Calidade insular

Hasta las islas Cíes... y más allá

Tanto este archipiélago como las Islas Ons son una excursión perfecta para disfrutar del Atlántico en toda su expresión.

Frente a las costas de Pontevedra, dibujando sus perfiles en el horizonte de las Rías Baixas gallegas, el Parque Nacional de las Islas Atlánticas ostenta el privilegio de ser la única reserva marítimo terrestre de España. Lo integran las islas de Ons, Cortegada, Sálvora y, más al sur, la joya natural de las Cíes. El alto nivel de protección del que gozan no impide que se pueda disfrutar de una visita a estos paraísos. Eso sí, todas las islas transmiten una sensación de fragilidad que nos invita a ser conscientes del respeto que reclaman y del alto valor de sus ecosistemas.

 

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iStock-477533800. Un archipiélago con mucha historia

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Un archipiélago con mucha historia

Las tres pequeñas Cíes (Monteagudo, Faro y San Martiño), una barrera natural entre las aguas del Atlántico y la ría de Vigo, exhiben un litoral abrupto y recortado que sobrecoge por su pureza.

La historia de estos islotes, entre la leyenda y la realidad, se remonta a miles de años. Sus sucesivos pobladores han convivido con relatos de naufragios y de piratas que recalaron en sus playas buscando refugio entre cuevas y escarpados acantilados. Las huellas de la cultura castreña de la Edad del Bronce, de los romanos o de monjes medievales se reflejan en vestigios dispersos, como la fábrica de salazón, el monasterio de San Martiño y el convento de Santo Estevo, hoy el Centro de Interpretación de la Naturaleza. Y aunque dicen que las Cíes guardan en sus fondos el oro de algún navío naufragado procedente de América, lo cierto es que estas islas acogen en su lecho marino tantos tesoros naturales que nada tendrían que envidiar al hallazgo del precioso metal.

iStock-1152587650. La playa deseada

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La playa deseada

Atraídos por la historia y la magia del archipiélago, ponemos rumbo a las islas zarpando en catamarán desde el puerto de Vigo –también es posible desde otros pueblos– y navegando entre bateas hasta llegar a las Cíes. Próxima al embarcadero, la playa de Rodas nos recibe, exhibiendo su belleza casi salvaje. Ni siquiera el frío de sus aguas le ha impedido ser reconocida en varias ocasiones en la prensa internacional como una de las mejores playas del mundo. Contrasta el intenso azul del mar con el blanco casi cegador de la playa, enmarcada por el verde de los pinos. El arenal dibuja una media luna dejando detrás el lago dos Nenos, una laguna de agua salada que recuerda que la biodiversidad es el gran valor de las Cíes.

eduardo-casajus-gorostiaga-5k2qowScCQ4-unsplash. Hasta el faro

Foto: Eduardo Casajus Gorostiaga vía Unsplash

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Hasta el faro

Cuesta encontrar una arena más fina que la de Rodas, tamizada por el viento con el paso de los siglos. Pero antes de dejarnos tentar por la tranquilidad que promete la playa, conviene planear alguna de las rutas que las islas ofrecen. Una muy popular es la subida al monte Faro, un itinerario repleto de belleza que garantiza vistas inolvidables. Iniciamos la caminata, la más larga de las cuatro autorizadas (7 km), dejando atrás el arenal. A medida que se avanza tierra adentro, tojos, jaras y endrinos cubren los suelos con un manto protector. Arbustos resistentes como la retama hacen de antesala a bosques de pinos y eucaliptos. Y las vistas se abren permitiendo observar el agua esmeralda de la laguna en contraste con el azul intenso del océano abierto.

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Foto: Eduardo Casajus Gorostiaga vía Unsplash

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Santuario natural

La excursión pasa por el Observatorio de Aves, desde el que se puede avistar la numerosa colonia de gaviota patiamarilla –un icono del Parque Nacional– y también cormoranes moñudos. Después encontramos A Pedra da Campá, una roca granítica perforada por los vientos cargados de salitre, reclamo de fotógrafos. En breve se descubre el camino en zigzag que trepa hasta el faro. Impresionan las curvas y la acusada pendiente podría hacernos desistir. Pero si continuamos, la llegada al pie de la torre recompensa con vistas de vértigo, en las que los acantilados, la ría y la bravura del océano rompiendo contra las rocas nos hacen sentir insignificantes.

Las otras tres rutas acercan a playas y faros más cercanos al mar, pero es mejor no abarcarlas todas en un día. Hacer noche en el camping, único alojamiento en las islas, será recomendable para disfrutar de la tranquilidad que envuelve el atardecer y del cielo estrellado en las noches despejadas. Es fácil entender entonces por qué los romanos llamaron a las Cíes las «islas de los dioses».

iStock-1129639324. Hasta las Ons

Foto: iStock

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Hasta las Ons

La visita al parque nacional se puede completar con la isla de Ons y sus islotes, pues su paisaje es diferente al de sus vecinas, algo menos boscoso y con amplias matas de helechos, tojo y brezo. Las Ons preservan el encanto y la autenticidad de la vida isleña, a pesar del trasiego de barcos que en el buen tiempo traen turistas a sus playas.

En Ons, la mayor del grupo, vive una decena de familias que mantienen sus casas edificadas con piedra de mampostería. Algunas se dedican a ofrecer comida o alojamiento, otras simplemente continúan con su tradicional modo de vida. Nada más alcanzar el embarcadero se ve la aldea de O Curro, con las barcas de pesca adornando su muelle y, unos metros más arriba, la capilla de San Xaquín, salpicada de motivos marineros pintados de de reluciente blanco y azul.

shutterstock 1131376841. Las sorpresas de las Ons

Foto: Shutterstock

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Las sorpresas de las Ons

En Ons es una delicia descender a sus recoletas calas y descubrir a sus verdaderos habitantes: cormoranes, gaviotas o reptiles como el lagarto ocelado, que en Galicia llaman arnal. También adentrarse en sus cuevas misteriosas o sorprenderse con el Buraco do Inferno, una sima en la que dicen que vagan las almas penitentes. Todo antes de saborear un buen pulpo a la gallega, mientras comprobamos que la línea del horizonte no existe en Ons, desdibujada entre el cielo y el océano.

Al caer el sol los barcos regresan y, entre el rojo intenso de poniente, tal vez pueda verse un grupo de golfiños (delfines) jugando frente a la proa de la nave

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