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La gymkhana de la India

¿Sería diferente la vida en el planeta Tierra si no existiera la India? Es muy probable que sí. Ese vasto territorio, en el que vive una sexta parte de la humanidad, es un destino viajero tan inagotable en retos como en alicientes.

 

“Buenaventura, buenaventura, muchos rubís, muchas esmeraldas. Muchas gracias debéis dar a Dios de haberos traído a esta tierra donde hay tanta riqueza”.

Con estas palabras en castellano dos musulmanes tunecinos recibieron en 1498 a la expedición de Vasco de Gama cuando esta arribó a Kerala tras contornear África en su búsqueda de las especias. Hoy los viajeros occidentales no suelen acceder a la India por mar sino a través del aeropuerto de Delhi. Sin embargo, pronto escuchan también cantinelas en idiomas familiares, que anuncian maravillas a precios asequibles.

 

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charl-folscher-kSN3Zg SzuA-unsplash. Un país incómodo para el viajero

Charl Folscher on Unsplash

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Un país incómodo para el viajero

La India, capaz de atraer y de desalentar a todo tipo de personas, no es un país fácil para viajar. Aún recuerdo la impresión que me causó un comentario de mi primo Joan a su regreso de la India, cuando no teníamos ni veinte años:

En Europa o en Estados Unidos, si un día el viaje te supera y estás harto de ir de aquí para allá, siempre puedes entrar en una cafetería, sentarte en una mesa, pedir algo, leer, escribir… De esa forma te olvidas un rato del entorno y te sientes casi como en tu ciudad. Pero la India no te deja escapatoria. La cafetería será india hasta en los más pequeños detalles (los colores, la música, los aromas…), la comida picará a rabiar, hasta la coca-cola sabrá diferente. Y te parecerá que todo el mundo te mira directamente a los ojos, como en las calles.

iStock-1156663316. Más que un viaje, una gymkhana

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Más que un viaje, una gymkhana

Han pasado más de 40 años de aquella conversación, y por mucho que se haya modernizado, la India, más que un país, sigue siendo un universo en sí misma. Así que, una vez empezada la gymkhana (palabra de origen hindi), el viaje puede ser una dura prueba si lo que vemos no nos gusta. De entrada quizá sorprenda que muchos indios, como los camaleones, parezcan tener un ojo puesto en el mundo palpable y otro en ángulo de 45 grados enfocado hacia lo intangible. Estamos en una tierra que vio nacer varias de las grandes religiones de la humanidad, con una cultura sin nada que envidiar a Occidente a nivel filosófico, artístico o matemático y que acoge una de las civilizaciones más antiguas del planeta.

Hace más de cinco milenios, en los fértiles valles del Indo y el Sutlej, floreció una cultura agrícola que domesticó animales, creó grandes ciudades con redes de alcantarillado (como Mohenjo-Daro y Harappa, hoy en territorio de Pakistán) y una escritura aún sin descifrar. A través del puerto de Lothal (Gujarat) se comerciaba con Mesopotamia, Persia o Arabia. Los yacimientos muestran que se rendía culto a una diosa madre antecesora de la Kali actual y al precursor de Shiva: un dios de tres caras sentado en postura de loto, cuyo falo se consagraba en pilares de piedra negra.

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La vida son instantes

Alrededor del año 1500 a.C. los pueblos indo-arios, que también empezaron instalándose en el noroeste del país, reemplazaron a aquella civilización. Con ellos se creó el sistema de castas y se redactaron los Vedas, los libros sagrados en lengua sánscrita. Conceptos como samsara (existencia cíclica), dharma (síntesis de orden cósmico y conducta correcta) o nirvana (iluminación) fueron acuñados en esa época.

Como en la antigua Grecia, en la India los seres humanos se plantearon filosóficamente preguntas complejas. Para el hinduismo, el origen del universo reside en la mente cósmica, que en su deseo de crear y actuar teje y desteje los múltiples mundos. Óscar Pujol, director del Instituto Cervantes en Delhi y autor del diccionario sánscrito-español editado por Herder en 2019, recuerda que en la India mente y conciencia no son lo mismo. La conciencia no se considera un producto de la mente, sino a la inversa. La mente vendría a ser la forma más refinada y sutil de la materia. Y cuando la mente deja de funcionar, no nos envuelve la inconsciencia o la oscuridad sino, al contrario, la luz de la conciencia, la única luz genuina, distinta a la de las estrellas.

