnívoras.

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Una explosión de color otoñal

Superadas las Chorreras, por encima de los 2000 m, las vistas desde la cima del Ocejón son perfectas para improvisar el colofón a este viaje. Hacia oriente, camino de la Sierra de Guadarrama, divisamos más pueblos negros, como Campillo de Ranas o Majalrayo, desde los que se alcanzan las hoces del río Jarama. Hacia el norte se advierte el Hayedo de Tejera Negra, con ejemplares inmensos y antiquísimos que en octubre empezarán a teñirse de rojo en lo que será la siguiente explosión de color de Guadalajara.

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