Según el pensamiento indio clásico existen instantes, pero no el tiempo en su sentido lineal, que es una creación mental y por tanto relativo. Un año de la vida humana equivale a un día en la vida de un deva o dios menor, mientras un día en la vida de Brahma equivale a 8,76 millones de años humanos.

iStock-105137790. Cuna del yoga

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Cuna del yoga

Aryabhata, astrónomo y matemático del siglo V, determinó con exactitud el radio y el volumen de la esfera terrestre. Y su cálculo de lo que tarda el planeta en girar sobre sí mismo apenas se desvió una décima de segundo. Los números del 1 al 9 y su distinto valor según el orden que ocupen (decenas, centenas…) son una creación india. Para nombrar el cero, otro hallazgo indio, se empleó la palabra sánscrita shunya (vacío), pero también podían usarse las que designan al cielo, el éter o el firmamento, es decir, la esencia de todo lo que se considera no creado y eterno, el elemento que lo penetra todo, el espacio mismo. Los occidentales que hoy viajan a Dharamsala, al pie del Himalaya, para aprender meditación con lamas tibetanos o disfrutar de la atmósfera que les envuelve, buscan esa perfecta vacuidad (shunyata), matriz y destino de todo lo existente. La India es la cuna del yoga, la ciencia más precisa para integrar cuerpo y mente. De ella derivan muchos métodos modernos de relajación, los ejercicios de estiramiento de los deportistas y las técnicas respiratorias (pranayama) de quienes son capaces de sumergirse más de cien metros a pulmón libre.

iStock-637021300. Más que un amanecer, un acontecimiento

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Más que un amanecer, un acontecimiento

Cada día es único y una invitación a ofrecer lo mejor de uno mismo. La salida del sol simboliza la creación del mundo. Desde hace milenios, en ciudades sagradas como Benarés o Haridwar eso constituye un acontecimiento. La gente se baña en el Ganges y hace sus abluciones mirando al horizonte este. La aparición de Surya, el sol, como todo inicio, es un momento crítico. Millones de pequeños demonios de la oscuridad se confabulan para impedir el amanecer. Pero con sus ofrendas de agua, sus mantras y plegarias, las personas son partícipes de la creación, ayudan al sol a salir y a que la rueda del mundo siga girando.

sylwia-bartyzel-eU4pipU 8HA-unsplash. Empezando por los clásicos

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Empezando por los clásicos

Zarandeado por los olores y colores de cualquier ciudad india, el viajero se siente arrastrado en una corriente de vida que le desborda. La mayor democracia del planeta es también la más diversa: 18 lenguas oficiales, más de mil dialectos, 50 millones de personas pertenecientes a etnias tribales. La sexta parte de la humanidad habita un territorio seis veces mayor que Francia. Tamaña extensión exige escoger. En un primer viaje lo habitual es decantarse por Delhi, el Taj Mahal y el estado del Rajastán, que atrae a un 50% del turismo internacional. 

iStock-635726330. Rajastán: un viaje en el tiempo

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Rajastán: un viaje en el tiempo

Recorriendo el Rajastán parece como si la Edad Media hubiera concluido ayer. Su entramado de fortalezas y palacios evoca al de los señores feudales europeos, con su rígido código caballeresco y su independencia de un poder central. Exquisitas miniaturas, cual códices miniados, nos transportan a esa época. En el observatorio de Jaipur la sombra del enorme reloj de sol construido hace tres siglos permite apreciar a simple vista períodos de 15 segundos. En el corazón del desierto de Thar se alza Jaisalmer, con su castillo de cuento injertado en el corazón de la ciudad. Hay que admirar las celosías labradas en piedra de las ventanas, auténticos sistemas de aire acondicionado pasivo. Y los ganeshas (el dios con cabeza de elefante y cuerpo humano) pintados en los umbrales de las viviendas para generar prosperidad.

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El laberinto de Jaisalmer

Los hogares del Jaisalmer, oscuros para alejar el calor, centellean con sus mosaicos de diminutos espejos en las paredes. Las teselas reflejan caleidoscopios cuarteados y fulgurantes. Espejos cosidos a las telas o pegados en los muros de adobe por las diligentes mujeres, que elaboran la argamasa como quien lava ropa o da forma a un chapati, el pan plano con que se envuelven ciertos bocados o se rebañan las salsas. Manos femeninas que hilan y tejen, que masajean a los bebés, siglos antes de que descubriésemos que eso favorece las sinapsis neuronales y la seguridad y la inteligencia del niño. Manos que lo modelan todo, incluidos los excrementos secos de las vacas, reciclados como combustible o material de construcción. 

iStock-478673422. Karma y pureza

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Karma y pureza

Igual que el loto eleva verticalmente su tallo y florece en aguas cenagosas, los indios persiguen la pureza en medio de la mugre. El Gujarat es el estado más vegetariano del norte de la India, tal como propugna el jainismo, religión que ha coronado cumbres con santuarios primorosos, como el del Monte Abu. Más al norte, el Punjab es la tierra de los sijs, un pueblo industrioso, ducho en la mecánica y la ingeniería y que sueña con crear el Jalistán (“la tierra de los puros”), escindido del estado indio.

Tiene su lógica que la cultura que inventó el ajedrez (cuyo tablero de 64 casillas reproduce el plano ideal de un templo o una morada) sea también la que enunció la ley del karma. Al principio del juego, o de la vida, múltiples movimientos son posibles. Pero cada uno de ellos tiene consecuencias. Cuando quedan pocas piezas en el tablero, las últimas jugadas apenas dejan elección.

iStock-1187712287. Y también pobreza

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Y también pobreza

Sorprende que una civilización tan avanzada no haya sido capaz de alimentar a buena parte de sus miembros y lo acepte como un designio del destino o los deméritos de una encarnación anterior. Lo más difícil de soportar para el occidental que viaja por la India es la pobreza, exhibida sin pudor. Lo otro es la muerte, que tampoco se esconde. Acaso porque para el indio la muerte es la cita ineludible con aquello que nos supera y también nos contiene. La calavera del bufón Yorick, que permite a Hamlet reflexionar sobre la fugacidad de la vida, bien podría ser la única posesión de los nagas, ascetas seguidores de Shiva, el dios que crea y regenera el universo destruyéndolo. Enteramente desnudos, o cubierta la piel de vibhuti, las cenizas rituales, emplean la parte superior de un cráneo como escudilla para mendigar y comer, teniendo como sola certeza que un día morirán.

mitchell-ng-liang-an-KkDUWOKHOCk-unsplash. Peregrinaciones incesantes

Photo by Mitchell Ng Liang on Unsplash

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Peregrinaciones incesantes

Ante la muerte toda la ciencia moderna se troca en honesta ignorancia, pues solo estamos legitimados para creer en las bacterias descomponiendo la carne (Biología) o en un migrar de átomos que retornan al universo (Física). En sánscrito, un idioma de extrema precisión, la palabra morir se forma a partir de pañchatattva o pañcha­bhuta (cinco elementos) y gamana (volver). En la India se considera que la liberación del alma resulta más fácil a través de la cremación que del enterramiento. El esfuerzo de Occidente por acotar y modificar la realidad topa aquí con una frontera infranqueable.

El abanico de enclaves sagrados es inmenso y el hinduismo propone realizar un yatra (peregrinación) al año. Más o menos lo que tienden a hacer durante sus vacaciones los turistas (yatri), a los que la India suele poner a prueba. Recorrer el país requiere renunciar al control en ciertos momentos, olvidarse del lugar del que se viene y entregarse a la experiencia. ¿Y si fuera cierto eso de que el mundo es perfecto en sí mismo, si nos atenemos al instante que estamos viviendo, pero no somos capaces de percibirlo porque nos nubla el velo de Maya (la ilusión o la ignorancia)? Pudiera ser. En cualquier caso, quizá para evaluar nuestros progresos, los indios son propensos a llevar las situaciones al límite… hasta que cuando el viajero roza la desesperación de pronto todo se soluciona.

Bollywood. El aderezo constante

Foto: Cordon Press

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El aderezo constante

Como explica Óscar Pujol, el indio es muy comunicativo, no entiende la timidez, a veces tampoco la tristeza. Hará falta paciencia en el equipaje. Y si esta no basta, tocará indignarse, quejarse, llorar... en suma, hacer teatro del bueno para que se nos entienda mejor. El aderezo en la India resulta esencial, sea en la cocina o en la industria de Bollywood. A los indios les encanta que les cuenten cosas. Si realmente sabemos contar nuestra historia, será más fácil conseguir lo que queremos, aunque solo se trate de ir al hotel que tenemos reservado y no a otro supuestamente mejor.

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La gymkhana de la India

Este texto fue originalmente enviado a todos los suscriptores de la newsletter de Viajes National Geographic.

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